33. Tragedia (982 palabras)
Hades había empezado a adormilarse cuando escuchó un par de golpes en la puerta de su alcoba, un instante antes de que la puerta se abriera sin que la persona que entró se molestara en esperar a recibir permiso.
Seiya, otra vez.
El dios se incorporó tan rápido como se lo permitió el dolor que sentía y le lanzó una mirada fulminante.
-Realmente estás buscando tu muerte.
-Primero que todo, te pido que me perdones.
-¿Eh?
-Mi conducta fue… inapropiada y grosera y…
-¿Quién te dictó lo que estás recitando? Suena como si lo hubiera redactado Poseidón.
Seiya frunció el ceño. Se sentó en la cama haciendo caso omiso de la mirada de enojo de Hades y trató de empezar de nuevo.
-De acuerdo, él me dijo qué decir.
-¿Cómo lo logras?
-¿Qué cosa?
-Mi hermano dándote consejos sobre cómo ofrecer una disculpa en lugar de intentar aplastarte como a un gusano.
-O como a una babosa de jardín… No sé. Debe ser mi encanto irresistible -Hades tuvo que luchar contra una sonrisa, a Seiya no se le escapó el detalle-. De verdad lo siento, me excedí… aunque no lamento haberte besado. Eso realmente lo disfruté.
Hades hizo un gesto de resignación.
-Haz tus preguntas. Responderé las que pueda y como pueda. Luego de eso, vete y déjame en paz.
-¿Significa eso que estoy perdonado?
-Lo que significa es que estoy cansado y quiero dormir. Habla y vete, o solo vete.
-Está bien. Poseidón acaba de contarme que, en otra vida, tú y yo fuimos amigos.
-Tío y sobrino, enemigos, amigos, hermanos, amantes, víctima y asesino… Hemos sido de todo a lo largo de numerosas existencias.
-No recuerdo nada de eso.
-Eres mortal, no puedes soportar el peso de milenios de recuerdos mientras estés en el mundo material. Pero cuando mueres y vuelves a mi reino de sombras, entonces recuerdas.
-Y volvemos a ser amigos.
-…Por el tiempo que hay entre una rencarnación y otra.
-…¿"Pero"?
-¿Eh?
-Puedo sentir un "pero" aguardando después de "entre una rencarnación y otra".
-No hablaré más en contra de tu Señora, ya sé que no tiene caso.
-Hazlo de todas maneras, quiero escuchar lo que tienes que decir.
Hades enarcó una ceja.
-Ella ha estado alterando el tiempo entre las rencarnaciones. No solo el tuyo: todos sus Caballeros están muriendo y renaciendo casi sin pausa. Eso… no es bueno para sus almas.
-¿Cómo es que…?
Un grito horrible, que resonó a través del aire y del cosmos al mismo tiempo, hizo que el Olimpo entero se estremeciera como víctima de un terremoto.
Hades parpadeó. ¿En qué momento se había movido Seiya tan rápido, que ahora estaba de pie junto a él, listo para escudarlo de cualquier objeto que cayera?
-¿Qué fue eso? –preguntó Seiya, en un susurro.
-La voz de la diosa Afrodita –respondió Hades automáticamente-. No la había escuchado así en milenios. Eso fue un grito de guerra.
La diosa Afrodita y el Caballero Afrodita volvieron a la sala de banquetes luego de una larga conversación.
Afrodita (el Caballero) estaba un tanto aturdido, una reacción normal a una leve "sobrecarga" de información. Afrodita (la diosa) recordaba a cada una de sus ancestras directas (las Afroditas de las que él descendía) y había dedicado la última hora a contarle anécdotas (alegres, dulces, cómicas, tristes…) de todas ellas. Era confuso, por decir lo menos.
Los gritos de alarma a su alrededor forzaron a ambos a bajar de la nube en la que se encontraban para darse cuenta de que en realidad estaban en medio de una emergencia.
-¡Deténganlo!
-¡Cuidado!
-¡Esa bestia es peligrosa!
-¡Rápido, antes de que hiera a alguien!
El Caballero de Piscis vio un animal enorme dirigirse hacia ellos. Mitad león, mitad águila, mucho más grande que solo la suma de un águila y un león, era uno de los grifos de Zeus. Una bestia en verdad peligrosa, de las mismas que en los tiempos heroicos habían vigilado el fuego cuando Zeus se lo arrebató a los humanos solo para que luego Prometeo lo robara para devolvérselos. Entre esos terribles seres había pasado el Titán, arriesgando más que solo la vida… y ahora había uno suelto (y, aparentemente, furioso) en mitad de la sala de banquetes.
Estaban en el Olimpo, donde los servidores mortales de los dioses tenían prohibido portar armas. Ni siquiera podían hacer uso de armaduras y, siendo francos, ¿quién iba a usar una armadura en una fiesta?
Todos los que estaban ahí se encontraban igualmente desarmados, pero, de todos modos, Afrodita pudo ver a los guerreros preparándose para enfrentar al grifo y someterlo o matarlo según fuera necesario.
Retrocedió con cuidado, siempre consciente de la presencia de la diosa junto a él. Su prioridad en ese momento era mantenerla a salvo, ya que era una dama a la que estaba acompañando, fuese inmortal o no. Una vez que la hubiera dejado en un sitio seguro, volvería a la sala a ayudar al resto.
Fue un plan que no pudo realizarse, porque el grifo, que hasta ese momento parecía husmear a su alrededor buscando algo, pareció dar entonces con el rastro que buscaba. Los ojos de Afrodita (tanto la diosa como el Caballero) se agrandaron al descubrir que alguien había prendido una rosa roja en la melena de plumas. La bestia ahora los miraba directamente a ellos, que estaban más conscientes que nunca en sus vidas del hecho de que ambos llevaban sendas rosas rojas en el cabello.
El grifo soltó un rugido que pareció terminar en un chillido y los atacó.
El Caballero no pensó en ningún momento que quizá la diosa podía arreglárselas sola. Era un guerrero de Atenea, entrenado desde la más tierna infancia para proteger a otros, y actuó en consecuencia: apartó a la diosa y enfrentó solo al monstruo.
Un zarpazo certero, dirigido a la garganta descubierta…
…y La sangre del Caballero salpicó el rostro de la diosa.
