Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.
Beta: Isa.
~*~Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza~*~
Por: Lissa Bryan
—¿Bella?
—¿Hmm? —Bella levantó la cabeza de la toalla en la que se estaba apoyando y miró a Edward, que estaba sentado al otro lado de la tina, sus alas colgaban por un costado.
Su voz era tan suave, que ella apenas podía escucharlo sobre el sonido de los jets de la tina.
—No quiero que vayas a casa de Aro.
Bella se mordió el labio.
—Edward…
—Lo sé —dijo él—. Sientes que tienes que hacerlo para mantener a salvo al resto del equipo, pero en lo profundo de tu corazón sabes que algo no está bien. Todos tus instintos te gritan "peligro". Si vas, algo malo va a pasar, y eres tan fuerte que probablemente podrás salvar a todos, pero pagarás un terrible precio. Tus manos… Bella, ¿qué pasa cuando tienes que usar tu Don para hacer todo?
—No sé —confesó ella—. Estaba esperando que tu Altísimo me mandara un milagro.
Se quedaron en silencio. Edward agarró unas pocas burbujas y les sopló.
Esa tarde habían paseado un rato más por la carretera, agarrados de la mano, robándose unos preciosos momentos para disfrutar la belleza de ese día de verano y la compañía del otro. Un venado apareció cautelosamente en la carretera frente a ellos y su cervatillo salió trotando detrás de ella. Bella soltó un suave jadeo. Siendo una chica de ciudad nunca había visto tan de cerca un venado.
—Ven —dijo Edward—, no te lastimaremos. A mi hembra le gustaría conocer a tu cervatillo.
La hembra lo consideró y después se acercó a ellos. El aroma de humano en su nariz hacía que sus instintos la urgieran a escapar, pero el macho podía hablar. No sabía que había humanos que podían hablar, o que tuvieran alas.
El cervatillo era menos cauteloso, curioso por naturaleza. Olió la mano que Bella extendió y luego se quedó quieto mientras Bella acariciaba su corto pelaje.
Fue una maravillosa experiencia, y fue el tipo de experiencias que Edward quería que ella tuviera para una vida humana completamente plena.
Después de un rato tuvieron que admitir que se estaba haciendo tarde y deberían encontrar dónde dormir antes de que se oscureciera. Él la cargó y despegó, subiendo más y más hasta que la piel de Bella fue acariciada por la fría niebla de las nubes. Allí arriba él podía atrapar las corrientes térmicas con sus alas y recorrer grandes distancias sin tener que mover sus alas.
—¿El cielo es como esto? —preguntó Bella moviendo la mano a través de la niebla.
—¿Nubes y arpas? —le preguntó él sonriendo—. En absoluto.
—Bueno, ¿entonces cómo?
—Es lo que tú quieras que sea —dijo.
—¿Me dan mi propio cielo para diseñarlo a mi gusto?
—Algo así.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Estás siendo evasivo por algún motivo en especial?
—No quiero hablar de eso —admitió él.
—Lo siento. No lo entiendo.
—Lo sé. —Su sonrisa era dulce y tierna, pero no dijo nada más.
Eligieron un hotel y Edward les rentó una suite con tina. Llevó a Bella a su habitación y la besó antes de irse, diciéndole que se pusiera cómoda y que regresaría pronto. Bella se recostó en la cama y usó el control para encender la televisión. Cambió al azar los canales hasta que escuchó el sonido de la puerta y crujido de bolsas de plástico.
La sonrisa de él era maliciosa e infecciosa. Ella se encontró a sí misma regresándole esa sonrisa.
—¿Qué hiciste? —le preguntó.
—Te compré un regalo —dijo él con voz cantarina.
—¿Qué tipo de regalo?
—Ya verás… pero primero lo primero. —Buscó en la bolsa y sacó una cajita roja. La abrió y le quitó la tapa al botecito que venía dentro. Sacó dos píldoras y se las dio a ella—. Para tus músculos —le dijo—. Puedo sentir que empiezan a dolerte.
—Gracias —dijo Bella, conmovida por su consideración.
El siguiente regalo que le dio fue un frasco de burbujas para baño, una vela y una botella de vino.
—¡Oh, Edward, qué dulce eres!
—Eso no es tooodooo.
Ella se rió. La sonrisa de él se veía tan pervertida, ¿pero qué rayos pudo haber comprado en la tienda de la "caja grande" conociendo ya los valores familiares de los productos que había traído?
Edward comenzó a llenar la tina y Bella encendió la vela poniéndola en un lado. Desenvolvió los vasos de plástico que estaban junto a la cafetera y los llenó con el vino.
Escuchó que Edward encendía los jets de la tina. Ese hombre era un encanto, pensó ella alegremente. Él sabía justo lo que necesitaba incluso antes de que ella se diera cuenta.
—¡ACK! —gritó Edward.
Bella abrió de golpe la puerta del baño y encontró la habitación inundada de burbujas. Edward presionaba frenéticamente el botón que estaba en el borde de la bañera de hidromasaje. Bella se soltó riendo.
—¡No te rías! —le rogó él—. ¡Ayúdame!
Bella cerró el agua y quitó el tapón del drenaje. Presionó el otro botón y los jets se apagaron. Edward se derrumbó aliviado y miró el desastre que los rodeaba.
—Dios, Edward, ¿cuánto jabón para burbujas usaste? —preguntó Bella.
—Sólo la mitad —dijo. Se sentía desconcertado al no saber que esto iba a pasar.
—Cuanto todo lo demás falla, lee las instrucciones —citó Bella—. Se suponía que sólo tenías que usar una tapita.
—Oh. —Él arrastró los pies entre las burbujas; se veía tan triste que Bella tuvo que acercarse para abrazarlo y besarlo.
—Está bien, Edward. Ven, te ayudaré a limpiarlo. —Ella agarró el bote de basura y lo usó para levantar la espuma del piso y vaciarla en la tina. Luego de haber limpiado la mayor parte, Edward usó una de las toallas para secar el piso y luego fue a la recepción para conseguir toallas limpias. Bella vació la tina y la volvió a llenar mientras él no estaba, y así fue como terminó sentada en la tina con la cabeza recostada en una toalla doblada en forma de almohada sobre la orilla, con una taza de vino en una mano y su ángel guardián rogándole porque no completara esa misión.
Ella sabía que él escuchaba la corriente de pensamientos en su cabeza, todos sus argumentos sobre por qué tenía que hacer esto, para proteger a sus amigos, para terminar con el Proyecto Theta, porque puede que sea ella la única que podría hacerlo, que Dios le había dado este Don por alguna razón…
—Hay muchas cosas que no has hecho, Bella. —Edward tenía un montón de burbujas en el cabello y ella estiró la mano para quitárselas—. Hay tantas cosas que quiero experimentar contigo. Quiero que compremos una casita con un patio para que yo pueda cortar el césped. Quiero viajar contigo, quedarme en casa contigo. Quiero ver a Jane recibir su doctorado y llevarla al altar en el día de su boda. Quiero que tengamos una vida juntos. Y entre más tiempo pasemos en esta misión, más creo que... —Se detuvo en las últimas palabras y apartó la vista por un momento.
—Edward, yo también quiero todas esas cosas —dijo Bella—, pero sabes que el Proyecto Theta no nos dejará en paz. Tenemos que destruirlo junto con todos los que estén involucrados o nunca seremos capaces de tener esa vida que quieres. No puedes llevar a Jane al altar si estamos huyendo, siempre cuidándonos las espaldas.
—Jenks va a entrar con el equipo esta noche. —Edward seguía sin verla.
—¿QUÉ? —Bella se sentó con tanta rapidez que el agua chorreó el piso.
—Es por eso que quería hablar conmigo. Jenks lo vio como una señal de Dios, que se suponía que tenían que hacerlo sin ti.
—No era una señal de Dios —espetó Bella—. Desviaste el carro con brusquedad para no aplastar un gusano, ¿recuerdas?
—¿Quién puso ese gusano ahí, Bella? —Los ojos de Edward se encontraron con los suyos.
Ella alzó las manos.
—¡Argh! Quizá es la temporada de apareamiento de los gusanos. ¿Quién sabe por qué ese estúpido gusano cruzó la carretera? Por amor a Dios, no pueden ir viendo señales en todo o vamos a... —Bella se detuvo y respiró profundamente. No era culpa de Edward, era culpa de Jenks. Les había dicho esta tarde que se relajaran, manteniéndola intencionalmente fuera de todo. Incluso si ahora se iban volando a toda velocidad, no llegarían ahí a tiempo para detenerlos o unirse al equipo.
—Jenks dijo que llamaría después de que acabaran —le dijo Edward—, para decirnos que todo estaba bien.
—Una asunción muy optimista considerando que estamos bastante seguros de que es una trampa —señaló Bella.
—Ten algo de fe en las habilidades de tus amigos —dijo Edward—. Quil y Amun son muy poderosos ambos, y los chicos de la tripulación son buenos con las armas.
—Hm —dijo Bella sin comprometerse. Simplemente no pensaría en eso, decidió. Se volvería loca de preocupación cuando no había nada que pudiera hacer. Necesitaba distraerse, mantener su mente alejada de eso hasta que Jenks llamara. Si es que Jenks llamaba. Oh Dios, ahí iba de nuevo…
—Puede que yo pueda ayudarte con eso —dijo Edward, y volvió a aparecer esa sonrisa maliciosa y pervertida. La mente de ella se ocupó al instante con curiosidad—. Vamos. —Se puso de pie y le ofreció su mano. La boca de ella se secó cuando vio las gotas y ríos de agua en su piel. La sonrisa de él se agrandó más al seguir la corriente de sus pensamientos.
—Ve a acostarte —le dijo él después de que ella se envolvió el cuerpo con una toalla. Ella obedeció, dejando la toalla en su lugar. Lo escuchó en la otra habitación, el crujido de una bolsa de plástico, el crujido de plástico firme. ¿Qué estaba haciendo?
Él regresó a la habitación y en su mano llevaba un tubo de plástico color lila. ¿Qué rayos? Ella parpadeó confundida, hasta que él lo encendió y comenzó a vibrar.
—No venden esos en… —Ella perdió la coherencia en sus pensamientos cuando él comenzó a usar el objeto.
Jenks volvió a pensar en su padre mientras esperaba que todos se metieran al carro. Cuando era adolescente, siempre metido en problemas y siempre en busca de más, su madre le había dicho unas palabras amargas: tu padre estaría tan avergonzado de ti.
Él había pretendido que no le importaba, pero había dejado una herida profunda en él, probablemente porque sospechaba que era verdad. Su madre había muerto menos de un año después, y eran esas palabras, dichas en el calor de una pelea, lo que él recordaba al pensar en ella. No en el amor que ella le dio, no en los problemas que ella había atravesado al intentar mantener y criar al cabrón que tenía como hijo por sí sola; sólo esas palabras, porque habían sido verdad. Su padre estaría avergonzado del hombre en que se había convertido. Siendo honesto, Jenks estaba un poco avergonzado de sí mismo, incluso antes de que Edward le pusiera su espada flameante en el cuello y cambiara toda su perspectiva.
Sus dedos rozaron el celular en su bolsillo y una vez más luchó contra la tentación de llamar a Lauren. Había cosas que deseaba haberle dicho, pero si esta noche las cosas salían tan mal como esperaba, quizá sería más fácil para ella que esas cosas se quedaran sin ser dichas.
No debió haberse rendido a la tentación, maldita sea. Cuando se enfrentara a su Señor, ésa sería una de las cosas de las que más se arrepintiera. En todos estos años él nunca puso una mano en ella. Él no quería que ella se sintiera como si fuera sólo una follada conveniente para él, nunca quiso que sintiera que la estaba utilizando de la manera en que había sido utilizada antes. Y, Dios mío, nunca la quiso ver que terminara con un hombre como él. Ella merecía algo mejor.
Intentó mandarla a la universidad, y cuando ella rechazó esa oferta, él intentó establecerla en un trabajo de oficina regular donde pudiera conocer a un hombre que trabajara para vivir, alguien que le comprara una casa con una valla y ella pudiera unirse a la jodida asociación de padres y profesores o algo así. Ella se negó y él juraba por su vida que no podía entender por qué ella querría quedarse con un montón de asesinos hijos de puta en lugar de buscar una vida normal.
No es que no le gustara tenerla cerca, y no era sólo porque era la única que podía cocinar bien, si no porque le gustaba de verdad. La chica era maliciosamente inteligente, divertidísima y linda. Se preocupaba por la gente y esas mierdas, y no sólo por sus amigos. El sólo estar sentado con ella en la sala de entretenimiento mientras ella leía…
Sacudió la cabeza para despejar sus pensamientos. Tenía que poner su mente en el juego. Revisó de nuevo sus pistolas y las volvió a poner en las fundas. Esta vez todas eran revólver, se adaptaban al tipo de combate cuerpo a cuerpo que él esperaba. En la parte baja de su espalda tenía una navaja en su vaina. Era bueno con las navajas (no quería pensar qué tan bueno era o cómo es que se había hecho así.)
Sacó un cigarro de su bolsillo y lo encendió. Le ofreció uno a Quil, que se lo metió a la boca y lo encendió con la punta de su dedo.
—Buen truco —comentó Jenks.
—Amun me lo enseñó —dijo Quil—. Y mira esto. —Alzó la mano con la palma hacia arriba y apareció una bola de fuego en ella; era de un blanco caliente y brillante.
Jenks asintió.
—Increíble.
Quil movió la mano y el fuego desapareció.
—¿Qué pasa, Jenks?
—Nada. Nada —dijo Jenks y lo repitió ante la mirada escéptica de Quil—. ¿Dónde jodidos están todos?
—Phoenix y Forks se están alistando. Collin…, no sé. Estaba sentado en la casa rodante mirando a Alice y Jasper. Dijo que saldría en un minuto. No he visto a Amun desde que él y Kebi se fueron anoche.
—¿En serio? —No era una actitud normal de Amun dejar de lado algo como esto.
Lauren… sus dedos rozaron el celular. Quizá sólo una llamada para saludar…
Phoenix y Forks salieron de la casa rodante discutiendo sobre los méritos cinematográficos de Buffy, la cazavampiros. Ambos estaban llenos de fundas para revólver en cada locación disponible.
—¿Han visto a Amun? —les preguntó Jenks, cuando la conversación se disolvió en un acalorado debate sobre si Buffy sería capaz de ganarle a Xena.
—No.
—Pues carajo, no podemos irnos sin él —dijo Jenks irritado—. Joder, no puedo creerlo. —No había terminado de decir esa frase cuando vio las luces del carro rebotando por el terreno—. Ya era la jodida hora —refunfuñó mientras un carro aceleraba hacia ellos, un carro que no había visto nunca antes, pero que iba manejado por Amun. Tuvo que apartarse de su camino cuando Amun pisó el freno y el carro se detuvo de golpe a unos centímetros de la casa rodante. No apagó el motor. Abrió la puerta de golpe y corrió hacia Jenks, lo agarró del cuello de su camisa.
—¿La has visto? —le demandó.
—¿A quién? —preguntó Amun.
—¡Kebi, idiota! ¿La has visto?
—No desde que se fueron.
Amun gimió y se agarró el cabello en un puño.
—No puedo encontrarla.
—Tranquilo, hombre —dijo Forks—. Dinos qué pasó.
—Esta mañana salí de nuestra habitación. Dijo que quería una dona de la pastelería de enfrente. Cuando regresé con la dona ella ya no estaba. Busqué en todo el hotel. Busqué en la calle. Regrese aquí en caso de que… —Sus ojos eran unas horribles piscinas de crudo dolor negro, era como ver en las fauces abiertas del mismísimo infierno—. ¡No puedo encontrarla!
—Bien, amigo, sólo cálmate —dijo Phoenix.—. La encontraremos. Probablemente sólo se perdió y se congeló en su lugar para esperar a que fueras por ella.
Parecía que la idea de que Kebi estuviera sola en lo desconocido, congelada en su lugar, fuera un tormento aun más grande. Amun gimió y se regresó al carro. Se dejó caer en el asiento del conductor. Forks y Phoenix se subieron al asiento trasero. La puerta del conductor se cerró sola por la fuerza que creó al acelerar.
—Bueno —dijo Jenks y pateó un pedazo de grava—, supongo que no iremos por Aro esta noche. ¡Joder! Bella regresará mañana. Ésta era nuestra única oportunidad si queríamos mantenerla fuera de esto.
—Quizá ella está destinada a ir —sugirió Quil.
Jenks no respondió nada a eso. Sacó el celular de su bolsillo. Se preguntó si esta era una llamada que debería hacer. ¿Qué te parece si mandas una señal, buen hombre?
Ninguna señal llegaba. Jenks suspiró y buscó en su lista de contactos, y presionó en "BELLA".
Sonó un largo rato antes de que la voz de Bella jadeara en el teléfono.
—¿Hola?
—¿Bella? ¿Estás bien? —Sonaba sin aliento—. ¿Yo no… um… Interrumpí algo?
—… No. ¡Edward, detén eso! ¡Es Jenks!
Escuchó que Edward decía algo en el fondo y Bella soltó unas risitas. Jenks tuvo que sonreí ante ese sonido. Ésa era la manera en que Bella debería sonar; joven y despreocupada.
—Estoy seguro de que Edward ya te dijo que planeábamos irnos sin ti. Bueno, el ataque fue suspendido. Kebi está perdida.
—¡Kebi! ¿Qué pasó?
—Desapareció de la habitación de hotel de Amun. Es todo lo que sé. Forks y Phoenix fueron con él a buscarla.
—Desearía que pudiéramos llamar a la policía —dijo Bella—. Edward, detente. Ésta es una discusión seria.
Jenks sonrió.
—Una que puede esperar. Probablemente la encontraremos para cuando regreses en la mañana.
—De acuerdo. —Bella se rió involuntariamente y él escuchó algo vibrar—. ¡Edward! ¡No te atrevas! ¿Y Jenks? Estoy muy enojada contigo por hacer planes a mis espaldas.
—Eso creí —dijo Jenks—. ¿Qué es ese sonido que vibra?
Él intentó no reírse cuando ella tartamudeó. Edward le quitó el teléfono.
—¿Jenks? Bella te llamará en la mañana.
—Sí, eso pensé. Tengan una buena noche ambos. —Jenks colgó y miró el teléfono que tenía en manos unos minutos antes de meterlo en su bolsillo.
Él sólo quería escuchar la voz de ella. Ella probablemente le preguntaría qué había cenado, porque se preocupaba por ese tipo de mierdas, y luego le diría qué habían estado haciendo Jane y la tía de Bella, porque pensaba que las otras personas eran más interesantes que ella. Incluso hablaría sobre lo que había hecho ese jodido perro antes de hablar sobre sí misma.
Pero justo ahora, él sentía que podía escuchar un maldito soliloquio sobre el jodido can si era Lauren la que estaba al otro lado de la línea.
Cuando Edward bajó para conseguirles algo de almorzar la mañana siguiente, Bella se acostó en la cama y sacó su celular. Buscó por la lista de contactos hasta que encontró "JANE" y presionó "Llamar".
Sonó sin detenerse. Eran teléfonos desechables y nadie había configurado el buzón de voz. Bella frunció el ceño. Era una de sus reglas de seguridad. Se suponía que Jane debía tener su celular consigo todo el tiempo y se comportaba de forma casi religiosa al ponerlo a cargar en las noches. Colgó y buscó en la lista hasta que encontró "LAUREN". Cuando nadie contestó el teléfono se preocupó.
Llamó primero a Jenks.
—¿Has hablado con Lauren? —demandó saber en cuanto él respondió sin siquiera detenerse a decir "Hola".
—No. ¿Por qué?
—Ella y Jane no contestan sus teléfonos.
Un silencio muerto del otro lado de la línea fue la contestación a esa declaración. Después de un largo momento Jenks dijo:
—Te llamaré más tarde. —Y ella supo que él mismo iba a llamarles, con la vana esperanza de que Bella hubiera marcado mal.
Escuchó que Edward abría la puerta y lo miró con el rostro pálido a causa de la ansiedad. Edward le quitó el celular de la mano y lo remplazó con una taza de té caliente.
—Bébelo, Bella, cariño.
Él respondió el teléfono cuando Jenks regresó la llamada y ella lo escuchó hablar con voz baja. Bella caminó hasta la ventana y miró hacia el estacionamiento. Edward se acercó y la rodeó con sus brazos.
—Bella, vamos a regresar a casa de tía Esme para revisarlas.
Ella asintió. Era lo que había esperado. Pero tenía miedo de lo que pudieran encontrar. Mientras no supieran nada más, ella podía seguir pretendiendo que era una falsa alarma. El teléfono se había quedado en el bolsillo de Jane y lo lavaron junto con la ropa sucia. Lauren había tirado el suyo, y lo había roto o algo. Cualquier cosa menos lo que temía.
—Estaban vigilando la casa, ¿no? —dijo Bella.
—Quizá —admitió Edward.
Bella tembló y Edward la jaló con más firmeza hacía sí mismo, envolviéndola con sus alas fuertemente, pero esta vez ni siquiera su seguro mundo blanco pudo sofocar sus miedos.
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