Epílogo (3.979 palabras)


200 años después


Johann no tenía entrenamiento en el uso del cosmos y tampoco estaba armado, pero se mantuvo entre los atacantes y su familia, dispuesto a vender su vida lo más cara que pudiera.

Él, su esposa Elizabeth y sus dos hijos habían sido emboscados cuando regresaban al Santuario de Atenea luego de visitar a sus suegros. Los guerreros desconocidos los rodeaban ahora y no había esperanzas de recibir ayuda.

¿Cuál podría ser el propósito de la emboscada? Johann no era tan siquiera un Caballero de Atenea, no era más que un simple escriba…

-¡Acabemos con esto! –exclamó uno de los guerreros desconocidos-. ¡¿Cómo es posible que pueda retrasarnos tanto un vulgar chupatintas?!

Eso descartaba la posibilidad (remota) de un error de identidad.

-¡Cuida tus palabras, cobarde! –gritó uno de sus hijos, con voz alta y clara-. ¡Es al soberano de Esparta, Tíndaro, pastor de hombres, de la estirpe de Perseo, hijo de Zeus, a quien osas insultar sin ser digno de enfrentarlo!

Johann abrió mucho los ojos, alarmado, pero sin atreverse a mirar a su familia por no perder de vista a los guerreros. Además, no hacía falta: ese solo podía haber sido Pólux.

Su pequeño Pólux, tan igual y tan distinto a su gemelo. Siempre había sido un niño serio, demasiado maduro y dueño de una inteligencia prodigiosa. Había aprendido a leer tan rápido que el mismo Patriarca bromeaba diciendo que había nacido sabiendo leer… Y, por si eso no fuera bastante extraordinario, ahora estaba elevando su cosmos, sin haber recibido todavía ni tan siquiera la primera lección, porque los Caballeros de Oro no terminaban de ponerse de acuerdo sobre quién sería su Maestro. No había habido un Caballero de Géminis en ciento veinte años.

Aquella explosión de luz dorada fue breve. Pólux podía ser un niño fuera de lo común, pero era un niño y su pequeño cuerpo todavía no era capaz del esfuerzo.

Sin embargo, fue suficiente como para llamar la atención de alguien.

Antes de que los enemigos pudieran atacar de nuevo, otros diez guerreros aparecieron formando un anillo protector alrededor de la familia.

Capas blancas con el forro azul, armaduras color oro rojo que parecían brillar como las escamas de los peces…

-¿Atacas a traición con veinte guerreros a un hombre desarmado, Zelos, hijo de Palas? –exclamó uno de los recién llegados-. ¡No esperarás que mi padre y Señor piense que este atentado contra mi padrastro no fue ordenado por el que amontona las nubes!

El líder de los atacantes retrocedió.

-Tritón, príncipe del Océano. Nada de esto es con el propósito de dañar a tu padrastro, él no corre ningún peligro. Nuestro único deseo es lograr que el príncipe Pólux cumpla con su destino…

-¡Bien dijo mi padre que Zeus hizo mal en no dejar que Citerea atravesara a tu hermano Bías como hizo con el grifo! El Destino es inevitable y no requiere de tu ayuda para cumplirse: si es el destino del hermano de mi padrastro convertirse en uno de los Olímpicos, lo será cuando los Hados así lo decreten y no un segundo antes ni después. Retírate con tu gente, o esto será un acto de guerra del Olimpo en contra del Mar.

-Mi Señor Zeus…

-¿No ordenó esto, como "no" ordenó la muerte del descendiente de Cipris en el propio sagrado Olimpo? ¡Busca alguien que te crea y lárgate ahora mismo!

Zelos y sus guerreros desparecieron. Tritón contempló a la familia. Todos parecían ilesos.

-¡Salve, Tíndaro, pastor de hombres, y Leda, sabia reina! –exclamó Tritón, que saludó a Johann y Elizabeth con una reverencia tan pronto como estuvo seguro de que los enemigos se habían marchado.

-Eh… creo que hay un error…

-Ninguno –Tritón sonrió con algo de burla. Tenía el aspecto (al menos en ese momento) de un joven de alrededor de unos veinte años, su cabello era negro y muy rizado y los ojos azules chispeaban risueños-. Eres Tíndaro y deberás acostumbrarte al nombre porque la mayoría de los inmortales no tenemos paciencia para estar aprendiendo una y otra vez los nombres de tus reencarnaciones. Soy Tritón, heredero de Poseidón y amigo de tus hijos. Mi padre aguarda por ustedes cuatro en su palacio.


El Santuario Submarino era espléndido, no se parecía en nada al montón de ruinas descrito por los antiguos relatos que Johann había leído de niño. Multitud de personas (y otros seres que no parecían humanos) los contemplaban al pasar, la mayoría hacía apresuradas reverencias al ver a los gemelos, algo con lo que Pólux parecía muy tranquilo, pero Cástor estaba realmente asustado y no soltaba la mano de Elizabeth a pesar de los intentos de Tritón por entablar conversación con él.

La familia seguía a Tritón por el gran templo del Soporte Principal cuando Johann se detuvo para contemplar, intrigado, una estatua.

-Se parece a ti –dijo Elizabeth.

-Es el tejedor de engaños, mi padrastro –dijo Tritón.

-Me parece recordar que Kanon se opuso con mucha vehemencia a que hubiera estatuas suyas aquí cuando reconstruyeron el lugar –dijo Pólux, sonriente.

La risa de Tritón era estruendosa, como las olas chocando contra un acantilado.

-Mi padre, antes de reencarnar, nos instruyó a mis hermanos y a mí para que ordenáramos la creación de esta estatua… y algunas otras tan pronto como Kanon se uniera al ciclo de las reencarnaciones. Cuando despierte al Noveno Sentido y recuerde quién es, mi muy amado padrastro va a encontrar esto aguardándolo aquí.

-No le hará ni pizca de gracia.

-Eso dije yo, eso dijeron todos mis hermanos, hasta mi madre lo dijo… puede ser que de aquí a… unos veintidós años, me veas convertido en Emperador, porque estoy casi seguro de que Kanon va a matarlo por esta broma.

-Nah, se limitará a hacerle una todavía peor.

-Agradecería una explicación –dijo Elizabeth, con tono impaciente.

-Y la tendrás, pero a su debido tiempo. Como dije, mi padre aguarda.

El "padre" al que se refería Tritón resultó ser un niño de unos once años que discutía acaloradamente con dos muchachas muy parecidas al primogénito de Poseidón.

-¡Regresé! –anunció Tritón con voz alegre, y empezó con las presentaciones de inmediato-. Este niño es Seischthon, y ellas dos son mis hermanas Bentecisime y Rhode. Niñas, mi Señor, estos son Johann, Elizabeth y sus hijos, Cástor y Pólux.

Seischthon miró a los gemelos y frunció el ceño antes de dirigirse a Tritón.

-Cuando te marchabas, me prometiste que traerías a alguien con quien podría jugar –reclamó.

-Eso hice, estoy plenamente convencido de que los tres van a llevarse muy bien.

-Yo tengo once años, Tritón, ellos apenas tienen… como seis. Son un par de bebés, no puedo jugar con ellos –Seischthon se cruzó de brazos e hizo un puchero.

-Tonterías –Tritón no parecía preocupado en lo más mínimo-. Tienes mi palabra de que serán grandes amigos. ¿Por qué no los invitas a jugar?

Seischthon miró fijamente a los gemelos por unos segundos. Luego fue directamente hacia Cástor y lo tomó de la mano.

-Ven, te enseñaré el área de juegos.

Cástor no estaba acostumbrado a que alguien lo eligiera primero estando cerca su brillante hermano, miró sorprendido a Seischthon por un instante, pero enseguida sonrió y marchó con él sin problemas, cosa que sorprendió por igual a Johann y Elizabeth. Cástor había sido hasta ese momento un niño tímido y retraído (demasiado consciente de las diferencias entre él y Pólux como para apreciar las semejanzas), aquella sonrisa radiante era toda una novedad en él.

Los esposos intercambiaron una mirada y eso bastó para ponerse de acuerdo. Elizabeth siguió a Seischthon y Cástor, que ya se alejaban en compañía de las risueñas Rhode y Bentecisime, y Johan permaneció con Tritón y Pólux.

-¿Seischthon? –preguntó Pólux en cuanto se alejaron-. ¿"El que agita la tierra"?

-Precisamente.

-¿No recuerda…?

-No. Recordará en cuanto despierte al Noveno Sentido, en unos… diecinueve años, creo.

-Atenea despierta a los trece.

-Lo cual siempre me ha parecido sumamente raro. Este periodo sin la memoria de nuestra realidad como dioses es lo que nos permite regenerarnos y evitar caer en la locura. Para nosotros es… algo así como el sueño para ustedes, míseros mortales. E igual de indispensable. Un dios con "insomnio" tiende a ser muy poco grato de tratar.

-Te veo muy amigable con mi hermano. ¿Ha cambiado algo desde la última vez que te vi? Recuerdo que solías ser una espina en su costado y algunas de tus bromas más bien llegaron a parecer intentos de asesinato.

-Hum. Han pasado alrededor de cuarenta años desde la última vez que le hice una travesura que no pudiera ser llamada "travesura" con toda propiedad. Me queda el orgullo de haber sido el último entre todos los hijos de Poseidón al que logró llamar "amigo" –la sonrisa de Tritón ya no era tan alegre como al principio-. Admito que mantuve más allá de lo razonable la esperanza de volver a ver juntos a mis padres, a pesar de saber que ambos reconstruyeron sus vidas con otras personas.

-Me gustaría saber… -intervino Johann.

-Ah, sí, la explicación… un momento, por favor. ¿Prefieres que te llame "Pólux" o "Saga", sé que querías guardar el secreto, pero…

-Saga está bien mientras estemos en familia.

-Bien, acompáñenme un poco más.

Tíndaro los guió hasta un recinto sin muebles ni más adornos que un espejo que abarcaba casi una pared completa.

-No sé si te han mencionado lo poco que me agradan los espejos –dijo Saga, frunciendo el ceño.

-Oh, sí, mi padrastro lo comentó alguna vez.

-¿Esto lo comisionó él?

-Antes de que empieces a planear la venganza, no fue su idea. La diosa Afrodita lo ordenó así. Ya sabes que el espejo es uno de sus emblemas.

-Oh…

-Síganme.

Sin más explicación, Tritón marchó hacia el espejo… y lo atravesó.

-¡¿Qué está pasando aquí?! –exclamó Johann.

-El espejo es una puerta –dijo Saga.

-¿A dónde?

-No lo sé, pero Tritón no nos llevaría a un sitio donde corriésemos peligro.

-¿Pólux, cómo es que…?

Saga tomó aire y resumió para su padre lo mejor que pudo la historia de las reencarnaciones y el que había escogido nacer con la memoria completa de su vida anterior.

-…Entonces, sí naciste sabiendo leer.

-Es un poco frustrante tener que pasar meses en una cuna sin poder moverte por ti mismo para por lo menos alcanzar un libro o pedirle a mamá que ponga otra cosa que no sean canciones para bebés, sé que la música didáctica ha sido buena para Kan… para Cástor, pero yo estuve a punto de volverme loco.

-Tu hermano…

-De momento, es un niño completamente normal. No recordará que en realidad es la reencarnación de un dios hasta que cumpla los 28 años, que es la edad a la que alcanzó el Noveno Sentido la primera vez.

El ceño de Johann se frunció.

-Tritón lo llama su "padrastro", pero, corrígeme si me equivoco, tengo la leve y lejana impresión de que no se trata del segundo esposo de su madre.

-Estás en lo cierto, lo llama padrastro porque es el actual consorte de su padre.

-¿Ese niño de cabello azul…?

-Es la reencarnación del padre de Tritón, cuando alcance los treinta, recordará que es el dios Poseidón.

-…Uno de los tres reyes del cosmos…

-Ajá.

-¿Tu hermano Cástor es Kanon, el dios de los Navegantes?

-Sí.

-¿Y tú eres la reencarnación del penúltimo Caballero de Géminis, Saga?

-Correcto.

Johann apretó los labios (y los puños) por un instante. Saga lo contemplaba sereno. Sabía que su padre no tenía recuerdos de sus otras vidas, pero también sabía que, al ser un servidor de los dioses griegos, estaba mejor preparado que cualquier otro mortal para aceptar lo extraño de la situación.

-¿Por qué estamos aquí? ¿Somos prisioneros?

-No. Poseidón, Kanon y yo preparamos esto por si acaso los Heraldos de Zeus intentaban asesinarte a ti y a madre… otra vez. Atenea está enterada de que, si alguno de ustedes llegaba a correr el más mínimo riesgo por parte de ellos, nosotros los traeríamos aquí, donde están fuera de su alcance.

-Sí estamos prisiones, entonces, solo que "por nuestro propio bien".

-…No pretendemos obligarlos a nada. Kanon no corre peligro, ninguno de los servidores de Zeus se atrevería a hacerle un solo rasguño sabiendo que el poder de Poseidón lo respalda. Lo más grave que me puede pasar a mí es que me secuestren y me lleven a la fuerza hasta el Olimpo, pero al menos no podrán engañarme ni volverme en contra de los míos, como sí podrían hacerlo con un niño pequeño. Son tu vida y la de madre lo que corre peligro. Pero… no los detendremos si no desean quedarse aquí. Y si quieren que mi hermano y yo marchemos con ustedes de regreso al Santuario de Atenea, obedeceremos de inmediato. Es solo que… Padre, después de mi primera vida, cuando Zeus empezó a tratar de lograr que aceptara la inmortalidad en sus términos… tus reencarnaciones y las de madre han sido tan breves… Kanon y yo quisiéramos que nos dieran una oportunidad de mantenerlos a salvo.

-Hum.

-Te agradará la biblioteca de Poseidón. Ha acumulado libro sobre libro y pergamino sobre pergamino durante milenios. Realmente le urge alguien que organice un poco todo eso.

-Ahora me ofreces tentaciones.

-Solo si funcionan.

-Deja que lo hable con tu madre.

-Bien. ¿Nos reunimos con Tritón? Debe creer que huimos.

-…Se trata de cruzar el espejo, ¿eh?

-Eso mismo. Un salto de fe, si quieres verlo así.


Al otro lado del espejo había un jardín. Estaban al aire libre, bajo la luz de un sol radiante, y Tritón los aguardaba cruzado de brazos.

-Les tomó bastante tiempo pasar a este lado –comentó.

-Te tardabas tanto con la explicación que tuve que hacerla yo –replicó Saga, tranquilo.

-Hum.

-¿Dónde estamos ahora? –preguntó Johann-. Creo que ya no estamos debajo del mar.

-Los jardines del templo de Afrodita en Citeres –respondió Tritón-. Ella ordenó crear esa puerta tan pronto como sintió que su parto se aproximaba.

Saga abrió mucho los ojos, cosa que hizo reír a Tritón.

-¿Ya… nació?

-Anda, camina un poco más por el sendero, que están esperándote, yo conversaré un rato con Tíndaro, para contestar las preguntas que pueda tener todavía.

Saga no se hizo repetir la indicación y corrió por el sendero hasta llegar a una glorieta, donde estuvo a punto de chocar con un hombre pelirrojo que le dirigió una mirada de sorpresa.

-¡Saga de Géminis! –exclamó Ares-. ¿Ya te dieron la noticia?

-Destructor de murallas –Saga lo saludó apresuradamente-. ¿Dónde…? –entonces reparó en que Ares tenía un bebé en brazos en ese momento-. ¿Afrodita?

-No, este no es –Ares sonrió ampliamente-. Es Fanes, su gemelo…

Saga no lo dejó terminar y siguió caminando apresuradamente hacia la glorieta, donde acababa de distinguir el cabello claro de la diosa Afrodita. La diosa le sonrió al verlo llegar y le señaló con un ademán la cuna de mimbre que estaba cerca de ella. Saga no perdió tiempo en asomarse.

-Afrodita… -murmuró.

-Mantuve mi promesa –dijo la diosa-. El espejo les permitirá visitarse cuando así lo deseen.

-Estoy… estoy muy agradecido, mi Señora…

-Ya, ya. ¿Quieres cargarlo?

-¿Puedo?

La diosa rió y depositó cuidadosamente el bebé en sus brazos, este despertó al momento de sentir su cosmos. Grandes ojos azul claro miraron atentamente a Saga. De inmediato se escuchó un gorjeo risueño, al tiempo que unas manos diminutas se extendían hacia él.

-¿Me reconoce? –preguntó Saga, maravillado.

-Su reencarnación fue un tanto apresurada. Creo que… su sombra "olvidó" beber del Leteo antes de unirse con su nuevo cuerpo.

-Y… hum… acabo de ver a Ares… con otro bebé…

-Fanes –la diosa sonrió a medias-. Fue una sorpresa. Cuando noté el segundo cosmos le reclamé a Hades y no fue sino entonces que el muy gracioso me dijo que el alma de nuestro Afrodita buscó la de su gemelo Eros al momento mismo de cruzar el Aqueronte. Al parecer, se encontraron cuando Shun de Andrómeda le dio muerte en el Santuario de Atenea y Eros se quedó esperándolo a la orilla del río infernal cuando los servidores de Hades lo obligaron a volver para intentar reclamar la cabeza de Atenea. El Señor del Inframundo consideró que sería cruel separarlos de nuevo, así que me entregó dos sombras en lugar de una.

-Yo, por mi parte, no tengo ninguna queja –comentó Ares, que acababa de llegar con ellos-. Al menos puedo afirmar con toda honestidad que todos los hijos que me ha dado Cipris hasta ahora han sido gemelos.

-Dices ese "hasta ahora" como si esperaras más, esposo –rió ella.

-¿Por qué no? –Ares depositó a Fanes (que dormía profundamente) en la cuna de mimbre y enderezó el unicornio de peluche que estaba en una de las esquinas de la cuna, como si montara guardia-. Sabes que siempre doy la bienvenida a nuevos guerreros.

Saga enarcó una ceja al ver el juguete, aquella antigüedad tenía por lo menos doscientos años… para que el peluche se conservara tan bien como si fuera nuevo… no tardó en confirmar sus sospechas al advertir un rastro del cosmos de Ares en el juguete. El dios usaba una pizca de su poder para mantenerlo en buen estado.

La diosa siguió su mirada y le guiñó un ojo.

-En nueve años más, tendremos por aquí un unicornio real –dijo la diosa-. Ares tiene todo preparado desde hace siglos y, si no me constara lo mucho que me ama, encontraría sospechoso el entusiasmo con el que espera la reencarnación del Unicornio de Bronce.

-Sabes cuánto he echado de menos a mi mejor amigo –replicó Ares sin inmutarse-. Y sé que a Fanes y Afrodita les vendrá bien un compañero de juegos… que crecerá para ser también su hermano de armas.

Saga asintió y evitó comentar lo bien que comprendía la sonrisa de la diosa Afrodita. Era muy evidente la forma en que el dios de la Guerra Apasionada se olvidaba del detalle de que no todos sus hijos eran dioses de la Guerra, pero le conmovía un poco el que hablara como si los dos recién nacidos fueran hijos suyos también.

-¿Hay noticias del Inframundo? –preguntó, luego de sentarse para acomodar mejor en sus brazos el peso del bebé, que había logrado atrapar entre sus manos algo de su cabello y jugaba contento-. Mi alma acompañó a la de mi hermano desde el momento de mi muerte hasta nuestra reencarnación y no he podido enterarme de si ha habido algún cambio en la situación durante los últimos ciento cincuenta años.

-No hay muchas novedades –respondió Ares, poniéndose serio-. Hades se encuentra mejor, tengo la impresión de que sus periodos de lucidez son más largos. Quizá la mejoría sea todavía mayor con su próxima reencarnación… porque Shun de Andrómeda juró con una mano sobre las aguas de la Estigia que será su avatar también en su próxima vida.

-¿Shun hizo eso? –Saga lo miró alarmado-. ¿Qué dijo Atenea?

-No estaba contenta.

-¿Ikki?

-Estaba furioso. Declaró que si Shun va a permanecer su próxima vida en el Inframundo, él también lo hará porque no confía en ninguno de los servidores de mi tío para cuidar de su hermano. Eso tampoco fue del agradado de Atenea.

-¿Seiya?

-Tampoco estaba muy contento. Era evidente que no se sentía a gusto durante los años que Shun sirvió como avatar para Hades. Cuando Hades lo notó, decidió dormir en Shun para que su presencia no afectara la amistad de ambos, pero creo que no funcionó muy bien… Tengo la curiosa impresión de no haber visto una sonrisa sincera en Seiya mientras duró la vida mortal de Shun. Ahora se aproxima el tiempo para que Shun reencarne y Seiya vuelve a estar inquieto e irritable. Creo… que es un tanto posesivo con Hades.

Saga dejó escapar una risita, Ares tendía a quedarse corto cuando trataba de hablar sobre un tema que lo ponía incómodo. Los celos de Seiya mientras Shun era avatar de Hades eran una cuestión épica por la que algunos espectros habían llegado a componer canciones.

-Imagino que la idea de tener a Shun nuevamente como avatar de Hades ha estimulado mucho el ingenio de Seiya.

-Dices bien. Lo estudioso que se ha vuelto en los últimos decenios parece casi una señal del fin de los tiempos. Sigue empeñado en encontrar una cura para Hades que no implique ambrosía, el antídoto de Atenea, ni la ayuda de un avatar.

El bebé tiró con fuerza del cabello de Saga e hizo un par de sonidos que expresaban enojo con suma claridad.

-Lo siento, ¿te estoy aburriendo? –Saga liberó su cabello de las manos de Afrodita, con lo que consiguió una protesta-. Tranquilo, esperaré a que puedas comunicarte apropiadamente y entonces pediré tu opinión sobre todos estos asuntos. Estoy seguro de que vamos a necesitar tus buenos consejos para atar todos estos cabos sueltos.

Besó con cariño la frente del bebé y sonrió cuando este rió de nuevo.

Allí, en el jardín de Citeres, rodeados de rosas y en compañía de personas (y dioses) por los que sentían afecto, se podía llegar a creer que era solo cuestión de tiempo, voluntad y paciencia para resolver todos los problemas que restaban.


La imagen se desvaneció en un espejo circular, que dejó entonces de ser un espejo para volver a ser una especie de tablero (también circular) poblado de figuras.

-Con esto concluye mi movimiento –anunció Zeus-. Es tu turno.

Una mano se adelantó hacia el tablero y la persona a la que pertenecía pareció dudar sobre cuál pieza elegir. Eso no engañó a Zeus, que frunció el ceño, ofendido.

-Sé perfectamente cuál pieza vas a tomar.

-Por supuesto. Mi Señor Zeus cuenta con la sabiduría que adquirió al dar muerte a la Reina Metis.

-Cuida tu lengua. Los Hados me obligan a jugar contigo porque mi padre te escogió como tu representante, pero no necesitas lengua para hacer tus jugadas y nada me impide hacértela cortar.

-No amenaces en vano. Sabes perfectamente que no te atreverás a hacerme daño e invocar sobre ti toda la furia del Destino. Nunca has sentido agrado por mí, pero recuerda que tu padre pudo elegir a alguien mucho peor para representarlo. Podría ser Momo a quien tuvieras que escuchar en este momento –aquella voz había perdido el acento griego desde hacía unos siglos y ahora hablaba con un acento japonés que irritaba todavía más a Zeus, que lo interrumpió, cortante.

-Haz tu jugada.

-No me apresures.

Las piezas en el tablero eran muy diversas. La mayoría representaban personas, pero también había animales, objetos… y monstruos. Los materiales también eran muy diferentes: oro, plata, bronce, hierro, marfil, jade, madera…

El segundo jugador escogió una pieza de marfil con incrustaciones de oro. Una perfecta estatuilla que representaba a Atenea.

-Lograste privar a tu hija de su arma más poderosa. Además, la hiciste perder a su Caballero de Géminis, y (muy probablemente) también al de Piscis. Los sucesores de ambos están ahora en las Islas de los Bienaventurados y ya no volverán al ciclo de las reencarnaciones, así que esos signos están perdidos para Atenea a menos que tanto Pólux como el joven Afrodita quieran rebajarse a servirla. Al menos la madre de Afrodita va a tener mucho que decir en contra… Y, claro, Atenea misma se encargó de perder al Unicornio que debía protegerla, eso sí que no me lo esperaba yo tampoco. Pero eres un iluso si piensas que eso evitará que tu hija busque crear otra arma, más poderosa que la que ha perdido. Mi buen amigo, solo has conseguido empeorar las cosas.

La estatuilla de Atenea fue depositada en el centro del tablero y Zeus estudió con atención el movimiento hecho y la forma en que este afectaría la disposición de todas las demás piezas.

-Ah, por cierto –añadió el otro-. ¿De dónde sacaste la peregrina idea de que esto, el destino del universo, es un juego?


Notas

El parentesco de Tíndaro con Zeus… a ver si recuerdo cómo va. Zeus sedujo a Dánae y tuvo con ella a Perseo. Perseo se casó con Andrómeda y tuvieron seis hijos y una hija, esta última, Gorgófone, se casó con Perieres (hijo de Eolo y rey de Micenas), con el que tuvo a Afareo y Leucipo. Luego enviudó y fue la primera viuda en casarse por segunda vez, en esta ocasión con Ébalo (el rey de Esparta), con el que tuvo a Tíndaro e Icario… de esta manera, Tíndaro, el padre mortal de Pólux y Cástor (o solo de Cástor), era nieto de Zeus.

Cerca del final es mencionado Momo. Se trata de un hijo de Erebo (el Abismo) y Nix (la Noche), hermano, por lo tanto, de Tánatos e Hipnos. Es el dios de la Burla y la Crítica, y Zeus lo echó del Olimpo porque no soportaba que le estuviera señalando sus errores.

Si la escena del "juego" parece copiada descaradamente de la versión original de "Furia de Titanes"… es porque así es.