VI.
Dudas (II).
- Así que ella no te dijo absolutamente – comentó Montesinos tras escuchar el informe de Iván.
- Señor – replicó el Lealista -, creo que Lucía ignora todo lo relacionado con nosotros. Presiento que Anselmo es una persona desconfiada; tal vez por eso él no dice nada a nadie.
- Eso podría desechar entonces todo lo que ha dicho el fallecido Mandrágoras sobre la existencia de un colaborador de los Ladrones por lo que veo. Puede ser, pero no debemos olvidar que el Ángel de la Muerte nos ha estado causando estragos en todos los planes de los Templarios.
- ¿Qué hará al respecto, señor?
- Pues creo que por el momento no haremos nada.
- ¿Entonces puedo despedir a Lucía?
- ¿Cortar tan pronto una linda relación?
- Ella ya no me es útil.
- Cierto, pero lo veo todo muy precipitado. Dale a la "relación" una semana más y después le cortas las alas para que no lo sienta tan terrible.
Lo sentirá, de todos modos, le replicó el hombre mentalmente mientras escuchaba el timbre de su celular al salir de las oficinas de Montesinos.
En la pantalla aparecía el número de Lucía.
- ¿Bueno?
- ¡Hola, Iván! – le replicó la chica desde el otro lado.
- ¡Hey, Lucía! ¿Cómo estás, bebé?
- Disculpa si te llamo en el trabajo, pero quería avisarte que hoy no podré ir a contigo al cine. Tengo mucho trabajo amontonado aquí en la oficina. Lo siento mucho, mi amor.
- No te preocupes – replicó el Lealista muy extrañado -. Te vería entonces otro día. Tú me avisas.
- ¡Claro! Ya no te interrumpo más, amor. Te quiero. ¡Bye!
- Bye, pequeña.
Al escucharle colgar, Iván empezó a dudar.
Había algo en el tono de Lucía que le fastidiaba; era como si ella le estuviera mintiendo, le estuviera tratando de ocultar algo, ¿pero qué le podría ocultar una chica ingenua como ella?
Mientras tanto, a varios metros del edificio en donde se ubicaba, Lucía observaba con los binoculares oculta entre las sombras del campanario de la Iglesia de Santa Ana.
A su lado, Adrián le dijo entre risas:
- ¡Se lo creyó! ¡No me lo puedo tragar!
- Lo sé, pero debía hacerlo si queremos infiltrarnos esta noche en el nido de las culebras.
- ¿Puedo preguntar el por qué de infiltrarnos allá?
- Alberto me dijo que el líder de los Lealistas va a ofrecer una fiesta con motivo de darle la bienvenida a Mariángela "La Cobra" Alemán.
- ¿La letal mercenaria de los Templarios?
- Sí.
- ¿Y?
Con seriedad, la joven se quitó los binoculares y contestó:
- Hay que matarla a como dé lugar, no sin antes recabar información sobre las actividades de los Templarios en el país.
- ¡Pardiez!
- Y tal vez tengas la oportunidad de matar a Iván.
Los ojos de Adrián brillaron al escuchar la última frase.
- ¿Me lo decís en serio, Lucía?
- Sí – contestó la chica -… Una lástima, ya que él conoce de fondo las operaciones de sus hermanos en armas, pero creo que me parece justo darte el derecho…
- Gracias…
- Pero te diré una vez más que eso no devolverá a tu hermano.
- Lo sé y te lo agradezco, compañera, pero debo cumplir con un juramento, y entre nosotros los López Calderón un juramento es sagrado.
- Lo entiendo.
- Bien. Vámonos a prepararnos para esta noche.
Lo siento, Iván, pero esto te lo has buscado, pensó la mujer mientras que ambos se retiraban del campanario.
Iván se abotonaba la camisa de manga larga color blanco que había elegido para la ocasión. A su lado, Fabiola se lucía una y otra vez en el espejo con el provocativo vestido rojo Nina Ricci que se había comprado para el momento.
- Te ves bellísima – le comentó Iván -. Cualquier hombre se quedaría a tu merced.
- O mujer. No olvides que soy bisexual.
Coquetamente, Fabiola se acercó a Iván y, acariciándole el pecho, le dijo:
- ¿Qué sucede, mi estimado?
- ¿Qué sucede de qué?
- Esta noche no estabas entre mis piernas.
- No seas vulgar, Fabiola.
- No lo soy. Simplemente te digo que algo te molesta. ¿Es mi media hermana, de casualidad?
- Quitándole la mano de encima, Iván le contestó:
- No. No es tu media hermana… Es sólo que tengo una corazonada respecto al Ángel de la Muerte.
- ¿A estas alturas? Iván, querido, no creo que ese Asesino sea omnipresente. Ten en cuenta de que no había vuelto a aparecer desde la muerte de Mandrágoras.
- Cierto, pero tengo el presentimiento de que pronto le veremos cara a cara.
- Mi padre estará feliz de ser así.
- Incluso yo estaría feliz de cortar con tu media hermana.
- Pobre. Tan inocente e ingenua… Me imagino que te exaspera ver demasiada inocencia de la que puedas soportar.
- Es llevadero, pero siento pena por estarle viéndole la cara. Ni siquiera sabe que su abuelo fue un colaborador de los Asesinos… Y que yo lo maté envenenándole poco a poco.
Fabiola se echó a reír mientras que Iván, consternado, no pudo evitar sentir la amarga sensación de que después de esa noches cambiarían muchas cosas para mal.
