17. Rechazo (1.047 palabras)
Etiopía, la antigua Meroe.
¿Tenía que ser en Etiopía?
Shun había mencionado en voz baja durante el camino algunas de las cosas que se resguardaban ahí, la razón de que los Caballeros del mito de Andrómeda y Perseo estuvieran ahí la mayor parte del año y tuviesen más discípulos que la mayoría, con el fin de ayudarlos a proteger los sitios sagrados. Además del Arca de la Alianza (que era cuestión de otro panteón, de acuerdo con Hyoga), en Etiopía estaban el rosal original que hacía tan venenosos los de la Doceava Casa (para el Caballero de Piscis, el viaje había sido como una peregrinación a la tierra de sus ancestros… si sus ancestros hubiesen estado en África en lugar del norte de Europa) y algunos otros tesoros, pero el más importante era el Refugio.
Una pirámide (más bien un cono, desde el punto de vista de Seiya) donde estaban escondidos los cuerpos originales de cinco Olímpicos.
La situación era mala, pero como nadie le pedía su opinión, él se guardaba muy bien de preguntar cómo iba a ayudar el asedio de un ejército entero alrededor de la pirámide. Era una situación de rehenes que terminaría con los rehenes muertos hasta en el mejor de los casos. Los Titanes pretendían recuperar el poder que, según ellos, había sido usurpado por los Olímpicos (razón no les faltaba, pero eso tampoco iba a comentarlo), entonces, les bastaría con destruir aquellos cinco cuerpos originales y, listo, se habrían deshecho de casi la mitad de los susodichos.
Lo lógico habría sido tratar de entrar sigilosamente a rescatarlos, no anunciarse con bombos y platillos.
Junto a él, Saori suspiró, evidentemente fastidiada con la escena.
-No sé de quién fue la idea, pero espero que viva lo suficiente como para lamentarlo –dijo la diosa, y el mortal concordó completamente con ella.
Solo faltaba que llegara el resto de los Olímpicos… Hades, Ares y Poseidón.
Las cosas no iban a ponerse bonitas fácilmente.
-Saldremos adelante, como siempre –dijo él, aunque sin mucha convicción.
De todos modos, Saori le agradeció el gesto.
Un momento después, la mano de ella acarició su mejilla.
No era la primera vez que intentaba un aproximamiento así, y él había logrado esquivarla más o menos fácilmente hasta entonces.
Veinte años de estar evitando llegar a ese punto, cualquier otra persona ya habría captado la indirecta.
Seiya apartó suavemente su mano, cansado de eso, y resuelto (por fin) a hablarle con claridad.
-Esto no está bien.
-¿Cómo dices?
-Hay algo que debes saber, Saori. Tu abuelo… era mi padre.
-Seiya…
-Soy tu tío, Saori. Esto no es correcto.
-Pero… -Saori dejó escapar una risita-. ¡Seiya, tú y yo no tenemos ningún parentesco!
-¿Por qué tu abuelo no te adoptó como hija, sino como nieta? No se adopta nietos, Saori.
-Oye…
-Kido Mitsumasa tuvo al menos cien hijos que envió a buscar las armaduras. Asumo que tu padre fue el primogénito y quizá murió cuando tú eras pequeña, pero el resto de nosotros…
-Seiya, eso ya lo sé.
Supo que había cometido un error cuando algo pareció cerrarse en la expresión de Seiya, generalmente tan abierta. De pronto, ya no era capaz de leer las emociones del hombre serio en el que se había convertido su impulsivo Caballero de Pegaso.
-Tú sabías.
-Bueno, sí, pero no es importante…
Seiya dejó escapar una carcajada amarga.
-¡No es importante! ¡Y yo esforzándome tanto por no herir tus sentimientos!
-¿Seiya?
-¿Por qué ocultaste lo que sabías? ¡Es lo mismo que mentir!
-¡¿Me estás llamando "mentirosa"?! ¡¿Cómo te atreves?! ¡Tú también sabías!
-¡Yo no tenía más pruebas que los recuerdos de Ikki y de Hyoga! ¡Tú eras la que estaba en una posición de poder y escondiste la verdad a los que no tenían más opción que obedecerte!
-Pero… yo no los obligué a…
-¡Despierta, mujer!
-…¿"Mujer"?
-No te das cuenta, ¿verdad? Yo no luché por ti antes de saber que eres Atenea. Tampoco los demás: Ikki y Shun se esforzaron por ser Caballeros porque solo así podrían reunirse de nuevo; Hyoga y Shiryu lo hicieron porque encontraron nuevos padres en sus Maestros. Yo solo quería reclamarle a tu abuelo la promesa de reunirme con Seika… ¡de los cien, el único que luchó por ti desde el principio es Jabu! Y a Jabu casi ni le hablas.
-¡Seiya!
-¡Suficiente! Creo en tus ideales, Atenea, pero no participaré en tus juegos, Saori.
-…¿Eh?
-No jugarás con mi corazón como has jugado con el de Jabu. No sé qué tanto saben los otros cinco acerca de nuestro padre, pero de mi cuenta corre que estén bien enterados antes de que se ponga el sol.
Seiya se marchó y Saori se quedó en su sitio, helada.
Le había dado al Caballero de Pegaso, desde la Era del Mito, el poder de destruir a los dioses.
Había tomado precauciones en aquel entonces (por si acaso algún otro dios intentaba usarlo en su contra) y el asesino de dioses no podía actuar contra ella, pero esto…
¿El poder de Seiya había mutado en forma imprevista y romperle el corazón era la forma en que podía destruirla?
Estaba tan concentrada en eso que casi dio un respingo cuando el Caballero de Escorpión llegó hasta donde estaba.
-Alteza…
-¿Qué sucede?
-Kiki acaba de volver.
-¿Liberó a Poseidón?
-Sí, Alteza. Está aquí, junto con sus Shoguns…
-¿Qué es lo que está mal, Milo? –preguntó ella, impaciente.
El Caballero de Escorpión tenía un gesto entre angustiado y suplicante, y tardó en responder, como si estuviera buscando las palabras.
-No está usando a Julián Solo como avatar.
-¿No? ¿Después de todo lo que costó convencer a Julián para que regresara al Santuario Submarino? –Saori frunció el ceño-. ¿A quién está usando como avatar, entonces?
-A Kanon.
En el silencio que siguió, Saori pudo escuchar el nombre de Saga vibrar a través del Cosmos. Todos sus Caballeros estaban pensando en él, casi al mismo tiempo.
-¿Dónde está ahora Poseidón?
-En su tienda. Fue allá directamente.
-¿Y Saga?
-Creo… que ya lo estaba esperando ahí desde que Kiki partió al Santuario Submarino.
-Ve a reunir a los otros. Yo iré a hablar con Poseidón en un momento.
-Sí, Alteza.
Tomó aire y trató de serenarse cuando se quedó sola. Lo que le aguardaba no iba a ser sencillo.
