38. Donde el círculo se cierra (694 palabras)


Saga vivió para celebrar su cumpleaños número 88. "Un año por cada constelación en el cielo", fue lo que comentó durante la pequeña celebración con sus más allegados.

La diosa Afrodita lo visitó unos días después, como hacía todos los años. Seguía sin notarse en su figura el que la reencarnación del Caballero de Piscis estaba gestándose en ella, pero Saga ya podía percibir el cosmos del bebé que crecía tan lentamente.

El sucesor de Afrodita, Albán, que ya era un hombre de más de treinta años (pero al que Saga no podía dejar de ver como al niño que el primogénito de Aioria encontró extraviado en los alrededores del Santuario) contempló con admiración (y desde lejos) a la diosa hasta que se marchó. El muchacho era prudente.

Una semana después de su último cumpleaños, Saga despertó en mitad de la noche y supo de inmediato que estaba sufriendo un infarto.

No pidió ayuda, sabía que no era necesario. Un instante después se abrió la Otra Dimensión para dar paso a Kanon.

Su gemelo, detenido para siempre en los 28 años, pasaba ahora fácilmente por su nieto, algo que había proporcionado mucha diversión a ambos a costillas de los aprendices.

-¿Es hora?

-Es hora –Kanon se sentó en la cama y tomó sus manos.

Saga sonrió al darse cuenta de que su hermano estaba usando su cosmos para aplacar el dolor que producía su corazón fallando por última vez.

-Ya dejé todo dispuesto. Me enterrarán en el jardín de la Doceava Casa…

-Junto a Afrodita, directamente en la tierra, como es tradición entre los Caballeros de Piscis –completó Kanon, que sabía las instrucciones de memoria desde hacía años-. Debo vigilar que Albán no se me meta en líos por culpa de Minos, que no deja de rondarlo. Me encargaré de completar el entrenamiento de tus discípulos…

-Insísteles siempre que no deben pelear, recuérdales que son hermanos…

-Lo haré. Y me encargaré de que el que no logre obtener la armadura de Géminis sepa que no es menos por tener que conformarse con ser un Caballero de Plata. Los cuidaré bien. Estaré pendiente por la próxima reencarnación de Atenea. Visitaré cada año al Patriarca y a tu sucesor para comprobar que todo marche bien. Vigilaré que Albán cuide bien las rosas. Etcétera, etcétera, etcétera.

-Eso mismo. Una cosa más, Kanon…

-Dime.

-Cuando llegue la hora de mi próxima reencarnación… que Hades no me haga beber del Leteo. Procuren que nadie más que ustedes dos sepa eso. Y Poseidón, si no quieres escondérselo a él.

Las cejas de Kanon se fruncieron levemente.

-¿Quieres renacer con la memoria de tu vida anterior? Eso no es…

-Ya sabes que no aceptaré la inmortalidad que me ofrece Zeus… he decidido… que la alcanzaré por mis propios medios y en mis propios términos. Con mi memoria de esta vida… podré alcanzar el Noveno Sentido…

-Alrededor de los 30 años, comprendo.

-Espero que… de los 28…

-Más te vale.

Cuando el alma se separó de la forma mortal, Kanon contempló la pequeña estrella dorada y esperó.

Tánatos se presentaría a recogerlo y él los acompañaría al Inframundo, no se despediría de su hermano hasta dejarlo instalado en los Campos Elíseos…

Pero no sucedió lo que esperaba.

En lugar de emprender el viaje al último hogar, el alma de Saga fue directamente hacia él y buscó refugio en su cuerpo.

Kanon dejó escapar una exclamación de sorpresa al sentir ese cosmos cálido poniendo fin a un vacío que nunca había notado antes. El alma de su hermano y la suya orbitaban ahora una en torno a la otra, en armonía perfecta, como las estrellas de un sistema binario.

-Comprendo… ahora comprendo… -murmuró Kanon, llevándose ambas manos al pecho-. No lo supe hasta ahora porque solía morir antes que tú… pero es imposible separarnos, ¿no es así, hermano? El alma del que muera primero permanece siempre con la del que viva más… En doscientos años, cuando sea el momento de renacer, lo haremos juntos y seremos gemelos una vez más, como siempre.

Las lágrimas resbalaban por su cara, pero no había tristeza en ellas.

El signo de Géminis estaba completo una vez más.

Fin