34. Retorno (1.961 palabras)


Para Saga, el tiempo pareció detenerse. En un estado de agonía pura y lucidez absoluta, vio caer a Afrodita.

Vio también a la diosa gritar (aunque luego no pudo recordar ningún sonido), vio su cosmos arder y vio su espejo transformarse en una lanza.

Vio a la diosa del Amor y la Belleza atacar al grifo, apartarlo de su presa y, finalmente, la vio herir a la bestia con la lanza… con tanta fuerza que el arma atravesó el cuerpo del monstruo y destrozó el suelo de mármol.

Aunque Saga no pudo recordarlo nunca, el grito de la diosa fue un rugido de guerra que estremeció el Olimpo.

-¿Qué ha sucedido aquí? –preguntó Zeus tan pronto como llegó. No obtuvo una respuesta inmediata: la diosa estaba ocupada desclavando la lanza y la realidad de Saga se había reducido al cuerpo de Afrodita en sus brazos.

Zeus insistió en su pregunta con un tono cada vez más colérico.

-¡Háblame, Afrodita! ¡¿Por qué te has atrevido a usar un arma en mi palacio?! ¡¿De dónde sacaste la osadía para herir de muerte a una de mis bestias sagradas?!

-¿"Osadía"? –exclamó la diosa, que ya había logrado liberar su lanza y se plantó frente a Zeus con la furia pintada en el rostro-. ¡Osadía tuvo quien liberó tu mascota y la envió contra un mortal cuya vida era un homenaje a mi persona! ¡A ese ser es a quien debería traspasar mi lanza! ¿Fuiste tú, prepotente Zeus? ¡Piensa muy bien cómo vas a responderme!

-¿Estás amenazándome?

-¡No olvides que soy Afrodita En Kepois, pero también soy Afrodita Androfonos, Afrodita Urania, nacida de la sangre y la violencia! ¡La gentil espuma del mar que acogió los despojos de Cronos tal vez atemperó la ferocidad de mi naturaleza, pero no por eso dejo de ser una diosa de la Guerra, anterior en el tiempo a tu amada Atenea y a tu impetuoso Ares! ¡Rara vez empuño las armas, pero tú mejor que nadie deberías saber que no es de sabios despertar mi furia, sobrino, porque soy la única entre todas a las que intentaste forzar que fue capaz de derrotarte! ¡Responde mi pregunta o asumiré que esto es obra tuya!

-Ni siquiera conozco al mortal del que hablas.

La diosa miró hacia donde estaba Saga, llorando silenciosamente sin soltar el cuerpo de Afrodita.

-Fue uno de los Caballeros de Oro de tu hija y su madre me invocó al darle nombre. Bien sabes, rey del Olimpo, que he visto extinguirse una a una las familias que descendían de mis hijos mortales, Eneas, Astinoo, Erix, Herófila, Lyros… este niño era el último de mis descendientes mortales y, como supe que no planeaba tener hijos propios, le pedí que adoptara una niña. ¡Mi intención era que esa niña fuese mi próximo avatar, para que mi linaje no se extinguiera! Tu grifo y quien lo liberó han exterminado mi familia humana, oh Zeus, e interfirieron en mi ciclo de rencarnaciones. ¡El grifo se lanzó contra mí y él murió protegiéndome! No lo repetiré más: entrégame al responsable o desataré mi ira y, por los dulces recuerdos y las promesas leales, bien puedo arrastrar conmigo al menos a tres de tus hijos a una guerra.

-Eso es cierto –admitió Hefesto-, nos separamos en malos términos, pero eso no me libera de mis promesas.

-Tampoco a mí –añadió Ares-. Aunque he sido inconstante en mis alianzas, mientras hubo amor entre nosotros juré que acudiría si ella me llamaba.

-Yo… también hice promesas que no puedo romper –añadió Hermes.

Zeus se mordió el labio inferior y luego dirigió una mirada colérica al resto de los dioses.

-¡Zelos! ¡Cratos! ¡Bías! –exclamó.

Los dioses de la Emulación, la Fuerza y el Orgullo se presentaron de inmediato y se arrodillaron ante él. Los tres hermanos de la diosa de la Victoria eran casi idénticos entre sí, solo se diferenciaban por el color de los ojos.

-Ordena, Señor –dijo Zelos.

-Ustedes son mis servidores más cercanos y atienden mis mascotas. ¿Alguno sabe quién soltó este grifo?

-He sido yo –declaró Bías-, por complacerte, Señor.

-Es todo cuanto necesitaba saber –dijo Afrodita, preparando la lanza.

-Un momento, por favor, Citerea –intervino Astrea-. Que haya justicia en medio de nosotros. Bías, ¿por qué dices que esto fue por complacer a mi padre?

-Yo jamás di orden para que se hiciera algo en contra de Cipris –añadió Zeus.

-No era necesario, Señor, lo que hice fue adelantarme a tus deseos –Bías miró a la diosa-. No envié a la bestia a atacarte a ti sino al humano, y el grifo cumplió a cabalidad la misión encomendada.

-¿Por qué hiciste eso? –exclamó Zeus, alarmado-. ¡Ya he dicho que no conozco al humano! ¿Por qué iba a desear la muerte de alguien que cuenta con el favor de mi hija y de la diosa de la Belleza?

-Porque el guerrero en cuyo cuerpo reside el alma de tu hijo Pólux rechazó por amor a él la inmortalidad que le fue ofrecida. Ya una vez antes rechazó su lugar en el Olimpo con tal de no separarse de su hermano mortal y entonces Zelos, Cratos y yo nos encargamos de que el Tindárida Cástor muriera. Me pareció natural hacer lo mismo con este otro, como lo hicimos también con sus indignos padres mortales, para que, cortados los lazos que lo retenían entre los humanos, el príncipe Pólux acepte por fin que su destino está entre los dioses, como corresponde a tu progenie.

-¡Jamás! –gritó Saga-. ¡Ahora menos que nunca!

-Afrodita… -Zeus se pasó una mano por la frente, contrariado-. Yo no habría dado la orden, fue un error la primera vez y todavía estoy pagando las consecuencias, pero Bías no actuó por malicia contra ti…

-¡¿Intercedes por tu servidor?!

-Sí.

-No tomaré su vida, pero exijo una reparación.

-Claro… ¿Hades?

El dios del Inframundo pareció sinceramente sorprendido por la mirada suplicante de Zeus.

-No puedo –respondió.

Las miradas de todos se centraron en él.

-¿No? –dijo Saori, con tristeza y resignación. Ella ya lo sabía, pero le agradeció silenciosamente a Zeus el al menos haberlo intentado.

Hades negó con la cabeza.

-Te lo devolví una vez, junto con los otros. Pude hacerlo entonces porque mis Heraldos retuvieron sus sombras a la espera de ser juzgadas, pero ahora su alma ya pasó el Aqueronte y debe estar llegando a los Campos Elíseos. Si lo hiciera regresar, debería obligar a volver con él también las almas de todos los que han muerto en este intervalo. Millones. No puedo forzar así la naturaleza y al mismo tiempo estaría cometiendo una injusticia.

-Ya escuchaste, Cipris –dijo Zeus-. Pide otra compensación y juro por las aguas sombrías de la Estigia que haré cuanto esté en mi mano para concedértela.

Afrodita inclinó la cabeza unos instantes. Luego, con un gesto lleno de determinación, se pasó la mano por la cara, recogió la sangre que la había salpicado… y la lamió.

-¡¿Qué acabas de hacer?! –exclamó Zeus, alarmado.

-Aquí, en presencia de todos, lo reclamo como mío. De mi propia carne y sangre le daré un nuevo cuerpo para reponer el que fue destrozado ante mis ojos, con esto su linaje vuelve a mí, que soy su origen. ¡Y ay del que se atreva a alzar la mano en contra suya, porque herirlo a él será declararme a mí la guerra! Esa es la compensación que exijo, oh Zeus, que se me permita recuperar a mi descendiente por mis propios medios. De esta manera sí puedes devolverme su sombra, ¿no es cierto, Emperador del Otro Mundo?

-Es cierto –aceptó Hades-. Y te la doy de buena gana, aunque lo correcto sería permitirle descansar en mis jardines por algún tiempo.

-Afrodita –intervino Saori-, ¿reclamarlo? Pero… él ha sido mi Caballero de Piscis desde...

-Y no me opondré si decide serlo de nuevo, una vez que tenga edad y discernimiento para saber lo que implica entrar a tu servicio –replicó Afrodita con brusquedad-. No soy amiga tuya y bien lo sabes, porque siempre has rechazado mis dones con altanería. Este niño es ahora el más joven de mis hijos y, si alguna vez llega a servirte, será porque su corazón lo mueva a hacerlo y no por lo que fue para ti en eras remotas.

La diosa caminó hasta donde estaba Saga y apoyó una mano en la cabeza de él.

-El dolor ha terminado, su alma duerme ahora y sueña contigo.

Saga intentó limpiarse las lágrimas y solo consiguió llenarse la cara de sangre.

-Cuando nazca… ¿me permitirá Su Alteza visitarlo alguna vez?

-El tiempo transcurre distinto para los dioses. Lo que queda de tu vida se habrá agotado mucho antes de que él nazca de nuevo.

-No… -protestó Saga débilmente.

-Pero, si de mí depende, te encontrarás con él de nuevo en tu próxima reencarnación. Tienes mi palabra.

Saga bajó la mirada y dejó libres las lágrimas nuevamente. A Kanon le costó mucho trabajo conseguir que soltara el cuerpo de Afrodita para que pudieran llevárselo y cumplir los ritos por los guerreros caídos.

La sala pronto quedó vacía, excepto por Hermes, Ares y Hefesto, que seguían inmóviles en el lugar donde habían quedado al declarar su alianza con Afrodita. No había sido fácil para ninguno de los tres reunir valor suficiente como para enfrentarse a Zeus de esa manera.

-Hermanos, eso fue aterrador –dijo Hefesto, relajándose por fin lo suficiente como para volver a apoyarse en su bastón.

-¿Lo dices por nuestro padre o por ella? –preguntó Hermes.

-Por ella, por supuesto. Si no hubiera visto con mis propios ojos la forma en que mató al grifo, me habría parecido más arriesgado desafiar a padre que romper mis promesas. Créeme, nunca había estado tan feliz como en este momento por el simple hecho de que mi actual esposa es una mujer razonable y de buen gusto.

-Tienes toda la razón, hermano. Yo solo estuve una vez con ella y todavía estoy asustado. Empecé a comprender lo peligrosa que es mucho antes de que naciera nuestro hijo.

-¿Qué, no era hija?

-Ese chiste ya es muy viejo, Hefesto

-Pero no pierde actualidad.

Hermes sonrió nerviosamente y entonces él y Hefesto bajaron la mirada al mismo tiempo para contemplar a Ares, que estaba en medio de los dos y seguía sin decir palabra.

-¿Estás bien, Ares? –preguntó Hermes, que se había vuelto un tanto sobreprotector desde el incidente de la vasija de bronce y se sentía inquieto por ese silencio.

-Creo que acabo de enamorarme de nuevo –suspiró Ares.

-¡¿De ella?! –exclamaron Hermes y Hefesto a coro.

Hacía muchos siglos que tanto el dios de los Mensajeros como el dios de la Forja evitaban referirse por su nombre a la diosa Afrodita. Ares miró a uno, luego al otro y entonces se encogió de hombros.

-Repito lo que he dicho muchas veces: ustedes dos nunca supieron apreciarla en todo lo que vale.

Aprovechando el que ahora tenían una diferencia de estatura más que significativa, Hefesto le revolvió el cabello.

-Si la vuelves a cortejar ahora, terminarás criando un hijo ajeno –le advirtió.

-Gran cosa –Ares apartó su mano y se acomodó el cabello-. Cortejarla es justo lo que pienso hacer… en unos veinte años, en este momento solo lograría risas.

Hefesto y Hermes lo vieron marchar, ambos con el ceño fruncido y ambos más inquietos por él que al principio.

-Algo raro le ocurre a nuestro impulsivo Ares. Tendremos que dejar de llamarlo así si sigue hablando con esta prudencia tan impropia de él –dijo Hefesto.

-¿Crees que Atenea tenga algo que ver con esto? –preguntó Hermes.

-La vi llevando al cinto el puñal del dragón de Cólquide. Hay cuando menos una alianza entre ellos.

-¿Una conspiración entre los dos dioses de la Guerra? Habrá que estar alertas.

-Sin duda alguna.


Notas:

En Kepois = "de los jardines".

Androfonos = "asesina de hombres".

Urania = "celestial", "del cielo". En este caso, Afrodita está refiriéndose a su origen, ya que nació de la sangre de Urano que Cronos derramó en el mar al… eh… al castrarlo. En toda justicia, Afrodita bien podría ser una diosa de la violencia, y ocasionalmente recibía el culto de una diosa de la guerra, algo frecuente entre diosas del amor.

Citerea = "de Citeres" (la primera isla que pisó Afrodita al salir del mar).

Cipris = "de Chipre" (donde se encontraba uno de los santuarios más importantes de Afrodita).

Zelos ("Emulación" o "Envidia", en el sentido de la envidia sana, que nos hace esforzarnos por igualar y superar a los que son mejores que nosotros), Cratos ("poder" o "fuerza") y Bías ("orgullo") son, junto con Niké ("victoria") los hijos del titán Palas y la ninfa Estigia. Sus padres presentaron a los cuatro ante Zeus para que lucharan bajo sus órdenes durante la guerra contra los Titanes. Los tres varones se encargaron de ayudar a Hefesto a encadenar a Prometeo en el Cáucaso, son los servidores más cercanos de Zeus… y poco más que eso se sabe de ellos en la mitología.

Después de divorciarse de Afrodita, Hefesto se casó con Aglae, la más joven de las Tres Gracias (y diosa del Buen Gusto), con quien tuvo cuatro hijas, a las que se conoce como "las jóvenes Gracias".

Hermes y Afrodita tuvieron un romance, el resultado fue Hermafrodito (qué nombre tan poco original). Cierto día, el joven fue a bañarse en un lago y la náyade del lugar (Salmacis) se enamoró de él e intentó seducirlo. Él la rechazó y entonces ella lo arrastró al fondo del lago, donde pidió a los dioses que los unieran de manera que no pudieran ser separados. Así, Hermafrodito quedó convertido en un ser masculino y femenino al mismo tiempo y tuvo que quedarse para siempre en el lago. Cualquier hombre que entrara en contacto con esas aguas, perdía la virilidad de inmediato.