2)
Una chica murió anoche.
Stephanie Brown tenía diecinueve años y era la mayor de tres hermanas. Era morena natural, pero tenía el pelo teñido de rubio, y conoció a un chico en una página de contactos tras una serie de inútiles citas de una sola noche. Fue vista por última vez una hora antes de la cita.
Su cuerpo fue encontrado esa noche horas más tarde.
Fue asesinada. Estrangulada hasta la muerte, según indicaban las marcas en su cuello, y encontrada en los bosques. La única cosa extraviada era su anillo favorito, el cual aparentemente nunca se quitaba.
Los forenses sospechan que fue violada antes de la hora de su muerte.
"No leas en la mesa, Lucy," me regañó mamá, quitándome el periódico.
"No sé por qué querrías leer eso de todos modos", dijo Emma, haciendo una mueca al papel cuando mamá se lo entregó. Ella retrocedió un poco, como si fuera una serpiente lista para atacarla. Resistí la tentación de poner los ojos en blanco.
"Me gusta leer", le dije en voz baja. No añadí que lo único que Emma leía eran aquellas ridículas revistas del corazón que parecía coleccionar.
Emma resopló en voz alta, incrédula. "Eres tan empollona, Lucy"
Decidí no responder. En lugar de iniciar una discusión con mi hermana, quién era mucho más ingeniosa y rápida en dar contestaciones, me centré en mi desayuno. Los cereales ya no eran más que una papilla congelada.
"¿Alguna de las dos ha pensando en vestirse?" Mamá preguntó mientras yo removía los cereales alrededor de mi plato, haciendo una mueca.
"No," dijo Emma, poniendo especial énfasis en su contestación. Llevaba unos pantalones cortos de algodón con una camiseta a juego como pijama.
Mamá se rió sarcásticamente. "Muy graciosa, Emma. Hoy irás a buscar un trabajo."
"¡Pero es el primer día de verano!"
"Y me niego a permitir que sigas vagueando todo el día. Tienes que conseguir un trabajo y empezar a ganar tu dinero."
Durante el tiempo que puedo recordar, Emma nunca ha tenido un trabajo. Ella dejó sexto a los 18 y, dos años más tarde, todavía no tenía trabajo o aspiraciones.
"¿Al igual que Ricky Perfecto?"
Ricky, por su parte, había estado trabajando desde que tenía dieciséis años. Empezó con trabajos simples, tales como repartidor de periódicos, o trabajando en las cocinas de un bar lavando los platos, pero ahora era camarero. La única razón por la que consiguió el trabajo tan fácilmente fue porque su jefe anterior le dio buenas referencias.
"Lucy, podrías ir con ella. Te vendrá bien un poco de aire fresco."
Levanté la vista de mi plato. "¿Tendré que conseguir un trabajo también?" pregunté. Mamá frunció el ceño.
"Tal vez todavía no", dijo con cautela. "Es un poco pronto."
Suspiré. Mamá todavía me observaba con atención, como si fuera una bomba a punto de explotar. Podía entender su preocupación por mí, pero era frustrante.
Así que en vez de discutir, me deshice de la masa congelada en mi plato, haciendo una mueca al oír el sonido que produjo al chocar contra la basura que ya se acumulan en el cubo, y subí. Después de un enjuague rápido en el baño, me vestí.
Un destello de color rojo en el espejo me hizo dar la vuelta. Jadeante, retrocedí.
En lugar de ver mi propio reflejo, vi a Claire. Su pelo rojo estaba cortado al igual que en Halloween, y una amplia sonrisa se extendía por su cara pecosa.
"Ten cuidado de no perderte ahora", dijo, guiñándome un ojo.
Cerré los ojos con fuerza. Al abrirlos, vi mi propio reflejo. Mi cabello rubio caía por mis hombros, con unos toques rosa y verde en el final de cada mechón, y mis ojos azules me devolvían fijamente la mirada.
"Es sólo mi imaginación", dije en voz baja, moviendo la cabeza y dándole la espalda al espejo.
"Hey perdedora, ¿estás lista?" -Preguntó Emma, abriendo la puerta de mi dormitorio, haciendo caso omiso de que era mi cuarto y mi espacio personal y privado.
"Sí", le dije, recogiendo mi bolso.
"Genial. Vamos."
Dijimos adiós a mamá, que nos dijo con severidad que debíamos estar juntas en todo momento, y luego nos fuimos.
Las calles de Londres estaban, como era de esperar, verdaderamente llenas. Las personas empujaban o eran empujadas por delante de nosotros mientras corrían de aquí para allá. Los empresarios se abrían paso entre la multitud con sus trajes planchados, hablando en voz alta por sus teléfonos móviles y aferrando sus maletines. Las madres hablaban a sus hijos, llamando sus nombres y gritando órdenes por encima del ruido. Los turistas se agolpaban alrededor de los mapas, con cámaras alrededor de sus cuellos. Los adolescentes entraban y salían de las tiendas, acostumbrados a este ambiente.
Caminé cerca de Emma, sintiéndome un poco incómoda en un ambiente tan lleno de gente. Por el contrario, ella parecía totalmente a gusto, dando un paseo a lo largo de las calles como si hubiera vivido en Londres durante toda su vida. Tampoco parecía preocuparle gritar a los extraños.
"¡Eh, mira por dónde demonios vas!" -gritó por encima de su hombro cuando alguien le asestó un golpe. "Maldita sea, algunas personas son tan groseras."
Estuve de acuerdo con ella. Mantuve un ojo en todos los lugares en los que había carteles que solicitaban candidatos para trabajar mientras ella nos dirigía a través de las calles, gritando a todo aquel que nos golpeaba a ella o a mí.
"¿Qué hay de ese lugar?" Le sugerí, señalando a un pequeño café que solicitaba camareros o camareras. Emma hizo una mueca.
"¿Puedes realmente imaginarme como camarera?"
"Se te dan bien las personas".
Era cierto. Cuando no estaba gritando improperios, Emma se relacionaba muy fácilmente con los extraños. Ella tenía el don de hablar con ellos sobre cualquier cosa.
"También podríamos darle una oportunidad", añadí.
"Está bien." Emma cedió con un suspiro dramático, cruzando la carretera. Miré a ambos lados antes ir tras ella.
Cuando a Emma finalmente le concedieron un periodo de prueba en el café, empezando la próxima semana, comenzó a escribir a mamá acerca de la buena noticia. Ella insistió en que fuéramos a su oficina y que, después de su próxima cita, iríamos a almorzar para celebrarlo.
Visto desde el exterior, el edificio era bastante aburrido y lo habríamos pasado de largo con facilidad de no ser por que lo estábamos buscando. Unos pocos coches, incluyendo el de nuestra madre, estaban aparcados fuera. La pintura blanca estaba sucia y raspada.
Por dentro era igual de malo. Las paredes eran de un color blanquecino y el aroma a la lavanda, con la intención de relajar a la gente, impregnaba el aire. Tosí brevemente, entrando en pánico de que el olor en el aire podía ser algo más siniestro que lavanda.
Haciendo caso omiso de mi pánico, Emma caminó hacia el escritorio de la recepcionista.
"Buenos días, ¿cómo puedo ayudaros?" preguntó la recepcionista, sin ni siquiera levantar la vista del ordenador.
"Estamos aquí para ver nuestra madre", dijo Emma. "Jennifer Luna."
"Lo siento, ahora mismo la señora Luna se encuentra con un cliente, pero si lo desean pueden tomar asiento, acabará en breve."
Poniendo los ojos en blanco y murmurando insultos en voz baja, Emma se alejó y se dejó caer en el viejo sofá provisto. Este crujió bajo su peso. Me senté en el extremo del sofá, junto a ella.
Después de varios minutos, en los que Emma ojeó las revistas siempre con una mueca, por fin escuchamos la voz de mamá.
"... La semana que viene, ¿de acuerdo, Sweeney?"
"Sí".
Mamá apareció junto a su cliente. Era el hombre más curioso que jamás he visto.
Su pelo negro era toda una maraña salvaje, con una mecha blanca a través de los mechones de pelo. Su cara era pálida y bajo sus ojos había unas profundas ojeras, como si no hubiera dormido una sola noche en las últimas semanas. Parecía hermoso, pero torturado.
Al vernos, mamá sonrió.
"Emma, Lucy", dijo.
Al oír mi nombre, Sweeney, quien estaba de pie junto a la puerta, se volvió y me miró.
Sus ojos, de un marrón tan oscuro que casi parecían negros, me miraron con incredulidad.
Ajena a su reacción, mamá siguió hablando.
"Es genial que conseguiste el trabajo, Emma. Estoy tan orgullosa de ti."
Emma sonrió. "Lo sé, ¿verdad? Probablemente no habría ido allí de no ser por Lucy."
Sweeney, que seguía mirándome, frunció el ceño y miró hacia otro lado. Lo miré al tiempo que él abrió la puerta y se marchó.
"¿Quién era ese, mamá?" pregunté en voz baja, sin dejar de mirar el lugar en el que él estaba previamente situado.
"Ese era Sweeney Todd, uno de mis clientes."
Después de recoger sus pertenencias de la oficina, mamá nos guió fuera, hacia el coche. Emma se sentó en la parte delantera, al lado de mamá, y las dos comenzaron a hablar sobre el nuevo trabajo de Emma como camarera.
Yo, sin embargo, no podía mantener mi mente alejada de Sweeney Todd.
¿Por qué reaccionó de ese modo al oír mi nombre?
"Tal vez porque eres especial", dijo Claire, provocando que saltase ante el sonido de su voz. Tuve la suerte de que ni mamá ni Emma lo notaron. De mala gana me giré y vi a Claire sentada a mi lado.
"¿Qué?" Susurré, sin apenas mover los labios.
Ella sonrió. "Eres especial, Lucy. ¿No te lo he dicho siempre?"
Cerré los ojos con fuerza.
Cuando los abrí de nuevo, Claire ya no estaba allí.
