37. Veneno (1.849 palabras)


La despedida fue solemne. Once de los Doce Olímpicos estaban en sus tronos cuando Atenea se presentó, seguida por sus Caballeros, para recibir la bendición de sus parientes antes de regresar a la Tierra.

Curiosamente, solo Poseidón y Ares la bendijeron, los demás se limitaron a responder su saludo con una inclinación de cabeza, pero Saori no dio muestras de desanimarse por eso.

-Antes de marcharme, hay un último regalo que deseo ofrecer. ¿Seiya?

Tal y como lo habían acordado, Seiya se colocó junto a ella sosteniendo el cuenco con el antídoto. Zeus frunció un poco el ceño.

-¿De qué se trata, hija? ¿Vas a reponerme con este joven el copero que te llevaste hace milenios?

La risa de Hera al escuchar eso pareció sorprender a todos. La reina miró directamente a Kamus y volvió a dejar escapar una risita.

-Temo que el buen Ganímedes no esté muy bien enterado en este momento de algunas cosas acontecidas en otros tiempos, esposo.

-Cierto, amada.

-No se trata de eso –dijo Saori, que se las había arreglado para no perder la sonrisa-. Mi regalo es para Hades.

-Guárdatelo –replicó Hades de inmediato, sin levantar la visa de sus manos, que reposaban en su regazo. No llevaba el cabestrillo en ese momento y debía resultarle incómodo tratar de mantener inmóvil el brazo lastimado.

-Recuerdo una época en la que no habrías rechazado el regalo, de haber incluido el copero –apuntó Poseidón.

Hades levantó la mirada con el ceño fruncido, vio a Seiya y su expresión cambió a sorpresa antes de volverse seria nuevamente.

-¿Es alguna clase de broma, Atenea?

-Es solamente otro intento por mi parte para demostrarte que estoy arrepentida de cualquier mal que haya podido ocasionarte en esta época o en cualquier otra. Te pido perdón por todos mis errores y te ruego me des la oportunidad de reparar al menos uno entre tantos: este es el antídoto al veneno de Gorgona que hice caer sobre ti cuando Ares y tú guardaban las murallas del palacio mientras esperábamos el asalto final de los gigantes.

-¿Admites… haber sido tú quien hirió a Hades y ayudó a los Alóadas a secuestrar a Ares? –dijo Zeus, levantando poco a poco la voz hasta que el cielo se oscureció y escucharon truenos lejanos-. ¿Cómo explicas esa traición?

-Mi propósito entonces era algo que consideraba noble, y no esperé en ningún momento que el daño llegaría a ser tan grande ni imaginé tampoco que Ares sufriría por mi culpa. A… A Ares también le debo una reparación sin duda alguna… Lo siento, hermano, no debí aceptar tu regalo porque no lo merezco, te devuelvo tu puñal, sé cuánto lo aprecias…

-Consérvalo –dijo Ares, en un susurro apenas audible. Había dejado de mirar directamente a Saori y sus manos retorcían la tela de su manto sin advertirlo.

Saori se mordió el labio inferior, la relación con el otro dios de la Guerra era algo que también iba a requerir una gran dosis de trabajo, pero en ese momento la prioridad era Hades, así que miró de nuevo al dios del Inframundo y se encontró con que este la miraba inexpresivo.

-¿Esperas que acepte algo de ti? –preguntó él.

-Es el guerrero Pegaso quien te lo ofrece –respondió ella.

Esa era su señal. Seiya se adelantó y subió cuidadosamente las gradas que conducían al estrado de los doce tronos hasta quedar frente a Hades, que ahora más bien parecía algo inquieto.

-La vi servir el antídoto en esto –dijo, jovial-. Estoy seguro de que recuperarás la salud, quizá hasta el buen humor, si es que alguna vez lo tuviste.

-Insolente…

Hades contempló el cuenco que Seiya estaba ofreciéndole. Iba a empezar a negar con la cabeza cuando Seiya habló de nuevo, risueño.

-Desconfiado. ¿Te preocupa que sea veneno? Mira.

El Caballero bebió un trago y volvió a ofrecerle el cuenco, con una gran sonrisa.

¿Cómo responder que no a eso?

Hades tomó el cuenco, con lo que la sonrisa de Seiya se hizo todavía más amplia.

El Olimpo entero pareció contener la respiración cuando el dios se llevó el cuenco a los labios, estaba a punto de beber cuando hubo una brusca alteración en el cosmos de Seiya.

El Caballero se llevó una mano a la garganta con la sorpresa pintada en el rostro. Las miradas de ambos se cruzaron por un instante… y Seiya usó la otra mano para golpear el cuenco, que cayó a los pies de Hera, el líquido que contenía manchó de verde la falda de la diosa, mientras Seiya caía de rodillas y Hades lo recibía en brazos para que no se golpeara contra el suelo.

-¡Traición! ¡Traición! –se escuchó por todo el recinto.

Hades sujetó una de las manos de Seiya y le habló en voz baja.

-Duele, duele mucho, lo sé, pero eres mortal y pasará pronto, créeme, esto no tardará mucho…

Seiya aferró con fuerza su mano y no apartó la mirada de él mientras duró su agonía.

Una vez que el Caballero de Pegaso exhaló el último suspiro, Hades miró directamente a Saori.

-¿Ahora realmente buscabas mi muerte o solamente se trata de una burla, Tritogenia?

-¡No he sido yo! –exclamó Saori. Miró a su alrededor y solo descubrió miradas hostiles entre los dioses-. ¡Ares! –llamó desesperada-. ¡Ares, hermano! ¡¿Tú me crees?!

Ares vaciló antes de mirar a Hades con un gesto suplicante.

-¿Le crees? –preguntó Hades con suavidad.

-…Le creo –respondió Ares.

-Yo, no. ¡Zeus, hermano y soberano mío! ¡Exijo justicia!

-Justicia tendrás –respondió Zeus, sombrío-. El crimen de este mortal que intentó asesinar a uno de los tres reyes en presencia de todos los Olímpicos, ciertamente no quedará sin castigo.

Hades lo miró con desconcierto.

-Esta traición no puede provenir del siervo sino de su ama, ¿no la juzgarás a ella? –replicó luego de unos instantes de silencio.

-No –replicó Zeus, sin mirarlo-. Estoy convencido de que esto es obra del asesino de dioses únicamente. La diosa de la Guerra Inteligente no recurriría a un acto tan innoble, sin importar cuál fuera su meta.

-¡Acaba de admitir ante ti lo que nos hizo a Ares y a mí…!

-Y te pidió perdón.

Hades inclinó la cabeza, su cabello ocultaba sus ojos y su mano izquierda continuaba acariciando el cabello de Seiya.

-Hágase tu voluntad entonces, hermano –respondió con amargura.

Zeus miró a Saori.

-Hija mía, voy a liberarte de la carga que ha sido para ti este mortal durante tantos siglos.

-¿Padre Zeus…?

-Es mi sentencia que el asesino de dioses no vuelva a formar parte jamás de tu Orden. A partir de este momento pertenece a Hades, y él hará con esta alma lo que considere más justo.

-¡No! –gritó Saori.

-¿Vas a discutir conmigo en presencia de los Olímpicos y de todos los dioses?

-¡Seiya no hizo esto, padre!

-¿Entonces, admites haber sido tú quien alzó la mano contra uno de los tres reyes que sustentan el cosmos?

-¡No, yo…! ¡Padre, alguien cambió el contenido de mis frascos! ¡Alguien nos tendió una trampa!

-¡Silencio! Ya he dictado mi sentencia, no busques provocar mi ira, que quizá ni tú misma, mi hija preferida, estés del todo a salvo. Hades, hermano, ¿tu deseo de justicia queda satisfecho con mi sentencia?

-Satisfecho, quizá no, pero sí aplacado –Hades lo miró a los ojos-. Me doy cuenta ahora de que no está en mi poder (y tampoco me corresponde) devolver el golpe al lugar de donde partió.

Saori comprendió entonces lo que quería decir Hades y miró horrorizada a Zeus, que le sostuvo la mirada, sereno.

-He dictado sentencia, hija. Tú y el resto de tus servidores pueden retirarse, con mi bendición.

-El… el cuerpo de Seiya…

-Hades dispondrá también de ese despojo según sea su voluntad.

-Claro…


-Fue Zeus, ¿no? –dijo Kanon en cuanto salieron del Olimpo.

-Baja la voz –advirtió Poseidón-. Podría apostar mi corona, pero no apostaría mi Tridente, siempre queda la posibilidad de que se haya limitado a aprovechar las circunstancias y que la traición viniera de otra parte.

Lejos de discutir si el tiempo que quería pasar Kanon con Saga en el Santuario de Atenea era poco o mucho, Poseidón simplemente se había invitado a sí mismo por los trece días acordados por los gemelos, y ahora, los tres caminaban en último lugar entre los que acompañaban a Saori.

-El cambio de los frascos… -apuntó Saga.

-Una jugada que podría haber sido de Eris, tal vez incluso de Némesis (aunque ella prefiere ser menos discreta)… pero la habilidad para hacerlo… siguiendo con las apuestas, me inclinaría por Hermes.

-¿Qué será ahora de Seiya? –preguntó Saga.

Poseidón suspiró, rodeó la cintura de Kanon con el brazo izquierdo y apoyó la mano derecha en el hombro de Saga.

-Zeus ha decretado que no sirva más a Atenea. Eso no significa que no pueda volver a la vida, o reencarnar. Sospecho que pasarán unos cuantos siglos antes de que se le permita volver de nuevo a la superficie. Como mínimo, el tiempo que tarde Hades en sanar de su herida, y eso, incluso con la ayuda del joven Andrómeda… serán unas diez o doce reencarnaciones. A decir verdad, estoy sorprendido de que mi hermano decidiera aceptar la oferta de Shun después de lo que vio suceder en el salón de los tronos. Mucho me temo que eso es lo más cerca que podrá llegar de decirle a Atenea que comprende que ella es inocente de esta mala jugada.

-No es lo mismo que perdonarla.

-Tú lo has dicho, Cástor.

-Kanon.

-Cierto.

-¿Queda alguna esperanza? –preguntó Saga, dolido.

-Esa palabra… -murmuró Poseidón-. Me preocupa la posibilidad de terminar comprendiendo por qué los dos la usan tanto. Tienen que entender una cosa los dos: Zeus le entregó el alma de Seiya a Hades, y Hades no hará algo tan burdo como arrojarla al Cocito y olvidarse de que existió alguna vez. Regresará la sombra al cuerpo en el Inframundo e intentará compensarle esa muerte tan prematura e injusta.

-¿Eso piensas? –Kanon sonrió a medias-. Si Hades fuera prudente, lo mantendría lo más lejos de sí que pueda.

-Hades es prudente, excepto en lo que toca a Pegaso. Por mi parte, estoy convencido de que Seiya no desaprovechará el tiempo: seguirá fastidiando a mi pobre hermano, acosándolo y haciendo de su vida un tormento insoportable hasta que consiga verlo sano y reconciliado con nuestra sobrina. Y no estará solo en esa cruzada: donde falle el entusiasmo de Pegaso, siempre podremos contar con la lógica de Andrómeda para intentar persuadir a Hades de darle otra oportunidad a Atenea.

Saga miró hacia atrás con inquietud. Shun se había quedado en compañía de los Heraldos de Hades luego de afirmar que debía cumplir una promesa en nombre de Seiya. Cuando el dios descendiera de nuevo a su reino, Shun lo acompañaría para servir como su avatar por lo que quedaba de su vida natural.

El resto del camino hacia el Santuario de Atenea estuvo sembrado de silencio y lágrimas para la mayoría, aunque en la pequeña familia que formaban ellos tres, había cuando menos la sensación de que no todo estaba perdido.