V.

Dudas (I).

- ¿Dime? – replicó Lucía un tanto extrañada.

Iván asentó su taza y, con nerviosismo, le preguntó:

- ¿Q-q-qué…? ¿Qué es lo que hace exactamente tu jefe?

- ¿Don Anselmo? Bueno… Él es el titular de la Coordinación de Salud Pública Estatal. ¿Por qué?

- ¿No has notado algún comportamiento raro que te cause curiosidad o algo?

- No.

- ¿Ni siquiera dijo algo sobre, no sé, Asesinos y Templarios?

- ¿Disculpa?

Mierda…, se reprendió Iván.

- Iván, ¿qué es lo que intentas decirme?

Parece ser que mi padre sospecha algo, pensó la chica con seriedad.

- Bueno – respondió el joven -… Olvídalo. Olvídalo, Lucía, no… No es nada.

- Iván…

- No es nada – le cortó el hombre con frustración -. Sólo olvídalo, ¿quieres?

Lucía guardó silencio.

Su instinto le dictaba que Iván tenía una misión entre sus manos, una misión que podría involucrar la vida de su mentor y padre putitativo. Así mismo, sospechaba que posiblemente su padre, el líder de los Lealistas, estuviera decidida a dar con ella, el Ángel de la Muerte, por lo que estaría presionando a Iván para que ella a su vez se viera presionada en responderle a todas sus preguntas de una manera "ingenua".

Iván, por su parte, miraba de reojo como Lucía se terminaba de tomar su café. Silenciosamente se reprochó a sí mismo por haber ido directamente al grano, ya que temía que Lucía pudiera empezar a hacer preguntas sobre los grupos que él había mencionado de manera indebida, poniéndola junto a su familia en un severo peligro.

Y la muerte de una persona inocente como ella era lo que menos quería tener en su conciencia.

- P-perdona por lo de hace un rato – se disculpó -… Yo… Yo leí un libro sobre conspiraciones, ¿sabes? Un libro muy loco el cual no te recomendaría leer si no quieres acabar como yo: Todo neurótico.

- Mmmm… No hay problema…

- Je…

- Aunque despertaste mi curiosidad sobre los Asesinos y los Templarios. De hecho, es un tema muy interesante.

Iván levantó la vista con sorpresa.

Lucía, pensando con rapidez, le mintió:

- Lo poco que sé de la Orden de los Asesinos es que fue fundado en el Imperio Persa por un tal Hassan Ibn-Sabah, también llamado "El Viejo de la Montaña" por ser un hombre sabio y de gran habilidad política. La Orden fue fundada por motivos políticos, prácticamente en contra de un visir cuyo nombre no recuerdo muy bien por asuntos de esa índole. La orden recibió ese nombre porque sus miembros, antes de ejecutar sus asesinatos, consumían hashish.

Bebiendo su último sorbo de café, añadió:

- Los Templarios son otro cantar. Surgieron en las Cruzadas como un grupo religioso militar con funciones de proteger a los peregrinos que iban a Jerusalén, aunque después empezaron a amasar grandes fortunas y poder, llegando a ser los banqueros de una buena parte de Europa. Esa situación, según leí en Wikipedia, no gustó para nada a los gobernantes ni a la Iglesia Católica, la cual terminó por acusarles de herejes y de quemar en la hoguera… O al menos eso es lo que leí en varios libros que tengo.

Calló disimuladamente y observó con curiosidad la reacción de Iván. Éste se sintió repentinamente aliviado, tanto así que, tomando la mano de la Asesina, le dijo:

- Eres increíble, Lucía. Debo admitirlo.

Me alegro de que no sepas nada de ambos grupos; es más, prefiero que no te enteres nunca de quién era realmente tu abuelo Pedro, replicó mentalmente.

- Uhmmm… ¿Por qué lo dices? – inquirió Lucía "inocentemente".

- Porque se ve que eres una chica inteligente que gusta aprender de todo… Y me gustan las chicas inteligentes, ¿sabes?

Lucía le dio un beso en la mejilla de manera repentina, causando que Iván se sonrojara.

- Gracias por el cumplido – le dijo con una sonrisa.

Iván le devolvió la sonrisa.

Mientras tanto, a varios metros de ellos, justamente detrás de los muros de la cocina, Adrián los observaba con cierta satisfacción y malicia a la vez. Satisfacción porque había visto cómo Lucía usaba a su entera voluntad los encantos femeninos con los cuales fue dotada, y malicia porque pronto tendría la oportunidad de vengar la muerte de su hermano.

Tal vez su hermano no regrese de la muerte una vez que le haya atravesado su cuchilla a Iván, pero Adrián tenía toda la certeza de que sólo así podría liberar todo el odio que sentía hasta ese momento contra todo lo que representaba al Gremio Lealista.

Por ahora, solamente se contentaría con mirar detrás de la cocina cómo su enemigo intenta poner sus labios en los de la aparentemente inocente Lucía, quien para colmo tenía qué fingir interés por ese gilipollas engreído.

&%&%&

- Iván sí que es un idiota – comentó Adrián mientras que él y Lucía observaban el anochecer desde la cúpula de la Catedral.

- No lo es – replicó Lucía con tranquilidad -. Él finge muy bien el serlo.

- Vaya… ¿Por qué no me sorprende? Y dime, mi querida colega, ¿qué tanto dijo ese idiota hoy?

- Mucho… Y en pocas palabras.

- ¿Mucho?

- Sí. Mi padre lo está presionando para que él me sonsaque información sobre Anselmo y tal vez sobre mí, aunque fue muy deliberadamente descuidado al mencionar a los Asesinos y a los Templarios.

Adrián la miró muy contrariado mientras que la mexicana añadía:

- Me preguntó si Anselmo había mencionado sobre ambos grupos, a lo que le dije que no, pero que el tema estaba interesante. De ahí que lo cogí con susto, aunque después de explicarle los datos históricos, se sintió aliviado.

- ¿Se sintió o fingió sentirlo?

- Lo sintió. Lo pude ver en su rostro… Y eso es algo que me sorprendió en parte. Digo, él, el hombre más frío de los Lealistas, el que finge escucharte con interés... Él sintió alivio de que "no supiera nada" sobre los Asesinos y los Templarios… ¡Je, si él supiera que sé quién fue realmente mi abuelo!

- Si lo supiera, se decepcionaría… Para él eres la ingenua Lucía…

- Su ingenua Lucía. Soy su novia desde hace unas horas, para colmo de males.

- Una desgracia que resulta ser un sacrificio… Bienvenida a nuestro mundo, querida.

Lucía se echó a reír mientras que Adrián, esbozando una sonrisa en el rostro, reflexionó. Por alguna razón, la risa de Lucía emitía vida, emitía un sueño, emitía un optimismo que no era fácil de encontrar en la gente.

Era una risa que deseaba escuchar siempre.

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Lucía… ¡Niña ingenua e inocente me tenías qué resultar!

Con aquella frase, Iván contemplaba el anochecer desde el balcón de su casa en Chelem, lugar a donde se retiró a tomar una bocanada de aire antes de regresar a Mérida al día siguiente.

No quería involucrarte en algo del cual tú desconoces por entero. Es más, dudo mucho que sepas que tu abuelo fue un gran colaborador de los Asesinos y que…

Tragó en seco.

- Perdóname, Lucía… – murmuró.

Yo lo maté.