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CAPÍTULO 4
"UN NUEVO COMPAÑERO"
- ¡Maldición, ya me falta poco para llegar!- gruñó Mislif, una joven de cabellos rojizos y brillantes ojos verdes, observando cómo se acercaba cada vez más a las colinas en que se establecía su hogar, Pueblo Gris. A lo lejos comenzaban a verse los campos agrícolas.- ¡Cuánto desearía haber ido a Rivendel también¡Incluso a Isengard me habría atrevido a ir!
La joven siguió caminando, pero intentaba por cualquier medio retrasarse cada vez más, y tomar caminos largos y complejos; aunque, a cada paso que daba, el terreno era más liso y sin problemas, exceptuando a algunas malezas que, a un lado del camino, crecían.
Aquella mañana era fresca, con un Sol algo melancólico, sobre su cabeza, que parecía ser que su mayor anhelo era el poder sacarle a alguien una exclamación como: "¡Uf¡Pero qué calor!". Pero no lo conseguía estando cubierto por unas pálidas nubes otoñales.
Casi no quedaban árboles cerca del sendero, aunque, a lo lejos, podía verse alguno solitario, siendo hogar de aves que emigraban a lugares de más cálidos. Mislif se sentía algo sola por el hecho de viajar sin la compañía ni de Hasym ni de Legolas; además de que se decepcionaba no poder subirse a algún árbol, por los pocos que habían.
- ¡Allá se ve uno!- exclamó, sonriente, al ver a su derecha un sauce llorón, que parecía sentir bastante alegría de ser visitado junto al arroyo en que se situaba, y movía sus ramas al viento, como invitando a la joven a acercarse más. Así lo hizo y, en unos minutos, ya estaba cerca del sauce. Sin embargo, se detuvo al observar que había un bulto apoyado contra el árbol. Parecía ser una persona, hombre específicamente, pero no podía saberse su edad en el rostro, por el hecho de que estaba cubierto con una capucha.
Mislif se acercó a él y, de pronto, dando un salto la figura se levantó, haciendo que la joven diera un respingo y que, rápidamente, lanzara los dardos de sus manos. La persona fue a clavarse contra el sauce, sin ser herida, gritando una maldición.
- ¿Quién eres y qué quieres!- le gritó Mislif, recobrándose con indignación. La figura, aún con el rostro cubierto, levantó la mirada y, con algo quejumbrosa, dijo:
- Creí que me reconocerías, Mislif, hija de Musolf, vieja amiga.
- ¿Oliv!- exclamó la joven sorprendida.- ¡Eres tú, por Elendil!
- ¡Adivinaste!- sonrió él, haciendo que su capucha se le cayese. Así se pudo ver el atractivo rostro de un joven de piel clara, con ojos muy parecidos a la miel, de cabello castaño oscuro. Era Olivorn, de la casa de los Fontes de Río Gris. Los llamados Fontes, eran una acomodada familia de Pueblo Gris, quienes vivían ocupando toda la orilla, del Río, opuesta a las demás casas del lugar. Eran, prácticamente, los que estaban al mando de la administración del lugar. Claro que eran queridos por todos y, parecía ser que, sus trabajos administrativos durarían mucho tiempo más. Los padre de Olivorn (también llamado Oliv, de cariño, por Mislif y sus parientes), veían en la joven amiga de su hijo, a una chica bastante atractiva, con aptitudes para ser su futura nuera. Era obvio que aún no se habían enterado de las conversaciones que sostenían muchas mujeres, la mayoría solteronas, sobre la forma de ser de Mislif. Sin embargo, a Oliv nunca se le había pasado por la cabeza hacer de su "vieja amiga" una pareja amorosa. Mislif, por su parte, la sola idea de amor le daba náuseas, así que desechaba cualquier intento de su madre para provocar, en su hija, intenciones de matrimonio.- Eh... querida Mislif...- murmuró, vehemente, el joven.- ¿Podrías sacarme de esto? Tus dardos son bastantes firmes, y tú pareces lanzarlos con mucha fuerza.
- ¡Oh, claro!- exclamó Mislif, acercándose a su amigo, y sacando sus pequeñas, pero destructivas, armas.- ¿Qué hacías ahí, tendido, con la cara cubierta?- quiso saber, una vez que hubo terminado.
- Je, je, je. Fue una pequeña broma mía.- sonrió Oliv, con malicia.- Te vi, a lo lejos, y quise darte un susto. La idea era que daría unos gritos de auxilio y, cuando tú llegaras, me encontrarías "herido", bajo el árbol.
- Pero te falló¿verdad?- sonrió Mislif, a su vez.
- Así es.- suspiró Oliv.- Tú te dirigiste a este árbol sin que yo te hubiera llamado, así que tuve que improvisar.
- Bueno, no importa.- suspiró, imitándolo, la joven. Luego, respiró hondo, y dijo.- Oliv... tú...
- Dime.
- ¿Has sabido algo de mi madre?- preguntó ella, mirándolo fijamente a los ojos.
- Varios han sido los días en que ha estado con los nervios brotándole.- contestó Oliv, esta vez, serio.- Ha ido a nuestra casa muchas veces preguntando por ti, lo que hizo que nosotros también nos preocupáramos mucho, amiga mía. A propósito¿dónde estabas? Y, si saliste¿qué traes para mí, dentro de ese... pequeño equipaje?
- Nada, Oliv.- contestó Mislif.- Excepto unas cuantas galletas élficas, que me dieron por mi paso en el Bosque Negro.
- ¿El Bosque Negro, dijiste!- exclamó el joven, abriendo desmesuradamente los ojos.- ¿Tú viajando, tú! No puedo creerlo.
- ¿Ah, no!- gritó Mislif, enojándose.- ¡Para que tú sepas, hablador, acompañé a Hasym hasta el Bosque Negro, porque él tenía que hablar con su amigo, Radagast el Pardo. Doce días hacen ya que salí de casa y, para complementar mi relato, te diré que conocí a algunos Elfos, uno de ellos, Legolas Hojaverde, príncipe del lugar. También te diré que maté orcos y que pasé una noche en el Bosque Negro, hasta que Hasym fue rumbo a Isengard en el Sur, y Legolas se fue con destino a Rivendel, pero antes quiso, amablemente, acompañarme un trayecto hacia acá.
- ¡Suena increíble todo esto, Mislif querida!- sonrió Oliv.- Pero te creo. Me alegraría mucho, eso sí, que la próxima vez que salgas de viaje me avises para ir contigo.
- Lo haré, Oliv, descuida.- contestó Mislif.- Ahora, quiero ir a casa, para ver a mi madre, aunque apuesto a que me encerrará en algún lugar para que nunca más vuelva a salir.
- Tal vez.- rió el joven.- Si así fuera, tendría que ir hasta tu casa para decir que quiero pedir tu mano, como esposa, y así liberarte de tu prisión. Claro que así comenzarías otra y...
- ¿Esposa!- interrumpió Mislif, abriendo, de sobremanera, los ojos.- ¡Por Elendil, Oliv¡Cuida tus palabras, que pareces estar delirando!
- No deliro, amiga mía- replicó Oliv -, pero es lo que me han estado insinuando, últimamente, mis padres.
- Si es así, no quiero regresar a Pueblo Gris.- musitó Mislif.
- ¡Muy bien!- exclamó Oliv, levantándose de un salto, y haciendo que su amiga volviera a dar un respingo.
- ¿Qué te pasa, loco!- se quejó la joven molesta.
- ¡Tengo una grandiosa idea, amiga!- dijo Oliv, con la risa bailándole en los ojos, los cuales le brillaban intensamente.- ¡Partiremos, los dos, a ese lugar, llamado Riv...!
- Rivendel...
- ¡Eso mismo¿Qué te parece?
- ¡Oh, perfecto!- dijo ella sarcástica.- ¡Vámonos sin ningún alimento, sin protección y sin la menor idea de dónde está aquella Ciudad!
- Mmm..., es cierto.- murmuró Oliv, acariciándose la barbilla.- ¡Ya sé!- exclamó denuevo, al cabo de una pensativa pausa.- Vamos a casa de mi tío Bal, él nos proveerá de lo que necesitemos, sin duda alguna. Además su casa no se distancia mucho del lugar en que estamos, ya que de ahí vengo, en bus...
- ¿En qué?- preguntó Mislif curiosa.
- Bueno...- titubeó el joven, sonrojándose.- De casa de mi tío Bal, vengo en tu búsqueda...
- ¡Oh, Oliv!- exclamó ella, haciendo cómo que se emocionaba, lanzándose a sus brazos. Su joven amigo se sonrojó hasta quedar de color granate.
- ¿Qué haces!- gritó, cohibido, separándose de Mislif.- ¿Acaso los árboles, del Bosque Negro, te hicieron mal!
- ¡No te molestes, era sólo una broma!- rió la joven.- Sólo quería agradecerte que te preocuparas por mi.
- Mmm...
- Bueno, pero¿qué era lo que decías de ir a casa de tu tío Bal?
- ¡Oh, eso!- dijo Oliv, volviendo al tema.- Vamos a casa de él, le pedimos algunos víveres, algún mapa que, sé, tiene, y luego nos vamos, siendo yo, anteriormente, proveído de una espada.
- ¿Todo eso lo conseguiremos en casa de tu tío?- preguntó Mislif, sin mucha convicción.
- ¡Claro! Si vas a su hogar, podrás ver todas las cosas fantásticas que ahí tiene, producto de las herencias y viajes de nuestros antepasados.- sonrió Oliv, con orgullo y satisfacción de ver que lo podía solucionar todo.
- Bueno, si así es, yo no tengo ningún problema en partir hacia allá.- convino Mislif, con renovada alegría.- ¿Vamos de inmediato?
- Veo que tienes muchas ganas de volver a salir.- dijo, con una mirada picaresca, su amigo.- ¿Será que quieres conocer Rivendel, o acaso, volver a ver a ese tal Legolas, de quien, con tanto gusto, me hablaste?
- ¿Qué...!
- No me trates de engañar, amiga mía, porque vi claramente en tus ojos, cómo estos te brillaban al hablarme de aquel Elfo.- sonrió Oliv.- Estoy seguro que la belleza de los de su raza te conquistó¿o no?.
- No digas estupideces, mejor será, y vamos a casa de ese tío tuyo.- gruñó Mislif, sintiendo que las mejillas se le coloreaban esta vez, al recordar el hermoso rostro de Legolas. Oliv no la molestó más y junto comenzaron a caminar hacia la casa del mencionado tío. Durante el trayecto se encontraron con bastantes cercados, en los cuales se encontraban distintos tipos de animales de corral. El sendero que seguían era angosto, serpenteaba en algunos terrenos, y parecía no ser transitado con frecuencia. Al cabo de quince minutos de recorrido, en los cuales Mislif le relataba a Oliv todo lo que había vivido, llegaron a una gran casa, anticipada por una verja de madera; la casa era de color blanco, se veía bastante acogedora y se podía sentir que sus habitantes llevaban una pacífica vida campestre.- ¿Aquí es?- preguntó Mislif, mirando a su amigo.
- Así es.- sonrió él.- Vamos; tío Bal debe de estar en su huerto de calabazas ahora.- Oliv abrió la verja, invitando a pasar a Mislif; luego se dirigieron a una lado de la casa, avanzaron hacia atrás, por el jardín, hasta que vieron, adelante de ellos, a un hombre rollizo, que trabajaba canturreando en un extenso jardín de calabazas.- Buenos días...¡no! Buenas tardes, tío Bal.- saludó Oliv, acercándose.
- ¡Chiquillo querido, regresaste!- rió el hombre, enderezándose.- ¡Ah!- se quejó frotándose la espalda.- Annie tiene razón, mi espalda terminará horriblemente mal con este huerto. Pero, al menos, ganaré el premio al vegetal más grande de Pueblo Gris, en el festival.- rió, mostrando unas margaritas en las sonrojadas mejillas.- ¡Oh, buenas tardes, jovencita! No la había visto.- saludó el señor, haciendo una pequeña reverencia, con la cabeza, a Mislif.- ¿Quién es, Oliv¿Tu novia?- volvió a reír.
- ¡No!- replicaron los dos jóvenes, al mismo tiempo. Luego, Oliv habló.- Tío Bal, ella es una vieja amiga mía, Mislif, hija de Musolf, y...
- ¿Musolf?- gruñó el hombre ceñudo.- ¿Musolf, aquel joven que salía de viaje con gente rara?
- Eh...
- Mi padre...- comenzó a protestar Mislif, sintiendo que la sangre comenzaba a arderle.
- ¡Tu padre fue un gran amigo mío, jovencita!- interrumpió el hombre, mostrando una agradable sonrisa.- ¡Sabía que tenía una pequeña hija, pero nunca creí que el tiempo pasara tan de prisa! Debes de tener unos... ¿dieciocho, diecinueve¡Eres toda una joven dama!
- Joven dama...- susurró Mislif, recordando el rostro de Legolas, quien siempre se dirigía así a ella.- ¿Así que usted era amigo de mi padre?- preguntó la joven, con renovada alegría.
- ¡Por supuesto que sí!- contestó el señor Fontes.- Nos conocimos en...- se interrumpió.- Bueno, será mejor no hablar aquí, puesto que los tres estamos algo cansados y una buena taza de té, con pastelillos de Annie, nos serían muy bien recibidos en una charla.
- ¡Muy bien¡Qué rico, pastelillos de tía Annie!- exclamó Oliv, saboreándose.- ¿Entramos?
- Claro.
Los tres entraron en la gran casa, por una puerta lateral, que era de la cocina. Dentro pudieron sentir el agradable olor de comida, y de pasteles aún calientes. El lugar era bastante acogedor, como Mislif se lo había imaginado, aunque un poco recargado de cosas, la mayoría viejas, pero bastante atractivas para ojos ociosos, que vagaran por cualquier lado. Se dirigieron a la sala, un lugar con butacas enormes, con cojines de grandes proporciones y muy cómodos. La sala estaba llena de cuadros de antepasados de la familia Fontes, mesitas de centro con adornos, la mayoría de porcelana; en el suelo había gruesas alfombras, las cortinas, corridas eran también grandes, y, a través de ellas, entraba el melancólico Sol otoñal. El señor Fontes los invitó a sentarse y, luego de hacerlo, se escucharon pasos en la escalera, más adentro, donde descendían unos ágiles pies. Casi al instante fueron recibidos por una mujer, rolliza también, de cabello rojizo ondulado, que tenía, además, una maternal sonrisa.
- ¡Oliv, regresaste!- fue lo primero que dijo, con una voz levemente chillona.- ¿Con quién tengo el gusto de encontrarme?- dijo, al ver a Mislif, quien fue presentada en el acto.- ¡Mucho gusto, jovencita¿Querrían comer o tomar algo?
- Bueno...
- ¡Está bien, Bal querido!- exclamó con una enorme sonrisa de satisfacción.- Tengo todo listo para que tomen el té...; hice pastelillos.- añadió, guiñándole un ojo a su sobrino. Sin previo aviso, se giró y fue hacia la cocina, donde comenzaron a oírse ruidos de platos, tazas y cubiertos. Al cabo de cinco minutos, Annie, la mujer, volvió a entrar, cargada con una bandeja. La depositó en una mesita de centro, luego sonrió y se retiró al jardín.
- Qué linda es Annie¿no creen?- rió el señor Fontes, tomando un pastelillo. Oliv y Mislif asintieron y comenzaron a comer también. Cuando todos estaban comiendo, el dueño de casa reanudó su relato.- A Musolf lo conocí una vez que yo volvía de Carroca, a orillas del Río Gris; había ido a una feria que se realizaba sobre agricultura, donde, por cierto, gané el segundo lugar de la calabaza más grande; aunque yo debería haberle ganado al viejo Turbal, porque... ¡Oh, lo siento¡Creo que me desvíe del relato¡Ejem! Bueno, por el camino de regreso, me asaltaron unos tipos. Entonces, apareció Musolf, con un grupo de enanos, y con el viejo y gruñón Hasym, y me ayudaron. Debo añadir, pequeña, que pocas veces he visto a alguien tan diestro con el manejo de esas armas que ocupaba tu padre.
- Dardos.
- ¡Dardos, exactamente!- dijo el señor Fontes.- Bueno, Musolf era aún muy joven cuando lo conocí, todavía no se casaba y sólo de viajes parecía vivir. Desde entonces, siempre llegaba con algún presente para mí de sus travesías por la Tierra Media. Yo, por mi parte, siempre tenía algún regalo para mi joven amigo y nos llevamos muy bien. Luego, bueno, él se casó con tu madre y sentó, por así decirlo, cabeza.- luego rió, acordándose de anécdotas pasadas.- Recuerdo muy bien cuando vino a verme el viejo Hasym, y, a los pocos días, ya se iba de viaje nuevamente con Musolf. Aunque no duró mucho aquello, porque naciste tú, querida joven, y él pareció tener una nueva razón para existir. Te bautizó como su "pequeña Estrella del Norte", a la cual amaba y recordaba en todo momento.
"Más de alguna vez habrá vuelto a salir con Hasym y sus amigos enanos, pero del número de veces no sé nada, sólo que, al volver, recibió una fuerte paliza por irresponsabilidad. Pero bueno...- suspiró.- fue un ejemplo de valentía, y simpatía, por añadidura. ¡Cuántas veces me hizo reír, hasta que el estómago se quejaba de dolor... y de hambre!- volvió a reír.- Tú eres muy parecida a él¿te lo habían dicho antes?
- Sí, muchas veces.- contestó Mislif, quien había estado bastante emocionada escuchando aquello.- Todo el mundo parece repetírmelo con bastante frecuencia. Aunque... lo ven como una ofensa. ¡Por supuesto que yo no!- exclamó.- Siempre he amado a mi padre, y sólo deseaba ser como él, viajar como él.
- Puede decirse, a ciencia cierta, que vivió, puesto que la vida no es sólo de alegrías y buenos ratos, sino que algo se debe sufrir, es claro. Sin embargo, vivió alegremente, eso no me lo quita nadie.- asintió el señor Fontes, con decisión.- Todas esas habladurías sobre él, en especial de esa vieja desagradable, Tolfin.- gruñó.- Esa mujer le hizo la vida imposible a Musolf: siempre regañándolo, diciéndole que era un irresponsable, que no hacía nada por su familia, excepto darle vergüenzas. ¡Ja! Si supiera de todas las cosas de valor que se trajo para ustedes. ¡Oh, por cierto!- exclamó, dando un pequeño salto.- ¡Lo había olvidado por completo! Mislif, tu padre dejó aquí, para ti, muchas cosas de valor, que estoy segura te servirán en el futuro. ¡La cantidad de joyas que le regalaban sus amistades ricas, era exuberante!
- ¿Joyas?- preguntó Mislif, intrigadísima.- ¡No tenía idea! Nunca me dijo palabra alguna, con respecto a eso.
- ¡Por supuesto que no lo haría!- dijo el señor Fontes.- Él nunca fue tonto, nada de eso; todo lo contrario. ¡Yo admiraba su ingenio! Musolf sabía, perfectamente, que si dejaba sus bienes a tu madre, desaparecerían en un abrir y cerrar de ojos, por medio de telas innecesarias, y, sobre todo, el "favores" a las solteronas del pueblo. ¡No! Él quiso dejarle sus bienes a alguien de confianza, lo que me halagó de sobremanera, al enterarme de ser yo el elegido. Claro que tendrás que perdonar a esta pobre cabeza de pollo. ¡Soy tan olvidadizo! El baúl con su herencia está donde él mismo lo guardó: en el desván de esta casa.
- ¿Qué dice?- exclamó Mislif, más sorprendida que antes.- ¡Es maravilloso!
- ¿Sí, verdad?- sonrió Oliv, a su lado.- Y nunca nos enteramos de nada, amiga mía.
- Padre...- susurró Mislif, sintiendo ganas de llorar. ¡Cuánto lo extrañaba en aquel momento! Lo había recordado al ser aquel su primer viaje fuera de casa, y ahí, con todo aquel relato. Ahora, descubría algo nuevo de él¡le había dejado toda una fortuna! Era increíble, pero todo aquello, y más, habría dado Mislif por volverlo a ver, aunque hubiera sido un segundo.
- ¡Oh, casi lo olvidaba!- exclamó Oliv.- Tío Bal¿tienes algún mapa, donde se pueda ver el camino hasta Rivendel?
- ¿Rivendel?- preguntó el viejo, extrañado.- ¡Oh, aquella ciudad élfica! Bueno, tengo mapas que llevan muy cerca de aquel lugar; debe de salir algo que ayude, querido Oliv. Muy bien, yo debo volver a mi trabajo.- suspiró, levantándose, trabajosamente, de la butaca.- Encontrarán mapas en mi despacho, jovencitos. Pequeña Estrella del Norte- dijo, mirando a Mislif -, fue un gusto conocerte, luego de sólo haberte visto en pañales. ¡Me voy! Y, ya sabes: ese baúl está siempre en mi desván, esperando por ti.
- Muchas gracias, señor. Y para mí, también fue un gusto conocerlo.- se apresuró a contestar la joven.
- ¡Llámame, Tío Bal!- fueron sus últimas palabras, antes de girarse y salir hacia el jardín. Entonces, Oliv la condujo hasta el despacho de su tío, el cual era espacioso y recargado de cosas, al igual que todo en la casa. El despacho estaba repleto de viejos libros, la mayoría de cuidados, conocimientos y especializaciones agrícolas; pero habían unos sobre relatos antiquísimos, y Mislif los hojeó, mientras Oliv buscaba, en los cajones de la mesa-escritorio, los mapas. Al cabo de media hora, y dando un grito de satisfacción, Oliv blandió un papel.
- ¡Mira esto, Mislif!- gritó, acercándose a la joven, quien leía leyendas del pasado, en especial se había interesado por una que hablaba del mencionado "Daño de Isildur" y los Años Oscuros de Mordor.- ¡Aquí sale!- exclamó Oliv, señalando con un dedo un lugar del mapa.- ¡Mira, Rivendel!
- ¡Oh, ahí está!- contestó, alegremente, Mislif.- Creí que quedaba más lejos...
- ¿Más lejos!- exclamó, escandalizado, el joven.- ¿Pretendes, acaso, que lleguemos a los ochenta años?
- No, pero...
- ¡Pero nada!- interrumpió Oliv.- Ahora que ya sabemos donde está (junto a las Montañas Nubladas, luego del Paso Alto), debemos alistarnos. Le pediré una espada a Tío Bal, luego a Tía Annie víveres, y partiremos esta misma tarde; luego del almuerzo, obvio. A no ser que pienses que es demasiado pronto...
- ¿Pronto¡Es perfecto!- exclamó Mislif, feliz.- Oye... ¿tu tío no preguntará la razón para llevar una espada y bastantes víveres; es que es algo muy extraño.
- Él no es curioso.- contestó Oliv.- Ya viste cómo le pregunté por Rivendel y ni se inmutó. Descuida, pequeña, nos saldrá todo bien.- y diciendo esto, dio media vuelta. Mislif se enfrascó, nuevamente, en la lectura de aquello libros; entonces, Oliv volvió con una espada, envainada, y con una enorme sonrisa de satisfacción en el rostro.- ¿Qué te dije?- dijo.- ¡No preguntó absolutamente nada! Sólo dijo: "¡Oh, debe de haber una en el desván o en mi despacho, no lo recuerdo bien, querido!" A Tía Annie le pedí los víveres y se puso a trabajar como loca, allá abajo.
- ¡Que bien!
- Bueno¿partiremos después de almuerzo, verdad?
- Eso dijiste tú.- contestó Mislif.- Mientras quede luz, hay que aprovecharla.
- ¡Exactamente!- convino Oliv, y juntos bajaron al comedor, donde Tía Annie tenía la mesa servida, con exquisitos platillos caseros. Todos comieron alegremente y, una vez que terminaron (y después se lavaron), se alistaron para el viaje. El bolso con los víveres, la mayoría frutas, pan, pastelillos y jugo en cantimploras, fue llevado por Oliv; mientras que Mislif se encargaba sólo de su equipaje, que era de por sí pequeño. Oliv dijo, a sus tíos, antes de partir: "Bueno, nosotros nos vamos. Muchas gracias a los dos, por todo. Nos vemos pronto." Sus tíos se despidieron cordialmente, pero nada preguntaron.
Mislif y Oliv comenzaron por el mismo sendero en que habían venido, hasta pasar junto al sauce llorón; luego, retomaron, bajo el tibio Sol, el camino, por el cual, había estado caminando Mislif.
La tarde pasó rápidamente, y ellos no menos avanzaban. En especial la joven sentía gran interés por ir con gran velocidad; no sabía porqué, pero algo quería alcanzar, y rápido. Más de una vez, Oliv la reprendió, por estar tan apurada en llegar lo más pronto posible a Rivendel, eso que estaba tan lejos. Pero ella casi no le hacía caso. ¿Qué buscaba¿Qué esperaba encontrar en el camino? No lo sabía.
Dos días pasaron, y cada vez estaban más cerca de las colinas que daban inicio a los elevados y fríos picos de las Montañas Nubladas. El clima era cada vez más frío, puesto que la nieve estaba cada vez más cerca. La vegetación era más espesa y de colores más vivos, a medida que avanzaban por los senderos que seguían.
Al tercer día, luego de una noche de lluvia, bajo un árbol, vieron que se hallaban en las primeras, altas, montañas. Ahora les tomaba un poco más avanzar, porque el camino se hacía más trabajoso y empinado. Iban por un camino ancho, cuando, más adelante y arriba, oyeron voces que conversaban alegremente.
- ¡Oh, por supuesto!- decía una voz ronca.- Ni una sola piedra quedó sin trabajar, Maese Selin. ¡Deberías ir más seguido a la Montaña Solitaria!
- Lo sé, Maese Glóin.- contestó, riendo otra voz.- Pero he estado viajando, ya sabes, con mis viejas amistades.
- ¿Estuviste en Pueblo Gris, verdad?- preguntó el llamado Glóin.
- Sí, así es.- contestó Selin.- En compañía de Hasym viajé hasta ahí¿recuerdas a Hasym?
- ¿Cómo olvidarlo! Ja, ja, ja. Él fue quien hizo que mis barbas se hicieran verdes durante cuatro meses.- rió Glóin.
- ¡Es Selin!- susurró Mislif a Oliv, recordando aquel nombre cómo el de uno de los Enanos que habían ido a Pueblo Gris, en compañía de Hasym, quien los había enviado a la Montaña Solitaria, a dar aviso, a los enanos de allá, sobre los problemas que se aproximaban.- ¡Vamos, viajaremos con ellos!- dijo Mislif, dirigiéndose hacia donde se oían las voces. Subió corriendo, con algún esfuerzo, el sendero, hasta que se halló detrás de un grupo de personas, todos hombres. Algunos de ellos iban a caballo, tenían semblante serio, algo huraño, y eran casi todos Humanos; pero los otros, que era la mayoría, eran Enanos, de largas barbas, con sus características ropas y sus hachas.- ¡Buenas tardes!- saludó Mislif, con alegría, llamando la atención de todos los presentes.- ¡Selin, qué gusto me da verte!
- ¡Pequeña Mislif!- saludó, con una gran sonrisa, el llamado Selin, que era un enano de barbas, casi en su totalidad, blancas.- ¿Qué haces por estos solitarios lugares?
- Voy camino a Rivendel¿y ustedes?
- ¡Hacia el mismo lugar!- exclamó, sorprendido, el Enano.- ¿Se puede saber el motivo de tu viaje, joven Mislif?
- Creo que el mismo que el tuyo.- respondió la joven, notando que más de un rostro se había ensombrecido.- Me preguntaba si podríamos acompañarlos en su viaje, ahora que sé que nos dirigimos al mismo sitio.
- Bueno, bueno.- gruñó Selin.- Entonces, déjame preguntar.- se dirigió a uno de los hombres que iba a caballo, le habló en voz baja, y luego regresó.- Los Beórnidas han aceptado llevarte también, Estrella del Norte, pero... tendremos que aumentar el peaje.
- ¿Aumentar el peaje!- exclamó un Enano, más joven, con barbas rojas.- ¡Mucho hemos tenido que pagar ya, para que se nos aumente el costo!
- ¡Tranquilízate, Gimli!- murmuró un Enano de barbas blancas.
- ¡No se preocupe, señor Enano!- dijo una voz detrás de Mislif, quien, al girarse, descubrió que Oliv acaba de llegar, corriendo, y venía agotado. Respiraba entrecortadamente, pero añadió.- Paga podemos ofrecerle a los amables señores Beórnidas, no se preocupe.
- ¡Entonces, que no se diga más, y en marcha, que mucha alegría nos dará viajar con sangre joven hasta aquellas Tierras Élficas!- dijo el Enano llamado Glóin, el que tenía una barba, sorprendentemente, blanca.
Así comenzó el viaje de Mislif y Oliv, con los enanos de la Montaña Solitaria, hacia un mismo destino: la Última Casa Simple al Este del Mar, en el Valle de Rivendel.
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Muchas gracias a todos los que me han dejado review y perdonen por la demora. Espero que este nuevo capi les haya gustado y que me dejen su review. Nos vemos!
