La tímida llama que se dedicaba a quemar lentamente el palo de madera, que colgaba de una de las paredes que formaban el amplio y largo pasillo, se vio azotada por el leve movimiento de aire que la gabardina color ocre de cierta pelimorada realizó de ese modo amenazando con poderío apagar a la pobre antorcha, pero como si de un milagro se tratara, la intensidad y luz de ésta pudo con la fuerza del abrigo, así pudiendo sobrevivir a tal cosa.
Al final del pasadizo, los dos ninjas pudieron percatarse de la existencia de una habitación, pues la puerta de madera, desgastada y quebrada, resaltaba de la pared de piedra. Entonces, ellos intercambiaron miradas durante unos segundos para después afirmar levemente con sus cabezas. Al situarse enfrente de la plancha marrón, la Mitarashi la abrió con cuidado y, después de verificar que no había ningún peligro al acecho, decidió llevar al peliplateado hasta la pequeña cama individual que se encontraba en un rincón de la habitación.
—Cuidado, Hatake. —susurró la ojicaramelo después de haber dejado al shinobi sobre el mullido colchón.
—Parece ser que Orochimaru les otorgaba ciertas comodidades a sus subordinados. —comentó el ninja copia dejando reposar su cabeza sobre la almohada mientras seguía presionando la herida del costado con el ya ensangrentado trapo que minutos atrás había cogido de la tienda de campaña del escuadrón de inteligencia, del cual Anko era la capitana.
—Se ve que no cambió…—musitó por lo bajo la mujer desviando su mirada hacia un lado de ese modo siendo capaz de analizar la estancia con más detenimiento.
El cuarto no es que fuera muy grande, sino que tenía el suficiente espacio como para proveer y proteger de alguna manera al que vivía en su interior. Sonrió débilmente al recordar la habitación en la que ella vivió durante un año cuando aún era subordinada del sannin, la primera para ser exacta.
Cerca de la cama había una mesita de noche, vieja y sucia…la suya estaba igual, pensó ella. La diferencia de ese cuarto con el suyo era que ahí no había montañas de libros, contenido del cual trataba sobre puro y tradicional kinjutsu, es decir, una gran arma para matar de ese modo resultando lo suficientemente letal como para deshacerse de cualquier enemigo y así poder realizar las misiones con éxito.
No obstante, ella siempre intentó no usarlos porque en el fondo, muy en el fondo, no quería hacer daño a nadie por una simple misión. Aunque Orochimaru, terco como él solo, insistía en el uso de esos jutsus, por lo que la chica se vio obligada a hacerlos cuando estaba cerca del sensei. La Mitarashi cerró sus puños lo más fuerte que pudo al pensar en todo el daño que habría hecho a gente inocente, pero lo peor de todo era que no podía recordar nada de nada, de ese modo sintiéndose aún más miserable y asesina de lo que ya se sentía.
—Anko…mis heridas están... —llamó la atención el poseedor del Sharingan de ese modo provocando un leve respingo por parte de la mujer, que desvió su cansada mirada hacia el cuerpo de él.
Kakashi sabía que ella estaba dándole vueltas a su pasado cada vez que se quedaba mirando fijamente a un objeto de manera aleatoria, pero quería alejarla de esos pensamientos tan agonizantes. Por eso decidió que llamar su atención con otro tipo de temas sería lo más conveniente para el psique de la pelimorada, que no dudó en acercársele para después coger un kunai y rasgar el chaleco y camiseta del peliplateado. Él quedó boquiabierto al ver el poco reparo que había tenido la kunoichi al romper sus sucios y ensangrentados ropajes.
—No me mires así, Hatake. Si no lo hago de esta manera, me dificultas la curación. Te recuerdo que el jutsu que Tsunade-sama me enseñó es muy básico y la ropa representa una capa más que el chakra de curación tiene que superar. —dijo la chica con sabiduría y ocasionando una sonrisa en el hombre.
—Está bien, haz lo que tengas planeado. —dio permiso el ojiazabache sin dejar de observar a la del moño.
Entonces, sin más preámbulo, Anko se dispuso a realizar diversos sellos con ambas manos para después acercarlas hasta la herida más profunda que el peliplateado tenía en su costado. Acto seguido y como si de arte de magia se tratara, una incandescente luz verde comenzó a emanar de las manos de ella de ese modo introduciéndose en la piel y sangre del shinobi.
—Este jutsu permite la regeneración del tejido, por lo que irá perfecto para que, al menos, la herida sane por dentro. —informó la kunoichi sin dejar de concentrarse en su tarea, pero de un momento a otro un fuerte pinchazo arremetió contra el brazo izquierdo de la mujer ocasionando un leve quejido por su parte.
— ¿Estás bien? —inquirió el peliplateado al observar cómo, durante leves segundos, la luz verde había disminuido su intensidad y efectividad.
—Sí, sólo es el jodido veneno que no me deja tranquila. —se quejó la ojicaramelo desviando su mirada durante unos instantes hacia su brazo.
— ¿Veneno? ¿De qué hablas? —inquirió el shinobi extrañado al no saber de qué le estaba hablando su compañera, que entrecerró ambos ojos intentando olvidarse del dolor y concentrarse en realizar el jutsu bien.
—Un momento…—pidió la pelipúrpura dando la impresión de que ya estaba por terminar, pero se vio obligada a parar, pues ella misma sabía que su almacén de chakra aún no estaba del todo lleno, por lo que aún no podía forzarse demasiado.
Respiró con pesadez debido a la fatiga, por eso decidió sentarse en el filo de la pequeña cama, de espaldas al Hatake. Respiró hondo y cerró sus ojos a la vez que se secaba con la manga de su desquebrajada gabardina las pocas gotitas de sudor que resbalaban por su cuello y frente de ese modo ganando tiempo para reponer energía.
—Anko, no tienes el porqué hacerlo. Creo que puedo bastarme ahora con vendas, así que…
—Ya te he dicho que no, joder. No podrás combatir si estás hecho una mierda, además tu reputación va a irse al carajo si un simple ninja te derrota. —replicó la mujer medio volteando su rostro y clavando su dura mirada sobre la de él, que se limitó a mantenerse en silencio.
Después de decir esas palabras, la chica volvió a levantarse para repetir lo mismo que hace unos minutos de ese modo terminando de curar esa dichosa y molestosa herida, la cual ya solo mantenía una fina costra sobre la piel del hombre.
—Gracias, Anko. —agradeció el peliplateado sonriendo con honestidad.
—Voy a explorar un poco.
—Voy contig-
— ¡No! —dijo alterada—No te muevas aún…las demás heridas podrían empeorar. —aconsejó la kunoichi sin haber sonado muy convincente con ese pésimo argumento. Pero al ver la cara de confusión y poco convencimiento por parte del hombre, la ojicaramelo no tuvo más remedio que buscar una alternativa para que él no la siguiera. —Mejor quédate aquí y descansa. Allí fuera hace frío para un malherido y debilucho como tú. —finalizó la kunoichi quitándose su gabardina y colocándola sobre el cuerpo del peliplateado de ese modo quedando ella sólo en su falda y malla de rejilla.
El ninja copia en un principio se hubiera centrado en el cuerpo de la Mitarashi, pues era imposible no fijarse en aquella escultural figura deseada por más de uno. No obstante, fue el brazo inflamado de la mujer lo que llamó su atención. Sabía que le dolía y precisamente ese hecho lo hacía sentir como un inútil porque él no conocía ningún jutsu curativo, y sabía que Anko no podría lidiar con esa mordedura de serpiente, pues no era capaz de deshacer el veneno que seguro ya estaría esparcido por todo su cuerpo.
La Mitarashi salió de la habitación con decisión, pero fue cerrar la puerta y dar dos pasos cuando se vio obligada a apoyarse contra la fría y húmeda pared debido a los constantes mareos que estaban atacando a todos sus sentidos, incluido el del equilibrio. Respiró con pesadez, pues no sólo era la mordedura lo que la atormentaba, sino que había otras heridas que agravaban su malestar.
Aún así no quería entrar en la habitación y que el ninja copia se lamentara de ella debido al poco aguante que estaba teniendo por culpa de esas jodidas heridas. No quería que precisamente fuera él quien la viera en ese pésimo estado, pues ya eran demasiadas las veces que había tenido que tragarse su gran orgullo. Y eso ya se había acabado.
—Necesito antídoto…debo encontrarlo, sino…creo que me voy a…—ya no podía soportarlo.
No era capaz de dar un paso más y su corazón no dejaba de despotricar contra su pecho dándole la impresión que en cualquier momento se le saldría por la boca. Su cabeza estaba dando vueltas y lo peor de todo era que la mujer no podía controlar los actos que estaba viviendo su cuerpo, le era imposible relajarse. Su pulso se aceleró en cuestión de segundos mientras que un calor abrasador comenzó a inundarla de ese modo provocando una insoportable quemazón en el interior de sus entrañas.
Un quejido se liberó de sus labios.
La vista se comenzó a emborronar y las piernas decidieron ir en contra de su voluntad, por lo que empezaron a flaquearle hasta el punto que no sabía bien si seguía de pie o se estaba cayendo. Si era lo segundo, seguro sería doloroso…pero en fin, ya le extrañaba haber durado tanto. Cerró sus ojos a la espera de quedar inconsciente, pues el veneno de la serpiente le había ganado la partida. Maldijo en voz baja porque otra vez él iba a ser la persona quien la encontraría en el suelo, inconsciente…como siempre.
—Cómo el veneno…ha podido conmigo y…el sello no…—sonrió al saber que al menos había salido vencedora en cuanto a la marca de la maldición, aquel tenebroso dibujo que la había atormentado y torturado durante años, pero al menos le reconfortó saber que su fuerza había sido superior a la de ese maldito sello.
Otro gemido de dolor escapó de su interior.
Sabía que iba a caer, no obstante ya no valía la pena luchar por levantarse porque al fin y al cabo no merecía seguir viviendo con todos los errores que había permitido que se adentraran en su vida. Deseaba que, al menos, alguien la recordara cuando ya hubiera desaparecido desde el silencio.
"Un placer haberte salvado, Hatake" fue lo último que pensó antes de cerrar por completo sus orbes color caramelo.
Pasaron unos minutos y, la verdad, Anko nunca hubiera esperado que el suelo fuera tan cómodo y blando. Sonrió débilmente al saber que ya había llegado a otro lugar lejos del mundo de los vivos, y es que era mejor no estorbar en un sitio donde a lo mejor la gente lograba alcanzar la felicidad, cosa que ella se había quedado en el intento.
—Un poco pronto para morir, ¿no crees? —la voz masculina penetró en sus oídos con suavidad haciendo que un leve cosquilleo la recorriera de arriba abajo.
En un principio, la mujer creyó que el infierno la había recibido con los brazos abiertos, pues nunca había esperado ser bien acogida por los ángeles, guardianes del cielo. Pero cuando fue capaz de entreabrir sus perezosos ojos pudo ver que no era Satanás el que precisamente la estaba cargando en brazos con sumo cuidado.
—No me agradaría presenciar en estos momentos tu muerte, la verdad. —se sinceró el hombre honestamente comenzando a caminar hacia sabe sólo él dónde.
Los ojos de la chica volvieron a cerrarse seguido de otro quejido más debido a las muchas magulladuras que su cuerpo tenía, aunque cuando se acordó del veneno, la Mitarashi achacó todos sus males a dicha sustancia, que seguro se estaba encargando de molestarla en esos instantes.
— ¡Tú…cómo te atreves…a…
—Me parece que no es el momento de ser arisca, Mitarashi. —le echó en cara el Hatake sin dejar de clavar su mirada hacia delante, pues llevaba el Sharingan activado por si algún ser les acechaba, entonces poder esquivarlo con más facilidad.
—Cómo…te atreves a…ponerte mi…gabardina…—terminó de hablar como pudo la mujer cogiendo el cuello del abrigo a duras penas con su mano derecha, que estaba pegada al cuerpo de él, de ese modo obligando al ojiazabache a acercar su rostro al de ella y así poder intercambiar miradas. Por parte del shinobi fueron de puro desconcierto mientras que por parte de la kunoichi fueron completamente asesinas.
—No deberías sulfurarte de esta manera. —aconsejó en voz baja el peliplateado sintiendo perfectamente la acelerada respiración de ella debido al inútil control que estaba intentando aplicar al ver cómo su querido abrigo se había ensanchado por culpa del hombre.
—Bájame…—ordenó la Mitarashi acto seguido de haberse separado del rostro de él, ya que cuando quiso darse cuenta, las distancias que habían mantenido en esos breves segundos habían sido casi nulas y algo comprometedoras. Aunque claro, en esos momentos ella no había pensando en tal cosa, por lo que simplemente se dejó llevar por su ira.
—Lo siento, pero no. Tú no estás en condiciones de caminar.
—Hatake…, bájame…—de nuevo imperó la mujer con un deje de desesperación mezclada con molestia intentando sonar educada, pero la situación y el comportamiento tan pasivo del peliplateado realmente estaban comenzando a agotar su paciencia.
—Si te llevo será más rápido para los dos llegar a algún laboratorio para poder encontrar algo y así poder curar tu brazo. Así que no insistas más. —sentenció el shinobi con la voz impregnada de un leve toque de autoridad, pues no quería ver sufrir más a su compañera.
Hubo un momento en que Anko no paró de refunfuñar por lo bajo y a maldecir a todo lo que pasaba por su cabeza, pero al percatarse por fin de que Kakashi no daría su brazo a torcer decidió que gastar sus energías sería inútil, por lo que cerró su boca y se apoyó en el cuerpo del Hatake, que la estaba cargando estilo marital ya que era mucho más cómodo para él y para ella, de esa manera no haría tanto daño a la pelimorada.
A pesar que el hombre llevaba la gabardina de la chica, ella podía notar cómo el calor que emanaba de la blanquecina piel de él chocaba contra sus mejillas de ese modo encendiéndolas con suavidad hasta el punto en que no se pudo evitar que un bello y, a la vez, vergonzoso sonrojo tintara discretamente su cansado rostro.
¡Por Kami-sama! ¿¡Era idiota, o qué!? Dejarse llevar por la situación estaba resultando ser peligroso y a la vez precipitado para cierta pelimorada. Estaba incómoda ante la presencia del ojiazabache provocando que sus latidos se aceleraran sin motivo, incluso podría jurar que se escuchaban si el silencio se decidía a crecer más, porque claro, sólo eran los pasos del Hatake lo que podía oír…además de su corazón, claro.
Maldijo para su interior. La Mitarashi se estaba comenzando a poner nerviosa y eso la molestaba porque ella nunca, jamás se había visto envuelta en una situación como esa. Obvio que muchos se preguntarían "¿Qué situación es esa, Anko?" ¿¡Acaso no estaba claro!? Ella nunca se había enamorado de nadie, nunca se había ablandado ante ningún hombre, nunca había sentido amor por nadie e incluso juraría que no tenía ni idea de lo que realmente significaba esa palabra.
Sólo fue una vez la que sintió mucho afecto por alguien, pero no amor.
Bufó sonoramente, hastiada de todo. Su vida era un completo laberinto del cual ella ya no estaba tan segura de si poder salir o no. Y para colmo Kakashi se había cruzado en su indeciso camino de ese modo empeorando las oportunidades de poder aclarar su mente y organizar su vida.
Aún así…se sentía bien, en el fondo.
—Creo que hemos llegado, o al menos hemos encontrado algo que se parezca a un laboratorio. —informó la voz del shinobi de ese modo rompiendo el silencio y llamando la atención de Anko, que se había visto inmersa en algún que otro incierto pensamiento.
— ¿Entonces a qué esperas? Entra ya. —respondió con sequedad y bordería la ojicaramelo desviando su mirada hacia la gran sala a la que habían llegado.
Kakashi pasó de largo la respuesta de la kunoichi, pues ya estaba acostumbrado a discutir con ella por nada e incluso a vivir intensas peleas verbales de las cuales pocas veces ella salía victoriosa. Entonces, cuando a la Mitarashi ya no le quedaban más insultos, se estresaba y siempre amenazaba con, según ella, clavarle los libros Icha Icha por su culo. Rió ante el recuerdo de tales situaciones.
Sin avisar, el peliplateado subió un poco más a la mujer de ese modo cargando mejor con su cuerpo. Pero a cierta pelimorada pareció resultarse no muy gracioso y es que, cuando ascendió, un hormigueo vertiginoso se concentró en su pecho de ese modo causándole un repelús por su espalda, pues no se esperaba el brusco movimiento por parte del shinobi.
— ¿Sorprendida? —inquirió divertido el peliplateado a la vez que esbozaba una risueña sonrisa en su hermoso rostro haciendo que a cierta ojicaramelo se le subieran los colores a las mejillas, y es que aunque tuvieran sus desavenencias, Anko no podía negar que el hombre que la estaba sosteniendo era un auténtico Casanova que era capaz de robar con astucia y rapidez cualquier corazón femenino, y lo peor de todo era que el suyo propio estaba siendo amenazado por las continuas insinuaciones que él estaba ejerciendo sobre ella.
—No seas estúpido, Hatake. Y deja de mirarme, no tienes derecho a hacerlo. —exigió con altanería la examinadora de los exámenes chunnin sosteniendo con dificultad la pasiva mirada del ninja copia.
—Vaya, y qué pasa si decido seguir mirándote, ¿vas a atentar contra mi vida? —retó con descaro el ojiazabache mientras se adentraba en el laboratorio.
En un principio Anko pensó que era estúpido al intentar vacilarla, aunque después… ¡Ya basta! La ojicaramelo decidió jugar con las palabras para así desconcertar al shinobi, que se las traía de listo con ella. No obstante parecía ser que el Hatake desconocía que podría resultar malparado si llegaba a incordiar a cierta pelimorada.
—Como sigas así de pesado, voy a atentar contra una cosa que suele desobedecer a su poseedor cuando una mujer se vuelve un tanto…mala. —dejó caer con picardía la Mitarashi sobre el oído del peliplateado provocando que un molesto escalofrío recorriera la médula de él.
Aprovechando que el shinobi tenía la guardia baja, a la kunoichi le bastó con moverse un poco como para lograr posar sus pies sobre el suelo y así conseguir deshacerse del agarre.
— ¿…mala…?—atinó a decir el ninja copia frunciendo el ceño mientras pensaba en unas cuantas situaciones de su amado libro Icha Icha y seguía con su confusa mirada los pasos de la mujer, que lentamente pero con decisión fue adentrándose a la gran y tétrica habitación, apreciando cada uno de los muchos detalles que había en la estancia.
Zarandeó bruscamente su rostro intentando borrar cada detalle de sus pervertidos pensamientos. Aunque claro, ver a Anko vestida de diosa del infierno no estaría nada mal. Demasiado excitante para su persona "Suficiente, Kakashi." Se obligó el shinobi, pues en el fondo no estaba bien pensar así de una amiga, pero…¡por Kami-sama!, se trataba de Anko Mitarashi, la mujer que miles de veces había pescado fácilmente su corazón. El Hatake simplemente suspiró con resignación.
Una vez ya dentro, los dos ninjas pusieron más atención a su alrededor para estar preparados por si algo o alguien les sorprendía para mal, y es que no debian bajar la guardia porque el sitio donde se encontraban no era ni más ni menos que una de las muchas guaridas de Orochimaru.
La oscuridad se vió disipada en cuestión de segundos en el momento en que Kakashi se decidió a pulsar uno de los interuptores que se encontraban en la pared, casi escondidos con esmero en ésta. Entonces, la timida luz que se activó comenzó a parpadear hasta lograr mantenerse encendida de ese modo iluminando a duras penas la habitación, aunque la mesa del centro fue la que quedó más afectada por el leve brillo que emanaba de aquella desgastada bombilla.
Las paredes que conformaban la sala estaban perfectamente camufladas gracias a las muchas estanterias llenas de libros y diversos artilugios de laboratorio para llevar a cabo las mezclas de substancias, entre otras cosas. Además era fácil caerse al suelo y cortarse por culpa de algunas botellas de cristal rotas que había esparcidas por éste.
—Los antídotos deberían estar en algún cajón, así que podemos empezar a buscar por los de las estanterías. —propuso el peliplateado mientras observaba con más detenimiento el contenido de alguno de los libros que se encontaban apilados en un estante, pero volteó de seguida al escuchar el ruido del choque de varios objetos de cristal.
Entonces pudo observar como Anko estaba cargando con un par de vasos de precipitados junto con unos cuantos botes que llevaban sabe Kami qué sustancias. Acto seguido lo dejó todo sobre la mesa del centro y se sentó en uno de los taburetes de madera dispuesta a llevar a cabo el plan que tenía pensado. En ese momento, Kakashi palideció y la expresión que en esos momentos decoraba su cara era todo un poema.
— ¿¡Se puede saber qué estás haciendo!? —se alteró el ninja copia dirigiéndose rápidamente hacia la mesa y posicionándose al lado de la kunoichi, que rodó sus ojos al ver lo asustado que se había puesto su compañero ante tal cosa, normal para ella.
—Es obvio. Voy a preparar el antídoto. —respondió con total tranquilidad la Mitarashi abriendo uno de los botes que contenía un líquido de color extraño, pero de repente cierto peliplata se lo arrebató rapidamente de sus manos y se acercó el bote a su nariz con precaución.
—Definitivamente tú estás loca. — dijo el ninja apartándo el bote de su nariz, pues fue oler el aroma que emanaba del interior y palidezer más de lo que ya podía.
—No tengo alternativa, pero no te preocupes. No es la pimera vez que me inyecto algo improvisado y que he preparado yo misma. —dijo la kunoichi restándole imortancia a la situación, aunque pareció que a él le afectó de manera diferente, pues sus ojos quedaron en blanco durante unos instantes a la vez que su labio inferior temblaba levemente.
— ¿Me estás diciendo que no tienes ni puta idea de cómo hacerlo y aún así vas a pinchártelo? —volvió a preguntar el ninja copia casi con la voz que le temblaba mientras un tic nervioso se apoderaba de su ojo azabache, y es que era imposible asimilar la gran sandez que iba a hacer aquella mujer.
—Exactamente... —dejó caer la ojicaramelo volteando su rostro hacia él de ese modo encontrándose con la traumática expresión del hombre. —Te ha costado pillarlo, ¿eh? —terminó diciendo en tono divertido sonriéndole ámpliamente para después guiñarle un ojo intentando tranquilizarle, y es que parecía como si le fuera a dar un ataque al corazón.
—Anko, no sabes que estás haciendo. Tu vida peligra ya bastante como para que la empeores. —musitó el ninja copia angustiado por la salud de la chica, que ladeó levemente su cabeza al escucharlo.
—Tranquilo, Hatake. Está todo controlado. —habló la Mitarashi volviendo a prestar atención a los diversos botes que se encontraban dispersos por la mesa junto con los otros objetos de cristal que la kunoichi había cogido para llevar a cabo su própio experimento.
— ¿Piensas que estás jugando a las cocinitas? Pues no, esto no va así. —le recriminó el ninja copia arrebatándole con posesión todos los cacharros de laboratorio de ese modo ganándose una mirada puramente asesina por parte de ella.
— ¡Qué crees que estás haciendo, Hatake! Dámelos ahora mismo, no voy a repetirlo dos veces. —demandó la kunoichi levantándose del taburete y encarando al shinobi, dispuesta a recuperar todos los objetos que él le había robado.
—No, ni lo sueñes. —Replicó el hombre— Debe haber otra alternativa para curarte. —insistió él destrozando todos y cada uno de los intentos que probaba ella por conseguir otra vez los dichosos botes, aunque se estaba comenzando a cansar de la actitud que estaba demostrando tener el peliplateado.
— ¡Hatake, no tengo tiempo que perder! ¡Suéltalos, ahora! —vociferó la kunoichi enfurecida y harta de las impertinencias de él, que se mantuvo pasivo ante la ira de la mujer.
En verdad le fascinaba hacer enfadar a Anko Mitarashi y poder presenciar cómo su furia lo rodeaba como si fuera un aura maligna, pero a la vez era de lo más agradable haciendo que esa sensación se convirtiera en una insana adicción de la cual él no era capaz de rechazar. Además daba la impresión que los ojos color caramelo de la dama de las serpientes iban a prenderse como dos bolas de fuego, aunque eso daba igual porque Kakashi estaba dispuesto a presenciar tal cosa si se daba la ocasión.
Durante unos instantes, el silencio se hizo en la sala mientras que ambas miradas de los ninja chocaban violentamente de ese modo peleando por el premio a "Mejor intimidación", pero era de esperar que Anko comenzara a maldecir a todo lo que se cruzaba por su retorcida mente.
—Será mejor que los sueltes si aprecias tu vida, Hatake. —no le quedó otra opción que amenazarle si quería conseguir algo, pero era imposible, Kakashi no quería dar su brazo a torcer.
Entonces no le quedó otra opción que agarrar al hombre por el cuello de su propia gabardina que aún llevaba puesta, de ese modo acercándolo hacia ella e intentando que se diera cuenta de lo mucho que tenía por perder si no le hacía caso. Aunque como si de una mota de polvo se tratara, Kakashi ignoró completamente el comentario de la pelipúrpura a la vez que desviaba su mirada hacia otro lado.
Ya no quería escuchar más amenazas y, aunque sabía que el tiempo corría y Anko podía salir lastimada, no quería volver a ver cómo la mujer que se encontraba enfrente suya sorteaba una vez más a la muerte, y es que ya era sufuciente preocupación la que le estaba haciendo pasar como para que se arriesgara una vez más. Muchas veces llegaba a pensar que esa mujer era una inconsciente, imprudente, impulsiva...en resumen, un completo kamikaze.
Aún así...su mirada, decidida y segura de si misma, le infundía, por raro que pareciese, confianza. El Hatake respiró hondo sin saber qué decir ni qué hacer, si dejarla hacer o seguir llevándole la contraria de ese modo arriesgándose a entablar una desagradable discusión.
Anko resopló con desgana, y es que el peliplateado no le decía nada. Entonces pensó que a lo mejor él quería que se lo pidiera con educación, pues ella sabía lo señorito que podía llegar a ser ese hombre.
La Mitarashi paseó su furiosa mirada por el cuerpo del shinobi intentando buscar con sus ojos los botes que se encontraban atrapados en las manos enguantadas del ninja copia, pero cuando quiso darse cuenta olvidó que la conocida gabardina color ocre que llevaba puesta él no cubría del todo su desnudo pecho, y a eso debía sumarle que ese engreído no llevaba su típica máscara, por lo que Anko ya no estaba tan segura de si en esa habitación estaba haciendo más calor de lo normal o era su tensión la que estaba por las nubes.
Por Kami-sama, ese hombre era…era…pues como era. Qué le iba a hacer ella si Kakashi Hatake estaba siendo capaz de hacer estallar cada rastro de cordura que ella estaba intentando mantener a salvo. Si no fuera porque tenía dignidad, ya se hubiera decidido a besarlo.
Aunque a la vez lo odiaba por querer siempre ser el protagonista en todo, todas las veces él tenía que tener la razón en cualquier asunto, además de ser un creído al no presumir por tener tantas admiradoras secretas y no tan secretas, ¡Por favor, cualquier hombre se pavonearía de tener toda una hilera de mujeres a la espera de escuchar al menos un "Buenos días" de su parte!
¿Y ella? Como siempre, tan subnormal de seguirle los juegos de palabras cuando discutían, porque parecía que esa era la única manera que existía para que estuvieran juntos durante escasos segundos. Mentalmente, la pelimorada se tiró de los pelos al recordar las pocas veces que había salido vencedora de esas batallas campales y lo mucho que disfrutaba su compañero al verla echando humo por su nariz.
—Puede ser peligroso. —se decidió a hablar el peliplata de ese modo quebrando por la mitad al silencio, que se había hecho dueño de la habitación.
No obstante, el peliplateado enderezó su espalda y con lentitud fue dejando uno a uno los objetos de cristal sobre la mesa para después clavar su mirada sobre la de la chica, que estaba asombrada de ese repentino cambio de actitud, ¿acaso realmente quería que muriera si había un error en la mezcla? ¡Hombres que no saben lo que quieren! ¡Así era Kakashi!
—Confiaré en ti, pero…por favor, prométeme que estás segura de lo que vas a hacer. —pidió el shinobi posando ambas manos en los hombros de la kunoichi, que pegó un respingo al notar su presencia demasiado cerca suya.
Y aunque Anko ya pensaba que se apartaría de su lado para dejarla proseguir con su experimento, perfectamente pudo sentir cómo el calor que emanaba del blanquecino y uniformado torso del hombre la envolvía aún más de ese modo encendiendo progresivamente sus mejillas hasta que, desgraciadamente y muy en contra de su compostura, se sonrojaron levemente.
Finalmente, las enguantadas manos del peliplateado terminaron por estar encima del respaldo de la mesa, pero lentamente fueron deslizándose por la superficie de ésta de esa manera dejando a una Anko completamente bloqueada entre el cuerpo de él y el mueble de madera mientras que la cálida y tranquila respiración del Hatake atentaba peligrosamente sobre su oreja haciendo que cada milímetro del cuerpo de la dama de las serpientes se estremeciera ante tal agradable sensación.
Entonces, Anko cerró sus ojos.
Maldición…maldición…maldición…no puede ser…Después de todo, Kakashi era tan protector con ella que no sabría con exactitud si podría escapar de todo él otra vez.
Continuará…
