20. Enemigos (769 palabras)
Ares estaba tan ocupado rumiando la más reciente ofensa de Atenea que no se dio cuenta de en qué momento se alejó del campamento, una imprudencia totalmente normal en un dios famoso por (precisamente) ser imprudente.
Tuvo la oportunidad de lamentar ese rasgo de su carácter cuando cayó sobre él una sombra inesperada y levantó los ojos para encontrarse frente a dos hombres de estatura descomunal.
Los conocía, eran los Alóadas, los que lo habían hecho prisioneros durante la Era del Mito, cuando había quedado débil e indefenso luego de que uno de los servidores de Atenea (el Caballero Pegaso) lo hiriera a traición en la última guerra sagrada en la que pudo involucrarse.
Trece meses lo habían mantenido prisionero en una vasija de bronce…
Su mano voló a la empuñadura de su espada solo para descubrir lo mucho que le costaba desenvainarla en su forma actual: el arma sagrada no estaba diseñada para que la empleara un niño. Aun así, se las arregló para sacarla de la vaina y enfrentó a los dos gigantes, que sonreían de oreja a oreja contemplando sus esfuerzos.
-Ustedes… -murmuró Ares y apretó la empuñadura de la espada con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos-. Deberían estar en lo más profundo del Tártaro. Hades me lo prometió…
-Hades no tiene fuerza como para mantener sus promesas –dijo Oto.
-Los Titanes no fueron los únicos que escaparon. Ahora servimos a nuevos amos y ellos nos prometieron… ¿adivinas cuál será nuestra recompensa? –añadió Efialtes.
Ares se tensó todavía más y los Alóadas rieron.
-Sí, justamente eso: el cuerpo original de Ares, para que hagamos lo que nuestra voluntad decida –continuó Efialtes.
-Tengo entendido que mantienes tu forma inmortal en el Refugio porque todavía no ha sanado completamente de las veces que te sacamos del ánfora de bronce para jugar un rato, cuando el hambre y el encierro te debilitaron lo suficiente como para que dejaras de poner objeciones.
Efialtes se aproximó, blandiendo la espada en forma burlona, solo para demostrar que conservaba toda su habilidad, en contraste con la manera forzada en la que Ares sostenía su propia arma, con manos de niño todavía no acostumbradas a ese peso.
-Has escogido una apariencia agradable en esta encarnación, pero creo que a pesar de eso destruiré tu cuerpo mortal ahora mismo. Una vez que tu forma humana haya muerto, tu alma se verá obligada a volver a tu cuerpo divino… ¿Cómo te sentirás cuando despiertes de vuelta en tu forma débil y lastimada, para encontrar que mi hermano y yo estamos ahí, esperándote?
-Quizá ni esperemos a que despiertes y cuando vuelvas en ti ya estaremos continuando el juego justo donde lo dejamos cuando tu hermano Hermes llegó a interrumpirnos –apuntó Oto.
Conocía demasiado bien las estrategias del terror (él mismo había inventado algunas), se daba perfecta cuenta de lo que pretendían hablándole así: lograr que perdiera la cabeza. En realidad, no hacía falta esforzarse tanto para conseguirlo, siempre había sido impulsivo y colérico, pero no le quedaba más que admitir que eran ellos quienes, en los tiempos heroicos, le habían enseñado el significado del miedo (junto con muchas otras palabras, como humillación, vergüenza, indefensión…).
Si ese era su destino, su única opción era enfrentarlo. Ares apretó los dientes y se preparó, sabiendo que tendría que esperar que ellos atacaran, porque era demasiado pequeño y débil como para tomar la ofensiva. Eso jamás le había gustado… y quizá las cosas serían menos horribles si las lágrimas (de ira, de frustración, de miedo) no estuvieran nublándole la visión y resbalando por su cara para hilaridad de los Alóadas.
Vio a Efialtes atacar primero y empezó a levantar su espada en lo que (sabía) era un despliegue patético. Demasiado despacio, con demasiada poca fuerza… no necesitaba ser aficionado al ajedrez, como Atenea, para adivinar el resultado que tendría esa jugada: su espada escaparía de sus manos y un segundo golpe del Alóada acabaría con él…
Sintió que alguien lo sujetaba, una persona protegió su pecho con un brazo y lo hizo retroceder unos centímetros.
Vio la punta de la espada de su enemigo lanzar chispas al hacer contacto con el brazal que portaba su inesperado salvador. También vio a los Alóadas dejar de sonreír, perplejos, y esa fue una visión maravillosa.
-Quédate detrás de mí, niño –ordenó una voz.
El solo considerar la orden era humillante, pero obedeció sin rechistar.
Ese no era uno de sus Berserkers y los ojos del dios se abrieron de par en par cuando comprendió finalmente de quién se trataba.
El Caballero de Bronce del Unicornio había acudido a defenderlo.
Notas: de acuerdo con la leyenda, los Alóadas eran unos gemelos, Oto y Efialtes, hijos de Poseidón e Ifimedea, ella estaba casada con Aloeo, y los gemelos reconocían como padre a este último. Fueron de gran estatura y unos temibles guerreros.
Según se cuenta, durante la Gigantomaquia, se encargaron de poner el monte Osa sobre el monte Pelión en un intento por invadir el Olimpo.
También se cuenta que durante el asedio al Olimpo lograron secuestrar a Ares y lo mantuvieron prisionero en una vasija de bronce durante trece meses, hasta que fue rescatado por Hermes, justo a tiempo, porque estaba a punto de morir de hambre y desesperación. Finalmente, fueron muertos por Apolo (cosa que Ares debe haber agradecido mucho).
