¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que estén pasando un buen domingo con sus familias y amigos :-).

Bien, estoy aprovechando mis tiempos de descanso recreativo tras una semana de locura en el trabajo (soy promotora de lectura) para publicar este capítulo que lo había escrito con anterioridad y aprovechar a su vez este espacio para informarles que la encuesta ya está próxima a cerrar; sólo les diré que hay empate entre un par de fics, lo que indica que posiblemente exista la posibilidad de que tenga que abrir una nueva encuesta y dejar que ustedes decidan qué fic voy a continuar en estas vacaciones de verano, o eso o que alguien otorgue un voto decisivo en esta contienda tan cerrada que he visto en los fics.

Sin nada más que decir, aquí está el tercer capítulo de este fic. ¡Saludos!

Vicka.


III.

El prisionero.

- ¡¿Dónde está Alberto Uribe?! – preguntó Lucía mientras jalaba lentamente la cuerda que tenía atada una de las ocho cuchillas atravesadas en los brazos, piernas, costados y manos de Luis Mandrágoras, supuesto miembro del Gremio de los Ladrones.

- ¡No lo sé! – respondió Mandrágoras con un quejido de dolor - ¡Te juro que no lo sé!

- ¡Mientes! – y dicho eso, tiró con fuerza una de las cuerdas, logrando arrancar un pedazo de carne de la pierna izquierda- ¡¿Dónde está Uribe?!

Mandrágoras lanzó un grito de dolor al instante.

Horas atrás, Lucía había emboscado a Mandrágoras cuando él iba camino a la colonia Miraflores, justamente por el oriente de Mérida. En aquella colonia le esperaba Alberto Ríos, uno de los Lealistas enviados por Montesinos a intercambiar información sobre los movimientos del Gremio de los Ladrones. Sin embargo, un miembro del Gremio había salido en su camino fingiendo ser Ríos, quien había muerto a manos de Diego, y acto seguido, lo adormilaron con cloroformo, sólo para despertarse con fuertes dolores en distintas partes del cuerpo.

Lucía, por su parte, estaba empezando a perder la paciencia.

El tiempo se estaba acabando y no había manera en que Mandrágoras confesara la ubicación de Uribe. No quería llegar al extremo de amenazarle con quitar la vida de su familia, pero viendo que el hombre no cedía e insistía en su respuesta, no tuvo otra opción.

- Si no confiesas ahora – murmuró la mujer de manera sombría -… Tu hijo pequeño será el que pague por cada gota de sangre que haya derramado Uribe.

Mandrágoras abrió los ojos como platos.

- Sólo… Imagínatelo – decía Lucía con una fingida seriedad y placer mientras se paseaba a su alrededor -. Empezaría primero por enterrarle el cuchillo en su piernita, viéndolo llorar y sufrir como el perro de Hortelano… Luego lo descuartizaría… Vivo…

- ¡NO! ¡MI HIJO NO! –gritó Uribe muy alterado - ¡NO TE ATREVAS A HACERLE DAÑO! ¡POR FAVOR, NO!

- ¡CONFIESA ENTONCES Y DEJARÉ A TU HIJO EN PAZ! – alzó la voz la joven al acercarse al hombre ensangrentado - ¡¿Dónde está Uribe?! ¡¿DÓNDE?!

Mandrágoras, con los labios temblando, respondió:

- P-P-Prisión… Prisión Mulsay…

- ¿Seguro?...

- S-

- ¡¿Estás seguro?!

- ¡Sí!

- ¡¿Qué más?!

- É-él… Él… Él morirá… E-esta noche… S-si… S-si…

Lucía, alarmada ante la realidad de la situación, se apartó y, volviéndose hacia un par de hombres que estaban de pie presenciando la tortura, dijo:

- Hay que ir a la Prisión Mulsay, entonces…

Al desviar su mirada a Mandrágoras, añadió:

- Gracias por tu… Gentileza, Mandrágoras. Nos has ayudado hoy a salvar una vida…

Mandrágoras miró con odio a la Asesina; ésta, devolviéndole la mirada, sacó una cuchilla oculta y le dijo:

- A cambio de la tuya.

Antes de que el hombre pudiera decir algo, la Asesina clavó su cuchilla en el cuello, diezmando su vida de manera instantánea.

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La Prisión Mulsay era uno de los complejos carceleros más poblados de México; con una extensión de 7890 hectáreas, el lugar era el nido de la peor plaga que azotaba no sólo a Yucatán, sino también al país entero. Lo que caracterizaba al lugar era que ahí convivían narcotraficantes, homicidas, ladrones, extorsionadores, secuestradores y hasta traficantes de personas, todos revueltos en cada una de sus celdas.

Lucía, quien observaba todo desde una distancia prudente, sabía bien que entrar a aquella prisión era un suicidio, puesto que la mayoría de los prisioneros tenían nexos con los Templarios y con los Lealistas. Sin embargo, debía sacar a su compañero de la Hermandad de aquél nido de víboras antes de que Iván Palmero arribe en cualquier momento.

Sin perder más tiempo, decidió infiltrarse en la fortaleza fuertemente vigilada.

Corrió hacia la pared norte del complejo; amparándose de la oscuridad de la noche, la joven Asesina empezó a escalar hacia la punta, la cual estaba alambrada con púas metálicas electrificadas. Por suerte, ella traía consigo unas herramientas especiales para cortar las púas e introducirse en el lugar.

Al cortar el alambre y entrar con éxito a territorio enemigo, la joven mujer llevó un dedo a su oído derecho y murmuró:

- Ya estoy dentro.

- Enterada – replicó Nelba, quien estaba al otro lado del complejo.

- ¿Hay una forma rápida de hallar a Uribe?

- Por el momento tendrás que recorrer todos los pasillos en lo que yo accedo a las cámaras de seguridad para buscar su celda.

- Bien… Cualquier información que obtengas, házmelo saber… Porque presiento que esta noche va a ser muy larga.

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- Oh, Dios mío… - murmuró Iván al entrar a la recámara a donde una llamada a su celular le había guiado gracias al rastreo de la misma.

- ¡Mierda! – exclamó José Castellanos, su compañero, mientras se acercaba al cadáver de quien fuera una vez Luis Mandrágoras - ¡El muy infeliz sí que sabe torturar a sus prisioneros! ¡Dios, mira esto! Cuchillos atados a cuerdas, clavados a su vez en las piernas, manos, pies… Aquí en los costados incluso… Lo que permiten hasta ahora mantenerlo en suspenso del suelo.

- ¿Puedes determinar la hora probable de su muerte? – inquirió Abril Sosa, otra compañera de Iván, muy preocupada.

- Sí – respondió Castellanos -… Y ya creo que no será difícil a juzgar por la herida mortal que tiene en el cuello… Y la temperatura del cuerpo.

- ¿Uh?

- Mandrágoras tiene 2 horas de muerto.

- ¿Dos horas? – inquirió Iván mientras analizaba la escena de tan espantosa muerte.

- Sí, amigo mío. Dos horas… O sea que el hombre sufrió antes, como lo podemos ver aquí, en la pierna izquierda – dijo Castellanos mientras señalaba la herida del lugar indicado -. Dios, realmente el infeliz lo torturó hasta morir.

- O simplemente lo mató luego de obtener lo que quería – concluyó Abril -. No hay duda, señores… Esto solamente lo ha hecho una sola persona: El Ángel de la Muerte…

- Un Asesino – añadió Iván mientras observaba con detenimiento la pared.

- ¿Un Asesino?

- Sí…

Abril y José se acercaron a Iván, quien les señalaba un símbolo de estilo francmasónico dibujado con la sangre de Mandrágoras en la pared con el escudo nacional en medio de él. Abril, reconociendo en aquél símbolo la insignia de los Asesinos, se volvió hacia Iván y le dijo:

- Debemos decírselo al Mentor.

- No – ordenó Iván -. No sabemos realmente si es un Asesino o es alguien que finge ser uno de ellos.

- Pues para mí está muy claro que lo es, Iván – intervino José.

- Los Asesinos no te torturan de manera salvaje. Te torturarán con las técnicas típicas de las prisiones militares, pero no con este… Método, ni mucho menos dejan su insignia a simple vista. No, amigo… La persona que lo hizo es el Ángel de la Muerte… Un imitador o admirador de los Asesinos.

O un Asesino de verdad, concluyó en su mente.

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Lucía caminaba sigilosamente por los pasillos. Sus pasos quedos impedían que fuera detectada tanto por los residentes como por los guardias, salvo que tuvo que ejecutar a dos de los últimos, quienes la habían visto "pasearse" por los pasillos de su vigilancia.

La prisión era bastante grande, lo admitió; Uribe podría estar en cualquier lugar, si es que no lo habían matado aún…

- Encontré a Uribe – dijo Nelba en el micrófono.

- ¡Bien! ¿Dónde está?

- Estás cerca, de hecho. Está en lo que en las prisiones se le conoce como "el hoyo". Está ubicado en el pasillo derecho.

- Enterada. Ya estoy en camino.

- Ten cuidado. En cualquier momento los Lealistas podrán llegar.

- Gracias, amiga mía. Avísame cuando los divises.

- Entendido. Cambio y fuera.

Lucía caminó un poco más rápido hacia la única celda que había en ese lado de la prisión; al acercarse a la ventana, observó que todo estaba oscuro. Tomando todas las precauciones necesarias, Lucía empezó a tocar la puerta con los nudillos en repetidas ocasiones; aquellos toques decían en clave Morse quién era ella y que lo iba a sacar de ahí.

Después sacó de su cabello una horquilla y de su brazalete una cuchilla oculta; empezó a manipular la chapa de la puerta con paciencia hasta abrirla. Lo que contempló ella al poner un pie la hizo sentir una ola de indignación y furia.

Amarrado a una silla, ensangrentado y con evidentes marcas de golpes, se hallaba Alberto Uribe, el líder de la barricada del barrio de Santiago Apóstol. Parecía que no había dormido en días; su piel tenía cortes recientes y antiguos y su rostro estaba desfigurado por quién sabe qué tortura hayan aplicado los Lealistas.

- ¡Alberto! – exclamó la joven al correr hacia él.

- ¿L-L-Lucía…? – pronunció el hombre con voz entrecortada.

- ¡Dios mío, Alberto! - dijo Lucía mientras le cortaba las cuerdas - ¡Malditos perros, los mataré!

- Lucía…

- Tranquilo… Ya estoy aquí…

- Lucía, t-ten c-cuidado…

- Shhh… Guarda tus energías. Vine aquí a sacarte.

Sin darle oportunidad a que hablara, la joven llevó un brazo a sus hombros y empezó a caminar con él a cuestas por el pasillo.

- Nelba – llamó -, Nelba… Envía a Diego a por un médico, ¡pronto! Está muy mal herido…

- ¡Oh, Dios mío!

- ¡No hay tiempo!

- Enterad- ¡Lucía, los Lealistas! ¡Están ahí!

- Mierda… Nelba, búscame una salida libre de guardias, la que sea, cualquiera es válida.

- Yo puedo ayudarte – le dijo una voz.

Lucía se volvió hacia la izquierda.

Uno de los prisioneros, de unos 25 años aproximadamente y quien al parecer había observado o escuchado todo, estaba de pie entre las rejas con una mirada curiosa y nada agradable dirigida hacia la Asesina.

Con desconfianza, Lucía le preguntó:

- ¿Cómo sé que eres de fiar?

- ¡Vaya, instintiva la chiquilla! – exclamó el prisionero con una sonrisa – Me gustan las mujeres instintivas.

- Oye, no tengo tiempo para bromas…

- Yo tampoco. Pronto los hombres que torturan a tu amigo estarán por aquí y tú quieres escapar, ¿no?

Lucía hizo una nota mental de buscar un motivo para matar al sujeto la próxima vez que se infiltre en esa prisión. Suspirando hondamente, replicó:

- ¿A cambio de qué?

- Uhmmm… Quieres negociar, ¿eh?

- ¿A… cambio… de…qué?

- Bueno… Uhmmm… Veamos… ¿Qué te parece una noche tú y yo juntos? Hace dos años que no vacío las pelotas en una linda mujer como tú.

- Pobre de aquella a quien le haya tocado ser tu novia, si es que no eres un violador serial.

- No soy un violador. Me aprisionaron por extorsión y chantaje…

De repente se empezaron a oír unas pisadas.

- ¡Mierda! – exclamó Lucía – Nelba, ¿ya encontraste una salida?

- Hay una, pero esos perros están en ese mismo camino. Tendrás que idear una forma de esconderte y quedarte ahí un buen tiempo.

- Maldición…

Volviéndose hacia el prisionero, le dijo con derrota:

- Te sacaré de aquí si nos escondes a mí y a mi amigo en tu celda.

- Eso y una noche contigo, preciosa – replicó el hombre.

- ¡Ugh! ¡Bien! ¡Sacarte de aquí y dormir contigo!

- ¿Es un trato?

- ¡Sí, es un trato! – respondió Lucía ya desesperada.

El prisionero, sonriente, fue hacia su cama y debajo de la almohada sacó una llave; se dirigió entonces a la reja y, al insertar la llave en el hoyo, abrió la reja y dijo:

- Bienvenida, señorita.

Lucía arrastró a Uribe hacia la celda y lo colocó con sumo cuidado debajo del camastro del extorsionador mientras que éste cerraba la reja y escondía la llave debajo de la almohada.

- Sube a la cama de arriba, envuélvete y finge dormir – indicó el reo -. Cuando todo haya pasado, te aviso.

- ¿Y tu compañero? – inquirió la joven.

- Enculándose con el de al lado.

Sin perder más tiempo, subió al camastro, se envolvió con las sábanas y fingió dormir justo en el momento en que un grupo de hombres pasaban frente a la celda.

Entre las voces, la Asesina pudo reconocer a dos de ellas: la del gobernador Mendoza y la de Iván.

Definitivamente esta será una noche larga…, pensó Lucía.

- Ahora es el momento – dijo el prisionero al levantarse -. Vengan.

- No – dijo Lucía – Ellos se darán cuenta pronto de que mi amigo no está.

- Pero no saldrán por la reja – replicó el prisionero mientras corría el inodoro de la pared -, sino por aquí. Vengan…

Sin opciones por quedar, Lucía tomó a Uribe, quien estaba desmayado y, rogando por salir del lugar viva y que Uribe pueda sobrevivir, se adentró en el angosto hoyo…

- No podrás cargar a tu herido tú sola – comentó el prisionero -. Te ayudaré…

- Vaya… Gracias…

- Adrián – se presentó el prisionero -. Adrián López.

- Lucía Domínguez.

- Bien, Lucy…

- Lucía, si eres tan amable de llamarme así.

- Bien, Lucía… Como creo que eres mujer de palabra, te ayudaré con tu herido…

- ¡Ha escapado! – se escuchó una exclamación.

- ¡Mierda! ¡Lucía, tú primero!

La chica obedeció y se adentró en el improvisado pasadizo seguida de Adrián, quien cargaba a Uribe en sus espaldas. Tras pasar un par de horas en el hoyo y sin prestar atención a la oscuridad que les rodeaba, finalmente pudieron divisar una luz.

Lucía no estaba segura si todo eso era una trampa o era realmente un escape, pero aún así decidió confiar en su instinto y prepararse mentalmente para todo, incluso para la muerte.

- ¡Lucía! – exclamó una voz conocida mientras le tendían la mano para ayudarle a salir.

Nelba y Diego estaban junto al improvisado hoyo cubierto con unas hierbas, ya que la señal de rastreo de Lucía los había guiado hacia allá. Después ayudaron a Adrián y a Uribe, quien apenas estaba empezando a ganar consciencia.

- ¡Cielos, está muy mal herido! – exclamó Antonio Escárcega, un compañero del Gremio de los Ladrones, mientras examinaba a Alberto – Hay que llevarlo rápidamente a la guarida de Rivera y vigilar su estado de salud.

- ¿Se recuperará? – inquirió Lucía.

- Es fuerte. Por supuesto que lo hará.

- Bien.

Volviéndose hacia Adrián, le dijo:

- Bien, Adrián, ya estás fuera, ya eres libre… Aunque creo que nos debes una explicación…

- ¿Respecto al hoyo? ¡Je!

- Si sabías de ese hoyo, ¿por qué no has escapado antes?

- Bueno, el hoyo es uno de los cinco conductos de la prisión en donde los narcotraficantes y los contrabandistas intercambian su mercancía con los de afuera. Si no quise escapar, es porque apenas ayer ingresé a este lugar.

- ¡¿Ayer?! – exclamó Nelba.

- Sí… Y ahora, si me disculpan, volveré a mi celda. No quiero levantar sospechas de que escapé.

Sin mayor preámbulo, Adrián se agachó y estuvo a punto de entrar al hoyo. No obstante, el frío metal de un arma y una pregunta le impidieron entrar:

- Sabías que íbamos a por Uribe, ¿no es así?

El joven, sin ninguna prisa, respondió:

- Sí y no. Sí sabía que alguien iría por él… Pero jamás me imaginé que aún hubiera verdaderos Asesinos en este país.