Ufff, hacía años que no subía nada a mi adorado fic, pero lo hago más que nada por no perder lo escrito, por si pasa cualquier desastre computacional. Si alguien lee esto, luego de tanto tiempo le informo que estoy reescribiendo la historia, a ver si les gusta. Un abrazo!
LA ESTRELLA DEL NORTE
CAPÍTULO 10
"LA OSCURIDAD DE MORIA"
- ¡Adiós! Voy en busca del Sol.
- ¡Legolas...! ¿Qué haces?
- Tú vendrás conmigo, ¿sí?
- ¡Cuídense!- gritó Gandalf el Gris, al ver desaparecer con gran rapidez y agilidad, sobre la nieve del trabajoso camino, a Legolas, quien llevaba entre sus brazos a Mislif, la joven Estrella del Norte.
La Compañía del Anillo seguía trancada por la nieve y la furia del viento que el cruel Caradhras invocaba. La noche anterior habían encendido un fuego que sirvió de energía para la mayoría de los desanimados y congelados viajeros. Aragorn y Boromir habían ido en busca de un sendero que los ayudase a continuar su camino, mientras que los demás, guiados por Gandalf se habían quedado en la pared de roca que les servía de refugio en aquel momento.
- ¿Por qué hiciste eso?- exclamó Mislif avergonzada-. ¿Para qué me llevaste contigo si volveremos dentro de poco?
- Fue sólo para hacerte enojar- bromeó Legolas, quien seguía avanzando ágilmente a través de la nieve. Sostenía a Mislif entre sus brazos y esta última parecía estar cada vez más molesta-. Bueno, perdóname y relájate, Mislif.
- No me gustan ese tipo de bromas- gruñó la joven-. Sabes perfectamente que odio cualquier acto de cortesía masculina. Además, Gimli debe de estar retorciéndose de la risa por todo esto. Le encanta encontrar un buen motivo para molestarme.
- Pero, sin duda, que tú le lanzarás algunos dardos y comenzaran otra de sus conocidas disputas, ¿verdad?
- No me molestaría, por cierto. Pero esta estúpida nieve me tiene harta. ¡Con bastantes motivos se le llama Cruel al Caradhras!
- No tendrás mucho de que quejarte, pues la nieve comienza a ser menos espesa por donde vamos. No será el Sol, pero sí un rayito de esperanza para nuestros compañeros.
Sin embargo, la noticia de Legolas poco alegró a los viajeros, pues se preparaban para lo peor: rendirse ante el Caradhras y comenzar un fatigado descenso. Cuando estuvieron todos juntos se comenzaron a ver las dos opciones que tenían en el futuro. Una de ellas era regresar cabizbajos a Rivendel, cosa que animó bastante a Pippin; y la otra era continuar el camino..., pero por el lugar menos deseado: las Minas de Moria. Boromir propuso pasar por el Paso de Rohan, o cruzar el Isen hasta Playa Larga, pero sus alternativas fueron despachadas, pues la primera sería muy arriesgada por la noticia de la traición de Saruman, y la otra porque aquel viaje sería demasiado largo. Gandalf precisó que tal vez de un año.
Pero la perspectiva de ir a Moria no alegró a ninguno de los viajeros, con la única excepción de Mislif. Gimli tenía una extraña sombra de preocupación en el rostro, que compartía con Legolas, Aragorn y Boromir. También los hobbits demostraban cierto temor ante la mención de aquellas Minas.
Gandalf logró hacer cambiar de parecer a Gimli diciendo que aún era posible que Moria estuviera libre de orcos y que podría ser que encontraran Enanos ahí. Eso último alegró al Enano, pues quería explorar las salas de Durin. Mislif también se le unió a la campaña; luego lo hizo Aragorn. Pero Boromir desistió y Legolas también. Finalmente Frodo dijo que él tampoco quería ir, pero que no podía rechazar el consejo de Gandalf.
Lo que siguió fue bastante preocupante, pues se dieron cuenta que sus talones eran pisados por lobos y que la caza había comenzado. Lo único que quedaba era llegar a las puertas de Moria que estaban al sudoeste del Caradhras.
- El corazón se me ensombrece demasiado esta vez, joven dama- murmuró Legolas al oído de Mislif.
La joven no contestó. Ya no sabía si le entusiasmaba tanto la idea de ir a Moria, pues veía el semblante de temor de sus compañeros. Sólo suspiró y se arregló los abrigados ropajes élficos.
- ¡Annon edhellen, edro hi ammen! Fennas nogothrim, lasto beth lammen! ¡Annon edhellen...! Mmm, no. ¡Nogothrim, edro...! ¡Por mis barbas! ¡Ábrete, ábrete...!
- ¿Qué le pasa a Gandalf, Legolas?- susurró Mislif al oído del Elfo. La Compañía se hallaba, luego de numerosos problemas, ante las puertas de las Minas de Moria.
- Me parece que no conoce la contraseña para abrir las puertas- contestó Legolas arqueando las cejas. Era cierto. La Compañía llevaba largo rato en espera de que el viejo mago encontrara la forma de romper el acertijo de la entrada de las puertas, que decía: "Habla amigo, y entra." Parecía algo muy sencillo, pero ni siquiera Gandalf logró encontrarle explicación, a pesar de que probó con todas las lenguas que se habían hablado al oeste de la Tierra Media. De pronto, y cuando todos parecían asustarse por los lobos que se acercaban y por lo sombría que era la laguna junto a ellos, Gandalf se levantó vivamente.
- ¡Lo tengo!- gritó, llamando la atención de todos-. ¡Claro, claro! De una absurda simpleza, como todos los acertijos una vez encontré la solución- recogió su vara, se puso de pie junto a la roca y dijo con voz clara-. ¡Mellon!
Sorprendidos, vieron como se delineaba la figura de una puerta y de cómo ésta comenzaba a abrirse Gandalf explicó que lo único que hubo de hacer había sido decir "Amigo" en élfico y listo. Sin embargo, las cosas no quedaron así de simples, pues Gandalf no acababa de poner un pie en el primer escalón, cuando a Frodo lo había aferrado una especie de tentáculo gigante, salido de la sombría laguna que estaba fuera de las puertas. El hobbit gritó pidiendo ayuda y Aragorn, Legolas, Mislif, Gimli y Boromir se lanzaron al rescate. Al principio, y luego de lanzar una flecha con su arco, Legolas quiso impedirle a Mislif acercarse, pero ella no le hizo caso y lanzó ocho dardos de sus manos, que lograron atacar a varios de los tentáculos que se alzaban con furia.
Finalmente, y luego de un gran aumento de adrenalina y pánico, todo cesó. Gandalf logró hacer que las puertas se cerraran, pero, en vez de demostrar alivio por librarse de aquella criatura, les indicó que sólo tenían una salida en aquel lugar, donde ya estaban encerrados.
- Mislif, no te apartes del lado de Gandalf, ¿bien?- susurró Legolas a la joven.
- Lo mismo te digo- replicó ella-. Tú no tenías más ganas que yo de venir a este sitio, así que no te alejes mucho de la luz que proporciona la vara de Gandalf.
A pesar de que Mislif odiaba recibir órdenes para su protección, se vio obligada a subir los cerca de doscientos escalones que se erguían ante ellos, en completa oscuridad, muy cerca de Gandalf. Frodo propuso descansar y comer algo cuando llegaron a un pasadizo. La Compañía se sentó en los últimos escalones, mientras Gandalf repartía un trago más de minuvor de Rivendel.
Lo único bueno que Mislif rescataría de aquel momento, fue el hecho de que estaba junto a Legolas y que, sin cohibirse, había tomado su mano, para evitar que las sombras que a su alrededor estaban no le envolvieran el alma. Él respondió a aquel gesto y sujetó entre sus dedos la frágil mano de la joven.
El descanso fue breve, pero aún así Mislif lo disfrutó por lo ya mencionado. Se pusieron nuevamente en marcha. Gandalf iba adelante, seguido por Gimli; luego por Frodo, detrás iba Sam, luego Legolas y Mislif; después Merry y Pippin, Boromir, y por último, Aragorn.
- Estás comenzando a asustarte en serio, Sam Gamyi- susurraba para sí el pequeño hobbit.
- Tranquilo, Sam- dijo dulcemente Mislif-. De nada servirá que te preocupes por lo que no ves, hasta que sea demasiado visible el peligro. Yo también estoy nerviosa, pero no sacaremos nada bueno si lo tomamos demasiado en serio.
Avanzaban y avanzaban, y lo único que parecía cambiar era el aire, que cada vez era más sofocante. Lo más serio de todas las jornadas de caminata fue cuando Gandalf exclamó: "¡No tengo ningún recuerdo de este sitio!" Aquello fue lo que más alarmó a la Compañía, pues no se hallaban en condiciones de perderse. Así que decidieron descansar en aquel sitio. No perdieron tiempo, y comenzaron a desenrollar las mantas para dormir. Estaban todos en silencio y sombríamente tensos, hasta que se sobresaltaron al oír un ruido dentro del pozo, donde estaba Pippin.
- ¿Qué es eso?- exclamó Gandalf, girándose hacia el hobbit.
- No se preocupen- contestó Pippin, con un movimiento de manos-. Fui yo. Lancé una piedra al pozo y...
- ¡Tuk estúpido!- gruñó el viejo mago, llamando la atención de todos-. Éste es un viaje serio, y no una excursión hobbit. Tírate tú mismo la próxima vez, y no molestarás más. ¡Ahora quédate quieto!
- Gandalf...- musitó Mislif bastante sorprendida-. No veo que sea tan irresponsable que...- Tom-tap, tap-tom-. ¿Qué rayos...?- Tap-tom, tom-tap, tap-tap, tom.
- Eso era el golpe de un martillo, o nunca he oído uno- dijo Gimli, acercándose al viejo mago.
Pippin fue obligado a hacer la primera guardia, por su irresponsabilidad, pero Gandalf, que no pudo pegar ojo, lo relevó. Al cabo de seis horas de intranquilo sueño, los despertó diciendo que mientras todos dormían él había tomado su decisión, la cual escogía hacia dónde seguir el camino. Aquello pareció dar buen resultado, ya que avanzaron más de quince millas, a un paso más rápido y seguro, a diferencia de la jornada anterior.
- Despierta, joven dama. Mislif... ¡Vaya, qué sueño más pesado tiene!
- Ja, ja. Esta chiquilla para despertar necesita que un troll la pisotee, Legolas.
- Tienes razón.
- ¡Por Elendil, cállense!- balbuceó Mislif al oír aquellas familiares voces cerca suyo. La primera era la suave y querida voz de Legolas, y la otra era la ronca voz de Gimli.
- ¡Chiquilla! ¡Mira quién vino a despertarte!- rió el Enano, refiriéndose a Legolas.
- ¡Escucha, gruñón!- replicó la joven, levantándose de un salto-. ¡¿Por qué no vas a ver si está oscuro afuera, y vuelves cuando hayas logrado dar con la salida?
- ¡Admite que a ti te gustaría realizar ese mismo viaje con Legolas!- bromeó Gimli.
- ¡Cállate, que hoy no estoy de buen humor para tus bromas!
- Si algún día vas a estar de buen humor, yo seré el Rey de la Tierra Media.
- ¡Ese día será mi funeral!- replicó Mislif-. ¡Triste sería, pues nadie quisiera ser gobernado por un gruñón, descortés, impertinente, sucio, ególatra, débil y soberbio Enano!
- No me provoques, chiquilla, pues a mi tampoco me gustaría ir al funeral de una maleducada, gruñona, violenta, impertinente, descortés y... orgullosa jovencita...
- Sólo estás copiando lo que dije yo...
- ¡Ya, basta!- rió Legolas interponiéndose entre ambos-. No es que Gimli esté copiando lo que dices, Mislif; es sólo que ustedes se parecen mucho y no lo pueden evitar.
- ¡Legolas!- exclamó la joven consternada-. ¡Acabas de ofenderme como nunca lo habías hecho!
- Eso ha sido el golpe más bajo a mi orgullo, Elfo- se quejó Gimli, moviendo la cabeza en actitud negativa.
- Excelente manera de despertar: una pelea- gruñó Boromir con desdén.
- Si no cierras la boca, comenzarás otra conmigo- replicó Mislif, esta vez molesta en serio.
- No comiencen, por favor- balbuceó Pippin, refregándose los ojos.
- Lo mismo digo- dijo Merry-. ¡Gandalf!
En aquel momento, el viejo mago despertaba a Frodo, y los demás alcanzaron a oír lo que decía.
- ... No me equivoqué. Estamos muy arriba, en el lado este de Moria. Antes de que termine la jornada tenemos que encontrar las Grandes Puertas y ver ante nosotros las aguas del Lago Espejo, en el Valle del Arroyo Sombrío.
Mislif suspiró con alivio. Había conocido Moria, y, a pesar de que no había sido como lo había esperado, se sintió satisfecha de poder comentar, tal vez a Oliv, por el lugar que había pasado.
Antes de desayunar, Mislif vio cómo Legolas arreglaba la cuerda de su arco. Le pareció interesante y la vez práctico aprender a ocupar el arco y la flecha, por si algún día los dardos, y la daga que llevaba, le eran prescindibles o escasos. Así que se acercó al Elfo y le dijo, una vez que él había terminado de arreglar su arma:
- Legolas, ¿me enseñarías a lanzar flechas con un arco?
- ¿Te gustaría aprender?- preguntó él sonriendo.
- Sí. Además me sería muy útil en algún momento.
- Muy bien- dijo Legolas-. Entonces, ven aquí.
Mislif se acercó y estiró el brazo para que él le pasara el arco, pero algo no previsto ni intencionado pasó: Legolas se puso detrás de ella, sujetó las manos de la joven con las suyas y puso el arco en ellas. Cualquier persona que no hubiera visto el arma, habría pensado que el Elfo la estaba abrazando.
- Mira, tienes que sujetarlo de aquí, con mucha fuerza- decía Legolas muy cerca del oído de Mislif. Ella, por su parte, estaba con los colores subidos al rostro e intentaba parecer normal a duras penas. Podía sentir el cuerpo de Legolas junto al suyo y sus manos sujetas a las de ella, situación que hubiera puesto a cualquier mujer nerviosa, de haber estado enamorada-. Luego sujetas la flecha así- seguía diciendo Legolas-, ¡eso es! Y ahora, la sueltas- la flecha salió disparada del arco y se incrustó en la pared frente a ellos-. ¡Excelente, joven dama!- sonrió Legolas, mientras Mislif se volvía a mirarlo. Su rubor había bajado un poco, pero aún así intentó no mirarlo a los ojos-. Ahora lanza una tú sola.
- Eeh... Está bien- la joven, un poco aturdida, lanzó una flecha, casi sin mirar, que fue a clavarse en la misma pared, pero bastante más lejos de la anterior, y muy cerca de la cabeza de Gimli.
- ¡Hey, chiquilla!- exclamó el Enano molesto-. ¡Ten más cuidado! ¡Ya sé que me tienes envidia, pero contrólate!
- Gracias, Legolas- balbuceó Mislif, sin tomar en cuenta a Gimli.
- No fue nada- contestó él.
Luego de desayunar, la Compañía se puso en marcha y comenzaron a recorrer un amplio corredor, donde, más adelante, se podía ver una tenue luz, que iba en aumento y que a los ojos de todos era una enceguecedora luz de ánimo.
- ¡Ay!- se quejó Mislif, al tropezar con algo duro en el camino-. ¿Qué es esto...?
- ¿Estás bien?- preguntó Aragorn.
- Sí, pero, escucha, esos eran...
No alcanzó a terminar la frase, pues acababan de llegar a una iluminada cámara. Por una abertura entraba una luz que caía en una especie de mesa, en medio de la estancia. Pero pronto se dieron cuenta de que no era así, ya que sobre una losa de piedra había grabadas unas runas, que Gandalf leyó y decían: "Balin, Hijo de Fundin, Señor de Moria"
Todos permanecieron en silencio, hasta que comenzaron a buscar algún indicio de explicación por la muerte de Balin. Había un gran desorden, pues muchas espadas y hachas rotas había en el suelo, junto a cadáveres, con huesos desparramados. Quedaron sorprendidos al notar que algunas de las espadas eran de orcos.
"Entonces, yo tenía razón- pensó Mislif, sintiéndose nerviosa-. Lo que me hizo tropezar eran huesos..."
Finalmente, Gandalf se acercó a recoger un grueso libro, que estaba desgarrado, apuñalado y quemado en algunas partes, sin contar algunas manchas oscuras, como de sangre... Mislif, al verlo, sintió como un escalofrío le recorría el cuerpo.
Gandalf lo puso sobre la losa, y algunos se acercaron para verlo mejor. Luego, el viejo mago explicó que parecía ser un registro de azares y fortunas que vivió el pueblo de Balin. Leyó un poco de lo que decía, pero estaba en algunas partes interrumpido.
Lo peor fue cuando Gandalf leyó las palabras "No podemos salir" y "Están acercándose", pues un estremecimiento general se dio en la Compañía, seguido de un miedo repentino.
Apenas habían decidido volver a la anterior sala para tomar otro camino, cuando se oyó un gran ruido, que hizo sobresaltarse a todos y volverse hacia la puerta en posición de defensa. Bum, bum... retumbaba una especie de tambor. Luego, se oyó una terrible explosión, repetida por el eco, y que fue acompañada por un cuerno, que hizo que otros más resonaran en respuesta, acompañados de voces roncas, gritos y pies que corrían.
- ¡Se acercan!- gritó Legolas, adelantándose un poco. Mislif se dio cuenta de que se colocaba delante de ella, tal vez inconscientemente. Aun así, Mislif hizo lo que pudo para correrse hacia un lado.
- No podemos salir...- murmuró Gimli, con voz de ultratumba.
- ¡Atrapados!- gritó Gandalf, dando una patada al suelo-. ¿Por qué me retrasé? Aquí estamos, encerrados como ellos antes- sus palabras causaron estremecimiento entre los hobbits-. Pero entonces yo no estaba aquí- dijo, rápida y paternalmente, como para calmarlos-. Veremos qué...
Bum, bum...
- ¡Cierren las puertas y atránquelas!- gritó Aragorn. Su orden fue obedecida al instante, por Boromir y Gimli-. Y no descarguen los bultos mientras les sea posible. Quizá aún tengamos posibilidad de escapar.
Sonó otro cuerno y unos pies avanzaban por el pasillo. Todos prepararon sus espadas y armas..., y dardos.
De pronto, se oyó una voz ronca, rasposa y cruel, que decía:
- ¿Quién viene aquí a perturbar el descanso de Balin, Señor de Moria?
Hubo una risas que acompañaron sus palabras, pero que provocaron que la sangre de Gimli ardiera de furia. Bum, bum, bum... seguían retumbando los tambores.
- Son orcos, muchos- informó Gandalf sombrío, luego de echar una mirada-. Y algunos son corpulentos y malvados: uruks negros de Mordor.
- ¿Uruks?- preguntó Mislif extrañada. En su vida había oído hablar de ellos.
- Sí- contestó Gandalf sin entender-. No se han decidido a atacar todavía, pero hay algo más ahí. Un gran troll de las cavernas, creo, o más que uno. No hay esperanzas de poder escapar por ese lado- indicó una de las puertas.
Mislif apenas escuchaba lo que decían los demás, sino que concentraba a sus finos oídos en lo que pasaba afuera, y que extrañamente estaba muy tranquilo. Sólo pudo oír respiraciones pesadas que trataban de ser controladas por sus dueños; también pisadas nerviosas. Sin embargo, todo fue interrumpido por unos pies pesados que se oyeron, comprobando las palabras de Gandalf.
Boromir intentó en vano bloquearles la entrada a los visitantes de dudosa bienvenida. Mislif sintió, como si viniera de muy lejos, cómo el brazo de Legolas la rodeaba para llevarla consigo al otro extremo de la cámara con los demás. Finalmente, y tras una serie de fuertes golpes, la puerta cedió y comenzó a abrirse. Aparecieron por la abertura miembros de un gran cuerpo, troll sin duda. Boromir atacó, nuevamente en vano, a lo que se unió Frodo en un ataque de ira, enterrando a Dardo, su espada, en el pesado pie de la bestia.
Lograron trancar la puerta, pero ya era demasiado obvio el futuro: debían luchar si querían salvarse. Los orcos atacaban la puerta con furia, mientras sus martillos resonaban en las paredes.
- Legolas, suéltame- murmuró Mislif, al notar que nuevamente su compañero Elfo le impedía sufrir mayores riesgos.
- Pero...
- Si no lo haces tendrás muchos más problemas para atacar- dijo la joven con determinación, a la vez que sonaba otro cuerno y la abertura de la puerta se ensanchaba y las flechas comenzaban a silbar alrededor de la Compañía. Sintieron cómo el corazón les latía rápidamente, pues los orcos eran incontables, pero no con la suficiente fuerza como para vencerlos. Legolas aceptó las palabras de Mislif y lanzó certeras flechas, lo mismo que hizo Mislif con sus dardos. Gimli, Aragorn y Boromir también actuaron muy bien; asimismo, pero a su manera, los hobbits y Gandalf. Haber contado los minutos de lucha hubiera sido imposible, pues cada segundo de pelea era larguísimo. Muchos orcos retrocedieron chillando, pero casi al instante, y mientras la Compañía intentaba una retirada, un jefe orco entró con otros, que se apretaron en la entrada. Aquel orco, de ojos como carbones, tan oscuros que ni siquiera la oscuridad de Moria se le comparaba, se abalanzó contra Frodo, lanzándole una flecha, la cual le llegó, para consternación de todos, en el lado derecho. Andúril, la espada de Aragorn, hirió en la cabeza al atacante, haciendo retroceder a los demás orcos.
- ¡Frodo...!- gritó Mislif, a la vez que se acercaba corriendo hacia él, pero el brazo de Legolas la detuvo, ya que Gandalf había gritado: "¡Ahora! Es nuestra última posibilidad. ¡Corramos!"- ¡Suéltame!- vociferó Mislif, batiéndose en libertad del brazo del Elfo que la tiraba para correr, mientras él empujaba a Gimli, que se había detenido en la tumba de Balin. Aragorn había recogido a Frodo, quien yacía junto a una pared, y empujó a correr a Merry y Pippin, que parecía petrificados de miedo. Boromir cerró una de las puertas, pero sin trabarla. De pronto, oyeron una voz jadeante que decía: "Me encuentro bien. Puedo caminar. ¡Bájame!"- ¡Frodo, por Elendil!- exclamó Mislif sorprendida, pero visiblemente aliviada.
- ¡Pensé que estabas muerto!- exclamó Aragorn, quien casi lo dejó caer por la sorpresa, a la vez que hacía que los pies del hobbit tocaran el suelo.
Seguirían corriendo, luego de que las palabras de Gandalf les indicaran siempre bajar hacia la derecha. Pero Aragorn no cedió, pues no estaba de acuerdo en que Gandalf defendiera las puertas solo. El viejo mago aseguró que en aquel caso no se necesitaban espadas. Mislif giró la cabeza, al oír que Gandalf se quedaría solo, y con un fuerte tironeo, logró zafarse del brazo de Legolas.
- ¡Joven dama, regresa!- gritó preocupado. Suspirando con ira se abstuvo a seguir a los demás y se lanzó en busca de Mislif, quien en ese momento le gritaba a Gandalf "¡No puedes quedarte aquí!"- ¡Se acabó!- gritó Legolas tomando a la joven por la cintura, y con un brazo la trajo hacia sí-. ¡Ya no seré amable!- le dijo, mientras comenzaba a correr detrás de los demás, con Mislif en brazos.
- ¡Bájame!- gruñó Mislif, que no veía nada a su alrededor, excepto la luz que emanaba la vara de Gandalf, la cual se hacía cada vez más pequeña a medida que avanzaban. Se sintió como una idiota, pues todos, cuando se detuvieron al cabo de unos minutos, y a pesar de la oscuridad, notaron aquella situación-. ¡Bájame!- repitió la joven con un hilo de voz. Oyeron la voz de Gandalf, arriba, como un eco de sus murmullos en aquella bóveda. También se oían, de vez en cuando, el redoble de tambores. Bum, bum. Finalmente, Legolas bajó a Mislif, pero sólo para que tocaran suelo sus pies, pues aferró a la joven contra él, sin intención de soltarla.
El tambor redobló sus intensidad con furia, y una luz brilló en lo alto. Entonces, el tambor se detuvo y enmudeció; pero no todo fue cierto alivio, ya que Gandalf cayó en medio de la Compañía de bruces.
- ¡Gandalf!- gritaron Merry y Pippin adelantándose.
- ¡Bien, bien! ¡Problema terminado!- sonrió ante la sorpresa de todos, mientras se levantaba trabajosamente-. He hecho lo que he podido. Mislif, Aragorn, deberían tenerme más confianza, a pesar de que he encontrado la horma de mi zapato y muy cerca estuve de que me destruyeran- suspiró-. ¡Pero no se queden ahí! ¡Vamos! Tendrán que ir sin luz... un rato, pues estoy un poco sacudido- rió entre dientes-. ¡Vamos! ¡Vamos! ¿Dónde estás, Gimli?- el Enano se adelantó-. ¡Ven adelante conmigo! ¡Sígannos los demás, y no se separen!- sonrió con burla, al ver cómo Legolas aferraba a Mislif.
- ¿Piensas acaso llevarme abrazada?- gruñó Mislif cuando comenzaban a avanzar.
- No te estoy abrazando- replicó Legolas, comenzando a moverse-. Es sólo para que no vayas por este lugar cometiendo imprudencias. Y, a pesar de que ya te dije que esto no es un abrazo, pienso llevarte así, mientras me sea posible.
- Haz lo que quieras- murmuró Mislif con desgana-. Ya veo que te encanta dejarme en ridículo.
- Sabes que no lo hago por eso- dijo Legolas-. Sólo me pre...
- Sólo te preocupas por mí, porque soy débil, mujer, joven, inmadura, imprudente, impertinente... Ni siquiera mi madre me trataba así- interrumpió Mislif, separándose con fuerza del Elfo-. ¡Legolas, no me merezco ser tratada como una inútil! Si yo me ofrecí a venir fue aceptando que podría morir. Así que preocúpate por salir tú de aquí primero, y luego fíjate en los demás. Además, tu misión es proteger al Portador del Anillo- susurró adelantándose entre los demás de la Compañía. Esta vez, y mientras bajaban escaleras estrechas, Mislif se sintió como una estúpida. ¡Siempre demostraba ser impertinente, fría y demasiado directa! Sabía que Legolas debía de sentirse mal, pero no tanto como ella, pues era ella misma la que lo amaba en secreto.
Siguieron caminando en la oscuridad, con una velocidad un tanto imprudente para el momento, pero necesaria. No hablaban mucho, pero las cosas comenzaron a complicarse más, cuando Gimli dijo:
- Creo que hay una luz adelante. Pero no es la luz del día. Es roja. ¿Qué puede ser?
Pasados unos segundos todos pudieron verla, a través de un pasadizo. A pesar de que aquella luz no tranquilizaba los nervios de la Compañía, los ayudó a identificar donde estaban. Descendían una pendiente bastante lisa, lo que la hacía resbalosa, en cierta forma. Lo que tampoco mejoraba era el aire, que se hacía muy sofocante y provocaba que Legolas se desesperara internamente por sentir la brisa en las copas de los árboles.
Bum, bum, bum. Retumbaron nuevamente las paredes por el tambor. Gandalf comunicó que sabía dónde estaban. Habían llegado al Primer Nivel, inmediatamente debajo de las Puertas. Era la Segunda Sala de la Antigua Moria. Se veía un Puente, que debían cruzar, para seguir por una ancha escalinata, seguido por un pasillo, también ancho, que atravesaba la Primera Sala, y luego ¡ya estarían afuera! Sin embargo, algo llegó para perturbar la última carrera en busca de la anhelada luz y libertad, y no sólo se trataban de las flechas orcas que habían retomado su tarea ni del abismo negro que se abría bajo el Puente de Khazad-dûm. Legolas fue el primero en encontrar la respuesta a aquella luz roja. Habían comenzado a correr en fila de a uno por el Puente, cuando el Elfo se había girado para lanzar una flecha con su arco, pero cuando la iba a soltarla de la cuerda una sombra de pánico lo envolvió. Lanzó un grito de desesperación y terror, que hizo que Mislif diera media vuelta y se detuviera para ver lo que le ocurría. Deseó nunca haberlo hecho, pues la visión de su rostro la aterrorizó, pero nada comparado con lo que apareció detrás de los orcos, que hizo que unas llamas bajo ellos, en el Puente, se alzaran.
- ¡Un Balrog!- gritó Legolas aterrorizado-. ¡Ha venido un Balrog!
El Balrog era una bestia de fuego, que llevaba en una mano un puñal como una lengua de fuego, y en la otra un enorme látigo y que comenzó a correr hacia ellos con furia. Parecía una especie de toro, pero mil veces peor; primero porque las llamas le obedecían.
- ¡Por el Puente!- gritó Gandalf-. ¡Huyan! Es un enemigo que supera todos sus poderes. Yo le cerraré el paso. ¡Huyan!
Mislif no podía explicar lo que sentía en aquel momento. Era una extraña sensación... Parecía que nunca la había sentido... O nunca la había sentido en serio. ¿Qué era? ¿Qué podía expresar lo que pasaba por ella? Había una palabra: Miedo... Eso era. Tanto así que la dejó petrificada, viendo cómo el Balrog se adelantaba. Escuchó un cuerno... ¿De dónde provenía...?
Aragorn y Boromir se negaron a huir y abandonar a Gandalf, y permanecieron detrás de él. Mislif sintió que alguien- era Gimli- la llevaba hasta el umbral que había en el extremo de la sala, cruzando el Puente. Cuando volvió en sí, Mislif pudo ver al Balrog, delante de Gandalf, Aragorn y Boromir. En aquel momento, el viejo mago gritaba con una voz autoritaria y fuerte:
- ¡No puedes pasar! Soy un servidor del Fuego Secreto, que es dueño de la llama de Anor. No puedes pasar. El fuego oscuro no te servirá de nada, llama de Udún. ¡Vuelve a la Sombra! No puedes pasar.
A pesar del impacto de las palabras de Gandalf y del silencio de muerte, unas flechas orcas atravesaron el lugar para atacarlos. Unas rebotaron en el arco del umbral, pero una de ellas llegó a un blanco certero: se incrustó en el hombro de Mislif, muy cerca de su cuello. Casi nadie notó lo que había ocurrido, cuando la joven caía de rodillas al suelo, víctima de un enorme dolor. Sólo una persona desvió la vista de lo que ocurría con el Balrog: Legolas. Éste último lanzó un grito de terror al ver a Mislif con una flecha enterrada. La joven, lo último que logró ver, antes de que la Oscuridad de Moria y el dolor la invadieran fue al Balrog dando un salto hacia adelante...
