26. Nacimiento (1.580 palabras)
Los guerreros de los Titanes atacaron de nuevo, en masa, mejor organizados que la última vez. Era como ver una ola viniéndoseles encima y el círculo protector se redujo cuando los Caballeros de Atenea se vieron obligados a retroceder.
-Suéltame –le dijo Ares a Hades con voz suplicante-. Si voy a morir, quiero que sea enfrentando a mi enemigo… ¡¿Qué haces?!
Por toda respuesta, Hades, lo abrazó, con la evidente intención de escudarlo con su cuerpo cuando los Caballeros ya no pudieran contener la marea de enemigos.
Seiya apretó los labios, encontraba realmente difícil conciliar a ese Hades dispuesto a morir antes que su sobrino con el que había estado a punto de acabar con la vida de Saori.
Pero no era tiempo para filosofar al respecto, pronto ya no podrían evitar…
Una cúpula de luz plateada apareció entre ellos y sus atacantes. Los enemigos se estrellaban contra ella y retrocedían, envueltos en una niebla blanca que los corroía hasta dejar solo huesos blancos en pocos segundos.
-Esto es ...¡¿Un escudo?! –exclamó Seiya, maravillado y horrorizado a partes iguales antes de volverse hacia el único entre ellos que estaba empleando su cosmos en ese momento-. ¡Jabu! ¡No sabía que podías hacer algo así!
-Tampoco yo –replicó Jabu, que no estaba menos sorprendido.
-Es natural –Hades tosió y trató de esconder (sin éxito) la sangre que escupió al hacerlo, el esfuerzo por sujetar a Ares debía haber hecho ceder sus costillas lastimadas y empezaba a temer que alguna hubiese logrado herir un pulmón-. El Unicornio solo alcanza su verdadero potencial cuando tiene alguien a quien proteger. Eso es el Escudo de Luna… nada impuro puede cruzarlo…
-¿Cómo? –dijo Jabu.
-Es la naturaleza de tu constelación guardiana. Los unicornios no atacan, solo defienden… por eso es inútil colocar un unicornio en una línea de ataque si no pones a su lado alguien que deba ser protegido… Lo normal –añadió, con aire intrigado- es usar unicornios como última línea de defensa en un lugar sagrado. Un buen estratega habría dejado al Unicornio en el campamento porque así Zeus estaría más seguro en caso de que el asalto falle.
-Me olvidé de eso y le pedí que me acompañara –dijo Ares, con un hilo de voz-, pero no puedo decir que esté muy arrepentido por ello justo en este momento.
-¡¿Esto es obra tuya?!
-Atenea iba a dejarlo en el campamento…
-Roguemos a los Hados para que tu padre no se entere de que estuviste interfiriendo con las estrategias de Atenea.
-¿Jabu? ¿Cuánto podrás sostenerlo? –interrumpió Seiya, que veía con preocupación las condiciones en las que se encontraba Hades, era evidente que cada vez se le dificultaba más el respirar.
-No tengo idea –admitió Jabu, al tiempo que le daba a Seiya un pañuelo, Seiya parpadeó un par de veces, aceptó el pañuelo se lo dio a Hades, que lo usó para limpiarse la sangre de la boca luego de soltar a Ares-. Siento… grietas, temo que no tardará mucho en ceder.
-¿Cuántos pañuelos llevas contigo? –preguntó Ares, de repente.
-¿Eh? Generalmente, dos.
-Ah.
-No pareces preocupado.
-¿Bromeas? Estoy al borde del pánico y cuando yo entro en frenesí, entonces las cosas sí se ponen realmente feas. Habrá que admitir que no tiene mucho sentido el que, en medio de todo esto, mi mayor curiosidad sea cómo es que un guerrero logra conservar, luego de doce horas de combate, un pañuelo blanco perfectamente limpio y planchado, debe ser que el miedo me está terminando de volver loco –Ares le sonrió ampliamente-. Estamos rodeados, si tu escudo cede ahora, no habrá quién nos salve de esta. Mi único consuelo es que si muero aquí y ahora, los Alóadas no podrán ponerme un dedo encima de nuevo –Ares miró de nuevo a Hades, el dios de la Guerra tenía una expresión extraña cuando vio a su tío escupir sangre por segunda vez, Seiya tuvo la impresión de que lucía como alguien que hubiera comprendido algo horrible de repente-. Tú no estás bien.
-Ares, hijo… -murmuró Hades-. No quiero que corras riesgos…
-¡Tranquilo, tío! –la expresión extraña de Ares fue remplazada por la sonrisa más falsa que Seiya había visto en su vida-. Sabes perfectamente que no corro ningún peligro y, aunque así fuera, nada es mejor para un guerrero que una bella muerte en el campo de batalla.
-Yo preferiría vivir para ver los resultados –apuntó Jabu.
-Estoy tratando de hacer que se tranquilice un poco y no me estás ayudando, Unicornio.
-Bueno, es que…
El estallido de luz cegadora que provino de la pirámide los hizo callar a todos.
-Ha nacido una nueva deidad –dijo Ares, antes de volverse hacia Jabu, el cosmos del dios de la Guerra se encendió de súbito en una forma que no había empleado hasta ese momento, era como si de repente tuviera acceso a toda la fuerza que debería desplegar como adulto-. ¡Unicornio! ¡Protege a mi tío! ¡Los demás, vengan conmigo, vamos a atacar!
-¿Qué? –exclamó Seiya, alarmado. ¿Estaba loco? Eran demasiado pocos como para enfrentar a todos esos guerreros que… Entonces lo notó: los guerreros de los Titanes habían dejado de atacar el escudo y permanecían mirándose desconcertados entre ellos.
-Siente el Cosmos, Pegaso. ¡Una sacudida así solo la producen la muerte y la vida! Pero esta clase de energía… es vida. Alguien acaba de alcanzar el Noveno Sentido en este momento y no tiene control sobre su poder, por eso esta oleada de fuerza pura extendiéndose en todas direcciones –Ares blandió su cuchillo con una sonrisa salvaje-. Los dioses jóvenes todavía recordamos esto y no nos sorprende… pero los Titanes son viejos, no están acostumbrados al desbalance que produce en todos estas ondas en el Cosmos, no recordarán cómo compensar, se les dificultará controlar a su gente… ¡Este es el momento de dar vuelta a las cosas! ¡Retira el escudo, Unicornio! ¡GUERREROS! ¡ESTA ES NUESTRA HORA!
Presas de un entusiasmo repentino, los otros Caballeros de Atenea lo siguieron de inmediato cuando se lanzó a la ofensiva. Solo Seiya y Jabu quedaron con Hades.
-¡¿Qué les ocurre?! –preguntó Jabu, alarmado. No había tenido la menor intención de obedecer a Ares, pero tuvo que dejar caer el escudo cuando los otros Caballeros empezaron a correr, no iba a arriesgarse a lastimar a un amigo hasta no estar absolutamente seguro de cuál era la definición de "puro" e "impuro" con respecto al Escudo de Luna.
-Éxtasis de guerra –explicó Hades-. Ares acaba de hacerlos entrar en un frenesí sagrado… A ellos y a todos los demás guerreros de los Olímpicos, por lo que alcanzo a ver desde aquí… Más de uno va a reclamarle después por esto… Tú eres inmune por causa de tu constelación, los unicornios nunca pierden la sensatez.
-Eso lo dices porque no lo conoces bien –apuntó Seiya-, no se puede perder lo que nunca se ha tenido.
-¡Oye!
-¿Por qué no me afectó a mí? –continuó Seiya, ignorando a Jabu.
Hades lo ignoró a su vez.
-Me dejó atrás –murmuró Jabu.
-¿Cómo dices? –preguntó Seiya.
-Me dejó atrás –repitió Jabu, un poco más alto-. Igual que hace la Señorita, me dejó fuera del combate.
-Eso fue mi culpa –intervino Hades-. Lo hice avergonzarse por emplear un recurso valioso de una forma distinta a como lo haría la diosa de la Guerra Inteligente… y cometí un error con eso. Suelo olvidar que la Guerra Apasionada tiene sus propias reglas y estas no tienen por qué ser racionales para funcionar correctamente… Ve con él y cuídalo.
-¿Eh?
-Acabo de revocar su orden y te pido que continúes protegiéndolo como hasta ahora. ¿Qué esperas, Unicornio? ¡Ve y ayuda a ese imprudente antes de que logre hacerse matar!
Jabu corrió para alcanzar a Ares y Seiya se cruzó de brazos frente a Hades.
-No has respondido mi pregunta –señaló.
-Eres el asesino de dioses. Cuando tu Señora te convirtió en lo que eres ahora, se aseguró de que ninguno de nosotros pudieran enfrentarte. Tomó algo de cada uno de los demás Olímpicos, de los dioses menores y hasta de los daimons y usó todo eso para hacerte invencible. Ares no puede afectarte.
-Eso… no puede ser cierto.
-Estás viendo la prueba, no tengo por qué desperdiciar mis fuerzas en tratar de convencerte.
-…¿Qué fue lo que tomó de ti?
Hades se encogió de hombros, evasivo, pero Seiya insistió hasta que no tuvo más remedio que responder con tal de hacerlo callar.
-Cuando tu Señora habla de mi "negro y duro corazón", lo hace con conocimiento de causa: usó veneno de la Gorgona para abrirme una herida lo bastante profunda como para llegar hasta mi corazón y robar un trozo, que usó como parte de los ingredientes del filtro que te hizo capaz de acabar con todos los dioses… exceptuándola a ella.
-Saori… ella no haría algo así.
-¿No? –Hades enarcó las cejas-. Y, sin embargo, henos aquí. Si tu Señora pudo vencerme de un solo golpe en mi propio reino fue porque sabía perfectamente en dónde está la vieja herida que jamás sanará por completo, porque el veneno sigue corroyendo mi carne y recordándome a cada instante la forma en que la diosa de la Estrategia aprovechó mi mayor debilidad y la volvió en mi contra…
Un ataque de tos lo obligó a interrumpirse.
Seiya, inquieto, se sentó junto a él y logró (con no poco esfuerzo) convencerlo de usarlo como apoyo para que pudiera respirar mejor.
Así estaban cuando Tánatos e Hipnos los encontraron, una vez concluida la batalla.
