22. Ojos (691 palabras)


-¿Por qué me estás siguiendo? –preguntó Hades, irritado.

Había intentado estar lo más lejos posible de Atenea y su Orden durante la batalla, pero luego ocurrió aquel extraño cambio de planes y de repente estaba guiando a guerreros que no eran los suyos… y tenía al asesino de dioses convertido en su sombra.

-Sigo órdenes –replicó Seiya, que tampoco parecía muy contento.

-¿De quién?

-Poseidón.

Hades prometió mentalmente que hablaría con su hermano acerca de límites si acaso salía con vida, cosa que dudaba.

En realidad, no había tenido en ningún momento la menor duda de que moriría en esa batalla. Era, a fin de cuentas, una guerra perdida y, si estaba luchando, era por la simple y sencilla razón de que no podía abandonar a sus hermanos ni siquiera sabiendo que no tenía la menor posibilidad de salvarlos.

¿Qué impedía a los Titanes ahorrarse problemas y destruir los cuerpos originales de Poseidón, Zeus y Hera? Con solo destruir a Zeus, podrían darse por ganadores. Intentó no pensar en el riesgo que corrían también Ares y Dionisio… desde su punto de vista, esos dos todavía eran niños.

Sabía que si la lucha se había alargado tanto era solamente por la arrogancia de los Titanes: no se conformarían con vencerlos porque lo principal era verlos humillados. Esa era la razón por la que los servidores de los Titanes estaban esforzándose tanto por acabar con los avatares (y probablemente la razón principal por la que seguía con vida cuando Pegaso llegó a su lado), tenían órdenes de capturar con vida a todos los dioses que fuera posible. Especialmente Atenea y él, que no empleaban avatares.

-Aléjate de mí –gruñó, irritado.

-Qué más quisiera, pero órdenes son órdenes.

Hades se detuvo y esta vez no fue solo por lo mucho que le estaba doliendo la herida todavía fresca con todo el esfuerzo que estaba realizando. Enfrentó a Pegaso y lo miró con fijeza.

-¿Desde cuándo obedeces órdenes?

Fue un terrible error y Hades lo comprendió cuando vio los ojos de Pegaso agrandarse con alarma. El impacto de una maza empleada diestramente lo lanzó al suelo, seguro de que (muy probablemente) tenía seriamente lastimado el brazo derecho y un tanto comprometidas al menos dos costillas.

Seiya actuó con rapidez y rechazó a la criatura que acababa de golpear a Hades. Era increíble que el dios se hubiera distraído lo suficiente como para no ver llegar aquella cosa del tamaño de un búfalo, y era todavía peor saber que se había distraído por hablar con él, que debía estar protegiéndolo.

-¡Tranquilo! –exclamó-. Solo hay que llevarte a un lugar seguro…

-¿Un lugar seguro en mitad de un campo de batalla? –replicó Hades entre dientes mientras se ponía de pie-. Menos mal que no pierdes el sentido del humor.

-¡Escucha…! –Seiya volteó a mirarlo y tuvo que dar un paso atrás, Hades estaba más cerca de lo que había pensado y él había estado cerca (demasiado cerca) de volver a caer en el hechizo.

Durante años se había preguntado qué rayos había sucedido con él al momento de ver al verdadero Hades por primera vez. ¿Por qué en ese instante, cuando el mundo y la vida de Atenea pendían de un hilo, él solamente había podido pensar en los ojos de Hades? Y ahora, en medio de una batalla por las vidas de cinco dioses, él había estado a punto de quedarse (otra vez) contemplando sus ojos como un bobo, corriendo el riesgo de que mataran a Hades frente a él.

-¡Hay que sacarte de aquí! –declaró, convencido.

-Guíame –replicó Hades, con un leve rastro de sarcasmo en la voz.

Al mirar a su alrededor, Seiya descubrió con espanto que habían quedado casi aislados del resto de sus aliados. Necesitaba poner a Hades a salvo, y en ese momento la forma más rápida de conseguir ayuda para protegerlo era acercarse a donde estaba el resto de la Orden de Atenea, con Ares.

Tomada la decisión, sujetó a Hades por el brazo izquierdo (ni estando loco iba a lastimarle todavía más el derecho) y lo arrastró en dirección a donde estaba Ares, sin hacer caso de sus protestas.