Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Revisado y corregido por Isa.


~*~ Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza ~*~

Por Lissa Bryan.

Jane se fue despertando paulatinamente. Sus párpados parecían ser imanes, batallaba para poder abrirlos. Se sentó y gimió. Sentía que le habían llenado la cabeza de lana y tenía dificultad para formar pensamientos coherentes. Soñó de nuevo con Rose, su amiga imaginaria, y Rose le había dicho que no se preocupara, que todo estaría bien. Jane deseaba poder creerle.

¿Dónde estaban todos? La casa rodante estaba vacía y a oscuras. Jane ya estaba tan acostumbrada a tener cerca a su "familia" grande y ruidosa que ahora encontrarse sola le parecía algo alarmante. Jane se puso de pie y se tambaleó hacia la habitación de atrás sólo para encontrarla vacía, con excepción de Dave que estaba hecho bolita en el centro. Golpeteó su colita contra la cobija cuando la vio.

—¿Qué carajo? —espetó Jane—. Hola, Mi pobre angelito aquí.

Se asomó por una de las ventanas de la casa rodante y no vio a nadie en la fogata. Nadie estaba en las mesas de picnic.

¿A dónde habían ido? La última cosa que recordaba era... sacudió la cabeza ligeramente para aclararse la mente. Recordaba que su papá le había dado un vaso de jugo pidiéndole que se lo terminara para poder tirar el envase y ella se lo había tomado obedientemente, aunque pensó que quizá ya estaba caducado o algo porque sabía un poco amargo.

Y luego nada más.

—Me drogó —le dijo Jane a Dave asombrada—. No puedo creerlo, mi propio padre me drogó.

Caminó de regreso a la sala y localizó una hoja doblada sobre el mostrador. Encima de ésta estaba escrito "JANE". Por un momento Jane estuvo tentada en hacer pedazos la hoja y tirarla por el escusado a causa de su enojo. Pero la abrió. Era la letra de Edward, fea y confusa por falta de práctica.

Jane,

Estás muy enojada conmigo y no te culpo. Pero intenta recordar que hago esto por amor. Tu madre y yo no podemos soportar la idea de que salgas lastimada y nuestra victoria es incierta.

Puede que no regresemos vivos de esto, Jane, y si eso pasa, quiero que recuerdes que te amamos. Eres un tesoro para nosotros, no por tu Don, sino por quien eres. Eres inteligente, ingeniosa y valiente para defender a aquellos que amas.

Ambos te amamos demasiado para ponerte en peligro. Sé que no es justo que te neguemos el derecho a pelear por tus seres queridos, pero Bella y yo necesitamos saber que tendrás la oportunidad de crecer y vivir esa maravillosa vida que sabemos tienes delante de ti. Dios sabe que no hay nada que queramos más que estar allí para verlo, porque sabemos que nos vas a enorgullecer tanto...

Jane soltó la carta y se tapó la cara con las manos. Las palabras se veían demasiado confusas a causa de las lágrimas para seguir leyendo.

Dave lloriqueó y apoyó una pata en su brazo. Ella le acarició las orejas de manera distraída y usó su manga para limpiarse las lágrimas.

—Maldita sea, sí es injusto —murmuró. Vio la laptop de Ben sobre la mesa y una oleada de determinación la hizo encuadrar la mandíbula—. Al carajo.

La encendió y metió la contraseña. Ella lo había escuchado bromear con Jenks sobre eso y no tenía ni idea de lo que significaba, porque esa palabra no estaba en su diccionario, aunque por el contexto estaba bastante segura de que se trataba de algo sobre sexo, algo muy asqueroso por cierto. Tuvo que intentarlo un par de veces antes de escribirlo bien, pero luego pudo entrar.

Habían estado hablando sobre encontrar una ruta de acceso. Eso era todo lo que recordaba Jane. Y habían señalado un lugar donde creían que estaba localizado el centro. Ben había estado buscando una repetición en el patrón de los árboles, pero no había buscado repeticiones en el código mismo para luego compararlos al servidor, lo cual era algo tonto porque las alteraciones al mapa y las fotos probablemente provenían del servidor del Proyecto Theta. Parecía algo obvio para Jane, pero había aprendido que a veces los adultos no eran tan inteligentes.

Luego de quince minutos encontró su respuesta. Sí había una ruta de acceso, pero se originaba al lado opuesto de la montaña, abriéndose camino por cañones y en algunas áreas, a través de túneles que atravesaban la misma montaña, para salir justo detrás del lugar donde estaba localizado el centro.

Regresó a la habitación que estaba en la parte trasera y buscó bajo la cama. Dave tenía una caja de plástico sólido allí abajo. Jane metió dos almohadas a los lados de la caja y luego metió a Dave allí, aunque gruñó enojado; no le gustaba su caja. Ella subió la caja a uno de los asientos y usó el cinturón de seguridad para mantenerla a salvo.

—Recuerda la última vez que conduje —le dijo mientras usaba un rollo de cinta para pegarse libros a las suelas de cada zapato—. Ibas volando por todos lados. Podrías herirte. —Se negaba a aceptar que había encerrado a Dave en su caja por su propio bien de la manera en que ella había sido efectivamente "encerrada" por su propio bien.

Las llaves estaban en el contacto. Jane hizo el asiento hacia adelante todo lo que podía y luego encendió la casa rodante. Tuvo que manejar lento en las curvas hasta que aprendió cómo hacerlo, pero ya iba de camino.

En camino a salvar el día o unirse a la gente que amaba en la derrota. Cualquiera que fuera su futuro, ella quería también hacerlo suyo.


Amun había puesto una rama de árbol recta a lo largo del ala de Edward y usó pedazos de su camisa azul de seda para formar un cabestrillo. Su pecho desnudo estaba manchado por la sangre de Edward, parecía una macabra pintura de guerra.

Edward estaba sentado en el piso junto a él, tenía la cabeza recargada contra un árbol. El frente de su camiseta estaba bañado en sangre, su rostro estaba pálido a causa del dolor, aunque sus ojos se iluminaron y sonrió cuando Jenks dejó a Bella en el suelo junto a él. Ella lanzó sus brazos alrededor de él, teniendo cuidado con su ala rota.

—Oh, Edward, ¿estás bien?

—Estoy bien, Bella. Amun sacó la bala, sanaré pronto.

—¿Puedes pararte? —le preguntó Amun.

Él y Jenks ayudaron a Edward a ponerse de pie. Esme lloró y se agarró el pecho. Se tambaleó indecisa como un zombi hacia Edward con las palmas ya brillando.

—No, no, guárdalo —le dijo Jenks, y ella gimió como si le lastimara el tener que detenerse.

—Tenemos que avanzar —dijo Amun. Sacó un pañuelo blanco de su bolsillo y limpió la sangre de Edward de la cuchilla de su navaja antes de tirar el trapo al piso.

—Yo digo que peguemos este plástico a las paredes y volemos el maldito edificio —sugirió Phoenix—. Al carajo con estas mierda de invadirlo.

—Pueden tener Dotados adentro —dijo Bella al mismo tiempo que Amun habló:

—Mi Kebi está adentro.

El equipo se quedó en silencio.

Forks fue quien rompió el silencio, su voz sonó raramente gentil:

—No es tuya, amigo. Era una jodida Mata Hari.

Amun se metió la navaja al bolsillo.

Es mía —dijo con la misma convicción con que pudo haber dicho: "El pasto es verde" como si fuera un hecho simple, establecido e indiscutible.

—Aw, Dios, ya se fue al lado oscuro —susurró Quil.

—Vamos chicos, podemos discutir esto más tarde —dijo Jasper—. Tenemos que avanzar. No es seguro que nos quedemos en un solo lugar por mucho tiempo.

Se escuchó un disparo, como demostrando que tenía razón. Todos buscaron donde cubrirse. Jenks se dejó caer de espaldas, sus dos pistolas disparaban a pesar de que iba cayendo al piso. Amun corrió hacia el lugar de donde provenían los disparos. Todo lo que podían ver eran los giros anaranjados de su espada en la oscuridad.

Jenks miró los giros de luz con asombro.

—Debió haber enviado un jodido poeta —dijo.

Bella estaba recostada en el pecho de Edward. Se apartó.

—Oh Dios, Edward, ¿te lastimé? Tu ala...

—Estoy bien —insistió—. Ya no duele tanto, debe estar sanando.

—Oh Edward, cuando vi que te dispararon estaba...

Lo que detuvo sus palabras fue la sorpresa de escuchar lo ilegibles que sonaban. Se llevo una mano a la boca, pero no podía sentir la punta de sus dedos presionada sobre sus labios. Fue sintiendo su textura y descubrió que el lado izquierdo colgaba inerte, de ese lado sus labios estaban tirantes y colgando. Escucharlo era una cosa, ya sentirlo era algo diferente. Tenía la sensación de que la próxima vez que se viera en un espejo (si es que había próxima vez), se asustaría de nuevo.

Él le apartó la mano y la tomó entre las suyas.

—Sé lo que estabas sintiendo —le dijo—. Nunca jamás quiero volverte a escuchar gritar así.

Ella recostó la cabeza y escuchó el fuerte latido del corazón de él.

—Está limpio —dijo Jenks, y todos se pusieron de pie. Edward intentó cargarla, pero Bella se negó de lleno hasta que él estuviera completamente sano.

—Yo la llevaré —se ofreció Forks. Cargó a Bella antes de que alguien pudiera objetar—. ¿Ves? A veces soy útil —dijo en un susurro alto.

—También eres útil como ejemplo de lo que no deben hacer —dijo Jenks mientras le ponía cargadores nuevos a sus pistolas. Hizo un rápido conteo para asegurarse de que todos estuvieran presentes y a salvo antes de asentir hacia un costado del edificio, que era a donde se dirigían—. Manténganse lo más agachados que puedan. Laurie, hay una cámara en la esquina de allá arriba. ¿La ves? ¿Crees que puedas darle desde aquí?

—Puedo intentarlo —dijo. Se arrodilló y sacó el rifle de su espalda, sacando el codo por la correa. Apuntó con cuidado y disparó. La cámara explotó.

—¡Buen tiro! —le dijo Quil admirado.

—Todos esos videojuegos que jugaba con ustedes rindieron fruto —dijo ella.

Jenks les hizo una seña y todos lo siguieron agachados. Amun señaló hacia un lado e hizo un movimiento de curva con su mano. Se deslizó silenciosamente entre los árboles. Sus pies ni siquiera aplastaban las hojas.

Llegaron a la pared del centro y se acercaron a una esquina. Jenks se acercó para quitarle a Quil la gorra que llevaba en el cabeza y agarró una rama del piso. Puso la gorra en una orilla de la rama y la asomó por la esquina.

Su aparición fue recibida con una intensa explosión de disparos que los hizo retroceder instintivamente y cubrirse las cabezas. Jenks retiró el palo y Quil vio con tristeza los pedazos de tela que una vez habían sido su gorra.

La repentina aparición de Amun hizo que Alice saltara y gritara involuntariamente.

—La parte trasera tiene menos guardias —dijo—, pero siguen siendo al menos media docena de tropas.

Jenks tiró el palo y lo que quedaba de la gorra de Quil.

—¿Hay una entrada?

Amun asintió.

—Una puerta retráctil para vehículos.

—Que comience la Guerra en la Puerta del Garaje —dijo Jenks—. Vamos.

Amun los detuvo cuando llegaron a la esquina.

—¿Quedan granadas?

—No, se nos terminaron.

Amun lo reflexionó. Tenían algunos problemas en esta esquina: tenían que salir de la esquina para disparar y no había dónde cubrirse, al menos hasta quince pies más allá.

—Yo los cubriré —dijo—. A todos, corran hacia aquel pequeño grupo de árboles —señaló.

—De acuerdo. A la cuenta de tres: uno... dos... tres. —Amun salió por la esquina y comenzó a disparar mientras todos corrían agachados hacia los árboles. Forks seguía cargando a Bella y su respiración salía entrecortada.

—Jode... me... tengo... que... dejar... de... fumar —jadeó. Dejó a Bella sobre sus pies cuando llegaron a un lugar seguro y gateó junto a Phoenix para asomarse sobre un tronco. Amun los siguió. En su pecho había cuatro agujeros nuevos, cada uno con un hilo de sangre chorreando por su carne desnuda, pero parecía que no le molestaban más que una picadura de mosquito.

Las tropas del Proyecto Theta estaban escondidas detrás de una pared baja de costales de arena en la orilla de la puerta retráctil. Jenks se asomó a verlos y después se volvió a agachar.

—Joder. ¿Son seis?

—Mínimo —dijo Amun. Se llevó una mano al pecho y se tambaleó ligeramente, pero cerró los ojos y se controló con firmeza.

—¿Estás bien, amigo?

—Estaré bien.

—Muy bien. Descartemos la idea de mandar al Hombre de la Espada Flameante para limpiar el camino. Tenemos que hacer esto a la antigua. Lauren, ponte tu sombrero de francotiradora.

Lauren palideció, pero gateó hasta el tronco caído y acomodó el rifle sobre éste.

—La que mejor dispara de todos nosotros —susurró Forks en el oído de Bella—, pero nunca antes le ha disparado a la gente.

—Puedes hacerlo —le dijo Jenks—. Te ayudaré. —Acomodó su propio rifle junto al de ella—. Como dispararle a una lata en el borde del barco. —Él apuntó con cuidado y disparó. Se escuchó un gruñido y un golpe sordo—. ¿Ves? Nada del otro mundo.

Lauren respiró profundamente y exhaló con lentitud antes de tirar del gatillo. Se escuchó otro golpe.

—Sólo cuatro más —le dijo Jenks.

De repente, un brillante foco apareció en dirección a ellos iluminando su posición, cegando a aquellos que estaban mirando en esa dirección cuando encendieron las luces.

—¡Agáchense! —gritó Jenks, su voz casi quedo ahogada por la lluvia de tiroteos que se disparó. Las balas arrancaron pedazos del tronco y cortaron los árboles que los rodeaban. Edward empujó a Bella contra la tierra e intentó esconderla con una de sus alas.

—¡Escudo! —gritó Bella, pero Jenks ladró:

—¡No, guárdalo!

—Hay muchos más que sólo seis —se quejó Phoenix.

—Mandaron refuerzos bajo la cubierta de esa luz —explicó Amun—. Saben que no podemos ver para apuntar.

—Esto no es jodidamente bueno —dijo Jenks de manera sombría—. Laurie, ¿puedes encontrar la luz?

Lauren intentó asomarse sobre el tronco, pero en cuanto levantó la cabeza los disparos comenzaron de nuevo. Volvió a esconderse con un gritito de alarma.

—Bien, supongo que no. ¿Alguien tiene alguna idea? Porque yo me quedé sin jodidamente nada.

Todos se congelaron al escucharlo: el rugir de un motor acercándose rápidamente.

—¿Qué carajo es eso? —gritó Phoenix. Parecía venir de la nada. Al acercarse cada vez más a ellos vieron que era la casa rodante conducida por una figurita pequeña que ni siquiera vaciló la dirigirse derecho a la línea de soldados, lanzando cuerpos al aire, golpeándolos con el capó y aplastándolos bajo las llantas.

—¡Jane! —gritó Bella.

La casa rodante pasó de largo avanzando hacia el edificio, yendo directo a la puerta retráctil. Las luces de los frenos jamás se encendieron. Pasó a través de la puerta con un terrible estallido, doblando la puerta como si fuera un pañuelo antes de entrar de golpe al edificio junto con la mitad de la casa rodante.

Bella saltó sobre sus pies y luchó por llegar ahí, iba arrastrando su pie izquierdo y gritando el nombre de su hija. El único sonido era el siseo del humo escapando de algún lugar de la casa rodante.

El frente del vehículo estaba aplastado como si fuera un acordeón. La voz de Bella se rompió y miró a Edward con los ojos llenos de terror. Llegaron a la puerta que estaba en un lado y Edward la arrancó de las bisagras antes de entrar de golpe.

Era un revoltijo de muebles que habían sido tumbados por el impacto del golpe. Edward empujó sillas, aventó la mesa y luego levantó el sofá. Jane estaba acostada debajo. Se sentó.

—¿Funcionó el cinturón de Dave? —preguntó.

Bella quería pegarle, besarla, sacudirla al mismo tiempo que deseaba abrazarla. Edward la puso de pie y la abrazó con fuerza.

—Ve con mamá —le ordenó—. Yo encontraré a Dave.

Podía escuchar a Dave aullando de miedo y estrés, pero afortunadamente no de dolor. Encontró la silla con la caja todavía pegada a ella y la acomodó. Abrió la puerta de la caja y Dave se lanzó a sus brazos, lamiendo frenéticamente cada pedazo de piel que podía alcanzar.

—¿Todos están bien? —preguntó Jenks.

—Sí, corrí a la parte trasera antes de que chocara —explicó Jane. Se estiró para quitar los libros que llevaba pegados a los zapatos.

—Tú niña estúpida —la regañó Bella. Besó ambas mejillas de Jane, luego su frente y después la aplastó en un abrazo tan fuerte que hizo chillar a Jane—. Pudiste haber muerto.

—No, mamá, ¡hice los cálculos! —protestó Jane. Alzó una mochila y metió ahí a Dave, que protestaba, antes de cerrarla y pasarse las correas por los brazos—. Salté a la parte de atrás para protegerme, y estas cosas están hechas con zonas deformes, diseñadas para...

Jenks se rió.

—Vamos, luego nos explicas. Tenemos que avanzar. —Antes de que siquiera dijera la última palabra, se escucharon pisadas en las baldosas y gritó:

—¡Alguien viene! ¡Protéjanse!

Se metieron bajo la casa rodante destrozada y gatearon hacia el otro lado. Estaban dentro de un enorme garaje, su única cubierta era la casa rodante mientras que los soldados se agachaban detrás de la línea de SUV negras que estaban aparcadas a lo largo de la pared.

Jane se asomó por la defensa.

—¡Yo me encargo! —dijo.

Jenks disparó a los soldados, uno a uno, conforme salían de su escondite y saltaban agarrándose la cabeza con las manos.

—Buen trabajo, Janey —la felicitó y ella sonrió.

—Vamos —Jenks les hizo una seña y todos dejaron de esconderse con la casa rodante para dirigirse a la línea de SUV que estaban aparcadas.

Pero había un soldado que Jane no había visto. El soldado disparó y le dio a Forks en el cuello, haciéndolo girar por la fuerza de la bala. La sangre salpicó todo y el cuerpo colapsó sin gracia en el piso de concreto.

—¡FORKS! —gritó Phoenix. Se apresuró para agarrar a Forks de los brazos y arrastrarlo hacia atrás cuando más disparos comenzaron a llegar de los refuerzos que habían aparecido por la entrada abierta. La mitad de su grupo había llegado a las SUV y la otra mitad seguía detrás de la casa rodante, separados y agachados.

Phoenix llevó a Forks hacia donde estaban Bella y Edward agachados detrás de una SUV. El conocimiento médico de Bella sólo se extendía a primeros auxilios básicos, pero incluso ella podía ver que Forks no iba a sobrevivir. Le faltaba la mitad de la garganta. Los ojos rodaron dentro de sus cuencas y su cuerpo temblaba por los espasmos mientras el charco de sangre crecía debajo de él.

—Mantengan presionado aquí —Phoenix se quitó la camiseta y la presionó en la herida—. ¡Bella, ayúdame! Presiona aquí. ¡Esme! ¡Esme! ¡Apúrate!

—Phoenix.

El sonido de los disparos que los rodeaban parecía haberse esfumado en la distancia, habían perdido importancia.

—¡No te me mueras idiota hijo de puta! —maldijo Phoenix—. Chingada madre, no te atrevas a morirte. ¡Esme! ¡Esme, dónde carajos estás, maldición!

—Phoenix.

—No mueras. Vamos, Forks, por favor... no mueras.

—Phoenix.

Finalmente pareció escucharla. Levantó la vista y la miró a los ojos.

Había lágrimas bajando por las mejillas de Bella.

—Se fue.

—No —Phoenix sacudió la cabeza—. No.

Ella puso una mano en su brazo.

—¡No! —puso una mano sobre la otra y comenzó a hacerle compresiones en el pecho.

—Phoenix. —Ahora fue Jenks quien habló. Bella se sorprendió. No se había dado cuenta de que había cesado el fuego. Phoenix vaciló.

Jenks se agachó junto a Phoenix. Su voz sonaba suave y compasiva.

—Lo siento.

—Es mi mejor amigo —la voz de Phoenix se quebró—. No puede... es que no puede.

—Lo siento —repitió Jenks.

Phoenix se encorvó sobre el cuerpo de Forks, sus anchos hombros comenzaron a sacudirse. Un ronco sollozo fue arrancado de su garganta.

—Vamos —Jenks tiró gentilmente del hombro de Phoenix. Phoenix se apartó.

—¡No!

—Tenemos que irnos. No podemos quedarnos aquí.

Phoenix miró a su mejor amigo por un momento y luego agarró la camiseta que había usado como venda y la sacudió antes de depositarla gentilmente sobre su rostro.

—¿Volveremos... volveremos por él?

—Sí, volveremos por él —dijo Jenks—. No abandonamos a nadie, ¿recuerdas?

—No abandonamos a nadie —repitió Phoenix.

—Vamos, compañero. Matemos a los bastardos que hicieron esto.

Phoenix dejó que sus ojos permanecieran en Forks un momento más. Luego se giró hacia Jenks con odio brillando en su mirada.

—Sin sobrevivientes —espetó.


Esta parte me rompe el corazón, es tan triste la muerte de Forks. Sólo nos falta el siguiente capítulo y el epílogo.

¡Gracias por sus comentarios! ^^

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