Como cada mañana, el Sol se levantaba por el Este, bañando los campos de arroz con una perfecta luz dorada. Las aldeas, poco a poco, comenzaban a llenarse de vida y los aldeanos empezaban con sus quehaceres diarios.
Como cada mañana, abrió los ojos para observar como todo se llenaba de vida desde la rama del árbol en la que dormía. Y como cada mañana, puso rumbo al Este para ver la salida del Sol.
Mientras saltaba de árbol en árbol, la brisa de la mañana movía su cabello plateado y los pájaros salían volando despavoridos. No tardó en encontrar su árbol favorito, desde el que se observaba un precioso amanecer. Se sentó apoyando la espalda contra el tronco, dejando que una de sus piernas colgara libremente, mientras que la otra quedaba sobre la rama y servía de apoyo para su brazo. Observó como el Sol salía con expresión ausente.
Ya habían pasado tres años. Demasiado tiempo para su gusto. Cada día se levantaba preguntándose si ese sería el día en el que por fin volvería. Al principio estaba seguro de su regreso, pero con el paso de los meses, la duda se había instalado en su corazón y ahora, tres años después de la caída de Naraku, se preguntaba si mantener viva esa esperanza era lo correcto. Al fin y al cabo, ella no pertenecía a su mundo. Su familia y sus amigos estaban en el otro lado.
Sus amigos habían rehecho sus vidas. Sango y Miroku se habían casado y ahora eran padres de dos insoportables gemelas gritonas y un niño recién nacido. Kohaku había completado su entrenamiento y ahora se dedicaba a exterminar demonios con ayuda de Kirara. Shippo entrenaba para convertirse en un gran zorro y cada vez pasaba menos tiempo en la aldea. Hasta Koga se había casado.
En cambio él, seguía estancado. Seguía en el mismo punto de hacía tres años. Era como si de nuevo lo hubiesen sellado en el árbol sagrado. Y ahora se preguntaba si no debía seguir adelante él también y pasar página. Kagome tenía demasiado que perder en el otro lado como para dejarlo todo e irse con él. Quizás incluso se había olvidado de él.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sintió la voz de Miroku llamándolo. Salió corriendo para encontrar a su amigo. Seguramente lo buscaba para hacer algún tipo de trabajo. No tardó en alcanzar a su amigo, con el que volvió a la aldea para tomar un desayuno antes atender un nuevo trabajo.
-¿Qué es esta vez?-Preguntó el medio demonio cuando llegaron a casa de Miroku.
-Un señor menor sospecha que tiene un espíritu en su casa. Nada especial
Desde la caída de Naraku no habían tenido que luchar contra demonios especialmente fuertes. La vida había llegado a volverse monótona y aburrida sin un enemigo al que perseguir.
Pronto llegaron a la casa, donde Sango los esperaba. Su cuerpo aun presentaba signos del embarazo. Su vientre aun estaba ligeramente abultado y su pecho había aumentado considerablemente su tamaño para amamantar al bebé que acababa de nacer. Durante el desayuno, las niñas jugueteaban cerca de su madre y Sango y Miroku hablaban del trabajo que tenían por delante ahora que el bebé había nacido. Inuyasha no escuchaba nada de aquello, seguía demasiado metido en sus pensamientos para decir algo.
-Inuyasha, ¿te pasa algo? Apenas has comido-preguntó Sango extrañada.
-Solo no tengo hambre-respondió dejando el bol de arroz sin terminar en el suelo- Vamos Miroku, la aldea no está muy lejos. Si salimos ahora, estaremos aquí pronto.
-Está bien.
Miroku se despidió de su mujer y sus hijas y se reunió con Inuyasha, que lo esperaba en la puerta con el semblante serio
-¿Seguro que no te ocurre nada? Llevas toda la mañana muy serio y eso no es normal en ti.
-Keh.-Fue todo su respuesta.
Cuando llegaron a la aldea, el señor del palacio les mostró la habitación donde pensaba que estaba el demonio. De la habitación salía una leve aura demoníaca, muy débil. Miroku colocó unos pergaminos de exorcismo en la pared y el demonio salió. Miroku lo atrapó bajo su bastón y se deshizo de él.
-Keh ¿y para esto me necesitabas?- Se quejaba el medio demonio mientras volvían a la aldea.
-Llegaron tan asustados que pensaba que sería un demonio más poderoso. Seguramente haya estado asustando a la hija del señor del palacio.
-Y tú bien que te has aprovechado de ello.-dijo mientras sacaba la gran bolsa de monedas que había pedido como pago.
-Tengo tres hijos y una esposa que mantener y el dinero no cae del cielo.
Cuando regresaron a la aldea aun no era la hora de comer. Sango se encontraba en sus quehaceres diarios así que Inuyasha decidió acompañar a la vieja Kaede a recoger hierbas medicinales. La anciana y el medio demonio hablaban sobre otras épocas, antes de que inuyasha fuera sellado por Kikyo en el árbol sagrado.
La mañana transcurrió sin más sobresaltos. Tras el almuerzo, Inuyasha salió al exterior de la casa de Sango y Miruko mientras estos tendían la colada. Las niñas jugaban con Inuyasha tirando de sus orejas.
-Miroku, diles algo.
-Niñas, no tiren de sus orejas.
Fue entonces cuando lo sitió. Un aroma que conocía a la perfección y que llevaba esperando tres años. Cogió a las gemelas por sus kimonos y las dejó caer sobre Shippo
-Maten al zorrito-dijo mientras salía corriendo.
-¡Espera! Inuyasha que sucede-gritó Sango, pero el medio demonio no escuchaba. Estaba demasiado concentrado en correr hacia el origen del aroma como para escuchar algo. No podía ser, no era cierto, tenía que estar equivocándose. Hacía tres años que se había ido. El pozo no había funcionado desde entonces. El olor lo llevó hasta el pozo. Decidió asomarse. Cuando la vio, extendió una mano para sacarla del pozo.
-Inuyasha, lo siento, ¿has estado esperando?
-Kagome… ¡Tonta! ¿Dónde has estado?-respondió mientras la abrazaba. Había regresado. Después de tres años, había vuelto con él. Cuando ya no lo esperaba, cuando había perdido toda esperanza de volver a verla, cuando ya se había resignado a pasar el resto de sus días solo, ella había vuelto. Una felicidad que pensaba que jamás recuperaría lo inundó. Esta vez no dejaría que nada los separara de nuevo.
