35. Paradoja (2.500 palabras)
Kanon abrazó a su hermano y se resistía a soltarlo. Habían pasado 12 horas desde la muerte de Afrodita y ninguno de ellos lograba tranquilizarse mucho. Kanon sospechaba que los otros Caballeros de Atenea también tenían dificultades. El grito de guerra de la diosa del Amor y la Belleza sería parte de las pesadillas de muchos.
-Vendrás con nosotros al Santuario Submarino, ¿verdad?
Saga negó con la cabeza.
-¿Por lo menos unos días? –insistió Kanon.
-No.
-¡No quiero que estés solo!
-Solo no voy a estar. Un Patriarca, dos fantasmas, once Caballeros de Oro, dieciocho de Plata y veintiséis de Bronce, además de media tonelada de aprendices estarán pasando "casualmente" en forma constante por la Casa de Géminis para asegurarse de que estoy bien e interrumpirme cuando realmente necesite estar solo. Padre y madre te avisarán si algo anda mal conmigo.
-Pero…
-Estaré bien.
-¡Mentiroso!
Saga le revolvió el cabello con afecto.
-Estaré bien. Puedes usar la Otra Dimensión y visitarme a diario, si quieres.
-Pero…
-No puedo abandonar ahora mis labores.
-¿Haces esto por Atenea?
-Y por Afrodita, y por mí. Treinta y cinco años de trabajo que no deseo echar a la basura. Sería desperdiciar no solo mis sacrificios sino también los de Afrodita. Pero lo principal es que sé que si me marcho "unos días" a... tu casa, cada minuto que pase ahí se me hará más difícil volver a la mía. No quiero abandonar los lugares en los que fui feliz con Afrodita, porque aunque me duela en este momento sé que luego necesitaré todos mis recuerdos suyos para seguir adelante. Y, además, tengo que cuidar de su jardín. Ahora que él no está, solo yo sé cómo hay que tratar sus rosas…
-Pasarán doscientos años antes de que él las vea de nuevo –respondió Kanon, con aspereza, solo para arrepentirse de inmediato de lo que había dicho.
-Y por lo mismo, debo ser yo quien entrene al próximo Caballero de Piscis, o sus técnicas y los rosales se perderán para siempre. Sé que comprendes.
-Entonces… me quedaré contigo unos días –dijo Kanon, obstinado.
-Claro –Saga lo despeinó una vez más-, pero que no pase de trece días. No quiero que Poseidón se moleste conmigo.
-¿Trece…? Está bien. No más de trece días con sus noches.
-De acuerdo –Saga sonrió levemente-. Haremos una pijamada.
-¿Ah?
-Ya te explicaré de qué se trata. Ahora, déjame un rato, ¿quieres? Hay alguien que quiere hablar en privado conmigo.
La mirada de Kanon dirigiéndose con certeza al punto donde Zeus intentaba pasar desapercibido le demostró a Saga que su hermano también había estado pendiente del intruso desde su llegada.
Vio que el gesto obstinado se mantenía en el rostro de su gemelo y sonrió. Kanon estaría más que dispuesto a echar de ahí con cajas destempladas al propio rey del Olimpo si se lo pidiera, pero eso solo empeoraría las cosas y ambos lo sabían perfectamente.
-No quiero que estés solo –repitió Kanon, lentamente.
-Créeme que te llamaré si llego a necesitarte. Tienes mi palabra de que el grito de la diosa de la Belleza no será nada comparado con el mío.
-Está bien –Kanon lo miró de nuevo-. Pero solo porque tú lo pides.
Su hermano desapareció en la Otra Dimensión (seguramente para reaparecer a poca distancia de ahí y escuchar tanto como pudiera… habría que ver si era capaz de disimular su presencia mejor que Zeus) y Saga permaneció sentado. Si Zeus advirtió la descortesía totalmente intencional, no comentó nada al respecto.
-Deberías prestar más atención a los consejos del tejedor de engaños –dijo, a modo de saludo.
Saga no volteó a mirarlo.
-¿Cree que logrará usar a mi hermano para convencerme de aceptar la inmortalidad, oh gran Zeus? Debería dejarle creer eso, solo para que se esfuerce por hacer que nos veamos con frecuencia de ahora en adelante, de la misma manera que se ha esforzado tanto por separarnos.
-¡Cuánta insolencia! –exclamó Zeus, dolido.
-¿He pasado los límites de su escasa tolerancia? Pido perdón por eso, Majestad.
-Es el dolor por la muerte de tu consorte lo que habla, no sería justo reprochártelo.
-Qué magnánimo.
-…Pero es justo que te advierta que el sarcasmo continuado tiende a irritarme.
-Lo tendré en cuenta. Solamente voy a aclararle un detalle: Kanon no volverá a ofrecerme la inmortalidad, al menos no en esta vida. Él comprende mis razones y respetará mi decisión.
Zeus se encogió de hombros aunque Saga seguía dándole la espalda.
-Está bien, me has derrotado de nuevo, pero tengo la eternidad para convencerte. Y, ahora que hablamos de eternidad, ¿te has dado cuenta de que tu consorte será inmortal la próxima vez que nazca?
Eso consiguió que Saga volteara a mirarlo con el ceño fruncido.
-¿Qué? –demandó.
Zeus se sentó junto a él y le pasó un brazo por los hombros para hablarle como si le explicara algo a un niño.
-El padre de su linaje fue un mortal y por eso la suya fue una estirpe de héroes mortales, sin más rastro de la madre divina que la belleza heredada a través de un nombre. Pero esta vez será Afrodita sola quien fabrique un cuerpo para él y ese cuerpo únicamente podrá ser inmortal. Será un joven daimon… y con toda seguridad su madre querrá que tome el lugar que dejó vacante Harmonía cuando renunció al Olimpo e incluso a su forma y belleza con tal de compartir el destino de su esposo, Cadmo.
"No necesito ver el futuro para saber cómo le destrozará el corazón verte envejecer y morir en tu próxima vida. Los hijos de Citerea son todos iguales en ese sentido: aman con todas sus fuerzas y cuando pierden al ser amado, su mismo poder los consume hasta que sus corazones se vuelven ceniza; es entonces cuando pasan a ser dioses de la Guerra: incapaces de amar, incapaces de construir, aptos únicamente para extender por el mundo el dolor que experimentan. Tu egoísmo hará algo peor que matarlo, hijo mío.
-Mientes.
-¿Te arriesgarás a apostar conmigo?
-…
-La otra opción, ya que te niegas a aceptar mi regalo, sería que renuncies por completo a él y le permitas pasar la eternidad sin saber que alguna vez te amó.
-Él…
-Y entonces, yo lo tomaré. La juventud del hijo me ayudará a triunfar donde fracasé con la madre.
El cosmos de Saga se encendió como una llamarada. Cualquiera que no fuese el rey de los dioses habría sido lanzado lejos por la energía liberada en esa forma.
-¡Destruiré el Olimpo con mis propias manos antes que permitirte ponerle un dedo encima!
Zeus le sonrió, complacido, y Saga vio con sorpresa el fuego de su cosmos reflejándose en los ojos del dios.
-Bordeas el Noveno Sentido sin siquiera haber empezado a quemar tu parte mortal… Serás un dios poderoso.
El cosmos de Saga se apagó.
-¿Por qué la fijación conmigo? ¿No tienes ya suficientes hijos? ¿Qué quieres de mí que no puedas conseguir con algún otro?
-Estás destinado a ser mi heredero.
-¿Yo?
-Por mucho tiempo me esforcé en encontrar una forma de neutralizar la maldición de Urano. Casi tuve éxito al conseguir que Atenea naciera de mí en lugar de Metis, pero el poder de su gemelo era demasiado grande, no me fue posible hacer lo mismo con él.
"Así que intenté otra cosa. Consumí totalmente lo que debería haber sido el cuerpo de mi hijo y le busqué a su alma unos padres mortales para que le proveyeran de un cuerpo que no hubiese sido engendrado por mi semilla. De esa forma pude lograr que él evadiera la maldición…
-Tíndaro tenía razón: él sí fue mi padre desde la primera vida.
-Solo de tu cuerpo. Tu alma es la de mi hijo, el gemelo de Atenea…
-¡Destrozaste esa alma al arrancarla de su cuerpo original!
-¿Ah?
-¡Mi alma se dividió en dos!
-¿De qué hablas? Pensé que tu poder solamente había obligado al cuerpo mortal a dividirse para que el alma del hijo de Tíndaro no fuera lastimada por el terrible poder de la tuya…
-¡Mi alma no desplazó a ninguna otra! ¡Fuimos mi gemelo y yo desde un principio y el primer cuerpo se dividió porque entre humanos un solo cuerpo no pude albergar dos almas divinas! ¡Las nuestras fueron desde un principio el resultado de una sola alma desgarrada en dos y por eso el alma de Kanon siempre se reúne con la mía al momento de morir!
-No es posible…
-Sí que lo es. Realmente somos gemelos idénticos, en cualquier sentido que quieras buscarle.
-Maravilloso… -Zeus sonrió y Saga temió haber cometido un terrible error al revelarle eso-. Por supuesto, tu poder era demasiado grande para ser contenido por un simple envase mortal, fue muy prudente el dividirlo… Si pudiera reunificarse…
-Ya es tarde para eso. Ambas mitades hemos crecido hasta ser independientes del todo… como estrellas de mar.
-Siempre el mar interfiriendo. No tenía idea de que el tejedor de engaños fuera también mi hijo, ahora veo en él la astucia de tu amada madre, la primera diosa de la Sabiduría, mi primera Reina… En fin, me has dado una buena noticia, hijo.
-No me llames "hijo".
-Ve acostumbrándote. Es simple cuestión de tiempo para que te decidas a aceptar. Lo harás por tu hermano, lo harás por tu consorte… pero terminarás haciéndolo –ignorando la furia en la expresión de Saga, Zeus lo abrazó antes de desaparecer.
Saga no evitó que su cosmos irritado fracturara los objetos (y las paredes y el techo) a su alrededor mientras juraba mentalmente que, si llegaba a ser inmortal, sería bajo sus propios términos.
Zeus se reunió con Hera y la encontró más seria de lo acostumbrado.
-¿Cómo estuvo la entrevista con tu heredero? –preguntó ella, tenía acumulados ya muchos días de inquietud, desde el momento mismo de ver a los guerreros que regresaban del combate cuando arribaron al Olimpo y reconoció entre los servidores de Atenea a la rencarnación de Pólux.
-Tan mal como podía esperarse y un poco más. Caí tan bajo como para amenazarlo con tomar para mí a su consorte –respondió Zeus con aire fatigado, el dios se recostó en el diván donde estaba sentada su esposa y apoyó la cabeza en el regazo de ella.
-¿Serías capaz? Solo lograrías que te odiara para siempre.
-Citerea me haría lo que Urano a Cronos si llegara a mirar a su próximo hijo demasiado fijamente, ni hablar de acercármele. No tengo la menor intención de hacer algo así, esposa, solo quería preocuparlo, y tuve éxito. Está furioso conmigo.
Hera lo miró preocupada.
-Llevas esto demasiado lejos, esposo. Podría rebelarse en contra tuya con la sola intención de proteger a su pareja de una amenaza imaginaria.
-Me esfuerzo por mantener el equilibrio. Si todo sale según mis planes, solo permanecerá alerta y protector de su consorte. Eso los beneficiará tanto como a mí, porque sí habrá peligro rodeándolos, solo que no de parte mía.
-¿Por qué te atormentas así? –Hera empezó a acariciar el cabello de su esposo-. Si le explicaras por qué es necesaria su presencia entre los inmortales, estoy segura que él comprendería, es un hombre sabio… Si le hablaras con la verdad, te harías digno e su respeto y quizá hasta de su afecto.
-No –la respuesta de Zeus fue inmediata-. No te he explicado cómo actúa la maldición de Urano sobre mí, ¿verdad?
-No –admitió ella, enarcando las cejas en un gesto que hizo reír a Zeus, cuando Hera expresaba así su desconcierto, resultaba más parecida a Hades que en ningún otro momento-. Aunque sé que es diferente en cada uno de nosotros.
-El poder de nuestro abuelo garantizó para mí el odio de mis hijos.
-¿Cómo dices?
-Aquellos de mis hijos que me amen tendrán la oportunidad y los medios para destruirnos a todos. Aquellos que no me amen, serán los únicos capaces de detenerlos. Eso dijo el Oráculo de Gea. ¿Ya ves cuál es mi paradoja, amada?
-Esposo…
-Cuando intento hablarles con afecto, la maldición convierte en palabras ásperas todo cuanto intento decirles… a todos, exceptuando a Atenea y Heracles. Por eso sé que ellos están señalados para ser mi destrucción.
-Pero…
-Incluso con Ares… cuando nació, pensé "¡Bien! ¡Como a este no lo engendré, podré tratarlo con cariño!" Qué equivocado estaba… Cuando lo tuve en mis brazos por primera y única vez, vi en él la nobleza y la belleza que comparten tú y Hades, en ese momento, por ser hijo de ustedes, lo amé como si fuera mío y la maldición actuó con más violencia que nunca antes: la ira de Urano me hizo intentar matarlo y si tú no lo hubieras impedido, lo habría estrellado contra el piso. Hiciste muy bien en alejarlo de mí.
Hera palideció.
-Hades y yo creímos… que lo habías intentado por nuestra traición…
Zeus rió sin ganas.
-Mi dulce Señora, ¿con qué cara podría reprocharte un desliz después de todas las veces que rompí mis votos de fidelidad? Lo más que puedo hacer es elogiar tu buen gusto, al menos no me traicionaste con un mortal… si es que puedo llamar "traición" a un afecto que existió desde antes que yo fuera concebido: siempre fui consciente de que lo amabas más a él, pero tuve que convencerte de ser mi Reina para consolidar mi poder como Soberano. No tendrás queja de mí si buscas a Hades de nuevo…
-Su corazón ha estado en otro sitio desde hace muchos años –Hera sacudió la cabeza-. Entre nosotros solo queda la amistad que forjamos en las entrañas de Cronos y el hijo que concebimos.
-Deberían decirle la verdad a Ares, para que por lo menos pueda amar al padre correcto. Puedo ver que le cuesta más que de costumbre disimular cuánto lo hiere el creer que no lo quiero.
Hera apretó los labios, eso era algo que tendría que discutir con Hades largo y tendido.
-¿Y si yo hablara con Pólux?... –ofreció.
-Una palabra: Heracles. ¿Recuerdas lo que pasó cuando intentaste ser amigable con él? La maldición, amada mía, la maldición.
-Oh.
-Y entonces llegamos a mi querida hija Atenea, mi mayor orgullo y fuente de todos mis terrores. Mucho me ama mi hija cuando todos sus hermanos son indiferentes o rencorosos conmigo, ¿verdad? Mira lo que le hizo a Hades, el arma que creó para asegurar esos sueños que quiere cumplir aunque tenga que pasar por encima de todos nosotros, la forma en que creó esa arma, la forma en que dañó en el proceso al guerrero al que dice amar… Y todo sin haber dejado un instante de sentir afecto hacia mí. No dejará de quererme ni siquiera en el instante en que ordene mi muerte si alguna vez me atravieso en su camino –Zeus suspiró, resignado-. Por eso necesito a Pólux en el Olimpo y resentido conmigo, con su consorte a su diestra, su hermano a su izquierda… Ellos tendrán que detener a mis hijos más amados cuando llegue el momento en que Atenea y Heracles intenten destronarme.
