—Voy a gritar —advierte Francia levantando las cejas.
—¡No te estoy haciendo nada! ¡No tienes por qué gritar! —protesta el inglés.
—No estas viniendo a la cama como quedaste... Eso es suficiente para gritar —toma aire dispuesto a ello.
—Wait! Waitwaitwait! —pide moviendo las manos para que no grite, nervioso, por que además el rey le ha dicho que si monta revuelo lo van a atar a la cama y van a dejar a Francia para que le moleste y le haga chinchinas toda la noche. El francés sonríe.
—Entonces ven —indica abriendo los brazos.
—Es que... —vuelve a mirar alrededor nervioso jugando con el borde de la capa con sus manitas—. No traigo ropa de dormir, tengo que vestirme.
—Pues apresurate o voy a empezar a gritar —amenaza sonriendo.
—Pues... tienes que salir del cuarto.
—Quoi? Non, no hay forma. A lo mucho me cubriré la cara. Contare hasta diez.
—What? ¡No! ¡No voy a vestirme contigo aquí!
—No tienes otra opción... Voy a gritar, ¡en serio! —le amenaza mirándole a la cara. Sonrojo inglés reglamentario ante la idea, Francia toma aire nuevamente.
—¡Me da igual si gritas! si gritas yo diré que tú estabas haciendo cosas malas y te llevarán a tu casa prisionero.
—No te creerán, yo solo estoy acostado en la cama esperándote, tú eres el que se ha negado desde el principio.
—¡Yo les diré que tú quieres mirarme! —le acusa.
—¡Voy a taparme la cara! Cuento hasta diez —se tapa la cara con las cobijas—. Un, deux, trois…
—what?! ¡No! wait! ¡Vas muy deprisa! —protesta empezando a quitarse las botas con los pies a la vez que se desata la capa.
—Quatreeeee... —disminuye la velocidad—, cinq... Six... Sept... —le espía un poquito y como el inglés no piensa, por que Francia va muy deprisa, acaba desnudándose del todo sin siquiera haber buscado su pijama.
—Ohh... Huit... —le ve más, levantando las cejas y sangrando un poquitín de la nariz —, neuf...
Se da la vuelta buscando en los armarios y levantando las cejas al notar que están todos vacíos, aterrorizado.
—Diiiiiiiiii... —sonríe al verle el culo destapándose la cabeza—. Dix!
Inglaterra e da la vuelta y se cubre las regiones vitales con las manos, rojo como un tomate, paralizado con los ojos como platos contra el armario.
Lo más impresionante del asunto es que ya le hacia eso cuando estaban de este tamaño... y aun así, en la actualidad, siguen los dos en las mismas.
