Buen día, gente del fandom de Assassin's Creed! Lamento la tardanza en subir el primer episodio de este fic, aunque debí haberlo subido antes de fin de año pero no se pudo por muchas cosas. :-).

Ojalá les guste!

Vicka.


I.

Anselmo y Lucía.

Diciembre de 2012.

Para muchos era el mes fatídico del fin del mundo "según los mayas, las apariciones marianas y hasta los fanáticos del fin del mundo", como algunos decían, pero para los mexicanos, especialmente para aquellos que piensan agarrar sus cosas e irse de la patria, era el inicio de una nueva era en la historia del país… O más bien, el inicio del fin de la libertad que se había gozado durante los doce años en que el partido de los dictadores estuvo ausente del poder.

Lucía Domínguez sabía eso muy bien desde que tenía uso de memoria; parada en lo alto de la cúpula de la Catedral de San Ildefonso, la mujer de 22 años sabía que no podía hacer nada al respecto, absolutamente nada, tan siquiera empezar a estar cortando cuellos de políticos corruptos, ante el inminente retorno del Partido Conservador, la agrupación política más peligrosa de México.

No era que tuviera miedo de que algún día alguien le delatara con las máximas autoridades y le suceda alguna desgracia a su familia; no era que ella no quisiera, porque realmente sí quería contribuir a encender la chispa de una Revolución en peligro de ser silenciada… Simplemente era porque, para concientizar a la gente de que las vías pacíficas se estaban agotando y que aquellos que denunciaban y exigían a los gobernantes que deberían de pensar en el pueblo eran desaparecidos sin dejar rastro, tenía que tener al menos uno o dos aliados que creyeran con firmeza en que el país necesitaba ser rescatado por las buenas o por las malas.

Lamentablemente para Lucía, los únicos aliados que podrían apoyarla hasta el final jamás accederían a ayudarla en la enorme empresa que suponía encabezar una lucha pacífica y armada.

Ese aspecto era muy triste, porque se suponía que la Orden de los Asesinos tenía la reputación bien ganada de ser protectores de la libertad del hombre; en lugar de eso, se encontró con que la facción mexicana se había vendido irremediablemente a los enemigos de la Nación, por no decir a los Templarios.

Y si por eso no fuera todo, las otras facciones de la Hermandad prácticamente habían desechado toda comunicación con los mexicanos por semejante traición a los ideales del Credo, lo que provocó una verdadera división entre aquellos que realmente querían rescatar el propósito de su estancia en México y aquellos que decidieron irse a filas templarias.

Era ya demasiada humillación para alguien que quería hacer un gran cambio por su patria, aunque fuera una pequeña contribución, pero ella no se desanimaría. Al contrario, ella misma se estaba debatiendo entre reclutar gente para la batalla o buscar la manera de llamar la atención de la gente, de concientizarla y entonces organizar una resistencia pacífica y armada para echar de su tierra a los indeseables.

Como su abuelo paterno, Pedro Domínguez, le había dicho años atrás, las grandes batallas se inician con acciones pequeñas…

- Lucía – le llamó alguien.

La Asesina se volvió hacia su interlocutor, un hombre calvo de barbas blancas vestido con ropa desgastada y descalzo.

- ¡Don Ramiro! – le saludó la joven mientras bajaba de la cruz de la cúpula - ¿Qué hace aquí?

- Don Anselmo me mandó a buscarte. Quiere hablar contigo sobre algo urgente.

- Enseguida voy. Gracias, don Ramiro.

El aludido asintió con la cabeza y se marchó mientras que Lucía, ciñéndose el cinturón y acomodando bien sus guantes, se acercaba hacia las orillas del techo y, sin mayor preámbulo, ejecutaba un Salto de Fe.

&%&%&

Anselmo Arencibia, titular de la Coordinación de Salud Pública, observaba fijamente a Lucía, quien había llegado al complejo de oficinas gubernamentales ubicado en el edificio Alejandra.

Se suponía que era el día libre de la chica, quien fungía como su secretaria personal; no obstante, había un asunto que incomodaba al miembro del Gremio de los Ladrones y por el cual requería justamente de la ayuda de Lucía.

La aludida, con una mirada de sospecha, le preguntó:

- ¿Hay algo que le incomode, señor?

Anselmo se dirigió entonces a la puerta de su despacho, la cerró, bajó las persianas del cristal y, al ponerle llave de manera disimulada, se acercó a la joven y le dijo:

- Uno de los míos está siendo torturado por un miembro de la Vieja Hermandad.

- ¿Por qué? – inquirió Lucía preocupada.

Suspirando, Anselmo le respondió:

- Parece ser que la Vieja Hermandad se ha enterado de que mi Gremio aún tiene contacto constante con las facciones norteamericana, holandesa y rusa de la Hermandad, y que presta su apoyo en cualquier situación.

- ¡Eso no puede ser! Ustedes han cortado lazos con la Vieja Hermandad tiempo atrás. ¿Cómo es posible que se hayan enterado?

- Pues… Parece ser que hay un infiltrado en el Gremio, Lucía. Un infiltrado que le dio información valiosa a esos malditos y que con ella en su poder están tratando de atrapar a cada miembro del Gremio.

- Ok… Y supongo que me necesita para localizar a ese infiltrado y hacerle hablar, ¿no?

Anselmo sonrió quedamente.

No podía negar que Lucía era una persona instintiva que, con tan sólo exponerle los hechos, adivinaba cuándo se le necesitaba y cuándo no.

Y eso lo hacía sentir orgulloso, puesto que él era una de las numerosas personas que la habían entrenado y convertido en lo que era ahora desde el momento en que había decidido tomarla bajo su protección como su pupila luego de haber visto cómo había impedido que se robaran algo de su casa años atrás.

&%&%&

::Flashback::

Lucia, de 14 años, estaba aterrorizada, pero muy dispuesta a defenderse hasta como pudiera de aquellos dos hombres que, armados hasta los dientes, le decían piropos y trataban de ganarse su confianza con tal de amarrarla y hacerle quién sabe qué cosas en la cocina.

Apenas había regresado a su casa luego de quitarse del funeral de su bisabuela, ya que tenía tarea por hacer. Empero, cuando entró a la casa, se encontró con aquellos sujetos, quienes estaban a punto de forzar la puerta de la habitación de su abuelo, por lo que casi iba a gritar de no ser porque uno de ellos intentó acercársele para acorralarla.

Armada con un cuchillo, la chica esperaba el momento para asestar el golpe por si uno de los hombres intentara tocarla. Mientras tanto, los dos hombres empezaron a acercarse lentamente mientras le decían:

- Tranquila…No te haremos daño… Solo venimos a llevarnos un poco de tus cosas.

- ¡Aléjense de mí! – exclamaba la chica mientras empuñaba el cuchillo con mayor fuerza.

- Hey – le dijo uno de ellos -, si bajas este cuchillo, te dejaremos en paz e incluso nos iremos.

- ¡No lo haré!

- ¡Venga, mocosa! – exclamó el otro mientras se abalanzaba encima de la chica.

En un acto reflejo, Lucía blandió el cuchillo e intentó clavarle en el cuello al ladrón, pero éste lo esquivó con habilidad y la tomó de la mano. No obstante, aquello no desanimó a la chica, ya que ella enseguida le dio un rodillazo en la entrepierna y logró zafarse de su agarre.

El otro ladrón, por su parte, intentó agarrarla por detrás, pero ella le dio un cabezazo y le pisó el pie.

- ¡Argh! ¡Mi nariz! ¡Pequeña mocosa!

- ¡Largo de aquí antes de que llame a la policía! – exclamó la adolescente mientras intentaba salir corriendo.

- ¡Ven aquí, pequeña belicosa!

El ladrón la tomó de los cabellos y la agarró con fuerza mientras estiraba su mano para sacar una cuchilla oculta. Rozando la punta del arma con su cuello, le dijo con frialdad:

- Un movimiento más… Y te mato, putita.

- ¡Suélteme! – suplicó Lucía.

- Si accedes a calmarte y te disculpas conmigo y con mi compañero, te dejaré ir…

- ¡¿Disculparme con ustedes?! ¡¿Pero qué se han creído que son ustedes?!

- ¿No accederás?

- ¡Me calmaré… Pero jamás me disculparé con ustedes!

El ladrón pasó su nariz por el cabello de una sorprendida Lucía y, con una sonrisa, le comentó:

- Tienes un lindo olor, pequeña. Lástima que aún eres muy joven para que un hombre te toque… Porque si por mí fuera, te follaría a morir aquí mismo.

- ¡Maldito!

El hombre rió y la soltó. El compañero del ladrón, por su parte, se puso a su lado y le dijo:

- Creo que sería mejor que nos larguemos, Anselmo. Debemos curarte esa nariz.

- Mi nariz no importa, Roberto. De hecho, me siento honrado de haber sido golpeado por la damita que tenemos aquí.

- ¡Cerdo! – exclamó Lucía muy enojada.

- ¡Ea, niña! – le reprendió Roberto - ¡Al menos agradece que no seamos violadores!

- Tranquilo, Roberto – intervino Anselmo -. No hagas enojar de nuevo a la niña.

Mirando repentinamente a Lucía, añadió:

- Eres brava y valiente. Y peleas como un varón, por lo que he visto. ¿Te enseñaron o lo aprendiste por ti sola?

- Nadie me enseñó – replicó Lucía, ya un poco más tranquila.

- Eso pensé... Pero debo admitir que sabes sostener con firmeza un cuchillo y no dudas en usarlo para defenderte. Eso es bueno, si quieres saber mi opinión.

Lucía no dijo nada. Anselmo, con un poco de cuidado, se acercó a la adolescente y logró quitarle el cuchillo para asentarlo en la pileta; mirándola a los ojos, le preguntó:

- ¿Cuál es tu nombre?

- L-Lucía…

- Lucía… Bonito nombre… Bueno, Lucía, tristemente no nos podemos ir con las manos vacías.

- Si lo que buscan es dinero, pues lo siento, aquí no encontrarán nada.

- No es dinero lo que buscamos – intervino Roberto.

- ¿Uh?

- Buscamos un libro – añadió Anselmo -. Un libro raro que está en esa habitación.

- ¿Qué?... Disculpen, realmente no sé que esté pasando, pero les aseguro que mi abuelo no posee ningún libro raro.

- ¿Ni siquiera ese que tiene este símbolo?

Dicho eso, Anselmo arremangó las orillas de su camisa y dejó ver un brazalete con un símbolo semitriangular plasmado en él. Lucía abrió los ojos como platos al ver aquél símbolo, cosa que para los ladrones era señal de que ella podría saber algo sobre ello.

- Reconoces ese símbolo, ¿no es verdad? – inquirió Anselmo.

Lucía, llena de sorpresa, se sonrojó y respondió:

- Lo he visto en uno de los libros de mi abuelo… Es la insignia de la Orden de los Asesinos... ¿Acaso ustedes son…? ¿Ustedes son Asesinos?

- Touché…

- Lucía – añadió Roberto -. Tu abuelo tiene algo que nosotros necesitamos urgentemente. Será cuestión de un instante que obtengamos lo que buscamos de ahí.

- P-pero…

- No nos llevaremos el libro, si eso es lo que te preocupa – replicó Anselmo -. Simplemente nos llevaremos de ese libro el documento que está dentro del forro.

La adolescente no sabía qué hacer al respecto.

Su abuelo le había hablado sobre los Asesinos recientemente; le había dicho que ellos eran una especie de antihéroes temidos por los francmasones, puesto que eran sus enemigos mortales. El hecho de tener a dos de ellos en su casa buscando algo que su abuelo, probablemente, tuviera en sus manos le hacía sentirse confundida.

Anselmo, al notar la indecisión de la chica, se volvió hacia Roberto y le dijo:

- Ve por el libro y saca de ahí el documento.

- Sí, Anselmo.

- ¡Esperen! – exclamó Lucía.

Roberto y Anselmo miraron a la jovencita, quién les dijo:

- ¿No pueden ustedes esperar a que regrese mi abuelo?

- Tristemente no podemos, Lucía – respondió Anselmo -. Nuestro líder nos está esperando… Aunque podrías decirle a tu abuelo que estuvimos aquí y que, de antemano, le agradecemos por la gentileza de guardar inocentemente el documento.

- P-p-pero…

Roberto forzó la llave y entró a la habitación del abuelo de Lucía; un rato después, el hombre salió con una hoja doblada y, con una sonrisa, le dijo a Anselmo:

- ¡Lo tenemos!

- Bien…

- ¿Y el libro? – inquirió la chica.

- Está bien. Lo he reparado para que no se note que le he rasgado la pasta.

- Oh, Dios…

- Hey – dijo Anselmo mientras tomaba a Lucía de la mano -… Ve a la medianoche a las ruinas de la construcción que está cerca de aquí. Tenemos mucho de qué hablar…

- ¡Anselmo! – exclamó Roberto al apartarlo bruscamente de la chica- ¡Ella es una niña, pervertido!

- No le voy a hacer daño. Sólo… Sólo quiero hablar con ella. Hacerle… Una propuesta.

La aludida se sonrojó violentamente mientras que los ladrones se marchaban de la casa por la azotea aledaña.

&%&%&

- Me alegro ver que has venido, Lucía – comentó Anselmo mientras observaba a la adolescente acercársele -. Pensé que no vendrías.

- T-Tenía… Tenía mucha curiosidad, señor Anselmo. Aparte que mi abuelo me dijo que sería mejor venir aquí.

- Una decisión sabia, aunque algo desacertado de su parte.

- ¿Por qué?

- Porque, en primer lugar, ningún padre o abuelo dejaría venir a solas a su nieta a un lugar como este sólo para charlar con un extraño como yo.

- Bueno… Vayamos al grano… ¿Q-qué es lo que quiere de mí?

- Uhmmm… Veamos…

Sacó un cuchillo de su cinto y, extendiéndolo hacia Lucía, le dijo:

- Quiero ver qué tan ágil eres con un arma blanca. Atácame.

- ¡¿Qué?!

- Quiero que me demuestres qué tan fácil es para ti sostener un cuchillo. Atácame o yo intentaré violarte aquí mismo.

Sin pensarlo más, la joven blandió el cuchillo y enseguida se enfrentó a Anselmo. Éste evadía las estocadas de la muchacha.

- ¡Vamos! ¡Puedes hacer mejor que eso! – exclamaba el hombre con intenciones de animarla.

Lucía empezó a esforzarle por vencerle, hasta que llegó un momento en que decidió acercársele más y tratar de infringirle al menos una herida. Sin embargo, Anselmo logró derribarla y ponerse encima de ella.

- Tienes instinto, pequeña – comentó mientras se quitaba de encima y la ayudaba a levantarse -. Tienes sin duda alguna los requerimientos necesarios para ser un Asesino.

- N-no entiendo…

Con una sonrisa, el ladrón concluyó:

- Quiero que seas mi pupila...

::Flashback::

&%&%&

- Quiero que descubras al infiltrado y le sonsaques la información sobre el paradero de los nuestros. Procura infringirle heridas serias, pero no lo mates. Podría ser de vital utilidad para nosotros. Te recomiendo que acudas con Roberto en caso de que necesites alguna ayuda para el éxito de la empresa.

- Lo haré.

- Bien… Puedes retirarte.

- Gracias, Anselmo.

La chica abrazó a Anselmo y se retiró de la oficina. Éste, por su parte, murmuró:

- Ten cuidado… Mi niña.