¡Qué hay, mis queridos amigos! Aquí haciendo pausa una vez más de mi retiro temporal para traerles un nuevo capítulo de este fic.

¡Saludos!

Vicka.


II.

Infiltrados y Asesinos.

Lucía miraba por los cristales del techo la reunión que se estaba llevando en ese momento en el Palacio de Gobierno. El gobernador, José Mendoza Tun, estaba siendo regañado por un alto funcionario del gobierno federal sobre un asunto del cual la Asesina tenía conocimiento desde hace tiempo.

El gobernador, en un intento de defenderse, exclamó:

- ¡Señor Marín, hemos intentado por todos los medios de localizar a ese llamado Ángel de la Muerte! No es mi culpa que la Vieja Hermandad no pueda contener a alguien que no está incorporado entre sus filas.

- ¡Maldición, Mendoza! – exclamó el tal Marín muy enojado - ¡Déjese de excusas estúpidas! Ese famoso Ángel de la Muerte nos ha estado jodiendo los planes desde que apareció en esta puerca ciudad hace dos años.

- ¡No insulte a mi ciudad, señor Marín! Mérida...

- ¡Insultaré lo que se me venga en gana! Además, me sorprende cómo es que Montesinos le haya promocionado a usted como gobernador si ni siquiera puede enfrentarse a alguien que tiene el entrenamiento de un Asesino… Y hablando de eso, Mendoza, ¿cómo vamos con la tortura del prisionero?

Suspirando hondamente, respondió:

- Ese infeliz no quiere soltar la lengua por cuanta amenaza se le profiera y por cuanta tortura se le aplique. Pero ya hablará, si es tanta su preocupación, señor Marín. Con algunos miembros de la Hermandad Lealista aplicándole sus mejores torturas, soltará la lengua y asunto concluido.

- Eso espero… Porque el Gran Maestro ya se está hartando de esperar.

Dicho eso, Marín se retiró de la oficina del gobernador.

Lucía, por su parte, pensó en ese instante en infiltrarse en el Palacio, pero tendría qué esperar hasta la noche. Mientras esperaba el momento, la chica decidió marcharse del lugar e ir a la colonia Emiliano Zapata Sur, en donde se hallaba una de las guaridas del Gremio de los Ladrones, la cual estaba liderada por Roberto Bustamante, la mano derecha de su mentor.

&%&%&

Roberto Bustamante estaba francamente preocupado ante el reporte que le hizo Lucía sobre su reciente espionaje. La joven, quien bebía un vaso de agua cortesía de Gertrudis, la esposa de Roberto, añadió:

- Anselmo me dijo que puede haber un infiltrado en su Gremio, pero para poder saber quién es, necesitaré infiltrarme en el Palacio y tener una ligera charla con el gobernador.

- No me sorprende eso de los infiltrados, aunque creo que hay que andar con cuidado en estos momentos, Lucía.

- Por eso necesitaré a algunos de tus hombres. Necesito crear una distracción para alejar a los guardias e infiltrarme tranquilamente.

- Puedes contar con ello, aunque te advierto que posiblemente esta noche no solamente te encuentres con el gobernador.

- Lo sé – replicó Lucía con amargura -… Pero él no me reconocerá con este traje. Digo, Iván podrá ser el mejor Lealista de su Hermandad, pero eso no me detendrá.

- Cuidado, Lucía… Iván Palmero fue entrenado desde su infancia por su familia según la vieja tradición de los Asesinos sirios. Te puede llevar la ventaja dado ese detalle.

- Te aseguro, Roberto, que no lo estoy subestimando. Simplemente estoy diciendo que no le tengo miedo… No mientras que él no atente contra mi familia.

&%&%&

Un joven de cabellos oscuros, ojos cafés oscuros, rostro ovalado, y de discreta musculatura oculta bajo una camisa negra, pantalones de mezclilla ceñida con un cinturón negro y botas negras, esperaba pacientemente las instrucciones de Rodrigo Montesinos, el líder de la Vieja Hermandad de los Asesinos Mexicanos, también conocida como la Hermandad Lealista.

Sentado en el escritorio de la empresa que servía de fachada a la Hermandad, Rodrigo miró a los ojos a su visitante y le dijo:

- Iván, tengo un trabajo para ti.

- Lo que diga, Mentor.

- Bien… Quiero que investigues quién es el Ángel de la Muerte y cuál es su papel en los recientes disturbios en la fábrica Dondé. Quiero saber incluso si ese Ángel es o no es en realidad un Asesino traído por Anselmo Arencibia y el Gremio de los Ladrones o es un ex militar más que quiere joder al Gran Maestro.

- Entendido, señor…

- Cuento con tu discreción, Iván. Eres uno de mis mejores hombres y no me gustaría verte morir a manos de ese quien sea que anda suelto.

- Puede contar con ello, señor… Sin embargo, me gustaría hacerle una pregunta.

- Adelante.

- ¿Qué hay del prisionero?

- El prisionero… ¡Je! Ese pobre infeliz no quiere soltar la lengua.

- Una lástima… Puede sernos útil si se le convence de que se pase a nuestras filas.

- Iván, la gente como Alberto Uribe no es de fácil convencimiento. Es un Asesino de la vieja escuela y esos no son de cambiar bando. Lo más probable es que esta noche muera si no logramos sonsacarle nada.

- Entiendo…

- ¿Y qué hay de Mandrágoras? ¿No te ha informado de nada nuevo sobre el Gremio?

- Hoy se supone que debía comunicarse a la una, por lo que debo irme ahora mismo a FPE Studios para coger la llamada.

Mientras ambos discutían sobre el futuro del prisionero, un pequeño micrófono incrustado debajo de la tierra de la maceta empezó a parpadear, lo que señalaba que estaba en funcionamiento y que le permitía alertar a la mujer que estaba sentada en una cafetería a varios kilómetros del complejo de oficinas Argos ubicado en Prolongación Montejo.

Junto a la mujer, un varón de unos 22 años hizo un gran esfuerzo por ocultar su rabia y su miedo por lo que acababa de escuchar en los audífonos de su iPod falso. Mirando disimuladamente a su compañera, murmuró:

- Hay que avisar a Lucía de esto.

- Estoy de acuerdo.

- ¡Mozo, la cuenta por favor!

&%&%&

- Así que Luis Mandrágoras es el infiltrado – comentó Lucía con disgusto mientras bebía un sorbo de té de yerba buena en la mesa de la cocina-. ¿Por qué no me sorprende?

- Y eso no es todo, Lu – comentó Diego Canché, su mejor amigo -. Montesinos envió a Iván a que realice una investigación sobre ti. Está temeroso de que el famoso Ángel de la Muerte sea en realidad un Asesino.

- ¡Ja! ¡Ese idiota de mi padre y sus temores! Si él supiera que su propia hija ilegítima es su enemiga, no dudaría en matarme.

- ¿Y qué hay de Iván? – preguntó Nelba Argüelles, su mejor amiga - ¿No crees tú que él se quedaría más que sorprendido si descubriera que la dulce e ingenua Lucía Domínguez fuera en realidad una Asesina?

Lucía se quedó callada por un momento.

No había pensado en ese detalle, si quería ser honesta consigo misma. Iván era muy conocido por ser un seductor empedernido y ese detalle lo había utilizado muy a su favor para poder pasar desapercibida entre los Lealistas e infiltrarse de incógnito en su Hermandad.

No le gustaba fingir que era la Lucía "de siempre": La Lucía que pasaba desapercibida, la Lucía cuyo corazón podía romperse cuando el novio en turno quisiera, la Lucía de la época de la secundaria, por no decir la niña solitaria débil de mente y de corazón. Quería sacar su verdadera personalidad, quería sacar a la Lucía Asesina, a la femme fatale que podía usar su encanto a su antojo en pos de sus objetivos y deshacerse de sus instrumentos por la vía educada o matarles.

Con Iván pensaba hacer lo mismo prácticamente, ya que había observado bien la maestría con la que podía fingir un sentimiento sin esfuerzo, un aspecto del cual ella había aprendido y hasta superado.

Iván la usaba a ella para crear una fachada de chico bueno, pero tal vez él nunca supo que ella le estaba usando de mejor manera para sus propósitos, especialmente para salvar a su "hermano" de armas. Una vez que haya rescatado a Uribe y matado a Mandrágoras, buscaría un modo de deshacerse de él de manera educada o, si Anselmo se lo ordenara, matarle.

- Iván no quedaría destrozado, si es que piensas que me quiere – comentó a lo último -. Simplemente quedaría decepcionado de saber quién soy yo realmente.

- Pero se ve a leguas que te quiere – se atrevió a comentar Diego.

- ¡¿Quererme?! ¡Ja! ¡Diego, amigo mío, qué ingenuo eres!

- Iván no le quiere, Diego – añadió Nelba -. Es un cretino cualquiera que cree que con sus encantos puede tener a cualquier mujer bajo sus pies. Si la quisiera, no sería un Lealista. Sería un Asesino como nosotros.

De repente el teléfono sonó.

Lucía, cogiéndolo, se echó a reír mientras exclamaba:

- ¡Hablando del rey de Roma!

Llevando un dedo hacia los labios, oprimió el botón de aceptar llamada y habló:

- ¿Hola?

- ¿Lucía? Soy yo, Iván.

- ¡Oh, hola, Iván! ¿Cómo estás?

- Lucía, lamento mucho decirte esto, pero no creo vernos hoy. Se me amontonó el trabajo y me dijeron que me tengo que quedar. Lo siento, nena.

- No te preocupes – fingió Lucía sin esfuerzo -. Lo entiendo. Es tu trabajo… Avísame cuándo puedes y ajusto mi horario, ¿vale?

- Gracias, Lucía. Eres un amor…

&%&%&

- Te quiero – comentó la chica mientras que Iván colgó después de decirle un "yo también te quiero".

Dejando de lado el celular, se sentó en el escritorio y suspiró.

Se sorprendió de que Lucía fuera siempre tan cordial, tan accesible y tan exasperantemente paciente con él. Todo eso era señal de que Lucía le quiere, y eso no era nada bueno para él, ya que la consideraba una pieza de ajedrez para espiar a Arencibia, el líder del Gremio de los Ladrones de Mérida.

Sentía pena por aquella chica que buscaba el cariño de un hombre; no podía culparle dada la infancia y la adolescencia que tuvo. Con un padre que le ha negado todo, desde el apellido hasta el cariño, una madre de muy mal carácter y criada "a la antigüita" por sus abuelos, era muy esperado que se comportara como una niña tierna y dulce.

Sin embargo, había algo que le dejaba en ascuas y que intentaba descubrir qué era ese algo desde que se reencontraron: Su instinto le dictaba que ella era una persona de cuidado, una persona que no dudaría en clavarle un cuchillo a traición en la espalda en cualquier momento si la situación lo requería.

No obstante, dudaba que ella fuera tan capaz de ello a pesar de todo; dudaba que alguien tan exasperantemente ingenua como Lucía fuera capaz de ser tan cruel y despiadado como para llegar a cometer una traición.

Ya ni él, que tiene la habilidad de fingir cualquier clase de sentimiento y de mostrar cualquier faceta, era así.

- ¿Otra vez en ascuas por Lucía? – le preguntó Raymundo Ordóñez, su compañero de trabajo, mientras bebía un sorbo de cerveza en la mesa del escritorio de Iván.

- No puedo evitarlo, Ray – replicó Iván -. No puedo evitar pensar que Lucía puede cometer un acto de traición hacia mí. Digo, la chica me está demostrando que me quiere…

- O que está desesperada por salir de esa casa de locos.

- Es posible, pero no creo que ella sea capaz de cometer una traición contra quien sea y a quien sea. Ella es muy noble e ingenua.

- Pues no creas que toda apariencia es una realidad, Iván. ¿Ya pensaste qué decirle cuando ella deje de ser utilidad para ti?

- En eso estoy… Aunque creo que tendré qué adelantarme a eso, ya que por más que le pregunte sobre su trabajo, siempre me dice que le diero papeleo.

- Mmmm…

- El problema será su reacción. No sé cómo lo tomará.

- Depende de la excusa que le digas…

Sonó el teléfono.

Iván se reclinó para tomar el móvil y contestó:

- ¿Diga?