Había pasado ya una semana desde que me fui iracundo del Gran Comedor durante el desayuno, y estaba empezando a mostrar lo que en mi opinión eran síntomas ineludibles de locura.

Estabas constantemente en mi cabeza, negándote a salir de ella, y cada vez que nuestras miradas se cruzaban en los pasillos o en las clases sentía una pequeña explosión de adrenalina agitando cada célula de mi cuerpo. No lo comprendía, y mi desesperación era tal que ya me había visto obligado de ir en dos ocasiones a la enfermería a por tranquilizantes. En la segunda, Madame Pomfrey me miró con una sonrisilla traviesa e hizo un comentario que me irritó bastante: "Vaya, vaya, Malfoy, ¿nervioso y estresado fuera de las épocas de exámenes y de la temporada de Quiddicth? Tal vez me equivoque, pero juraría que solo una chica podría alterar tanto a un muchacho…". Yo le había dirigido una mirada incendiaria y me había ido de la enfermería de mal humor, dando un fuerte portazo al salir.

Sin embargo, no acabaron ahí los constantes momentos incómodos de la semana.

Esa mañana, sin ir más lejos, estaba en la Sala Común de Slytherin rematando una redacción para Encantamientos cuando de pronto llegó Zabini, seguido de cerca por Crabbe y Goyle.

Yo terminé mi trabajo y lo dejé a un lado, escuchando la conversación de mis compañeros sin poner demasiado interés, garabateando líneas y figuras sin sentido en un pergamino en blanco con mi pluma y permitiendo de vez en cuando que mi mirada se perdiese entre las últimas brasas de la hoguera casi apagada. Entonces, la voz de Blaise me sobresaltó:

—Oh, Draquito, ¿pero qué son esos preciosos dibujos? Unos perfectos labios claramente femeninos, ¿los de tu nueva chica, tal vez?

Bajé la vista a mi pergamino y me di cuenta con alarma de que había estado dibujando de forma inconsciente tu sonrisa… Y más de una vez. El bosquejo de tus labios curvados en ese dulce gesto se repetía incontablemente por todo el pergamino.

Arrugué el papel entre mis dedos y gruñí:

—Cállate, idiota.

Me puse en pie y di media vuelta con intención de regresar a mi cuarto, pero de nuevo oí a Blaise hablar a mis espaldas.

—¿Sabes, Draco? Si no te conociera diría que estás enamorado.

Giré lentamente sobre mis talones y le miré sin ver, con la boca entreabierta y los ojos como platos.

¡Enamorado! ¿Yo? Poco probable. ¿De una Gryffindor? Impensable. ¿De ti, Hermione Granger? Imposible.

¿O tal vez no?

—¡No digas tonterías! —grité, no muy seguro de si hablaba con Blaise o conmigo mismo.

Arrojé el pergamino con los dibujos a las brasas y eché a correr fuera de la Sala Común, dejando olvidada sobre la mesa mi redacción. Pero, ¿qué importaba eso ahora? Tenía que averiguar lo que me ocurría contigo, y no existía en el mundo nada de mayor transcendencia.

Atravesé las mazmorras casi volando y con el corazón desbocado, recorrí decenas de pasillos y subí muchas escaleras, sin pensar demasiado adónde ir. Simplemente, avanzaba, como si mantuviese la esperanza de que, si corría lo suficiente, podría dejar atrás todos esos absurdos e inconcebibles pensamientos que asaltaban mi mente en esos momentos.

Y, de pronto, me detuve en seco, percatándome de golpe de la dirección en la que me habían llevado mis pies: me encontraba frente a tu santuario, la biblioteca. ¿Casualidad o premeditación? Me recordé a mí mismo en un silencioso reproche que yo no creía en las coincidencias, lo cual solo me dejaba la segunda opción.

Con un bufido, entré. No porque te estuviese buscando, porque desde luego no te estaba buscando, sino simplemente porque no tenía nada mejor que hacer.

Paseé entre las cargadas estanterías, sintiendo como los nervios volvían a apoderarse de mí. Apreté los puños cuando me di cuenta de lo evidente que debía de resultar que las constantes miradas que echaba hacia las mesas de estudio te tenían a ti como objetivo… Pero, ¿dónde estabas? ¿Por qué no te encontraba?

Olvidándome ya de guardar las formas, apresuré el paso, inclinándome detrás de las montañas de madera y libros en tu busca. ¿Tendrían razón Madame Pomfrey y Blaise? ¿Existía alguna posibilidad de que me hubiese… enamorado? La palabra se atascó entre mis neuronas, como si fuese demasiado absurda como para ser procesada. Pero lo cierto era que, con el paso de esas últimas semanas, había empezado a percatarme de que el único fallo que te encontraba era tu condición de sangre sucia, y ni siquiera eso me importaba demasiado. Es decir, tenías una belleza singular y muy especial, eras la chica más inteligente que había conocido jamás, tu habilidad como bruja resultaba totalmente innegable y poseías un tesón, una tenacidad y un valor cuanto menos admirables. No en vano eras la única chica que se atrevía a ignorarme cuando no quería hablar conmigo, la que no tenía problema alguno en recordarme mis defectos, la que siempre sabía devolverme un insulto con toda la seguridad del mundo.

No tenías nada que ver con los cuerpos bonitos pero vacíos que tantas veces habían caído en mis redes. No, tú eras distinta. Y respecto a tu sangre… ¿realmente importaba algo de dónde procediese? Eras parte de la comunidad mágica, eso era más que obvio, y ningún gen ni antecedente tuyo podría cambiar eso jamás. Así pues, ¿qué relevancia tenía todo lo demás?

¿Existía entonces la posibilidad de que me hubiese enamorado de ti?

La idea de un Malfoy enamorado aún me resultaba bastante estrambótica, pero ya no era desagradable, ni mucho menos.

Me di aún más prisa en encontrarte. Ahora estaba totalmente seguro de que necesitaba hablar contigo y comprobar qué era lo que sentía por ti.

Cuando ya empezaba a pensar que no estabas en la biblioteca, escuché tu voz proveniente del último pasillo de la sala.

Me aproximé con cuidado, retiré un libro de la estantería que nos separaba y espié por el hueco para averiguar con quién estabas.

Y, cómo no, me encontré con la comadreja.

—Venga, Ron, que tengo que estudiar… ¿Me vas a decir de una vez eso que era tan importante o no?

—Yo… sí, claro… es que… es que yo… A ver…

Me mordí la lengua para no reír. Weasley estaba rojo como un tomate, especialmente en las orejas, y se retorcía la túnica como si no existiese un mañana.

—Verás, Hermione… Yo… Tú sabes que eres una persona muy importante para mí, ¿ve-verdad? —balbució. Abrí los ojos desmesuradamente. ¿Querría decir lo que yo pensaba que quería decir?

—Sí, Ron. Tú también eres importante para mí —respondiste tú, y pese a tu tono de impaciencia no pude evitar que una punzada de algo que reconocí con sorpresa como celos me atravesase el estómago.

—Bien… Pues lo que yo te quería decir es que… Bueno… Últimamente me he dado cuenta de que yo… de que tú… Es decir, que creo que mis sentimientos por ti han cambiado desde que te conozco…

Oh, Merlín. Sí, estaba haciendo exactamente lo que yo creía: declararse. Y de pena, además. Pero declarándose, al fin y al cabo. Y yo no podía permitirlo.

—¿Qué quieres decir, Ron? —preguntaste tú, dejando el libro que sostenías sobre una mesa y prestándole toda tu atención a la zanahoria, sorprendida de pronto.

—Pues verás, yo he estado pensando…

—¿Tú? ¿Pensando? Oh, por Circe, sálvese quien pueda —intervine, apareciendo de pronto junto a ellos. Mi propia voz me sonó cargada de rabia y crueldad.

—¡Malfoy! —exclamaste tú, ruborizada de repente.

—Cállate, idiota. Vete a molestar a otra parte —gruñó Weasley, aún más rojo si cabía.

—¿Y si no quiero, comadreja? ¿Qué vas a hacerme? —pregunté con una nota de desafío en la voz, aproximándome despacio a él—. He venido a hablar con ella, y no me iré sin haberlo hecho.

Él se cruzó de brazos, enfurruñado como un niño pequeño.

—Muy bien —respondió—. Habla.

Sonreí cínicamente.

—Creo que no lo has entendido. Hablar con ella… a solas, Weasley.

Él abrió la boca para protestar, pero entonces interviniste tú.

—Déjanos un segundo, Ron. No me va a pasar nada.

Weasley te miró con cara de desconsuelo, pero ante tu expresión de inquebrantable seguridad poco había que él pudiese hacer. Por tanto, dio media vuelta y se alejó con paso derrotado. Cuando pasó junto a mí fulminándome con la mirada, sentí el infantil impulso de sacarle la lengua.

Por suerte, me contuve justo a tiempo, y escuché con siniestro triunfo sus pasos cada vez más lejanos.

—Muy bien —dijiste tú, captando de nuevo mi atención y apoyándote en la mesa con los brazos cruzados—. Habla.

Me humedecí los labios. Nervioso. ¿Y ahora qué?

—Vamos, Malfoy, no tengo todo el día. ¿Qué era eso tan importante que tenías que decirme?

Te miré. Las diminutas pecas cubriendo tus mejillas ruborizadas, los rizos castaños enmarcando tu suave rostro, los ojos de color chocolate contemplándome entrecerrados con una mezcla de desafío y… ¿nerviosismo? ¿Por qué estabas tú nerviosa?

El único que tenía razones para estar nervioso era yo. ¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora? ¿Cómo te explicaba que había desarrollado la absurda teoría de que tal vez estuviese enamorado de ti? ¿Y cómo corroboraba dicha idea?

¿Cómo?

Entonces, tus suaves y húmedos labios se abrieron para dar paso a más palabras que, en realidad, nunca llegaste a pronunciar, porque sin pensar ni por una fracción de segundo las consecuencias que acarrearían mis actos, te besé.

Sí, te besé, y al unir nuestras bocas sentí cómo te quedabas rígida durante un instante que yo aproveché para sujetar tu cintura y atraerte más hacia mí, tratando delicadamente de profundizar el beso. Tú reaccionaste de pronto, abriendo los labios y enterrando tus manos en mi pelo, correspondiendo a aquel beso robado como si llevases años deseándolo.

Entonces, todas esas veces que me había perdido en tu contemplación mirándote como si nunca más fuese a volverte a ver, todas esas veces que soñé contigo y con tu perfecta sonrisa, todas esas veces en las que me descubrí pensando en ti y nada más que en ti, todas esas veces que me había preguntado a mí mismo qué era lo que me habías hecho para que de pronto solo existieses tú, cobraron sentido de golpe.

Y, al fin, comprendí.

Yo, Draco Malfoy, estaba total y perdidamente enamorado de ti, Hermione Granger.

¡Hola! ¿Os ha gustado? Este capítulo era especialmente difícil porque no sabía cómo enfocar ese momento en el que Draco finalmente entiende qué es lo que siente por Hermione, y no sé si lo habré hecho bien, pero al menos puedo afirmar que lo he intentado con todas mis fuerzas.

Quiero dar las gracias a tod s l s que habéis leído este pequeño fic que sí, termina en este capítulo. Gracias también por comentar, no sabéis lo mucho que me habéis animado. Y gracias en especial a las dos personas a quienes alude la dedicación de la historia, tyna festy Allyson Sheridan, ambas unas increíbles escritoras para quienes los Dramiones no esconden secreto alguno. De verdad, nunca dejaré de agradeceros que me hayáis dado vuestra opinión de una forma tan positiva en este, mi primer Dramione.

Si os apetece y queréis, puedo intentar empezar otro Dramione más largo dentro de unos días, en cuanto tenga un rato libre. Con uno más largo me refiero a un long-shot de mínimo diez capítulos, de ahí para arriba, jajaja.

De nuevo gracias por vuestro apoyo.

Un besazo enorme,

MA.A