25. Reunión (1.137 palabras)


-Bueno, muchachos, se acabó –declaró Ares-. Hasta aquí llegan mis fuerzas… sepan que fue un honor y un placer luchar a su lado.

Los Caballeros de Atenea lo vieron dejarse caer de rodillas en tierra, exhausto.

El dios de la Guerra había resistido mucho más de lo que se habría esperado de un aprendiz de su misma edad, pero era evidente que estaba muy lejos de la fuerza y agilidad que desplegaba Atenea en otra zona del combate.

Desde el cambio de órdenes, cuando quedaron bajo el mando de Ares, no habían tenido ni un momento de descanso, y él tampoco.

Sus instrucciones habían sido rápidas y sencillas: con excepción de Jabu, ninguno debía molestarse en tratar de protegerlo; luego les advirtió que el enemigo no desperdiciaría la oportunidad de eliminar con rapidez a los dioses más débiles (categoría que lo incluía a él en ese momento), por lo que no habría que esforzarse por encontrar a quienes combatir, y la premisa era causar tanto daño como fuera posible. Pero, si llegaban a quedar cerca de Hades en algún momento, debían tratar de ayudarlo.

-Nos encomendaron protegerlo a usted, Señor –señaló Shura.

-De eso se encargará el Unicornio. Recuerden que soy solo el segundo dios de la Guerra, mientras que Hades es uno de los tres pilares que sostienen el Olimpo: su seguridad importa más que la mía.

Eso había sido a primera hora de la mañana.

Ahora, cuando el sol empezaba a declinar en el horizonte, se daban cuenta de que no bromeaba ni exageraba al decir que ya no tenía fuerzas.

Dada su naturaleza, la ira de Ares se encendía fácilmente y se apagaba con rapidez, por eso las técnicas de los Berserkers se basaban en velocidad y en emplear toda la fuerza de un golpe… el desgaste era rápido hasta en las mejores circunstancias y una estrategia a largo plazo, reservar fuerzas para alargar la lucha… eso era propio de Atenea, no de él.

Al caer de rodillas, simplemente bajó la cabeza y esperó el golpe que acabaría con su existencia. Quizá los Hados se apiadarían del resto y nadie se desanimaría por culpa de su secreto. Quizá tendría suerte y no sería sino hasta después de asegurada la victoria que alguien se daría cuenta de que en realidad no estaba usando un avatar, sino que había reencarnado siendo él mismo desde un principio, como solía hacer Atenea. Su muerte, en esas condiciones, sería definitiva.

Los minutos pasaron y el golpe no llegaba.

Levantó la vista, intrigado, para descubrir que ocho Caballeros de Atenea formaban un círculo a su alrededor.

-¡Me parece haber dicho que no debían defenderme! –reclamó.

-¡No lo estamos defendiendo, Señor! –respondió el Caballero de Cáncer, con una risa burlona-. ¡Estamos ayudando a Unicornio, eso es algo totalmente distinto!

Tuvo que reír al oírlo, aunque en realidad le hubiera gustado poder responder con algo solemne e inspirador, como habría hecho Atenea (seguramente los Caballeros de su hermana estaban acostumbrados a escuchar frases motivadoras y cargadas de sabiduría, no como sus Berserkes, que eran más bien dados a hacer chistes malos en los peores momentos posibles). Observó con interés a los Caballeros, estaban turnándose, de manera que siempre había dos junto a él, descansando, mientras los otros seis se encargaban de mantener al enemigo a alguna distancia. Calculó que así podrían resistir un poco más y quizá él recuperaría suficiente fuerza como para morir de pie cuando llegara el último asalto de los Titanes.

Su buen ánimo se derrumbó cuando Seiya llegó con ellos, y Hades quedó a su lado. No, eso no estaba bien.

-¡Deberían estar al otro lado de la pirámide! –dijo Jabu.

-Quedamos separados de nuestro grupo –replicó Seiya que había tomado un lugar entre los protectores luego de (más o menos) dejar caer a Hades junto a Ares en el centro del círculo.

No, eso no era lo que Ares quería. Si tenía que morir, no debía ser frente a Hades…

-Ares… ¿qué te has hecho a ti mismo?

La sorpresa en el rostro de su tío le dijo con toda claridad que había sido descubierto. Hasta ese momento había tenido suerte porque los otros Olímpicos no lo recordaban de pequeño: se había criado lejos de Grecia, en Tracia (nunca supo, ni se atrevió a preguntar, por qué Hera decidió eso, pero sospechaba que su madre temía que Zeus pudiera imitar las costumbres de Cronos), Zeus nunca lo visitó y solo se conocieron cuando Ares tuvo edad para asumir su rol como dios de la Guerra. Por lo mismo, ya era adulto cuando conoció a sus hermanos inmortales… pero Hades siempre estuvo pendiente de él desde su infancia e incluso insistía en que pasara en el Inframundo al menos tres meses de cada año, ¡por supuesto que podía reconocerlo de inmediato!

-¿No lo apruebas? –preguntó, dolido.

-No lo apruebo en tu hermana y en ti me resulta preocupante. ¡Es exponerte demasiado! ¿Qué haremos si logran lastimarte seriamente?

Ares recorrió con la mirada a Hades y sus ojos se detuvieron (con gran elocuencia) en cada golpe y cada herida.

-Buena pregunta –respondió por fin-, pero al menos ni tu cuerpo ni el mío están atrapados allá dentro.

-Quizá eso sea lo único medianamente positivo. ¡Imprudente, imprudente Ares! ¿Qué voy a hacer contigo?

-Tenerme paciencia. ¿Estás… molesto?

-No, solo preocupado. Pudiste resguardar tu cuerpo en mi reino y usar un avatar, como siempre.

-No te veo a ti siguiendo tu propio consejo.

-¿No? Mi avatar está justo ahí –Hades señaló a Shun, que se esforzaba mucho por fingir que no estaba escuchando.

-¿Te han mencionado que este avatar tuyo se parece mucho a la esposa de uno de mis hermanos mortales?

-Más de una vez. No cometas tú ese error.

-…De acuerdo. En todo caso, tu avatar te está resultando tan útil como a mí el mío, que quedó en Tracia junto con mis servidores demasiado viejos o demasiado jóvenes. Se llama Iskander y le encanta reparar cosas. Creo que tiene más potencial como mecánico automotriz que como reencarnación del dios de la Guerra.

-Ares.

-Es un buen mecánico, en serio. No tengo muchos de esos.

Hades dejó escapar un suspiro de resignación.

-No tiene caso discutir ahora.

-Cierto –Ares se puso de pie-. Descansa, puedes estar seguro de que no les saldrá nada barato llegar hasta aquí.

-¿A dónde crees que vas? –Hades lo sujetó por el cinturón cuando se dirigía hacia el borde del círculo-. ¡De ninguna manera vas a exponerte a una muerte definitiva!

-Mi muy querido y respetado tío, no es un buen momento como para que el conejo llame "orejón" al burro.

-¿No está usando un avatar? –intervino Seiya, con el ceño fruncido.

-No –replicó Hades, con el tono exasperado de un adulto que todavía no acaba de creer la última travesura de un niño.


Notas:

La cuñada que menciona Ares es (por supuesto) Andrómeda, la esposa de Perseo. En mi pequeño universo, Shun e Ikki son reencarnaciones de sus hijos.