Hola mundo!He vuelto después de meses de no hacer acto de presencia. Perdón por tardar tanto pero entre examenes, vuelta a casa desde Italia y bloqueo mental de la historia no he podido escribir hasta ahora!
Como cada mañana, Kagome se levantó con las primeras luces del amanecer, se vistió y se dirigió a la cascada para meditar. Sentada bajo la fuerte corriente de agua helada recordó como seis meses atrás aquello le había parecido casi la muerte. El agua caía con fuerza suficiente como para aplastarla contra las rocas y no dejarla levantarse y el agua estaba tan helada que costaba incluso respirar. Ahora apenas sentía el frio y la presión. Se mantenía erguida, en silencio absoluto y con los ojos cerrados. Permanecía allí hasta que Rin iba a buscarla para desayunar. Después, se dirigía con Kaede al templo para rezar y al acabar, acompañaba a la sacerdotisa a recoger plantas, curar heridos, realizar exorcismos o realizar cualquier otro trabajo en el que sus conocimientos fueran requeridos.
Por la tarde se iba al bosque a practicar con el arco. En aquellos tres años en su época había estado apuntada al club de tiro, pero los arcos que usaban eran muy distintos y al volver a intentar disparar una flecha con aquellos arcos tan rudimentarios, la flecha se había quedado a mitad de camino. Al principio le costaba bastante acertar a los blancos, pero con el paso de los meses su puntería volvió a ser la que era, si no mejor.
En todas aquellas tardes, Inuyasha la acompañaba con la excusa de protegerla si atacaba algún demonio. Desde que la había visto vestida como sacerdotisa, la mirada del medio demonio no había vuelto a ser la misma. Aunque su carácter seguía siendo el habitual, su mirada dejaba ver un punto de tristeza que siempre intentaba esconder. Al principio Kagome pensó que era por su parecido a Kikyo, pero al ver que su mirada no cambiaba, había empezado a pensar que era por otra cosa, aunque él no había querido decírselo nunca.
Aquella noche, Miroku se acercó al medio demonio, que se encontraba fuera de su casa apoyado contra un árbol.
-¿Qué es lo que te pasa con Kagome?-Preguntó el monje sin preámbulos.
-Keh, no me pasa nada. Yo no tengo la culpa de que sea estúpida.-respondió de malas maneras.
-Inuyasha no mientas. Te has llevado tres años esperando a que volviera y ahora solo la tratas como si no te importara nada. Kagome lo ha dejado todo para estar contigo, no es justo que la trates como si te diera igual. Lo único que consigues así es hacerle daño.
-No…yo no… No quería hacerle daño. Es solo que…
-¿Qué Inuyasha?-el monje se sentó a su lado suspirando-Puedes confiar en mí, no se lo diré a nadie-Inuyasha suspiró resignado.
- Es solo que….Kikyo…
-¿En serio Inuyasha? Todos estos años, ¿y lo único que puedes pensar de Kagome es que se parece a Kikyo cuando se viste de sacerdotisa?-Le reprochó el monje
-¡No! Es que…Kikyo siempre fue muy fría. Incluso cuando estábamos juntos, había veces en las que se mostraba fría y distante. Me da miedo que con el entrenamiento, Kagome cambie.
-Kagome no es Kikyo Inuyasha.
-Lo sé, pero aun así…Además, si se convierte en sacerdotisa…ella nunca…
-Kagome lo dejó todo por volver contigo-respondió el monje adelantándose al medio demonio- Su familia, sus amigos, su educación. Todo con tal de estar contigo. No creo que haya cambiado de parecer.
-Pero…ella dijo que quería ser sacerdotisa.
-Kagome solo intenta encajar en nuestro mundo. Nació con poderes espirituales. En su época no significan nada, pero aquí es todo lo que tiene. No creo que su sueño sea llegar a ser una gran sacerdotisa Inuyasha.
-¿Entonces?
-Eso, amigo, tendrás que averiguarlo tu solito-dijo el monje mientras se levantaba-Pero deja de tratar a Kagome como si no te importara o acabarás alejándola de tu lado.
El monje entró en la casa. Inuyasha se quedó pensativo mirando las estrellas. Solo esperaba que el monje tuviera razón.
-Inuyasha-Kagome llamó al medio demonio, sacándolo de sus pensamientos-Yo me voy a casa de Kaede, estoy muy cansada. ¿Vienes?
El medio demonio se levantó y se acercó a Kagome. Detrás de ella estaba Shippo.
-Niñas, ¿Por qué no le piden a Shippo que se quede a dormir con nosotros?-dijo Miroku. Las pequeñas salieron corriendo hacia el zorrito y empezaron a tirar de las mangas de su camisa.
-¡Dormir! ¡Dormir!-gritaban las pequeñas. Shippo se vio arrastrado hacia el interior de la casa sin poder hacer nada.
Kagome se rió de la situación. Junto con Inuyasha, puso rumbo hacía la casa de la anciana sacerdotisa. Ambos permanecían en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Ninguno se atrevía a decir nada, hasta que cansada de la situación, Kagome rompió el hielo.
-¿Qué te pasa conmigo Inuyasha? Desde que empecé a entrenarme me miras como si te hubiera decepcionado.
-No…no es eso…es solo que…N-no quiero que cambies-respondió poniéndose más colorado con cada palabra.
-¿Y porque iba a cambiar?-preguntó ella de forma inocente. El medio demonio no respondió-Tonto, voy a seguir siendo yo-dijo Kagome justo antes de entrar en casa de Kaede.
Kagome se fue rápidamente a dormir e Inuyasha se recostó en la pared, como hacía siempre. Pronto escuchó la respiración pausada de Kagome, señal de que se había dormido. Inuyasha la miró y suspiró. Todo lo que esperaba era que ella no cambiara nunca.
Pocos días después, llegó un mensajero a la aldea que pedía los servicios de los exterminadores de demonios que allí vivían para acabar con un demonio que asediaba los campos de un señor feudal cercano. Tan pronto como pudieron, Inuyasha y Miroku se pusieron en marcha, no sin antes despedirse de Kagome, Sango y las niñas. El camino que les esperaba era largo, así que Sango les preparó algo de comida.
Tardaron más de medio día en llegar a la aldea. Los habitantes miraban con recelo a la pareja, sobre todo a Inuyasha y cuchicheaban sobre la extrañan pareja. Ellos, simplemente, ignoraban los comentarios y las malas miradas. Pronto llegaron a la casa del seño feudal, que les informó que el demonio solo atacaba por las noches.
Miroku descansaba en una de las habitaciones de la mansión del seño feudal. La noche se presentaba fresca y aun no había aparecido el demonio. Inuyasha se encontraba en un árbol cercano. El seño feudal se había mostrado reacio a tener a un medio demonio en su propia casa, así que había decidido quedarse fuera, aunque lo suficientemente cerca como para poder frenar el ataque en el momento adecuado. Apenas había pasado la media noche cuando un ruido alertó a Inuyasha. Corrió a buscar a Miroku, que ya se estaba preparando para salir. Corrieron hacia los campos para descubrir como un demonio ogro escarbaba en los campos arrasando todo a su paso.
-¡Keh! No es más que un ogro.-Inuyasha desenfundó a Colmillo de Acero dispuesto a atacar cuando el ogro se giró y liberó una humareda de algo desconocido-No te acerques Miroku, es veneno-le advirtió al monje mientras saltaba hacia atrás y se cubría la nariz y la boca con la manga del haroi.
-Tenemos que derrotarlo pronto Inuyasha, antes de que el veneno llegué a la aldea.
-¡Lo sé!-apoyó la espada en su hombro-¡Eh, tú, bestia!-el ogro se giró y miró a Inuyasha-Lárgate si no quieres morir.
-¿Tú te atreves a enfrentarte a mí, miserable híbrido?-el ogro rió socarronamente-¡No me hagas reír!-gritó mientras intentaba aplastar a Inuyasha.
-Acabemos con esto ya. ¡Viento cortante!
El ogro fue partido en dos, cayendo a la tierra. Poco a poco el veneno se fue disipando y los aldeanos comenzaron a salir vitoreando al medio demonio. Inuyasha guardó su espada y se dirigió al cuerpo caído del ogro, junto al cual yacían todas las verduras arrancadas del cultivo. Miroku se acercó por detrás.
-Deberíamos quemar el cuerpo antes de que contamine la tierra y no pueda volver a usarse para cultivo.
Pocas horas después, el cuerpo del ogro había sido totalmente incinerado. Miroku volvió el cuarto que le habían asignado para descansar las pocas horas que quedaban hasta el amanecer. En cambio, Inuyasha, se quedó fuera del pueblo, mirando la pira donde había ardido el cuerpo del ogro. Posiblemente el ogro solo quisiera alimentar a su familia o a sí mismo y por eso comenzó a robar y destrozar los campos. Suspiró recordando una época en la que él mismo había tenido que robar comida de las aldeas para subsistir y cerró los ojos esperando descansar un poco.
Miroku fue a buscarlo poco después del amanecer para regresar. Aquella vez el pago había sido más generoso de lo habitual, cosa a la que Miroku no se opuso. Caminaban en silencio por el camino cuando unas flores llamaron la atención del monje.
-Cómo pasa el tiempo…dentro de poco será la fiesta de la cosecha.
-Sí…-Inuyasha parecía no prestar demasiada atención a lo que le iba diciendo el monje.
-La verdad es que ya va siendo hora un poco de alegría en la aldea, últimamente está un poco triste. Además, esta será la primera fiesta de la cosecha de Kagome, seguro que se emociona con la idea de ir.
-Sí…-respondió Inuyasha embobado mientras observaba los kimonos que vendía un vendedor ambulante
-Y seguro que encuentra a algún joven dispuesto a cortejarla.
-Sí…¿¡Qué!?¡No!¡No pienso permitir que ninguno se acerque a ella!-gritó Inuyasha furioso ante la sola idea de que otro hombre se atreviera a acercarse a la joven sacerdotisa.
-Entonces, ¿por qué no la invitar a ir contigo? Así podrás asegurarte de que ningún otro se acerque a ella e intente cortejarla.
-Sí…-Inuyasha se fijó en un kimono en concreto, con unas preciosas flores con tonos naranjas y un obi naranja algo más llamativo-¿Crees que le quede bien a Kagome?-le preguntó al monje distraído.
-Seguro que sí. Kagome es un muchacha hermosa, dudo mucho que algo pueda sentarle mal-Inuyasha golpeó al monje en la cabeza y se acercó a comprar el kimono.-Vamos, hombre, no te pongas así. Además, ¿a qué viene esto de regalarle un kimono a Kagome?
-Pues..eh…esto…es que ella no tiene ropa adecuada para esta época casi, siempre va con el traje de sacerdotisa.-intentaba excusarse sin mucho éxito Inuyasha.
Llegaron a la aldea casi al medio día. Sango se encontraba, como casi siempre, jugando con las niñas cerca de su casa. Al ver al monje suspiró aliviada. Se había puesto en lo peor cuando no habían regresado a la hora de cenar. Las gemelas salieron corriendo para saludar a su padre, que las recibió con un fuerte abrazo. Inuyasha los miró con cierta envidia hasta que se percató de que Kagome no estaba con ellos. Miró a Sango para preguntar, pero antes de poder formular la pregunta Kagome apareció corriendo tras él.
-¡Inuyasha!-gritó mientras se acercaba a él-¿Dónde has estado?¡Me tenías preocupada!
-L-lo siento, pero el demonio solo atacaba de noche y…bueno…yo…te he comprado algo-dijo sacando el paquete que había guardado en su haroi.
-¿Para mí?-el medio demonio asintió-¡Gracias!-Kagome abrió el paquete emocionada.-Es…es precioso-dijo ella al ver el kimono.
-¿Por qué no entras en casa y te lo pruebas?-ofreció Sango, a lo que Kagome asintió con una sonrisa en los labios y entró en la casa dando pequeños saltos.
Una vez todos estuvieron dentro, Kagome y Sango entraron en la habitación que compartía el matrimonio para que Kagome se probara el kimono. Mientras, fuera, Inuyasha lidiaba con unas gemelas que, como siempre, tiraban de sus orejas. Unos minutos después, se oyeron unas risas detrás de la puerta, que se abrió para dejar salir a Sango.
-Vamos, Kagome sal, tampoco es tan horrible
-No pienso salir-se quejaba-¡Estoy ridícula!-Sango suspiró y tiró de la muchacha para sacarla.-Me queda enorme.
Inuyasha levantó la cabeza y puso expresión de sorpresa. Definitivamente, el kimono le quedaba grande. Los hombros caían fuera de su sitio, las mangas tapaban por completo sus manos, llegando muy por debajo de éstas, y por el suelo arrastraba parte del kimono.
-Keh, yo no tengo la culpa de que seas tan pequeña-se defendió mientras se giraba ligeramente sonrojado.
-No te preocupes Kagome, puedo arreglártelo-se ofreció Sango.
-¿De verdad?-respondió la otra joven con la ilusión reflejada en el rostro. Sango asintió y Kagome se lanzó a sus brazos para abrazarla, aunque tropezó con el bajo del kimono y estuvo a punto de caer al suelo. La sacerdotisa volvió al interior para cambiarse y continuar con los quehaceres de aquel día.
Ya por la noche, en la cabaña de la anciana Kaede Rin cantaba alegremente mientras ayudaba a la anciana con la cena.
-¿Dónde has aprendido esa canción?-preguntó Kagome.
-Me la enseñaron unos niños en la anterior fiesta de la cosecha.
-¿Fiesta de la cosecha?
-Es una fiesta que se celebra cuando los cultivos están próximos a ser cosechados-explicó la anciana- Todo el pueblo se reúne y vienen personas de otras aldeas para pedir que nada impida una cosecha abundante. También vienen vendedores ambulantes que colocan sus puestos para vender por la noche y se organizan juegos de habilidad para premiar a los mejores aldeanos. Todo el pueblo lo pasa en grande.-la cara de Kagome solo podía reflejar ilusión.
-En mi cuidad también hay cosas parecidas. Las llamamos ferias. Podría ir y estrenar el kimono que Inuyasha me ha regalado.
-Pues sería una excelente oportunidad señorita Kagome-afirmó alegremente Rin.
-No deberías ir tu sola Kagome-intervino Inuyasha-La noche no es lugar para una mujer sola.
-¡Pero yo quiero ir!-dijo visiblemente indignada.
-Keh está bien, te acompañaré por si algo va mal.-dijo Inuyasha intentando que no se notara su sonrojo, que aumentó cuando Kagome le abrazó y le dio un beso en mejilla para luego seguir clasificando las distintas hierbas medicinales que había recogido ese día. Por su parte, Kagome estaba feliz pues, aunque no de la manera que ella esperaba, tendría algo parecido a una cita con Inuyasha.
