Hola a todos!
Aquí les caigo con un nuevo capítulo de este multichapter que lo tengo abandonado y por el cual hasta ahora tengo cierta inspiración. ¡Ojalá les guste!
Vicka.
IV.
Jurando venganza.
Adrián López Calderón observaba el vasto panorama de la ciudad de Mérida desde lo alto de la cúpula de la catedral.
El Asesino, oriundo de España, había llegado a Mérida con el claro objetivo de asesinar a Iván Palmero, uno de los Lealistas de alta peligrosidad y la mano derecha de Rodrigo Montesinos, líder de la que alguna vez fuera la Hermandad de los Asesinos Mexicanos.
Sus razones eran meramente personales, por no decir el hecho de vengar la muerte de su querido hermano Armando López. Armando había fallecido dos años atrás gracias a una emboscada tendida por el temible Lealista, quien se había ganado su confianza fingiendo ser uno de los suyos.
Por ese hecho tan lamentable, los Asesinos españoles, así como las demás facciones de la Hermandad, habían decidido retirar todo apoyo a la Hermandad Mexicana tras descubrir que ésta se había sometido a la voluntad de los Templarios.
Sin embargo, los únicos a los que jamás se ha retirado la ayuda y el apoyo fueron los Gremios de las Prostitutas y de los Ladrones, quienes habían permanecido leales al Gremio de los Asesinos y con quienes han mantenido contacto… Aunque no se esperaba encontrarse con que ambos gremios contaran con la ayuda de aquella linda joven que vestía las ropas del Asesino y había abrazado el Credo dos años atrás.
Adrián sonrió.
Lucía Domínguez, hija ilegítima del mismísimo Rodrigo Montesinos con la hija de uno de los grandes colaboradores de la Hermandad hasta la muerte. La joven en cuyas manos habían expirado muchas vidas en solo dos años de estar activa como Asesina.
Cosa interesante era ver cómo la joven rechazada por la mayoría de las personas que le rodeaban convertirse en toda una femme fatale a medida en que Arencibia y compañía la entrenaran en las viejas artes de la Hermandad.
Montesinos era un tremendo idiota al pensar en que su hija ilegítima no haría el menor daño a una mosca e Iván Palmero era un pendejo si se creía en toda la fachada de la dulce niña criada a la antigua. Ninguno de los dos se había imaginado que aquella mujer podría convertirse en su peor pesadilla.
Había visto pelear a la joven contra cinco hombres durante el escape de la Prisión Mulsay con un cuchillo y su hoja oculta como únicas armas para defenderse a pesar de contar con armas de fuego.
Esa clase de precaución y de cautela solamente lo había observado en los Asesinos más experimentados, lo que le hizo figurar que Lucía tal vez se había iniciado en la Hermandad desde que era una niña.
- Hermosa vista, ¿no te parece?
Adrián se volvió y, con una sonrisa, le replicó a su inesperada compañera:
- Me recuerda un poco a la ciudad de Granada. Je… Me imagino que mi hermano se sentiría igual si él… Viviera.
Lucía, con comprensión, se acercó a Adrián y le dijo:
- No es tu culpa que tu hermano haya muerto.
- Lo es cuando debí acompañarle.
- No… Nadie tiene la culpa.
- ¿Ni siquiera ese hijo de puta de Iván Palmero?
Lucía cambió de semblante y replicó:
- Eso… Ya es hablar de otra cosa…
- Debo encontrarle… Debo matarlo.
- Matarlo no resolverá nada, Adrián…
- Eso lo dices tú, pero él asesinó a mi hermano.
- ¿Y crees que matarlo te lo devolverá?
Adrián desvió su mirada hacia el paisaje; Lucía, preocupada, puso una mano en el hombro del español y le dijo:
- Adrián, la venganza no siempre te traerá justicia. Al contrario: Te traerá más dolor y desdicha de la que podrías soportar.
- Es posible que así sea… Pero quiero hacerle pagar a Iván su muerte y su traición.
- Todo a su debido tiempo, Adrián… Todo a su debido tiempo.
&%&%&
- ¡¿Un Asesino?! – exclamó Montesinos muy sorprendido tras escuchar el reporte de Iván.
- No hay duda alguna de que fue un Asesino, señor – se defendió Iván.
- ¿Podría un Asesino dejar pistas sobre sí mismo así como así? – inquirió Fabiola Montesinos, la hija de Rodrigo – Perdona mi franqueza al poner en duda tus palabras, Iván, pero no creo que haya sido un Asesino el que esté detrás del escape de Uribe.
- Puedes creer todo lo que quieras, Fabiola, pero creo que nos estamos enfrentando a un Asesino.
- ¿Y en qué te basas para afirmar semejante suposición, Palmero? – replicó Montesinos.
- Mandrágoras, antes de morir, me había comentado que Arencibia tiene un aliado invaluable dentro de la Coordinación de Salud Pública que le recaba información sobre nuestras actividades de manera camuflada bajo la persona del Ángel de la Muerte.
- Imposible – replicó Fabiola -. Cada semana inspeccionamos a todos nuestros agremiados para verificar que no hay ningún infiltrado. Ese Ángel de la Muerte puede ser alguien de fuera.
- Pues creo que esas verificaciones ya no son tan infalibles, Fabiola. Mandrágoras me comentó que esa persona se infiltra con la misma facilidad que cuando sale de la organización.
Montesinos empezó a reflexionar mientras Iván y Fabiola discutían.
Iván tenía razón en ese punto para afirmar que el Ángel de la Muerte podría ser un Asesino, uno muy experimentado a juzgar por los problemas que les había causado desde hace dos años.
Sin embargo, tenía la duda de quién podría ser y cómo podía infiltrarse frente a sus narices sin ser detectado, a menos que…
- Iván – interrumpió la conversación -… ¿Qué me cuentas de Lucía?
- ¿Lucía? – replicó el joven - Nada nuevo.
- Dudo mucho que Lucía sepa algo sobre las actividades de su jefe – añadió la chica socarronamente -. Ella es la chica del café.
- Pero no está de más mantenerla interesada en Iván, hija. Posiblemente ella sea alguien muy desconfiada.
- Con todo respeto, señor – comentó Iván -, pero concuerdo con Fabiola en que Lucía no sepa nada sobre las actividades de su jefe. Ella es una simple secretaria, no una informante. Honestamente creo que lo mejor será cortar con ella por lo sano.
- No – enfatizó Montesinos -. Creo que ella puede saber cosas que no haya querido decirte. Además, ¿no me has dicho que ella admira al Ángel de la Muerte?
- Papá – protestó Fabiola -, Iván está diciendo la verdad. Lucía no tiene nada que ver con esto.
- Sí, señor – dijo Iván -. Ella es su admiradora, pero dudo mucho que ella tenga contacto alguno con él.
- Por eso quiero que la mantengas interesada por un tiempo más… No sabemos si ella te esté ocultando algo, Iván.
&%&%&
¿Ocultarme algo…?
- ¿Iván? – le llamó una voz.
Iván sacudió la cabeza.
Volviéndose hacia Lucía con una sonrisa, replicó:
- ¿Mmmm?
- ¿Pasa algo? Te noto muy extraño.
- ¿Extraño? ¿Yo? ¡Je! ¡Lucía, qué cosas dices!
- Te veo muy ensimismado… ¿Es algo del trabajo?
- Bueno…
Ella es ingenua e inocente, pensó mientras veía como ella lo miraba en espera de una respuesta. Dudo mucho que ella sepa sobre los Asesinos y los Templarios… Dudo mucho que ella sepa que la involucré sin querer en esto.
- La verdad, Lucía, sí es un problema del trabajo.
- Oh… Lamento escuchar eso. ¿Quieres desahogarte?
- ¿Eh? No, Lucía, no quisiera agobiarte con problemas. Mejor… Mejor tomemos el café, que se nos enfría, ¿ok?
La chica rió.
Definitivamente ella desconoce lo que está sucediendo.
Mientras él bebía su café con cierta intranquilidad, Lucía pensaba:
Tengo el presentimiento de que él trata de cortarme por lo sano y excluirme así de esta guerra. Lo que no sabe es que yo soy una Asesina y que podría matarle si pudiera… Pobre ingenuo.
Ella sabía que se estaba arriesgando demasiado a que él algún día la descubriera, pero aquello no le importaba en lo absoluto, no mientras pudiera investigar más sobre los planes que los Templarios tuvieran para México, su hogar, su patria…
Su mundo…
- Lucía – le llamó Iván -… Quisiera preguntarte algo.
