—¡Pero bueno, gentleman! —el arzobispo entró como un huracán desbocado en el cuarto del inglés y este se apresuró a esconder los dibujos de picardías que estaba mirando entre las páginas de la Biblia, sonrojado y con absoluta cara de culpabilidad.
—Estaba... Estaba rezando mis oraciones, padre —mintió el menor añadiendo otro crimen más a su lista a sabiendas que venía una reprimenda. Solo le llamaba "gentleman" en actos oficiales o cuando venía una de esas y a aquello le faltaba fanfarria para pronosticar la buena fortuna.
—No empeoréis las cosas, muchacho —le hizo callar de forma tajante.
Inglaterra entró en pánico, esa actitud taxativa sin siquiera mencionar que evidentemente no estaba rezando solo podía augurar que el cielo estaba en llamas y habían encontrado las yescas entre sus pertenecías.
Optó por ser obediente.
—¿Qué es lo que significa esto? —preguntó el arzobispo seriamente, mostrándole un pergamino.
El británico cerró la Biblia con los dibujos dentro, acercándose para tomarlo. Abrió los ojos y los labios sorprendido al reconocer su escrito para Francia.
—¡Él me dijo que lo escribiera! ¡es presumido, soberbio y vanidoso! ¡Arderá por ello en el infierno! —se defendió—. No se suponía que tenía que dárselo a usted, además... —añadió.
—Insinúais que os forzó a escribir que "os gusta tumbarle en el barro y oírle llorar como una niña" —cita el primer enunciado.
—W-What? Of... Of course! ¡Él me dictó expresamente para luego mostrárselo a usted y que me castigara! ¡Es un traidor y un extorsionador! ¡Y un...! —se detuvo al notar la mirada del arzobispo sobre la prueba definitiva de su culpabilidad en forma del mencionado dibujo del francés con la cabeza cubierta por flechas, cuchillos y dardos.
Inglaterra se movió frente a la puerta intentando ocultarlo con una sonrisa forzada mezcla del pánico y la culpa.
—Gentleman... —empezó el anciano mirándole fijamente, preparándose para reñirle por la próxima hora y castigarle por toda la semana.
¡Francia se ha chivado! ¡Será maldito!
