Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.
Beta: Isa.
~*~Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza~*~
Por: Lissa Bryan
—Lo siento —dijo Edward por décima vez—. De verdad lo siento.
—No pasa nada, Edward —le aseguró Bella—. No pretendías hacerlo. —Se sobó el hombro donde el cinturón de seguridad le había dejado un moretón y miró a su alrededor. No había nada más que una simple carretera que se extendía por millas. ¿Qué había pasado? El carro estaba volteado boca abajo en una zanja, las ruedas seguían dando vueltas. No debió haber dejado que Edward manejara sin supervisión, pero él lo había estado haciendo tan bien y ella tenía tanto sueño. Ella había dormitado por unos minutos y se despertó con el sonido de llantas chillando y el mundo se giró de cabeza.
—Había un gusano en la carretera —explicó Edward.
Quizá ella se había golpeado la cabeza con el accidente, porque nada de eso tenía ni un maldito sentido.
—¿El gusano volteó nuestro carro?
—No, yo volteé el carro cuando me desvié para no pisar al gusano. —Él inspeccionó la carretera—. ¡Ah! Ahí está. —Se acercó a un lugar cerca de la mitad de la carretera, junto a las líneas negras curveadas que las llantas habían dejado, y agarró al gusano negro con café—. ¡Pobre amiguito! Probablemente lo asusté a muerte. —Llevó el gusano a un costado de la carretera y lo depositó sobre la poca hierba que había—. Ahí vas, pequeño.
Él se giró para encarar a Bella y ladeó la cabeza.
—No puedo escuchar tu mente ahora.
Eso era porque lo estaba bloqueando con todas sus fuerzas. Ella se acercó al lado del conductor y gateó adentro por la ventana abierta. Sacó las llaves del encendido y retrocedió, casi tirando a Edward que se había agachado detrás de ella para ver lo que estaba haciendo.
—Puedo voltear el carro si quieres —se ofreció él.
—No te molestes. Está jodido. —Bella metió las llaves en la cerradura del maletero y abrió la cajuela, haciendo caer sus bolsas al piso. Bella agarró su bolsa y una pequeña mochila negra que se colgó al hombro. Comenzó a caminar por la carretera en dirección a donde habían estado manejando.
—No tenemos que caminar —dijo él, trotando para alcanzarla—, puedo volar.
Ella respiró profundamente.
—Me gustaría caminar por un rato, ¿sí, Edward?
—Está bien. —Él la miraba con curiosidad—. ¿Estás enojada conmigo?
—No, no estoy enojada contigo —dijo. No podía enojarse con Edward por ser Edward—, sólo estoy algo enojada con la situación. —Pero eso tampoco tenía sentido. Incluso si hubiera estado despierta, probablemente no hubiera podido detenerlo de desviarse para evitar aplastar el gusano.
Se sacó el celular del bolsillo y llamó a Jenks.
—Hola Bella —dijo—. Estábamos hablando de ti.
—¿En serio?
—No, en realidad no, pero creí que te haría sentir mejor si pensabas que todos estábamos llorando por tu ausencia. ¿Qué pasa?
—Cancela la acción de esta noche. Edward y yo no podremos regresar a tiempo.
—¿Oh? ¿Cuál es el problema?
—Dejé que Edward manejara —dijo Bella de manera sombría.
—Oh mierda —Jenks se rió—. ¿Están bien?
—Sí, estamos bien, pero el carro es una causa perdida.
—¿Por qué no roban otro?
Bella suspiró.
—Ni siquiera he robado una bolsa de gomitas de la tienda, ¿y tú quieres que intente un robo grande como lo es un carro?
Jenks se burló.
—Robé mi primer carro cuando tenía siete años.
—Estás bromeando.
—No, la verdad que no. Del jodido estacionamiento de la iglesia. Algunos amigos y yo no fuimos al catecismo. Planeamos ir al carnaval, atascarnos de algodón de azúcar y buñuelos, subirnos a algunos jodidos juegos, y regresar antes de que alguien se diera cuenta. El masivo error en nuestro plan jodidamente perfecto era que yo no sabía manejar. Avanzamos como media milla antes de que estrellara el jodido carro en un árbol.
—¿Resultaron heridos?
—Iba a sólo cinco millas por hora, así que no, no salimos heridos. Muertos de miedo, pero ilesos. Mi papá era amigo del jefe de policía. Él hizo que nos arrestaran, con esposas y todo, y nos encerraron en una celda en la jodida estación hasta que todos estuvimos llorando por nuestras mamás. Sabes, el bastardo de verdad encontraba el humor en eso. Nos dio a cada uno un pequeño plato con una rebanada de pan y un vaso de agua para cenar. Mi papá puso en su escritorio la foto que me tomaron al arrestarme. —Bella se rió—. Murió el año siguiente, mi papá —dijo Jenks, su voz tenía un tono de anhelo—. Siempre me pregunté cómo jodidos habría terminando siendo si él se hubiera quedado. Probablemente sería un maldito contador o algo así. —Y como si se hubiera dado cuenta de que se estaba desviando hacia un territorio incómodamente sentimental, su voz se alegró—. Como sea, Bella, de verdad tenemos que enseñarte a encender un carro sin llaves. Es como una de esas habilidades esenciales para la vida, es como saber cambiar una jodida llanta o dar primeros auxilios.
—Pues la lista de las mierdas que tengo que hacer sigue creciendo porque no sé cómo hacer ninguna de esas cosas.
—De acuerdo, Bella, aquí te va lo que tienes que hacer: amarra tu camisa para enseñar los pechos y haz la señal de parada. Alguien se detiene, tú lo sacas del jodido carro y manejas. En la primera gasolinera o McDonalds que encuentres, robas un par de placas nuevas.
—No, creo que tomaré el Ángel Express, pero gracias por la lección.
—Bien. Probablemente no íbamos a hacer esta mierda hoy, de todas formas. Estoy preocupado por tu cerebro, niña. Aflojaste algo allí la última vez que te convertiste en Súper Bella.
—Sí —Bella pateó un pedazo de grava—. ¿Pero qué otra opción tengo?
—Pues intenta descansar esta noche, ¿sí? Toma un baño caliente de espuma, duerme algo, ten un poco de salvaje, peculiar y posiblemente ilegal sexo angelical… Ya sabes, mierdas que te relajen.
—Suena bien —Bella se rió.
—Déjame hablar con Edward antes de que cuelgues.
Bella le dio el teléfono a Edward y se adelantó con las manos enterradas profundamente en los bolsillos de sus jeans. Era un día encantador y las aves cantaban dulcemente desde los árboles. Los insectos volaban entre la hierba alta que estaba junto a la carretera y el cielo estaba de un azul tan brillante que casi lastimaba sus ojos al verlo.
Podía escuchar a Edward murmurando en el teléfono unos pasos detrás de ella, pero aparte de eso, los únicos sonidos eran los cantos de las aves y el viento entre los árboles. Bella inhaló profundamente. Podía oler el pasto, la tierra cálida y piedras mojadas por el arroyo que corría a lo largo del otro lado de la carretera. Había tanta belleza en el mundo, pero a veces ella olvidaba mirar.
Edward llegó junto a ella y le dio el teléfono, el cual ella regresó a su bolsillo. Ella agarró su mano y él le sonrió. El viento agitó el cabello de él y unas cuantas plumas cegadoramente blancas que estaban en la orilla de sus alas, y fue uno de esos momentos en que Bella deseaba ser una artista para poder capturar su increíble belleza.
—Lamento haber chocado el carro —le dijo él—. Jenks dijo que debí haber aplastado el gusano.
—Me alegra que no lo hicieras —dijo ella.
Dave se despertó sobresaltado. Se escuchó un ruido y parecía provenir del lugar donde los humanos guardaban su alimento. La Anciana (como Dave llamaba a las hembras demasiado grandes para tener cachorritos) le había hecho una suave cama en el lugar donde estaba la caja brillante, junto al lugar largo y suave donde los humanos se sentaban para ver la caja. A Dave le gustaba la caja brillante. Él había elegido la palabra de su nombre al escuchar que la vocalizaban y a veces miraba los brillantes rayos de luz y las figuras que se movían, aunque tenía poco sentido para él.
Se puso de pie y sacudió su pelaje antes de trotar a la abertura del área del alimento humano. Se congeló al escuchar el sonido de nuevo y se agazapó. ¡Ahí! Un humano abrió la tapa de la madriguera y entró. Ése le hizo señas a otro para entrar.
¡Perros malos! ¡No podían detenerlos de intentar robar su territorio y sus hembras! Sus hembras debían ser alfas de muy alto nivel para resultar tan atractivas a los perros malos.
Eso lo hizo enojar. Dave sintió que un gruñido subía por su garganta, el hombre con alas había insistido que su primera obligación en una situación como ésta era mantener a salvo a la cachorra y a las otras hembras, pero en cuanto lo hiciera, iba a regresar aquí a morder a los perros malos, los mordería hasta que huyeran lloriqueando y no regresaran.
Dave retrocedió y subió las escaleras. Muchos saltos. Para cuando llegó a la cima sus piernas se sentían cansadas. Olfateó e identificó los aromas de la cachorrita, la hembra y la Anciana. Momentáneamente olvidó lo que estaba haciendo al explorar todos los olores nuevos del piso, pero escuchó un crujido y eso le recordó cuál era su misión. Siguió el aroma de la cachorrita hasta la madriguera más pequeña. Escuchó pisadas tras de él y se congeló. Los perros malos habían llegado a la cima de las escaleras y se giraron hacia donde se dirigía el aroma de la Anciana. Uno de los hombres tenía una cosita brillosa en la mano. Dave caminó por detrás de ellos y se agazapó en la entrada para ver. El perro malo encajó la cosa brillante en la Anciana y ella se despertó con un suave lloriqueo, pero después se quedo inmóvil. Dave estaba indignado. Éste no era el momento de dormir.
Se giró y se apresuró hacia la madriguera de la cachorra. Saltó sobre su cama y le golpeó la barbilla con su nariz. Ella hizo una suave vocalización y se giró. Dave la golpeó de nuevo y ella abrió los ojos. Él puso una pata sobre su boca rápidamente para que no empezara a vocalizar. Le agradeció al Gran Perro que ella fuera lo suficientemente inteligente para entenderlo. Ahora ella también escuchaba el sonido. Se bajó de la cama y se metió debajo de ella.
Jane se escondió bajo la cama todo lo que pudo, intentando silenciar las rasposas exhalaciones de su respiración. Escuchó fuertes pisadas, demasiado pesadas para ser las de Lauren o tía Esme. Su corazón latía tan fuerte que temía enfermarse.
—¿Dónde está la niña? —preguntó la voz de un hombre.
—Parece que está escondiéndose. La cama sigue caliente así que no pudo haber ido muy lejos.
Un hombre se agachó y se asomó bajo la cama. Le sonrió a Jane.
—¡Hola!
Ella lo golpeó con su poder y él cayó gimiendo. Salió de debajo de la cama y el segundo hombre la agarró. Intentó golpearlo, pero sintió que desviaba su poder como si estuviera espantando una mosca. Ella vio que tenía una aguja hipodérmica en la mano y gritó con terror, atacándolo con cada onza de poder que poseía. El forcejeo los saco de la habitación hacia el rellano. Él tenía el brazo sobre el pecho de ella y mientras ella se retorcía llevó el brazo de él hacia su cara. Lo mordió con fuerza y el hombre gritó de dolor. Él la golpeó en un costado de la cabeza con tanta fuera que Jane vio puntos negros, pero no se dejó vencer. Podía escuchar a Dave ladrando, y el hombre gritó cuando Dave enterró su filosa dentadura de bebé en su pantorrilla.
Jane sintió que su agarre se debilitaba, ella lanzó su cuerpo hacia adelante y rompió su agarre. Él soltó gruñido y se lanzó hacia ella. Jane lo esquivó y él se cayó por la barandilla de la escalera. Aterrizó con un devastador crujido en la barandilla de abajo, a la cual pudo haber sobrevivido, pero se rompió y la orilla astillosa de una de las barras se enterró en su pecho. Tosió un poco y escupió sangre sobre sus mejillas.
El hombre en la habitación seguía gimiendo, estaba acostado en el piso con las palmas aferrándose a su cabeza como si tuviera miedo de que su cráneo fuera a partirse. Jane sintió una furia glacial crecer en ella y casi la abrumó. Era una fea emoción familiar. Ella la sembró mientras vivía en el centro y creyó que finalmente la había sacado de su sistema luego de que Bella la rescatara; la rescatara tanto del centro como de esa odiosa ira que amenazaba con hundirla.
Ella lo golpeó con su poder una y otra vez hasta que él gritó, y después volvió a hacerlo hasta que se quedó en silencio, sus ojos tan abiertos y blancos como los del hombre empalado en las escaleras de la tía Esme. Nunca antes había matado a nadie, ciertamente no con su poder. No sabía que podía matar a alguien con su poder. Esa comprensión fue tanto terrorífica como —solo un poco— estimulante.
Tía Esme y Lauren deben estar muertas, pensó, o de otra forma ya habrían llegado corriendo por ella. Jane tenía miedo de lo que podría encontrar en sus habitaciones, pero tenía que revisarlas. Quizá todavía podía ayudarlas. Dave trotaba junto a ella. Se veía muy orgulloso de sí mismo. Todavía no le había agradecido por despertarla. Se agachó y lo cargó. Enterró la cara en su pelaje y tembló.
—Eres un chico bueno —dijo—. Uno muy bueno.
Tenerlo en sus brazos le daba un poco de consuelo. Buscó el encendedor de luz en la habitación de tía Esme y lo rozó con sus dedos. Respiró profundamente antes de encender la luz.
Tía Esme estaba acostada sobre su espalda vistiendo un largo camisón blanco de algodón con encaje en el cuello y las mangas. Jane se acercó lentamente a un costado de la cama. Dave lloriqueó y ella se dio cuenta de que lo estaba apretando mucho. Todo su cuerpo temblaba con miedo retrasado y adrenalina. Miró a Esme y casi se desmayó de alivio al ver el suave subir y bajar de su pecho.
Había una pequeña mancha de sangre en su manga y Jane recordó haber visto la jeringa. Esme debía estar drogada. Rápidamente fue a la habitación de Lauren y la encontró en la misma condición. Jane se mordió el labio, una maña que había adquirido de Bella. Tenían que salir de ahí lo más rápido posible. ¿Pero cómo?
Jane bajó las escaleras, alejándose del cuerpo lo más posible. Cerró la puerta de la cocina y le puso el seguro, aunque estaba bastante segura de que esas personas sabían cómo forzar un seguro. Metió una silla bajo el pomo. Quizá eso los detendría más. ¿Tendría Esme una pistola? Tendría que revisar su mesita de noche y debajo de la cama; eran esos lugares donde los adultos las escondían usualmente.
Abrió la puerta que llevaba al garaje y vio el auto de la tía Esme, un brillante Cadillac negro. Se asomó por la ventana y miró los pedales. Automático. Podía hacerlo.
Regresó a las escaleras y se preparó para lo que tenía que hacer. Agarró los hombros del hombre y levantó su cuerpo de las barras puntiagudas de madera, haciendo una mueca por el sonido que provocó. Lo lanzó por las escaleras y cayó con golpe sordo. Rápidamente se fue a la habitación de Esme y buscó en su mesita de noche, haciendo a un lado libretas y libros de crucigramas, y fue entonces cuando vio el revólver que estaba debajo. Una cajita de balas estaba escondida en una esquina. Jane la examinó de cerca y encontró un botón que estaba a un costado con un punto rojo en él. Lo presionó y el botón rojo desapareció. El seguro. Encontró otro botón; éste era un botón que se deslizaba sobre una ranura. Cuando lo presionó, el revólver se abrió, revelando la parte trasera del cilindro, en donde iban las balas. Jane metió una en cada espacio y lo cerró. No estaba segura si tenía que tirar del gatillo para disparar. Esperaba no tener que descubrirlo.
La parte superior de su pijama estaba diseñada como una sudadera con bolsillos junto al cierre. Jane metió la pistola en uno de los bolsillos y agarró una almohada de la cama de tía Esme. Usó el cinturón de su bata para amarrarle la almohada en las piernas. Gruñendo y con mucho esfuerzo bajó a tía Esme de la cama al piso. Arrastró a la mujer hasta las escaleras y comenzó a bajar de espaldas. Los pies de tía Esme saltaban con cada escalón, pero Jane pensaba que la almohada funcionaba como una buena protección.
Fue horrible meterla al carro. Jane jadeaba y le faltaba el aliento, empujaba, jalaba y en cierto momento se detuvo para limpiarse las lágrimas de frustración, pero no podía rendirse. No tenía tiempo para rendirse. En cuanto tía Esme estuvo a salvo en el carro, subió las escaleras por Lauren, quien misericordiosamente era más ligera y fue más fácil arrastrarla para meterla en el vehículo. Incluso fue capaz de traerse al mismo tiempo la bolsa del dinero.
Las llaves del auto de tía Esme estaban colgadas en un gancho junto a la puerta.
—Vamos, Dave —dijo Jane. Abrió la puerta del pasajero y él saltó al asiento. Ella se acomodó en el asiento del piloto y buscó los controles para ajustar el asiento. Tuvo que subirlo todo lo que se podía y aún así no era suficiente. La punta de sus zapatos apenas alcanzaba los pedales. Los Cadillacs no eran construidos pensando en las niñas de trece años. Miró por el parabrisas como diciendo, "¿Ahora qué, Dios?". Fue entonces cuando los vio: un par de patines para hielo, del tipo que se abrochaban sobre los zapatos. Saltó fuera del carro y se los amarró a los pies, y gritó de alegría cuando descubrió que ahora ya podía alcanzar los pedales.
Presionó el botón para abrir la puerta de garaje y encendió el motor. Respiró profundamente. No podía ser tan difícil, ¿verdad? Pon la palanca en "D"(le costó unos cuantos intentos darse cuenta que también tenía que pisar el freno al mismo tiempo) y luego presionar el pedal delgadito que está a la derecha para avanzar. El carro avanzó con tanta rapidez que las llantas chirriaron. Jane pisó el freno y todo en el carro se deslizó hacia adelante. Dave descubrió que los asientos de cuero proporcionan muy poca tracción para un cachorro y Lauren cayó del asiento sobre tía Esme, que estaba hecha bolita en el piso. Jane se preguntó si debería detenerse para moverlas a una posición más cómoda y fue entonces cuando vio las luces de un carro.
—¡Písale, Chewey!—gritó y pisó el acelerador. El carro se lanzó hacia enfrente y el pobre Dave se resbaló hacia atrás en el asiento.
Una vez Jane leyó en una novela de 1950 que los adolescentes juagaban a "Gallina", manejaban el uno hacia el otro para ver quién se acobardaría primero y se saldría del camino. El conductor del carro que venía frente a ella en el camino de entrada parecía ser más valiente que Jane, porque él o ella no se movió. Jane movió de golpe el volante hacia un lado y el carro saltó fuera del camino de entrada, cayendo sobre las flores de tía Esme.
—¡Lo siento! —le dijo a la mujer que dormía en el asiento trasero—. Te ayudaré a volverlas a plantar si sobrevivimos.
Estaba feliz de haberse puesto el cinturón de seguridad porque Jane rebotó como un guisante en un bote cuando el carro saltó sobre un terreno áspero. El cinturón de seguridad le caló en la cadera y Jane supo que le quedarían moretones. Retrocedió por el camino de entrada y se dio la vuelta. Hubo un horrible crujido y un gran salto cuando el carro cayó en una zanja. Giró el volante hacia un lado y gritó cuando el carro se fue en dirección a lo que parecía ser una pared, pero terminaron siendo altos arbustos. Pedazos de arbusto fueron arrancados y quedaron colgando de los limpiaparabrisas. Salieron de golpe a la carretera.
Ella jadeó con fuerza y miró al pobre Dave, que ahora ya estaba en el piso. Él estiraba las patas hacia adelante buscando balancearse en el tapete.
—¡Lo logramos! —anunció ella, y pisó el acelerador con el patín.
Jane había jugado videojuegos donde tenía que manejar, así que entendía los principios básicos de conducir un automóvil. La parte más difícil era aprender la técnica que involucraba girar el volante y los pedales. Sabía que estaba a un pelo de distancia de morir mientras manejaba por las carreteras de la ciudad, girando cada vez que veía una desviación, intentando perder a cualquier que los estuviera siguiendo. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, sólo intentaba llevarlas lejos. Lo más lejos posible.
Terminó en las afueras de un pueblo, donde vio un motel de aspecto miserable que tenía el letrero de VACANTES iluminado. Estacionó en un lado de la carretera y arrastró a Lauren al asiento del pasajero. De la bolsa de lona sacó doscientos dólares y se los metió a la bolsa. Lentamente se paró frente a la oficina del motel. Nadie la estaba viendo.
Puso el carro en parking y saltó fuera. Jaló a Lauren sobre la consola hacia el asiento del piloto y reclinó su cabeza hacia un lado. Le peinó el cabello y se revisó rápidamente. No tenía manchas de sangre, nada inusual. Practicó su sonrisa viéndose en las ventanas. Una niña normal y linda de trece años.
Abrió la puerta y escuchó el sonido del bing-bong. Se acercó al mostrador y esperó. Un hombre salió de la oficina. Tenía el cabello más loco que Jane había visto jamás, ganándole a Collin por mucho. Tenía el cabello de color azul brillante, cortado casi a ras de su cráneo, las puntas eran rosas y se paraban en todas direcciones. Él la miró con brusquedad como si lo hubiera interrumpido algo que apenas era digno de su tiempo, lo cual ciertamente no era ella.
—Hola, ¿tienes habitaciones disponibles? —preguntó.
—Sí.
—Mi mamá me envió a registrarnos, si te parece bien.
Él levantó la vista y vio a Lauren en el asiento del piloto. Parecía que estaba hablando por celular.
—Por favor —lo sonsacó Jane—. Está hablando con papá y no han hablado en mucho tiempo. Toma… —Sacó un billete de cien dólares y lo puso en el mostrador—. Puedes quedarte con el cambio, ¿de acuerdo?
Aunque la lástima no lo convenció, la avaricia sí.
—Claro, como sea —dijo y se puso en la computadora—. ¿Nombre?
—Lauren Forks —respondió. Se inventó una dirección y un teléfono de la nada y firmó el papel que él le imprimió. Él dejó de golpe una llave en el mostrador y Jane la agarró con curiosidad. Nunca antes se había quedado en un hotel que usara llaves de verdad, como las de una casa. Pensó que todos usaban esas tarjetas de plástico. Colgaba de un llavero grande y rojo con forma de diamante que tenía un número impreso.
—Que pasen una buena noche —dijo él con un tono que le hizo saber a ella que le importaba una mierda si no era así.
Jane regresó al carro y pretendió estar buscando algo en el asiento trasero hasta que el tipo regresó a la oficina. Se puso uno de los patines y empujó a Lauren a un lado, compartiendo el asiento del piloto con ella a lo largo de la corta distancia hasta su habitación. Estarían buscando el carro, claro. No podía dejarlo aquí frente a su habitación toda la noche.
Arrastró a tía Esme y a Lauren dentro de su habitación, y las subió a una de las camas matrimoniales. Estaba exhausta pero feliz de que probablemente no tendría que moverlas de nuevo.
Arrancó una hoja de papel de la libretita que estaba junto al teléfono y escribió en grandes letras:
—¡NO SE ASUSTEN! TODO ESTÁ BIEN. VOY A DESHACERME DEL CARRO, VOLVERÉ PRONTO Y EXPLICARÉ TODO. JANE.
Dejó el papel junto al teléfono donde esperaba que lo vieran si se despertaban mientras ella no estaba. Pensó que era poco probable, pero nunca se sabe con las drogas. La dosis pudo haber sido calibrada para alguien con menos masa corporal. Se rió entre dientes de repente, pensando en lo raro que debía ser que una niña de su edad supiera esas cosas. El haber tenido los últimos tres años en un centro de investigación gubernamental sólo novelas para adultos para leer, le había dado una amplia gama de conocimientos esotéricos. Demonios, incluso conocía la definición de esotérico. Sólo esperaba que cualquiera que fuera la escuela en la que terminara asistiendo tuviera un grupo para nerds tan articulados como ella.
Dave se subió a la cama junto a las mujeres.
—¿Necesitas salir? —le preguntó Jane. Sabía, por haber hablado con Edward, que Dave conocía unas pocas palabras en español, pero tenías que hablar lenta y claramente para que te entendiera.
Dave recostó la cabeza sobre sus patas y Jane tomó eso como un "no". Regresó al carro y se puso los patines. Condujo a la parte trasera del motel. Un autobús oxidado servía muy bien de cubierta. Estacionó el carro detrás de éste. Cuando salió se preguntó qué podría usar para taparlo y luego se dio cuenta de que probablemente no necesitaba hacerlo. No se veía como el Cadillac brillante que tía Esme tenía en su garaje. Hizo una mueca. No había notado que lo había maltratado tanto. Esperaba que tía Esme tuviera un buen seguro.
Lanzó los patines a la cajuela y comenzó a caminar de regreso al motel mientras buscaba el celular en su bolsillo. No estaba. Regresó al carro con el ceño fruncido y lo buscó, enfrente, atrás e incluso en la cajuela, y no pudo encontrarlo. Regresó a la habitación y buscó por ahí, buscó en la bolsa del dinero, en el piso bajo las camas (deseaba no haber hecho eso; probablemente no podría dormir sabiendo lo sucio que estaba) y también revisó los bolsillos de Lauren y tía Esme. Nada. Todavía tenía la pistola, pero el teléfono estaba perdido.
Fue la gota que derramó el vaso. Jane se sentó en el piso junto a la cama y sollozó. No se sabía el número de Bella. No sabía dónde estaban o cómo contactarlos, y ahora que habían huido Bella tampoco podría encontrarlas. Dave se bajó de la cama y se subió al regazo de Jane, acurrucándose con ella, su colita se agitaba con esperanza. Jane lo abrazó y lloró sobre su pelo.
Sólo esperaba que una de las adultas recordara el número de Bella o que les hubieran dicho a dónde iban a ir. Jane sabía que el hombre se llamaba Aro y había visto una foto del techo de su casa, pero eso era todo. No le había prestado atención a los detalles, si es que los habían mencionado.
El cansancio le ganó y quitó el edredón de apariencia asquerosa para acostarse sobre las sábanas. Dejó la pistola en el buró, pero se quedó dormida antes de poder apagar la lámpara.
Soñó que Rose, su amiga imaginaria de la infancia, la acunaba en sus brazos y le decía que todo iba a estar bien.
Oh, pobre Jane…
Hoy tengo un anuncio: el lunes regreso a la universidad, mi prioridad va a ser esta historia – por ser la que va más avanzada y aparte de que ya casi tengo todos los capítulos traducidos – y Fatherhood, Formula and Other F Words, voy a intentar seguir con las actualizaciones semanales, pero igual les pido un poco de paciencia si me retraso en esta o cualquier otra.
Espero que les haya gustado y que pasen un buen fin de semana :)
¡Gracias por sus comentarios! ^^
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