¡Hola! Antes de nada, me gustaría dar las gracias a najare14 por haber añadido esta historia a sus favoritos. Y, sin más que decir, os dejo con la lectura. ¡Espero que os guste! ;D
Con un grito ahogado me incorporé en mi cama. Varios mechones rubios se me pegaban a las sienes y a la nuca debido al sudor, y mi respiración era irregular y algo jadeante.
Apreté con fuerza los puños. A mi alrededor, las sombras de mi cuarto comenzaron a tomar formas reconocibles a medida que los latidos de mi corazón iban ralentizando su ritmo.
Con un resoplido me dejé caer de nuevo sobre la cama, molesto, muy molesto.
Había soñado contigo. Otra vez.
Me pasé la mano por el pelo escuchando los ronquidos de Goyle y Crabbe. Visto lo visto, ni siquiera en sueños podía librarme de ti y tu omnipresencia.
Aunque, pensándolo bien, más que un sueño eso había sido una pesadilla. Una desagradable pesadilla en la cual esa comadreja pobretona te arrinconaba en la biblioteca y te besaba delante de mis narices.
Un escalofrío gélido me surcó la espalda. No comprendía por qué, en lugar del asco que me tendría que haber provocado esa repulsiva imagen, sentía algo similar al temor e incluso a la rabia.
Apreté con fuerza los dientes. No era, ni mucho menos, la primera vez que había soñado contigo.
Esa primera vez había ocurrido varias semanas atrás, la noche que me di cuenta de que la razón por la cual no comprendía mis deberes de Pociones era que me había pasado toda la clase observándote de forma inconsciente.
En ese sueño, yo me hallaba tumbado en el suelo, rodeado de una oscuridad casi tangible, sintiendo la humedad del aire filtrándose lentamente hasta aferrarse a mis huesos. Yo había gritado con fuerza, esperando tal vez que mi madre llegase y me protegiese, pero no. En su lugar fuiste tú la que surgió de entre las tinieblas, caminando casi sin rozar el suelo, con tu túnica escolar convertida en un halo de vaporosas telas cubriendo tu cuerpo.
Te agachaste junto a mí y me tendiste la mano. Mi primera reacción fue retirarme, deseando soltarte un seco "Aparta, sangre sucia". Sin embargo, estas palabras nunca salieron de mis labios, y en su lugar tomé la mano que me ofrecías y me incorporé contigo.
Y, en ese mismo momento, me desperté, quedando en mi mente como último fragmento del sueño la imagen de tu sonrisa, esa dulce y sincera sonrisa que en la vida real jamás me habías dedicado.
Y, desde aquella insólita noche, habías seguido apareciendo en mis sueños de forma esporádica, sin avisar, sin que yo me lo esperase. En ocasiones, eran odiosas pesadillas en las cuales, como acababa de ocurrir, te veía besándote con la comadreja, lo que me ponía inexplicablemente rabioso. En otras, tú me gritabas y me insultabas, proclamabas a los cuatro vientos lo mucho que me odiabas, como tantas veces hacías a lo largo de nuestro día a día; y entonces yo me despertaba afligido y angustiado, incapaz de comprender el porqué de esa especie de agonía.
También estaban esas extrañas pesadillas en las que nos hallábamos en mitad de una gran muchedumbre, a veces en el Callejón Diagón, a veces en el Gran Comedor de Hogwarts… Y yo te veía entre toda esa gente y sentía la imperiosa necesidad de llamar tu atención, de hablar contigo, pero por más que gritaba y corría hacia ti tú nunca me oías y cada vez estabas más lejos.
Pero después estaban esos otros sueños, esos que se parecían tanto al primero, esos en los que estábamos solo tú y yo, juntos, en silencio. Y entonces me regalabas una de tus sonrisas, y yo me sentía cómodo, tranquilo, feliz como nunca lo había estado.
A menudo me descubría a mí mismo metiéndome en la cama con la esperanza de que uno de esos fantásticos sueños me asaltasen a la luz de la luna, y rápidamente me reprochaba esa estulticia que podría salirme muy cara.
No sabía cómo ni por qué te habías metido de esa manera en mi cabeza, y tampoco sabía de qué forma sacarte. De hecho, comenzaba a preguntarme si realmente quería que salieras de ella.
Bufé de nuevo, amparado por la penumbra de mi cuarto. Aquello, simplemente, no podía estar ocurriendo. Había desarrollado una especie de obsesión contigo, lo cual era cuando menos alarmante. Y ahora, ¿cómo me libraba de ti?
—Es una sangre sucia —susurré a la nada—. No puedo perder mi valioso tiempo pensando en ella. Por ninguna razón.
Y dicho esto, me di la vuelta en la cama, me cubrí la cabeza con la almohada y traté de dormirme por enésima vez.
A la mañana siguiente, me desperté mucho antes que mis compañeros, cuando el sol aún comenzaba a despuntar.
Me duché y me vestí en silencio y me fui hacia el Gran Comedor, ansioso de encontrar algo de paz y tranquilidad.
Ni que decir tengo que no fue eso lo que hallé, sino a ti. Bajabas las escaleras principales mientras te frotabas los ojos con sueño, sosteniendo un pesado libro bajo el brazo.
Me detuve bruscamente en mitad del pasillo.
—Buenos días, come-libros —saludé con tono arrogante. Tú diste un respingo al final de las escaleras, percatándote de mi presencia de golpe.
—Ah. Hola, Malfoy —respondiste, y sin una sola palabra más volviste a mirar al frente y continuaste tu camino, si bien alzaste ligeramente la barbilla con gesto orgulloso.
Cuando pasaste a mi lado, no pude evitar seguir hablándote. No quería que me ignoraras de esa forma.
—¿Qué ocurre? ¿Madrugas para no tener que desayunar al lado de ese troll con cara de comadreja que tienes por amigo? —pregunté, recordando con desagrado mi pesadilla sobre Weasley. Tú te volviste hacia mí y me miraste indignada, pero antes de que alcanzaras a insultarme proseguí—. Tranquila, te comprendo. A mí tampoco me gustaría comer con ese insulto a las normas de educación y protocolo al lado.
Tú apretaste los dientes con rabia, arrugando la nariz de esa forma que yo encontraba tan divertida.
—Vete a la mierda, Malfoy —siseaste, y sin más te giraste y entraste en el Gran Comedor, dejándome solo y con una incómoda sensación de vacío.
Me sorprendí. Nunca antes habías evitado de esa forma discutir conmigo. Siempre me encarabas y empleabas toda clase de frases ingeniosas y mordaces para insultarme, haciendo gala de ese valor y esa inteligencia que, aunque nunca lo reconocería, admiraba en ti.
Y esa mañana simplemente me habías mandado a la mierda y habías pasado de mí. ¿Por qué? Fuera cual fuese la razón, no me gustaba.
"Qué extraño", pensé mientras entraba en el Gran Comedor y me dirigía a mi mesa casi vacía. "Es curioso que esté echando en falta sus insultos".
Me senté y comencé a desayunar, sintiéndome incapaz de echarte algún que otro vistazo de vez en cuando… Y en varias de esas ocasiones me encontré súbitamente con tu nerviosa mirada. Yo aprovechaba y te dirigía una sonrisa socarrona, de superioridad, un híbrido entre la burla y la seducción. Y entonces tú te sonrojabas y desviabas la mirada, agachando la cabeza y dedicándote de nuevo a tus tostadas.
Me lo estaba pasando relativamente bien, pero justo en ese momento las puertas de Gran Comedor se abrieron de nuevo para dar paso a Cara Cortada y su inseparable amigo la comadreja.
Apreté los puños mientras los veía acercarse a ti. En ese instante, tú alzaste la mirada y Weasley te saludó jovialmente, a lo que respondiste con una de esas sonrisas tan tuyas.
Y de nuevo sentí el irrefrenable impulso de levantarme y darle un buen puñetazo al pobretón. ¿Por qué le sonreías de esa forma? ¿Por qué? ¿Acaso te gustaba? ¿Es que no eras consciente de que en mis sueños esas sonrisas existían solo para mí?
Furioso, me puse en pie bruscamente, golpeando sin querer la mesa y haciendo que la mayoría de los allí presentes, incluyéndoos a ti y a tus amigos, se giraran para observarme.
Te miré con rabia, y tú parpadeaste, sorprendida y desconcertada. Pero yo no te di tiempo de averiguar la razón de mi enfado, porque di media vuelta y salí del Gran Comedor a gran velocidad.
El resto del día lo pasé malhumorado, irritable; mis compañeros percibieron esto y fueron lo suficientemente inteligentes como para no molestarme. Incluso Pansy decidió dejarme en paz durante unas horas.
Al llegar la noche, regresé a mi cuarto y me dejé caer en la cama, totalmente rendido. Sentía las miradas de Blaise, Nott, Crabbe y Goyle fijas en mi nuca, pero me daba igual. Estaba confuso e iracundo conmigo mismo por ser tan estúpido, por no ser capaz de comprenderme a mí mismo.
Me aferré con fuerza a mi almohada y fingí dormirme. Sin embargo, pasaron muchas horas antes de que cayera rendido a los brazos de Morfeo, y cuando finalmente los hilos de mi consciencia quedaron aletargados, me relajé y evoqué una última vez la imagen de tu sonrisa.
Esa noche soñé contigo. Otra vez.
