LA ESTRELLA DEL NORTE

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

CAPÍTULO 2

"INICIO DEL VIAJE"

- ¿No me digas que ya te cansaste?- se burló Hasym, en medio de la noche, bajo una gran luna llena, a orillas de un arrollo, que nacía del Río Gris.

- ¿Cansada, yo!- replicó Mislif, asombrada.- ¡Nunca me cansaré, ya verás!

- Eso espero.- rió el viejo mago con ternura. ¿Quién iba a pensar que comenzaría el primer viaje de Mislif, hija de Musolf, igual cómo lo había hecho con ése último? Recordaba perfectamente a aquel joven aventurero y rebelde, a quien todo el mundo obligaba a trabajar en el campo, formar una familia y "sentar cabeza". Pero, su espíritu fue más grande y logró vencer su nostalgia, aunque sólo duró algunos años.

- ¿Queda muy lejos el Bosque Negro?- preguntó Mislif, saltando ligeramente por el camino; parecía una gacela joven, conociendo el mundo.

- Si te cansas y preguntas mucho, sí. Pero si sigues mis reglas y vamos a un paso seguro y rápido, tardaremos unos tres días en ver sólo los límites.- contestó Hasym, sintiendo, a su pesar, que las piernas le dolían ligeramente. Era evidente que demasiado tiempo en un solo lugar le causaba graves problemas, para viajar luego.

La joven y el mago llevaban alrededor de cinco horas viajando y el clima, a pesar de ser otoño, parecía haberse apiadado de ellos. No corría una fuerte brisa, casi no había nubes, y todo el camino había estado iluminado por, la ya mencionada, luna llena. El camino era bastante tranquilo, serpenteaba de vez en cuando, subía en otro tanto, para luego bajar otro tramo. Había matorrales sólo a un lado del camino y era evidente que solía ser usado, porque había huellas patas de caballos, de ruedas de carreta y pies de hombres. Es decir, seguían en un camino rural, casi urbano.

Sin embargo, aquello estaba impacientando a Mislif. En parte, por eso había sido su pregunta sobre cuánto faltaba para llegar; porque el sólo hecho de no trepar árboles, subir montañas y cruzar ríos, le causaba cierta decepción.

- ¿Qué hora es?- preguntó al mago.

- Deben ser alrededor de las tres de la madrugada.- contestó Hasym, mirando al cielo.

- ¿Por qué quisiste viajar de noche?

- Simplemente, porque tu madre, así, nunca notaría tu ausencia, por lo menos hasta el amanecer.- respondió, sonriendo, Hasym.

- Mmm.- resopló Mislif, sin mucha convicción. No creía un cien por ciento lo que le decía Hasym.

Sin embargo, no preguntó nada y, simplemente, fueron caminando en silencio y, de vez en cuando, Mislif preguntaba algo acerca de los Elfos del Bosque Negro.

- Son muy agradables si los conoces con anterioridad, pero si eres forastero pueden llegar a ser bastante hostiles.- decía Hasym, en contestación.- El Bosque Negro es un lugar enorme, al cual el paso de los años no parece afectarlo; sus árboles son inmensos y, al parecer, hay gente que sigue temiéndole. Tal vez siempre será así, como lo es con Fangorn, allá en el lejano Sur; también como lo es con Lothlórien.

- ¿Tú has estado en Fangorn y el Lothlórien!- preguntó, asombrada, la joven.

- Bueno..., he pasado por los límites de Fangorn y..., Lothlórien...; bueno ese no lo he visto.- contestó Hasym, sonrojándose ligeramente.

- ¡Oh, ya está amaneciendo!- exclamó Mislif, dando un salto sobre un roca. El suave Sol matutino le iluminó ligeramente el rostro; y su calor comenzó a sentirse gradualmente. Se oyeron cantos de pequeñas aves y, muy a lo lejos, se oían el cantar de los gallos, como un susurro, anunciando la llegada de un nuevo día.

Hasym suspiró, y en su rostro apareció una extraña sombra de preocupación. Mislif, al verlo, frunció el ceño, pero no se atrevió a preguntar; sólo dijo:

- ¿Podemos comer algo?

- Bueno.- murmuró el mago, acercándose a la roca, en que seguía parada la joven. Se sentó en el suelo apoyando la espalda contra ella y comenzó a desempacar su pequeño bolso. La verdad era que desde hacía bastante que quería sentarse, porque las piernas le dolían a cada paso.- Ven, pequeña, siéntate.

Mislif obedeció de muy buena gana y se sentó junto al mago, sobre un suave prado, cuyo color era bastante parecido a toda la vegetación del lugar: su propio color más una nota de gris; en decir, que aquel prado era de un verde teñido de gris.

Comieron, al principio, silenciosamente el pan y un poco de jugo; pero, al poco rato, la joven no pudo soportar más y preguntó:

- ¿Qué es lo que tiene preocupado, Hasym?

El mago, antes de contestar, la miró inquisitivamente, luego suspiró y contestó:

- He sentido que algo o alguien viene caminando muy cerca de nosotros, un poco más tarde de que partiéramos de Pueblo Gris; y no me gusta nada.

- ¿Alguien¿Alguien nos sigue?

- Así parece, pero no logro sentir su presencia, por si es amiga o maligna.- suspiró el mago bajando la voz.

- Ya veo.- contestó Mislif, sintiendo el contacto frío con los dardos que tenía puestos en los guantes, y que le tocaban el antebrazo.

- No los utilices aún.- advirtió Hasym, entendiendo lo que Mislif pensaba.- Puede que nos hagan falta más adelante; hay bastante bestias, de las cuales hay que cuidarse.

- Bien.

Terminaron el modesto desayuno y dispusieron las cosas para partir nuevamente, luego de una tranquila siesta, que tanto luchó por ganar el viejo mago. Mislif, que no tenía sueño, se quedó haciendo una pequeña guardia, casi por obligación, no porque sintiera verdadero miedo.

De pronto, se le ocurrió una idea. "¡Ya sé!", comenzó pensando; "Si Hasym no quiere que desperdicie dardos¡los ataré para que lo use una y otra vez!". Acto seguido, sacó un rollo de cuerda, bastante delgada, que le había visto al mago en su bolso, y comenzó a trabajar. A cada dardo, que eran más de veinte por brazo, les ató, fuertemente, cuerda en la base, y esta cuerda la ató en el final, del codo, de los guantes.

Cuando finalizó su tarea, vino la primera prueba; la cual salió bastante bien: lanzó cinco dardos por mano contra un árbol. Se incrustaron bastante bien y con fuerza, pero Mislif tiró hacia atrás y, como un resorte, volvieron obedientemente a sus dedos.

- ¡Perfecto!- sonrió. Pero su alegría no duró mucho: oyó no muy lejos de ellos, pasos apresurados, casi inaudibles.- ¿Qué diablos¿Será...?

- Puede ser.- contestó la voz del mago detrás.- Vi lo que hiciste con tus dardos, pequeña, y te felicito. Muy astuto de tu parte.

- Gracias.- sonrió la joven, algo nerviosa.- ¿Crees que debo atacar?

- Espera; todo a su tiempo.- Hasym se había puesto de pie y levantaba consigo su vara.

Los pasos comenzaron a hacerse más y más sigilosos, pero no escapaban del oído fino de la joven y del mago. De pronto, y cuando ya tenían el corazón en un puño, saltó rápidamente una gran sombra hacia ellos; pero Mislif también fue muy rápida y, antes de que se elevara más, soltó diez dardos de sus manos, que fueron bastante certeros, haciendo que la extraña sombra cayera hábilmente hacia atrás. Pero aquel ser no se había quedado sin hacer nada: veloz como un rayo había soltado una flecha, que fue a clavarse muy cerca del hombro de Mislif, pero no hiriéndola gravemente, puesto que la flecha le rasguñó la piel y le traspasó su ropa, clavándola junto a un árbol.

- ¡Basta!- bramó, de pronto, Hasym, con autoridad.- No deben atacarse los amigos.

- ¿Amigos?- exclamó Mislif, sacando rápidamente la flecha de su hombro, y haciendo volver con gran velocidad sus dardos a sus guantes.- Creo que tiene una extraña manera de demostrar quienes son sus amigos.- gruñó mirando a la persona que se ponía de pie.

- Usted me atacó primero, joven dama.- contestó aquel personaje, mostrando un hermoso rostro, algo pálido, con ojos claros, con un brillo profundo, que demostraba cierta preocupación; sin embargo, sonreía dulcemente. Tenía el cabello rubio, largo. Iba vestido con un traje color verde, más una capa, que hacía que sólo se viera si ejercía un brusco movimiento.

- ¿Un Elfo?- murmuró la joven, sin poder creerlo. Era realmente hermoso, y sintió que las mejillas se le coloreaban al ver que le sonreía.- Lo... lo lamento...- balbuceó.

- No tiene importancia.- contestó el elfo avanzando.- En este tiempo ya no se sabe quien es amigo y quien traiciona por obtener un poco de poder. Pero debo admitir que su técnica es bastante admirable; creo que alguna vez la habré visto en otro humano.

- Hablas de Musolf, aquel gran aventurero que conociste un día, Legolas Hojaverde.- comentó Hasym sonriendo, mientras avanzaba hacia el elfo, para saludarlo.- Mislif, te presentó a un viejo amigo del Bosque Negro, príncipe de aquel lugar.

- ¡Oh, encantada!- se apresuró a decir Mislif, como saliendo de un trance.

- Legolas también es un as con el arco y la flecha.- comentó el mago, girándose a Mislif.- La flecha que lanzó fue muy certera para causar un buen susto.

- Lamento haberla atacado.- se disculpó Legolas.

- Estamos a mano, señor elfo.- sonrió Mislif, perdiendo un poco de sus nervios.

- Permíteme presentarte, Legolas, a Mislif, la hija de nuestro amigo Musolf.- dijo Hasym apartándose para dar paso a la presentación. Legolas se acercó a la joven y le tomó la mano, en señal de saludo; gesto que hizo subir el color nuevamente en el rostro de ella.

- ¡Oh, encantada!- repitió rápidamente Mislif.

- Es un placer conocer a la hija de Musolf, quien fue muy bien recibido en el Bosque Negro.- dijo Legolas.- Y así mismo lo será usted.

- Mis agradecimientos a su reino, mi señor.- contestó Mislif, haciendo una pequeña reverencia.

- ¿Desde cuándo nos vienes siguiendo, Legolas?- preguntó Hasym.

- ¿Siguiéndolos?- dijo extrañado el elfo.- Sólo desde la noche pasada; cuatro de la madrugada, hora de ustedes.

- ¿Sólo desde ahí?

- Así es.- contestó Legolas.- ¡Oh, ya sé a qué se refieren! He oído algunos pasos no muy lejos de aquí, pero no quise investigar, puesto que tenía prisa y órdenes.

- Ya veo.- murmuró, pensativo Hasym.- Bueno, no importa. Podemos defendernos de lo que se presente.

- Con Mislif, hija de Musolf, bastará y sobrará.- sonrió, dulcemente, Legolas.- ¿Nos vamos?- preguntó dirigiéndose a Hasym.

- Será lo mejor. El Sol será muy bien recibido en este frío día.- contestó el mago, recogiendo sus cosas.- ¡En marcha, Mislif!

- ¡Sí!

Así retomaron el viaje, con un nuevo acompañante: el príncipe del Bosque Negro, Legolas Hojaverde. Éste parecía no tocar el suelo con los pies, ya que caminaba muy de prisa, lo que causaba cierto desdén en las pobre piernas del viejo mago.

Pasaron dos días más de viaje, en los cuales, el clima se hacía frío y el terreno más complicado, ya que habían más piedras, más arroyos, más raíces sobresalientes de árboles, y éstos últimos parecían hacerse cada vez más grandes y gruesos. Algunos eran tan frondosos, que pasar por debajo de ellos causaba que el poco Sol otoñal, que los abrigaba desapareciera de momento.

Aunque el terreno era más dificultoso, Mislif lo disfrutaba como nunca. ¡Al fin podía saltar raíces, arroyos y rocas! Nuevamente, aquel espíritu de gacela emergía para causarle una gran emoción.

Legolas la veía, siempre sonriente, mientras conversaba con Hasym de los sucesos de los que se había enterado.

- Fuimos atacados por orcos de las montañas, hace un tiempo; una noche de verano.- comentaba seriamente.- No estaban acostumbrados al bosque, así que los eliminamos y rechazamos pronto; pero se llevaron a una pequeña criatura que teníamos a nuestro cuidado. ¿Has oído hablar de Sméagol, o Gollum?

- Difícil es no haber oído de esa pobre criatura.- murmuró Hasym.- Me han llegado historias de las más fantásticas. Como una que decía que el antiguo Daño de Isildur estuvo en manos suyas.

- Mucha verdad tiene lo que dices.- dijo el elfo.- El Señor Oscuro lo ha estado buscando y, al parecer, logró encontrarlo. Suponemos que lo tendrá con él, en la oscuras tierras de Mordor.

- Peor castigo no pudo haber recibido.- suspiró el mago con pesadumbre.- ¿Está Radagast el Pardo con ustedes?- preguntó cambiando de tema.- He sentido que me llamaba.

- Sí, está con nosotros.- contestó Legolas.- Al parecer tiene bastante prisa y quiere ir lo más rápido posible a Orthanc, la torre de Isengard, a consultar a Saruman el Blanco.

- Bastante nervioso y temeroso debe de estar Radagast, para que vaya a viajar con tanta prisa; nunca fue aficionado a los viajes.- comentó Hasym, sombríamente.- Aunque..., - su rostro se iluminó ligeramente.- yo soy peor para viajar que él.

- Y luego me dice que yo soy la perezosa.- sonrió para sí, Mislif, que iba un poco más adelante.

- ¡Te oí, pequeña!- gritó Hasym, con una mezcla de alegría y cierta vergüenza.

Legolas rió un buen rato con las discusiones del mago y la joven, sintiendo que volvía a ser joven, al estar con humanos de edad tan escasa, comparada con la suya. Pero, al parecer, eso no era notado por Mislif, quien veía al Elfo como un joven bastante atractivo, muy hábil e interesantemente nuevo para ella.

Cierta noche, esta vez sin luna, y cubierta de densas nubes, recostados en unos suaves prados, que ya no eran de un tono gris, sino que comenzaban a tornarse de un verde oscuro; Legolas, quien estaba de guardia, se subió rápidamente a un árbol, bajando luego con una mirada de preocupación e inquietud.

- ¿Qué pasa, Legolas?- le preguntó Mislif; ahora se hablaban de "tú". Ella tampoco podía dormir y estaba pensando en cómo estaría su madre.

- Orcos.- respondió Legolas, mirando hacia su derecha; como viendo y oyendo algo que ellos no podían.

- ¿Cuántos son, amigo?- preguntó, a su vez, Hasym, levantándose.

- No muchos; nada que no pueda ser controlado.- contestó el Elfo, mirándolos.- No logro entender qué hacen aquí, casi nunca bajan de las nefastas montañas que habitan. Estoy casi seguro que son los pasos que oíamos hace unos días. ¿A dónde irán?

- Deben de estar siendo llamados¿no crees?- dijo Hasym, insinuando algo para que Mislif no se enterara.

- No lo creo.- contestó la joven, sin darse cuenta que le ocultaban algo.- Si son pocos nunca se atreverían a viajar hasta Mordor, sólo porque están siendo llamados. Tal vez vayan hacia las Montañas Nubladas, a dar algún aviso. Podría ser...

- Mucha verdad tienen tus palabras, joven dama.- comentó Legolas, tomando su arco y sacando una flecha.- Pero, de todas maneras, yo no me arriesgaré a dejarlos con vida.

- Cuentas conmigo.- sonrió Mislif, sacando, rápidamente, sus dardos.- Es mi primera vez que atacaré a esas bestias y no quiero perder.

- Pues, entonces... ¡no tengamos piedad!- exclamó Hasym, alzando su vara y enderezándose.- ¡Que no quede ni uno!

Se pusieron en guardia; Legolas parecía oír desde hacía bastante tiempo las pisadas apresuradas de los orcos, pero Mislif y Hasym comenzaron a escucharlos cuando faltaban unos pocos metros, ya que viajaban de forma muy cautelosa.

- Ya vienen.- dijo Legolas, apuntando hacia un hueco en unos árboles.

Mislif sentía que el corazón le latía rápidamente, pero por alguna extraña razón lo que sentía no era temor, sino emoción. Extraño era aquello, porque cualquier persona que se tuviera que enfrentar a unas bestias como los orcos sentiría algo de nervios, por lo menos; sin embargo, la joven se sentía bastante segura con Legolas y con Hasym a su lado, y lo único que quería era poder probar sus dardos, en forma letal, contra el "Enemigo".

De pronto, se oyeron unas extrañas voces roncas, que hablaban en su propio idioma, un idioma de los orcos del norte, de las montañas. Comenzaron a verse sus siluetas y, sin previo aviso, se lanzaron sobre ellos; mostrando que eran alrededor de veinte. Un número no muy grande, pero iban bien armados.

- Disparen.- gritó Hasym, como dando el disparo inicial a una carrera. Los orcos embistieron con unas dagas, largas y de buen material. Mislif y Legolas soltaron, a la vez, sus dardos y sus flechas, respectivamente. Hasym, con su vara, lanzaba, lo que parecían ser, estacas de hielo, que se clavaban en las gargantas de los orcos, igual como lo hacían las armas de sus dos compañeros.

- ¡Tomen esto, asquerosas bestias!- exclamaba Mislif, mientras lanzaba sus dardos y los devolvía a sus manos, como un resorte.- ¡Sí que funciona esa cuerda!- pensó para sí, con satisfacción.- ¿Cómo vas, Legolas!- gritó, sonriendo, hacia el Elfo.

- ¡Puedo soportar!- rió él, a su vez, mientras lanzaba otra flecha.- ¿No se ha manchado las manos con sangre, joven dama?

- ¡Puedo soportar!- contestó la joven, notando que tenía las manos llenas de una sangre oscura; pero no le importó y siguió atacando.

Los orcos no eran débiles, y en más de una ocasión tuvieron una pequeña ventaja. Uno lastimó, ligeramente, el brazo de Hasym; y otro se lanzó sobre Mislif, con tal furia, que de haber acertado en su ataque, le habría arrancado la cabeza a la joven. Aunque, claro, lo único que consiguieron con eso, fue que Legolas matara al primero y que Mislif, encolerizada, acabara con el segundo, a su vez.

El combate duró unos pocos minutos, muriendo todos los orcos, incluso unos pocos que habían escapado, pero que fueron perseguidos por los ágiles pies del Elfo. Al cabo de cinco minutos, volvió con una sonrisa en el rostro, y con éste último algo sucio.

- ¡Felicidades, joven dama, hizo un muy buen trabajo!- dijo, acercándose a Mislif.- Creí que cualquier mujer se desmayaría al tener sangre de orco en sus manos.

- Entonces, estás juzgando mal, querido amigo.- replicó Mislif, con cierto desdén de que la vieran como una niña asquienta y demasiado femenina.

- Lo lamento, entonces.- dijo Legolas, haciendo una pequeña inclinación de cabeza.- ¿Cómo estás tú, Hasym?

- Esas malditas bestias se arrepentirán de haberme rasguñado el brazo.- gruñó el mago, limpiándose la herida que tenía.- ¡Oh, mira eso, Mislif!- exclamó, alegremente, mirando hacia su derecha, donde comenzaba a amanecer. Se veía, a lo lejos, una larga e interminable hilera de enormes y densos árboles.

- ¡Los límites del Bosque Negro, joven dama!- comentó, sonriendo, Legolas.

- El Bosque Negro...- suspiró Mislif, con una alegría incalculable.- ¡Al fin lo veo!

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Bueno, éste ha sido un nuevo capítulo. Espero que les haya gustado, ya que lo que más quería era poder introducir rápidamente a Legolas, porque me encanta. No tengo nada más que decir, excepto que espero sus reviews o cualquier opinión vía mail. ¡Nos vemos!