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Quinto caso: Arthur Kirkland


Él es el menor de la familia Kirkland. El sujeto de cabello rubio, ojos verde esmeralda y complicada actitud que sobresale bajo cualquier circunstancia

Se le identifica por su temperamento y su insistencia por seguir las reglas –aún no se sabe cuáles, precisamente- pero, aunque jamás lo admita, su sello físico radica en aquellas cejas prominentes que, según cuentan los rumores, poseen la capacidad de comunicarse telequinéticamente (?)

Él es Inglaterra para el mundo. Arthur Kirkland para los conocidos

Sólo Arthur para la familia que no se inmuta ante su presencia

Él es el pequeño, el joven, el más asediado y el más molestado de todos los seres que existen en la tierra; el blanco preferido de las bromas universales, el que debe sobrellevar –sin mucho éxito- las actitudes de los cuatro mayores y quien debe colocarse a la altura de experiencias que rebasan en muchas ocasiones las propias; es al que se busca lastimar por asperezas del pasado, y el que debe mostrar más magnanimidad para justificarlas, alzándose como el representante del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte

Ser Arthur no es tarea sencilla

Su vida es complicada en innumerables aspectos… y honestamente, tampoco mejora cuando otro tipo de problemas se suman gracias a su temperamento

Porque algo es seguro en Arthur Kirkland

—¿Uhn? — no hubo nada en su gesto que expresara sorpresa, pero ese pequeño sonido fue suficiente para hacerlo saltar en su sitio — ¿Arthur? ¿Qué haces aquí?

Es terco

Absolutamente terco, como nunca nadie lo sería en el modo en que él lo es

No se trata sólo de no rendirse en conseguir el objetivo. No es tan sencillo como decir que olvida las lógicas en pos de obtener algo que se figura como imposible

Eso es demasiado simple, y Arthur dista mucho de ello

—¡S-Sí, buenos días, Glen!

—Buenos días —cabeceó con educación, acercándose a él — ¿Qué haces aquí? — repitió con el tono neutral de siempre, aunque podía figurar que no estaba molesto, y eso de entrada ya era ventaja — No es normal verte en la oficina en domingo

— ¡E-Eso debería decirlo yo! — replicó con algo de trabajo, tratando de recuperar un poco de confianza— Se supone que este es un día libre para todo el personal

— Lo sé — por supuesto que sí — Y sin contratiempos, es momento adecuado para terminar los proyectos que nos dejó Cameron de último minuto— ladeó un poco la cabeza — ¿Por eso estás aquí? No recuerdo que me haya avisado que vendrías…

Él conoce los pros y los contras; está al tanto de la situación y de los elementos que la adornan; conoce los procedimientos y los inevitables finales que no se resuelven

Es el tipo de sujeto que se rinde no por cobardía, sino porque se vuelve consciente de la situación y de las razones congruentes que no le dan sentido a lo que desea

Pero por esa misma razón es terco

Terco, porque aún con todo el conocimiento que le da la razón a su desmotivación, continua ahí, queriéndolo o no, sabiéndolo o no, con su mente jugando en su contra todo el tiempo

Recuerda lo que no debe. Desea lo que no debe y ama lo que no debe, pero sin opciones para cambiar la situación o, por lo menos, abrir una defensa

Él mismo es su propio enemigo, lo ha aprendido de formas difíciles y sutiles, ambles y amargas… pero nada tan impactante como lo que está llevando a cabo en ese momento

—En realidad no tenía que venir — confesó en un frustrado suspiro — Cameron afirmaba que podías hacerte cargo tú solo… ¡pero de ninguna forma podría aceptarlo! También es mi trabajo, después de todo… y yo… b-bueno, ¡como es algo temprano creí que…! ¡No sé…! — desvió la mirada hacia sus pies, extendiendo el pequeño paquete que llevaba consigo — ¡P-Pensé que ya tendrías hambre! Y preparé algo… ¡c-claro, sólo si quieres! No hay tiempo que perder, ¿cierto? H-Hay un montón de cosas que hacer y…

Recuerda lo que no debe, como que los ojos verde oliva de Gales siempre le parecieron hermosos, misteriosos, hundidos en el vacío que invita a perderse sin remedio

Desea lo que no debe, como que el que el galés lo haga estremecer con el simple suspiro cerca de su oído

Ama lo que no debe, a Glen, a su hermano, cada fragmento que lo compone y que lo hace actuar con tanta terquedad, con aquella que lo obliga a acudir a su lado en tanto la posibilidad de pasar un momento a solas se presenta

Y sabe que no hay remedio, que seguirá siendo terco porque lo ama

No hay razón suficiente para que su consciencia lo refute

—Está bien — respondió tranquilo, sujetando la caja blanca que aún estaba tibia — Gracias — y lo vio esbozar apenas una sonrisa, como si supiera en qué pensaba — ¿Entramos? Está haciendo frío

—¡S-Sí!

No puede ser más perfecto