Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertenece, todo es propiedad de J. K. Rowling. La canción que encontraréis más abajo es "Que te quería" de la Quinta Estación, y les pertenece totalmente. Este fic participa en el Amigo Invisible 2013-14 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. Escribo fics sin ánimos de lucro.


"Ambos fuimos idiotas"

Que sigo siendo la misma loca que entre tus sábanas se perdía.
Y a fin de cuentas no soy distinta de aquella idiota,
Que te quería.

Un año y un mes. Habían pasado más de trescientos sesenta y cinco días desde la batalla. En la mente de Ginny eran muchos más y, a la vez, muchos menos. El mes posterior al aniversario de la muerte de Fred había sido pesado y muy doloroso. George había vuelto a caer en una especie de estado de sopor y su madre lloraba a cada rato. Pero el peor momento había sido cuando su padre llamó Fred, a George. Ginny sintió que le introducían un puñal en el pecho al ver la cara de toda la familia ante ese pequeño error, que en el pasado habría significado una broma mil veces usada. Pero esta vez no hubo más que un silencio incómodo.

La presencia de Harry se había notado. Hermione, Audrey y él trataban de animar las comidas familiares, de hacer todo más llevadero. Ginny ya no sentía hacía él ese rencor que la había dominado durante los meses posteriores a su llegada. Sólo había un enorme agradecimiento y algo de vergüenza. Sus palabras la mañana después de la discoteca le habían dado mucho en qué pensar.

La Madriguera estaba silenciosa mientras Ginny fregaba los platos de la comida. Agitaba la varita concentradamente, consciente de que no era muy buena con los encantamientos de limpieza. Pero se sentía mejor pensando que al menos estaba siendo útil. Esa fue la razón por la que no pudo evitar dar un bote cuando sintió una mano tomando la suya.

—Tienes que levantar más la varita—susurró Harry en su oído, obviamente intentando aguantarse la risa. El suave choque de la respiración de Harry contra su oreja mandó un escalofrío por su columna. Harry repitió el gesto.

—¿Desde cuándo eres un experto en esto?—preguntó Ginny con la voz entrecortada.

—Fui profesor, ¿recuerdas?

—Me refería a los hechizos domésticos—concretó Ginny, maldiciéndole en su fuero interno—. Y no se puede decir que fueras un profesor de verdad.

—Como tú digas—Harry se alejó unos pasos y Ginny bajó la varita. Los platos seguían limpiándose solos, para sorpresa de la mujer—. He notado que ya no intentas matarme con la mirada.

Ginny cerró los ojos, todavía dándole la espalda. Era precisamente esa conversación la que había estado tratando de aplazar. Pero ya era una adulta, tenía que empezar a enfrentar los problemas. Y Harry era uno gordo. Le echaba tanto de menos. Habían tenido tan poco tiempo para disfrutar de estar juntos, y siempre bajo la sombra de la guerra. Siempre bajo la posibilidad de perderle al día siguiente. Porque Harry era la diana de todos los malos. Era el que siempre estaba en problemas.

—Estuve pensando—comenzó, reuniendo todo el valor que pudo—. Al principio no quise escuchar tus palabras, pretendí que no las había oído siquiera. Pero no conseguía quitármelas de la cabeza. Siempre has tenido ese talento—sonrió ligeramente, intuyendo que Harry hacía lo mismo a su espalda—. Y entonces me encontré a mí misma comprendiéndote. Y, al final, viendo todo lo que te has esforzado estos meses, sobre todo después del aniversario, llegué a la conclusión de que te había perdonado—Ginny se dio la vuelta, enfrentándose a los ojos verdes, que brillaban como faros—. Pero tú también debes entenderme.

—Lo hago, Ginny—aseguró Harry, que parecía sincero y desesperado en cierto punto—. Pasé noches enteras reprochándome a mí mismo no estar aquí, con todos vosotros. Pero tampoco me sentía preparado para volver. He intentado recuperar algo de tiempo estos meses, aunque no es como si me hubieses dado muchas oportunidades.

—Supongo que ambos hemos sido unos idiotas.

—¡Eh!—se quejó Harry, en broma—. Yo siempre he sido un idiota.

—Muy cierto—concordó Ginny, soltando una carcajada.

Se miraron a los ojos unos segundos, no muy seguros de lo que debían hacer. Ginny quería lanzarse sobre sus labios y comprobar si seguían sintiéndose igual que hacía dos años pero tampoco se sentía capaz de hacerlo. Harry parecía estar en la misma encrucijada. Dio un paso hacia él, despacio, tanteando el terreno. Estaban muy cerca, sus respiraciones se entremezclaban y Ginny ya había olvidado sus reparos. Algo dentro de ella le decía que podrían volver a intentarlo y que esta vez todo iría bien. La necesidad de unir sus labios con los de Harry comenzó a ser difícil de soportar, pero quiso disfrutar un segundo más de ese placentero dolor que no hacía daño. Era una sensación que había echado de menos, incluso aunque no se lo hubiese querido admitir ni a sí misma.

—¡Chicos, vamos a bajar al pueblo! ¿Queréis venir?—la inesperada entrada de Audrey en la cocina les hizo dar un salto que los separó varios pasos. La loza cayó con estrépito dentro del fregadero. Ginny cerró los ojos, evitando mirar la enorme sonrisa que se formaba en el rostro de su cuñada—. Oh, vaya, no quería interrumpir. Ya me voy—Audrey se marchó como un rayo, pero la magia se había roto.

—¡George!—escucharon gritar a Audrey desde el jardín—¿a qué no sabes quiénes se estaban liando en la cocina?

Ginny sintió cómo sus mejillas se calentaban al mismo tiempo que las de Harry se ponían rojas. Se miraron un segundo antes de empezar a reír.


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