4. Protect

ATENCIÓN! CONTIENE SPOILERS. SI NO SEGUÍS EL MANGA, NO RECOMIENDO LEER LA HISTORIA QUE VIENE A CONTINUACIÓN.

Incluye un poco de angst, para los sensibles.


"El verdadero amor supone siempre la renuncia a la propia comodidad personal." Leon Tolstoi


Lucy Heartfilia siempre había sido protegida con extremo recelo desde bien pequeña. Como hija de un gran y famoso multimillonario, ella era un valioso blanco para delincuentes con la esperanza de mejorar su economía, aunque sea mediante métodos ilegales. Ya fuera su niñera o cualquier otro trabajador de la mansión, la rubia siempre sentía los ojos de alguien clavados en ella, siguiendo cada uno de sus movimientos. Cada vez que intentaba salir —más bien escaparse— de las cuatro paredes de su habitación para respirar aire fresco y descubrir el mundo en el que vivía, era restringida a seguir una estricta serie de normas.

No vayas más allá de la propiedad.

No estés más de una hora.

No vayas sola.

Sabía que sus protectores tan sólo obedecían a su padre, y sus intenciones eran completamente humildes. De todas maneras, Lucy no podía evitar sentirse ahogada. Sin ser capaz de hacer nada por ella misma. Y eso la frustraba profundamente. Por eso no era de extrañar que a la rebelde edad de diecisiete años, por fin tomara la decisión de huir de aquel lugar. Huir y saborear la dulce libertad que jamás había llegado a probar.

Fue en ese momento también cuándo decidió no depender de nada ni de nadie. Todo lo que hiciera, sería por ella misma. Su esfuerzo y determinación sería todo lo que necesitase para seguir adelante.

El principio fue difícil y arduo. Con tan sólo las dos llaves entregadas por su fallecida madre y una cantidad de dinero suficiente para sobrevivir una sola semana, la maga se encontró en un entorno completamente desconocido. Mentiría si dijera que no sintió algo de inseguridad ante sus propias capacidades, y temía equivocarse. La primera vez que compró en el mercado mágico —una llave que en principio parecía formar parte de las doce puertas del zodíaco— la engañaron como novata que era. Gastándose más de la mitad de las monedas que cargaba, la invocadora se encontró en una situación desesperada. Más de una vez se le cruzó la idea de volver a casa y olvidar su deseo de vivir una aventura. Pero las emociones que sentía cuándo llegaba a una nueva ciudad, cuándo descubría libros que jamás había leído antes, y cuándo podía conversar con otras personas fuera de la mansión en la que estuvo atrapada tanto tiempo, le hacía ver que esto era lo que realmente quería.

Poco a poco, Lucy fue adentrándose más en el nuevo mundo que vivía día a día. Ganaba dinero trabajando en restaurantes, tiendas, e incluso algunas veces usaba su magia. Investigaba también los paraderos de otras llaves para poder ampliar su colección y hacer sentir a su madre orgullosa de ella. Y calzada con unas botas altas caminó quilómetros y quilómetros, viajó, descubrió y aprendió.

En una de las muchas ciudades que visitaba, escuchó rumores sobre un gremio llamado Fairy Tail. Al parecer habían destrozado —quemado, había oído también— parte de las infraestructuras de un pueblo cercano, aunque habían sido capaces de detener un gremio oscuro entero. Lucy no pudo evitar sentirse fascinada. Sabía qué eran los gremios, y aunque no se había planteado nunca entrar en uno, aquel precisamente la impactó. ¿Qué clase de magos destruirían tantos edificios públicos sin preocuparse por el Consejo? Sin duda eran unos temerarios. O unos idiotas. Y así, la rubia siguió investigando sobre aquel curioso gremio. Pronto lo convirtió en su meta— su objetivo en la vida. Entrar en Fairy Tail.

Un día de aquellos, cuándo ya cumplía cuatro meses desde su partida, llegó a Hargeon, una ciudad dónde se encontraba una tienda de magia que posiblemente vendía llaves del zodíaco. El hecho de querer entrar en un gremio hizo plantearse más seriamente su poder mágico, y decidió entrenar cada día y encontrar nuevas llaves.

Poco sabía que ese mismo día conocería a él. El mago con garras y pulmones de dragón. El Dragon Slayer de fuego. Salamander de Fairy Tail. Natsu Dragneel.

Su fuerza y poder era tan grande que la rubia no podía evitar sentirse pequeña a su lado. Minúscula. El hecho de que la rescatase en aquel barco —aunque se sintió realmente feliz y aliviada— tan sólo hizo aumentar sus inseguridades. ¿Cómo podría entrar en Fairy Tail con su nivel actual? Aún así, Natsu la tomó de la mano. La tomó y la arrastró hasta su mundo, el que ella siempre había deseado. Y pronto se convirtió también en el suyo.

Por fin, era maga de Fairy Tail.

Desde ese momento, el mago de fuego y la invocadora se habían vuelto prácticamente inseparables. Las incontables aventuras y travesías que vivieron tan sólo estrechó aún más el gran lazo que los unía. Lucy podía admitir fácilmente que Natsu era su mejor amigo. Amaba a todos los miembros del gremio, ya que al fin y al cabo eran su familia. Pero para ella el pelirosado era algo más que un simple nakama. Siempre que llorase, podía hacerlo en el hombro de Natsu. Siempre que se encontrase en problemas, Natsu estaría con ella. Siempre que lo necesitase, Natsu llegaría en poco tiempo.

Descubrió que, con la amistad del Dragon Slayer, había roto su promesa de no depender de nadie. Intentaba arreglárselas ella sola en las misiones, combatir al lado de sus espíritus celestiales y no rendirse jamás, pero en momento u otro tenía que ser rescatada por alguien. Y ese alguien era normalmente Natsu. Aunque, realmente, no le importaba demasiado. Cada miembro de Fairy Tail seguía una única norma: proteger a tus amigos cueste lo que cueste. Y ella no era una excepción. En el gremio aprendió lo que era realmente arriesgar hasta la propia vida con el fin de defender el bienestar de tus compañeros. Y lo aprendió, sobretodo, de Natsu.

No era capaz de explicar con exactitud todo lo que sentía por el mago de fuego. Admiración, afecto, orgullo, fascinación, cariño. Amor. Probablemente esta última palabra resumía todo lo anterior. Pero, antes que todo aquello, Lucy se sentía en deuda con Natsu. Aquel demente mago era el que la había llevado hasta dónde estaba ahora. Rodeada de amigos que la querían y viceversa. Viviendo cada día aventuras y aprendiendo nuevas lecciones. Y era Natsu el que le había enseñado el verdadero significado en el acto de proteger y el hecho de sentirse protegido. No era lo mismo que sentía cuándo era una inocente niña. La gente que la protegía en esos tiempos lo hacía por obligación. Lo que Natsu hacía —no, lo que todos los miembros de Fairy Tail hacían, era un acto de puro amor y fidelidad. Algo completamente voluntario, y que supone arriesgar. Aún así, mientras aquella persona esté a salvo, no importa qué sacrificio debas tomar.

Lucy asimiló la idea y la aceptó sin duda alguna.

Por eso, no sintió arrepentimientos cuándo se interpuso en el camino de aquel rayo cargado de magia oscura que pretendía golpear al mago de fuego. El impacto en su estómago fue doloroso —mordaz. Sentía como su cuerpo entero dolía y sus alaridos eran agudos e inhumanos. Sangre salió de su boca, ahogándola por unos segundos. Instintivamente rodeó la parte golpeada con sus brazos, pero tuvo que retirarlos al sentir cómo se quemaban. Su piel poco a poco se abrasaba. Mantuvo los ojos fuertemente cerrados a la vez que caía al suelo, su cabeza chocando contra la dura superficie. No podía evitar que las lágrimas cayeran en ese momento —por el dolor y el terrible miedo de pensar que todo acababa allí. No era la primera vez que lloraba al pensar que podría morir en cualquier segundo, pero jamás con un escozor tan punzante acompañando.

De repente escuchó su nombre de una voz inconfundible. La llamó, gritando furioso, pero se notaba un tono de desesperación. Otras voces acompañaron, llamándola también, y la rubia se asustó profundamente al escuchar los gritos de sus amigos tan lejanos.

Un fuerte brazo rodeó sus hombros, incorporándola rápidamente. Lucy soltó otro alarido por el movimiento, y notó como aquella persona se tensaba al saber que había sido su culpa. La maga estelar respiraba a bocanadas, gruñía y en algunos intervalos gritaba de nuevo, mientras sentía que toda la zona de su vientre era golpeada una y otra vez.

—¡Lucy! ¡Lucy, resiste! ¡Lucy! —

La misma voz la llamaba una y otra vez, y ella quería responder desesperadamente. Quería regañarle, decirle que huyera para evitar que estuviera a punto de ser herido gravemente como antes. La rubia abrió los ojos lentamente, como si aquella acción tan simple fuera algo forzoso. Aunque su vista estaba ligeramente nublada, podía distinguir fácilmente las facciones de Natsu, su rostro sucio por los revolcones en la pelea, su pelo rosado siempre despeinado, los colmillos de dragón que formaban parte de su dentadura, y hasta podía ver su cicatriz bajo la bufanda. Clavó su mirada en los ojos del mago, una mezcla entre un marrón claro y un verde esmeralda. Estaban abiertos de par en par, observándola intensamente. Se sorprendió al ver tal expresión en Natsu. Una de terror y desasosiego.

—N… Natsu…— Murmuró, intentando calmarle de alguna manera, aunque seguidamente volvió a soltar un gruñido a causa del constante dolor.

El Dragon Slayer inconscientemente contuvo el aire, y la rubia pudo notar como sus músculos se tensaban de nuevo. Gritó para llamar a Wendy, que al parecer no había podido llegar antes a causa de los ataques enemigos. La joven finalmente se sentó al lado de la maga estelar, y rápidamente concentró sus poderes curativos en su estómago. Lucy soltó un suspiro al notar como el dolor disminuía, aunque las lágrimas no dejaban de descender. Se le escapó un sollozo, y notó el gusto salado en la boca. Natsu apretó el agarre con el que la sujetaba, y ella volvió a mirarle. Sus ojos estaban clavados ahora en su herida, la cuál la propia Lucy temía ver. Sintiéndose con suficientes fuerzas, alzó su mano para posarla en la mejilla del mago de fuego. Él la miró a los ojos, y para evitar que el brazo cayera al suelo, colocó su propia mano encima de la suya.

Lucy sonrió, sus músculos faciales moviéndose con algo de dificultad.

—¿Por qué… no estás… luchando…?— Su agitada respiración impedía que hablase con normalidad.

Natsu parpadeó ligeramente sorprendido. Apretó la mano de la muchacha para después depositarla suavemente a su lado de nuevo.

—Voy a derrotarlos, Lucy. Lo haré, y volveremos a Fairy Tail. Aguanta.— Dijo después de unos segundos, su voz llena de la confianza que caracterizaba al mago de fuego.

La rubia asintió con su cabeza lentamente, y volvió a dirigirle una gran sonrisa, a la vez que una lágrima más descendía por su mejilla.

—Creo en ti, Natsu.- —

El pelirosado apretó los puños, dónde en cuestión de segundos aparecieron dos poderosas llamas que usó como propulsor para llegar al enemigo con una rapidez sobrehumana. La invocadora observó su figura, hasta que notó un gran cansancio invadir su cuerpo. Mantener los ojos abiertos se convirtió en una tarea costosa. Finalmente, la joven cedió.

Los murmullos que resonaban en la sala fueron los responsables de su despertar. Poco a poco levantó los párpados, aunque seguidamente se arrepintió de ello. El terrible dolor en su vientre y cabeza hizo que siseara molesta. Y antes de que pudiera identificar el lugar en el que se encontraba, una sombra apareció en su campo de visión.

—¡Lucy! ¿Cómo te encuentras?—

La rubia gruñó para empezar a incorporarse. La propietaria de la voz la ayudó, rodeando sus hombros con delicadeza.

—Más o menos, Erza.— Contestó la maga a su amiga y compañera, quién se mostraba verdaderamente aliviada de verla por fin despierta. —¿Dónde estamos?— Preguntó, observando a sus alrededores.

—En la enfermería de Fairy Tail. Te llevamos aquí en cuánto terminamos la misión.— Respondió la mujer de cabello escarlata, sentándose en el borde de la cama. Las vendas situadas en su brazo derecho y el parche en una de sus mejillas indicaban que ella también había sido herida durante la batalla, pero no tan gravemente como en el caso de la rubia.

—¡Oh, es cierto! ¿Cómo están todos? ¿Lo conseguisteis?— Exclamó la muchacha al recordar el gremio oscuro a quiénes debían enfrentarse.

La pelirroja sonrió y asintió.

—Todos salimos algo heridos, pero nada serio. El Consejo ya los ha detenido a todos, y tenemos nuestra recompensa. — La maga se aseguró de informar de aquel detalle, sabiendo que la muchacha necesitaba pagar la renta de su apartamento dentro de poco.

Lucy sonrió aliviada. Un súbito y punzante dolor en su sien provocó que gruñera.

—Aún no estás del todo recuperada. Será mejor que descanses.— La rubia se sorprendió de escuchar de repente la serena voz de Porlyusca, sin saber que la doctora estaba en esa misma habitación durante un buen rato.

—Voy a avisar a Natsu. Durante los tres días que has estado durmiendo no se ha separado de ti.— Anunció Erza, incorporándose para dirigirle de nuevo una sonrisa a su amiga y compañera de equipo. Seguidamente, salió de la enfermería.

La rubia sintió que su corazón empezaba a latir con fuerza. Pensar que el mago de fuego se había mantenido tanto tiempo a su lado, aún estar ella inconsciente, provocaba que un sonrojo apareciera en sus mejillas. No se sorprendió mucho de la cantidad de tiempo que estuvo dormida. Al fin y al cabo, la mayoría de los miembros estuvieron siete años congelados. Comparado con aquello, sus tres días no eran nada significante. Aunque estar más de veinte y cuatro horas sin abrir los ojos podía alarmar a cualquiera.

A sus oídos llegaron el sonido de unos frenéticos pasos aproximándose. La puerta se abrió bruscamente.

—¡Lucy!— Gritó el hijo de dragón, entrando en la sala desvergonzadamente. Cerca suyo se encontraba Happy, quién rápidamente se abalanzó al pecho de la joven maga con el objetivo de abrazarla. La invocadora podía notar como su camiseta era humedecida por las lágrimas del gato.

—¡Lucy! ¡Por fin despiertas!— Exclamó el Exceed. La chica, conmovida, alargó su mano para posicionarla en la cabeza de su pequeño compañero, acariciando la zona situada entre sus orejas —sabía que le gustaba de esta manera.

Escuchó como Porlyusca chasqueaba la lengua y salía de la sala, pero la rubia juraría haber visto una pequeña sonrisa en su rostro.

—Lamento haberos hecho preocupar, chicos.— Respondió la maga, mirando entonces a Natsu. El pelirosado estaba cruzado de brazos y con el ceño fruncido en un gesto de irritación. Lucy arqueó la ceja, confundida ante su semblante.

—Happy, ¿podrías dejarnos a solas a mí y a Lucy?— Preguntó Salamander al cabo de unos minutos, una molesta expresión aún en su rostro.

El gato hizo el ademán de protestar, pero al observar la mirada de su mejor amigo, no quiso cuestionar su palabra. El Exceed se separó algo reluctante, y después de asegurar que volvería más tarde, salió de la enfermería volando, literalmente.

En cuánto Happy cerró la puerta detrás suyo, ambos miembros del gremio se encontraron en un entorno insoportablemente incómodo. Al menos así se sentía Lucy en aquel momento. Observó como Natsu cogía una silla cercana y la aproximaba al borde de la cama. Seguidamente, el mago se sentó cabizbajo, soltando un suspiro agotado.

—… ¿Natsu?—

La rubia estaba cada vez más confusa ante la actitud de su mejor amigo. No era propio de él mostrarse tan… reacio. Tan frío. Hubo unos segundos más de silencio, hasta que finalmente el Dragon Slayer alzó el cuello para clavar sus ojos en los de la muchacha. El ceño había desaparecido por completo, y aunque aquello alivió ligeramente a la maga, seguía desconcertada.

—¿Por qué lo hiciste?—

Su voz era grave, sin el típico tono alegre que siempre poseían las palabras de Natsu. Era el mismo tono que usaba en una batalla severa. Lucy parpadeó, sin entender las intenciones del mago.

—¿Perdón…?—

El pelirosado tensó su mandíbula.

—¿Por qué te interpusiste entre aquel ataque y yo?—

La invocadora se sorprendió de que, entre todas las cosas con las que podía ser interrogada, aquella fuera su pregunta. Él mismo debería saber la respuesta.

—¿Cómo que por qué? ¿No es eso obvio?—. Se cruzó de brazos, no sin antes soltar un siseo por el ligero dolor. —No quería que fueras herido. Quise protegerte. Además, es lo que mismo harías, Natsu. Tú, y cada miembro de Fairy Tail.—

De nuevo, silencio. Salamander evitó sus ojos, enfocando su mirada hacia las baldosas grisáceas de la enfermería. Lucy sabía que, con ese silencio, indicaba que opinaba lo mismo. Y aún así, su actitud no cambiaba. ¿Dónde estaba la sonrisa que siempre la alegraba? Cielos, incluso deseaba que quemara algo en ese momento, solo para mostrar que no ocurría nada extraño.

—Natsu. ¿Qué te pasa?—

El pelirosado no respondió a su pregunta, y Lucy sentía que su paciencia se agotaba por momentos. Pero antes de llegar a gritarle, fue interrumpida.

—Cuándo te vi allí en el suelo, herida, me hizo recordar.— Murmuró el mago de fuego, sin mirarla aún.

La rubia tragó saliva. No era capaz de ver los ojos de Natsu, escondidos como estaban detrás de sus puntiagudos mechones.

—Me hizo recordar… a Lucy del futuro. Me hizo recordar su muerte.—

Los achocolatados ojos de la Heartfilia engrandecieron, y por unos segundos no se dignó a respirar. Sus pupilas, las cuáles antes estaban clavadas en la figura del mago de fuego, vagaron hasta las manos que ahora restaban en su regazo, enfocándose en el símbolo rosado que la clasificaba como miembro. No sabía qué decir. No sabía qué hacer en ese momento. Jamás había pensado que tales memorias pudieran llegar a la mente de Natsu. Jamás había pensado que su sacrificio pudiera afectarle tanto.

—Pensar que no pudiera protegerte otra vez, que morirías de nuevo delante de mí, sin yo poder hacer nada… Me hizo enloquecer. No podía soportarlo.—

Las palabras del mago se clavaron en el corazón de la muchacha como estacas. Su voz temblaba, y poseía un tono lleno de dolor y angustia. La rubia notaba como sus ojos escocían a causa de las lágrimas que amenazaban con salir. Lucy apretó las manos con fuerza y frustración. Ahora mismo, su mejor amigo, la persona que había hecho tanto por ella, la persona que más quería, estaba sufriendo. Estaba sufriendo, y ella no sabía cómo arreglarlo.

En la batalla pensó que, evitar que Natsu fuera herido gravemente, era una gran idea. Mentira— a quién iba a engañar. Ni siquiera pensó, tan sólo saltó. Pero ahora le había infligido un daño que las medicinas no podían curar. Una herida en su corazón en proceso de cicatrización, y que ella misma había abierto en un estúpido acto de protección. Aunque, pensar en él sangrando y dolorido también era algo que quería evitar ver. Y si ella misma podía prevenirlo, entonces lo haría indudablemente.

—Natsu, yo… Siento mucho haberte hecho recordar… eso.— Dijo la rubia, insegura de si había elegido las palabras correctas. Intentó continuar con tacto y voz suave. —Pero, escúchame, Natsu. Tú siempre has estado protegiéndome todo este tiempo. Desde que llegué a Fairy Tail no han dejado de ocurrir locas aventuras, enemigos a quién debíamos afrontar y situaciones la mar de peligrosas. Hemos reído, hemos llorado y nos hemos hecho fuertes. Y si ahora estoy aquí, no es solo por mi propio esfuerzo… Si no también gracias al tuyo, Natsu.— Levantó la mirada con la esperanza de encontrarse con los ojos de su amigo. Sonrió al ver que el mago la observaba fijamente. —Si tú no hubieras hecho tanto por mí, si no hubieras ido a mi rescate cada vez que te necesitaba, bueno. Supongo que ni siquiera hubiese cumplido los veinte años. A veces pienso que soy un imán para los problemas— La chica soltó una risilla. —Tú y todos los miembros de Fairy Tail me habéis enseñado lo que realmente significa la amistad. Y he aprendido a no tener miedo a la hora de protegeros. Porque realmente estaría mucho más aterrada si vosotros no estuvierais conmigo. Por eso no me importa lo que tenga que hacer mientras estéis a salvo. Y eso se aplica a ti también, Natsu. Quiero protegerte, tal y como tú me proteges a mí. Sé que fue un acto muy imprudente por mi parte, pero… eso es lo que caracteriza a un mago de Fairy Tail, ¿no?—

El pelirosado bajó la mirada. Lucy lo observó, un poco nerviosa.

Y sin darle tiempo a reaccionar, sus brazos la rodearon firmemente, apretándola contra él. Natsu apoyó su barbilla en el hombro de la invocadora, su mejilla posicionada cerca de su cabellera. Después de parpadear atónita, la rubia deslizó sus brazos suavemente para devolver el afectuoso gesto.

—Jamás permitiré que alguien te haga daño. Jamás permitiré que alguien te...—

—Lo sé, Natsu.— Interrumpió la muchacha, mientras acariciaba la espalda del muchacho. —Lo sé, y lo comparto. Te he dicho más de una vez que creo en ti. Y yo no miento.—

Lucy notó como se formaba una sonrisa en los labios del Dragon Slayer, sus dientes rozando su nívea piel. Un placentero escalofrío recorrió su espina dorsal.

La rubia no supo cuánto tiempo mantuvieron esa posición, pero si a Natsu le gustaba, ¿quién era ella para impedírselo?

—Dime, Lucy… ¿Por qué no repetimos lo de la otra vez?—

Sentir la vibración que acompañaba la voz de su amigo provocó que la muchacha se tensara, y su corazón empezó a acelerarse en anticipación.

—¿A qué te refieres?— Preguntó la maga, algo cortada.

—A esto.—

Sintió como Natsu la empujaba hasta que ambos restaban estirados en la cama individual. El brazo del Dragon Slayer seguía rodeando sus hombros, y Lucy posicionó su cabeza contra la clavícula. Últimamente Natsu no dejaba de sorprenderla con gestos inesperados. Y tenía miedo que algún día aquello afectara a su salud. ¿Cómo podía latirle el corazón tan rápidamente? El sonido retumbaba en sus orejas, prácticamente placando cualquier otro ruido.

—..¿Tienes sueño?— Cuestionó la rubia al escuchar como el mago de fuego bostezaba despreocupadamente.

—Un poco.—

Y a medida que pasaban los segundos y los minutos, Lucy fue cerrando los ojos poco a poco. Natsu hizo un ligero ronquido. La muchacha alzó la mirada y sonrió con ternura. Colocó su mano para acariciar su mejilla.

—Gracias, Natsu. Por todo.— Susurró, para después volver a su posición inicial y acurrucarse lo más cerca posible a su amigo.

No, no era simplemente su amigo. Para ella, Natsu Dragneel era mucho más. Su protector, su guardián. La persona en quién más confiaba en este mundo— en todos los mundos que existían. Natsu era su más preciado tesoro.


—¿Lu-chan?—

Levy McGarden golpeó de nuevo la puerta suavemente, ya que con el primer toque había sido desapercibida. Al no obtener respuesta, y después de murmurar una disculpa, la abrió con lentitud. Se asomó para observar la sala, esperando ver a su amiga despierta. Sus ojos vagaron hasta una de las camas dónde se encontraban dos figuras durmiendo plácidamente. Parpadeó estupefacta al identificarlos. Segundos después, su asombrada expresión fue sustituida por una media sonrisa, y volvió a cerrar la puerta detrás suyo. Una risilla escapó de sus labios.

—¿De qué diablos te estas riendo, enana?—

La peliazul giró sobre sus talones para encontrarse con Gajeel, de brazos cruzados y ceño fruncido. Levy tan sólo se dignó a sonreír, y empezó a alejarse de la puerta mientras canturreaba.

—Creo que Lu-chan está aún un poco cansada. Mejor la visitamos mañana.—

Y dicho esto, el Dragon Slayer arqueó una ceja, confundido ante las palabras de la lectora. Seguidamente se encogió de hombros y siguió a la muchacha hacia la sala principal del gremio.

"Juraría haber olfateado el aroma de Salamander en la enfermería…"

Tal pensamiento desapareció de la mente de Gajeel en cuánto alguien le dio un puñetazo en la cabeza, y terminó centrándose en patear el trasero de cualquiera que se atreviera a molestarlo.


Yay! Me encanta Gajeel :3