21. Rescate (906 palabras)


Los Alóadas juzgaron mal la fuerza del Caballero de Atenea.

En realidad, eso no fue algo que sorprendiera a Jabu en lo más mínimo, la gran mayoría de sus rivales solía caer en el mismo error. Era natural, no era uno de los Cinco.

La Señorita lo había dejado atrás nuevamente, hacía unos pocos minutos le habían confirmado que no participaría en el ataque al Refugio, sino que le correspondería proteger el campamento. Una humillación más, encima de muchas otras. Ya casi ni las sentía, y eso debería resultar alarmante.

Probablemente recibiría alguna sanción por abandonar su puesto para ayudar a ese niño al que estaban persiguiendo aquellos dos matones, pero no habría podido sufrir que lo mataran frente a sus ojos.

Peor para los matones, porque volcó en ellos toda la frustración y el enojo que había estado tragándose desde los catorce años.

Cuando los puso en fuga (lo bastante maltrechos como para que no pudieran participar en otro combate durante un buen tiempo), miró por fin con más atención al niño, que lo contemplaba con ojos grandes y llenos de sorpresa. No pudo evitar sonreír.

Ares hubiera querido corresponder a la sonrisa, pero estaba demasiado pasmado. El Unicornio de Atenea había atacado justo como lo haría un Berserker: con verdadera furia y sin cuidarse de si salía o no lastimado en el proceso.

-¿Te encuentras bien, pequeño?

-Er… sí…

El pobre niño debía haber pasado el susto de su vida, era asombroso que todavía tuviera la espada en las manos. Jabu puso una rodilla en tierra, sacó un pañuelo y procedió a limpiarle la cara, que todavía estaba húmeda por las lágrimas. Probablemente no ayudaría mucho al orgullo de la pobre criatura si lo devolvía con los suyos y todavía se notaba que había llorado.

-Listo, así está mejor.

-…Gracias… -murmuró Ares.

-No hay por qué. ¿A cuál dios sirves?

-Hum…

-¡Padre!

Dos hombres jóvenes (evidentemente alarmados) corrían hacia ellos.

-Ah… -Ares trató de buscar las palabras adecuadas. Como solía suceder, no las encontró y tuvo que conformarse con ser directo y conciso-. Mi nombre es Ares, y estos dos son mis hijos y heraldos: Fobos y Deimos, el Terror y la Huida.

Jabu no supo qué cara poner. ¿Acababa de limpiarle la cara al dios de la Guerra Sangrienta?

-…Supongo que debería disculparme por haberle faltado el respeto a Su Alteza… -comenzó, tratando de ser diplomático.

Las carcajadas simultáneas de los Heraldos de la Guerra lo tomaron por sorpresa.

-Este tiene que ser un Caballero de Atenea –dijo Fobos.

-Ya, ponte de pie, guerrero. Los servidores del Brotoilogos no son tan formales en su presencia –Deimos le dio a Jabu una palmada en el hombro (que casi lo lanzó al suelo) antes de dirigirse a Ares-. ¿Estás bien, padre? Pediría que te examine un médico, pero parece que todavía estás entero. ¿Aquellos dos eran los Alóadas o solo tuve una alucinación de un mal recuerdo?

Ares sonrió por fin.

-Eran ellos, y que mi maldición los acompañe a donde quiera que vayan. Hijos, este es el Caballero de Bronce del Unicornio que les mencionó su hermana.

-Ah, vaya. ¿En serio? –Deimos rió de nuevo-. Y yo que temía que fuera otro como el de la armadura rosa.

-No te recomiendo que hables de ese otro en forma irrespetuosa, recuerda que fue avatar de Hades.

Jabu se puso de pie, guardando para más tarde la curiosidad de por qué una hija de Ares iba a mencionarlo. ¿Y cuál hija podría ser? ¿Harmonía o Eris?

Contempló en silencio a Ares entregar la espada y la vaina a sus hijos, que recibieron el arma con caras de confusión para luego preguntarle si estaba seguro de querer marchar desarmado.

-Este pobre cuerpo mío no tiene todavía la fuerza para un arma de este tipo, pero no me detuve a pensar y la tomé de la armería porque es como la que suelo usar normalmente. Una imprudencia de mi parte, como de costumbre –Ares se encogió de hombros-. Tendré que resignarme a usar algo más liviano… un cuchillo, quizá.

-Eso te acercaría demasiado al enemigo –advirtió Fobos-, a un hombre alto le bastaría agarrarte por el cabello para ponerte en un problema serio.

-Y ya vimos que los Titanes tienen a por lo menos dos guerreros bastante altos –apuntó Deimos.

-Bueno, en ese caso… creo que voy a necesitar que alguien me cuide.

Los heraldos de la Guerra contemplaron a Ares con auténtico espanto.

-¡¿Quién eres tú y dónde escondiste el cadáver de mi padre?! –exclamó Fobos.

Ares rió.

-Anda, niño, ve a reunir a las tropas, mejor. Creo que Atenea iba a hablar con Poseidón para ponerlo al tanto de sus planes, así que no tardarán mucho en dar la orden de ataque.

-Iré a buscarte algún arma apropiada a tu estatura, padre –ofreció Deimos.

-Vayan con mi bendición, hijos.

Ares esperó a que se hubieran alejado un poco para hablarle de nuevo a Jabu.

-Unicornio, ¿me acompañarás en el campo de batalla?

-…¿Yo?

-Como dije, voy a necesitar que alguien me proteja.

Jabu evaluó la situación. ¿Por qué no? Era una petición directa del dios de la Guerra, si la Señorita se molestaba por eso, siempre podía invocar la diplomacia como excusa.

-Por supuesto, Alteza.

-Excelente… pero olvida el "Alteza", ¿quieres? Ya bastante van a reírse de mí con esta figura y un guardaespaldas para que además te dirijas a mí como si fuera mi hermana.


Notas:

Brotoilogos es uno de los epítetos de Ares, significa "destructor de hombres".