—La boda es en un mes, mylord.

Yes, I know —respondió Inglaterra con aire aburrido, sentado en la cálida habitación mirando el Támesis medio congelado en pleno mes de diciembre, desde una de las ventanas de la Torre de Londres, jugueteando con la maqueta de un barco.

—Quería recodarle de la necesidad de que presente a su acompañante cuanto antes para los ensayos e informarle del protocolo en caso de que sea necesario.

Yes, I konw —repitió en un suspiro haciendo un gesto para que su interlocutor abandonara el cuarto.

Un acompañante.

Si no conseguía un acompañante por si mismo, le tocaría por sorteo ir con alguna de las infantas, condesas, marquesas o duquesas, por estricto orden jerárquico.

Sacó el libro de heráldica apoyándolo sobre la mesa de madera oscura y alumbrándolo con la vela, resiguiendo con el dedo los escudos dibujados para conocer su infortunio, empezando a fantasear…

Se pondría su armadura, la dorada por supuesto, toda entera, yelmo incluido y tomaría a Morning Star, con el sedoso pelo recién cepillado y su cuerno enlustrado.

Cabalgaría por la pradera al atardecer, con la brisa meciendo la hierba y los campos de maíz verde como si fueran olas en el mar.

Hace un movimento con la mano siguiendo las sinuosidades de las olas.

De hecho, podría haber un barco.

No es como que necesite ir en barco a ningún lugar de la tierra inglesa pero bordear la costa hasta el norte...

Toma la maqueta de su barco poniéndola en perspectiva sobre el agua del Támesis que se ve por la ventana.

Sí, aparecería como un imponente redentor después de entrar en cruel y sangrienta batalla con los bárbaros del norte, consiguiendo la ansiada paz como todo un bravo caballero, haciéndose con el poder y la gloria.

Llegaría cabalgando a casa de su amada sin rostro, ni voz, ni nombre.

Ella estaría en la ventana ocupada en alguna tarea como por ejemplo, cocinar tarta de manzana cuyo delicioso aroma sería de las pocas cosas capaces de atravesar su dura coraza.

Al principio ella no le reconocería y saldría alarmada, con sus bucles rubios brillando con la luz dorada del atardecer. Él bajaría del caballo imponente.

En cuanto ella se presentara enfrente suyo con sus azules ojos brillantes, él no se quitaría el yelmo para mantener su identidad en secreto hasta el final, arrodillándose en frente.

"En cruenta batalla me he batido, bajo mi yugo se encuentran nuestros más poderosos enemigos y con la gloria me presento ante vos solo para que aceptéis mi corazón entre vuestros cuidados, pues hace mucho que es ya anhelantemente vuestro" se declararía con seguridad quitándose por fin lo que ocultaba su rostro.

"Oui!" respondería él al reconocerle, abrazándole.

Suspira aun con el barquito en sus manos y de pronto se da cuenta, deteniendo sus pensamientos.

Su amada sin rostro, ni voz, ni nombre había obtenido unos sensuales ojos azules y un sedoso pelo dorado, una ronroneante voz y un nombre muy bien conocido.

—NO! —gritó de forma rasgada para si mismo—. I hate him! Ye lem! Ye Lem! YE LEM!


El subconsciente te traiciona, cariño XD Ya sabes lo que dicen en tu casa, "la mejor manera de superar los vicios es sucumbir a ellos"