WHAT? —pregunta un incrédulo pequeño inglés de apariencia aproximada de unos trece años, en la sala principal de la corte, cuando su imponente rey Richard I que es como un padre para él, igual que todo sus monarcas, acaba de anunciar a todo el mundo la curiosa ocurrencia diplomática resultante de los últimos parlamentos en la que para demostrar al pueblo las nulas desavenencias entre el país británico y su vecino sureño francés, planeaba compartir catre con el rey del citado país, Philip II.

No sin provocar una altanera sonrisita en los labios de un preadolescente español que ya empezaba a estar sobrehormonado y que no podía pensar si no otra cosa que alguna oscura intención tras esa disyuntiva tan... interesante. Aun mayor fue el asombro cuando anunció que de igual modo obrarían sus naciones por orden real expresa, mirando muy intensamente a su pequeño representante rebelde de ojos verdes y pelo rubio desordenado que andaba montando jaleo con sus preguntas.

El francés le había susurrado al español que apostaba a que de menos le daba un beso, dándole un codacito y sonriendo de oreja a oreja mientras Inglaterra había ido CORRIENDO a pedir audiencia con su monarca en ESE MISMO INSTANTE.


Lo que pasó en 1187, se quedó en 1187.