En el capítulo anterior…
Entonces, Anko cerró sus ojos.
Maldición…maldición…maldición…no puede ser…Después de todo, Kakashi era tan protector con ella que no sabría con exactitud si podría escapar de todo él otra vez.
Capítulo 3:
Otra vez. Otra vez, no. Demasiado cerca…demasiado atrevido…otra vez demasiado misterioso. No sabía qué estaría pensando el ninja copia en esos momentos para comportarse de ese modo tan cariñoso con ella, aún así Anko podía intuir que si estaba demasiado cerca suya sería por algo. No es que quisiera ser malpensada, pero en esos instantes su mente no dejaba de dar vueltas, y lo peor de todo era que si ese hombre continuaba tan cariñoso ella misma no podría evitar caer en ese juego.
Sólo una vez había sentido demasiado afecto hacia un hombre, aunque el tiempo transcurrió excesivamente rápido que ni tan siquiera pudo despedirlo antes de que dejara este jodido y macabro mundo. En ese entonces un gran vacío se apoderó de ella haciendo que por primera vez cierto peliplateado la viera con la cabeza gacha y con miles lágrimas recorrer su destrozado rostro.
Flash back…
Lluvia. Lluvia. Más lluvia. Parecía ser que no quería cesar haciendo que tanto los alrededores como el sitio donde ella se encontraba, totalmente quieta, se vieran encharcados debido a esas pequeñas flechas acuáticas que amenazaban constantemente con caer hasta que lograban chocar con decisión sobre el mojado suelo.
Tenía frío. Su ropa estaba totalmente empapada y su cuerpo podía sentir cómo la gélida brisa se filtraba por su piel hasta calar hondamente en sus huesos y entrañas. Aún así era mejor sentir el frío que no el vacío y dolor que en esos instantes martilleaban con fuerza y con violencia su mente y corazón. Sí, corazón. Ella también tenía uno, aunque no lo pareciera.
Lo peor de todo era que sólo él lo había podido apreciar, pero ahora ya no estaba. Se encontraba descansando en un lugar imposible de alcanzar para la kunoichi, que agarraba con fuerza y tensión el tallo de una hermosa rosa blanca. No obstante, los empapados pétalos de la flor iban cayendo uno a uno al verse impotentes ante la poderosa lluvia. Pero ella no iba a irse como los pétalos de la rosa, al contrario, la pelimorada iba a quedarse el tiempo que hiciera falta enfrente de esa dichosa tumba, o al menos hasta que la lluvia cesara, pues no quería dejarlo sólo ante la fuerza del agua.
La sangre corría libremente por su mano, mezclándose con los caminos del limpio y puro fluido que se deslizaba por su chaqueta negra hasta que, irremediablemente, se precipitaba sobre el duro y húmedo suelo, de ese modo manchándolo del color más rojo que la hierba nunca hubiera podido apreciar. La chica sentía cómo las espinas iban clavándose macabramente en su blanquecina piel, igual que la oscuridad abismal que en esos momentos estaba destrozando descaradamente su alma.
Desvió su cansada mirada hacia la grisácea cúpula que se atrevía a aparecer sobre la chica, que se vio obligada a cerrar sus acaramelados orbes al notar cómo las dichosas y molestas gotas los amenazaban. Pero nunca hubiera imaginado que el atrevimiento pudiera resultar tan molesto, incluso si se trataba de brindarle cierta comodidad.
—Vete. —dijo la chica de un susurro entreabriendo sus ojerosos orbes mientras dejaba que el agua corriera libremente por su rostro.
Sus pasos iban acentuándose de cada vez más en el momento en que decidió acercarse a la tumba que estaba siendo observada por cierta pelipúrpura. Sigilosamente se situó al lado de la chica sin dejar de mantenerse en silencio, aunque de un momento a otro se movió para acercarse aún más a la lápida dejando cuidadosamente dos rosas blancas, para después incorporarse y, sin preámbulos, meter sus manos en los bolsillos de su empapado pantalón negro.
—He de suponer que nunca escuchas lo que dicen. —habló la Mitarashi manteniendo la seriedad en su voz y rostro. No tenía ganas de discutir.
—Lo dices por mi…o por ti. —respondió el chico con pasividad, intentando dejar a la chica de su lado sin nada que decir.
En efecto, la kunoichi se silenció. No podía decir nada, no era capaz de hablar. Se sentía una miserable y una hipócrita, una auténtica mierda. Ella era la única culpable de la muerte de su mejor amigo, aquel que había intentado ayudarla a superar todos sus traumas y que se había mantenido siempre a su lado.
—Como sigas así, vas a destrozarte la mano. —se vio obligado a hablar el chico de la máscara oscura al ver cómo el tallo de la rosa que sostenía ella estaba cortando su blanquecina y mojada piel.
Seguía sin hablar. Simplemente apretó más a la flor, aunque esa vez no transcurrieron ni dos segundos para que pudiera sentir como las espinas se clavaban violentamente en su mano, pues se vio frenada por la mano enguantada de cierto shinobi, que sin pensárselo dos veces agarró la tensa muñeca de la ojicaramelo.
—Un ninja puede hacer poco sin sus manos. —comentó suavemente el chico abriendo cuidadosamente la mano de la mujer, que quedó perpleja ante la osadía del ninja copia.
Intentó no hacerle daño, aunque le resultó un tanto imposible debido a la herida que había perforado la carne de su extremidad. Un quejido escapó de los labios de ella, aunque se silenció de inmediato ya que no deseaba expresar más debilidad de la que ya había mostrado.
Inmediatamente, el Hatake se quitó su banda ninja y, colocando la chapa metálica en la parte externa de la extremidad, cubrió con la tela de ésta la palma herida, que no paraba de sangrar el líquido carmesí que estaba tintando sin parar el mojado suelo.
—Por qué no lo salvaste…—atinó a decir la Mitarashi con desolación a la vez que agachaba su cabeza hasta clavar su apenada mirada en la tumba.
—Porque te salvé a ti. —se sinceró el peliplata sin dejar de observar a la chica.
Ya no lo soportaba más. Sentía cómo el nudo que tenía en su garganta iba apretando más sin importar absolutamente nada provocando que, como si de una hoja de doble filo se tratara, la tristeza se atreviera a atravesar con violencia todo su cuerpo hasta dejarlo prácticamente acribillado.
En esos momentos, ella tendría que ser la que estuviera enterrada bajo todo esa condenada tierra pagando por todas las insensateces que se había atrevido a hacer, poniendo en peligro la vida de sus compañeros. Pero por desgracia esa vez no había salido todo el mundo ileso, sino que su mejor amigo se había sacrificado por ella, por la persona que lo había llevado hasta la muerte.
No obstante, sí que también podría haber abandonado este mundo de no ser por las arriesgadas acciones que realizó el hombre que en esos momentos se encontraba junto a ella observando la tumba de su querido amigo. En efecto, el peliplateado la salvó a ella en vez de a su amigo, ¿Por qué? no lo sabía…no sabía si perdonar aquella reacción, por muy valiente que hubiera resultado ser.
Se sentía totalmente incapaz de hablar porque sabía que si lo hacía, toda la rabia que sentía afloraría como si de un rio cargado de agua se tratara. Aunque, por otra parte Kakashi no tenía culpa de nada, sino que en el fondo sabía que tenía que agradecerle que hubiera arriesgado su propia vida por salvar la suya, pero en esos momentos se vio totalmente bloqueada.
—Te doy mi más sincero pé-
— ¡Desgraciado! ¡Tenía que salvarse él, no yo! —cortó de inmediato la chica de un desgarrador bocinazo a la vez que volteó su rostro hacia el shinobi, que quedó petrificado al observar con atención la expresión que asolaba a la Mitarashi.
Nunca, jamás había visto a Anko Mitarashi tan afectada por la muerte de alguien.
Su cabello, morado y recogido en su típico moño, en esos momentos estaba totalmente despeinado permitiendo que varios mechones se precipitaran con rebeldía por su desolado rostro, de ese modo intentando esconder todo el dolor que estaba impregnando a la kunoichi.
No obstante era imposible. Su ojo color azabache se clavó con lástima y angustia sobre los suyos, que reflejaban total pesadumbre bajo la fina y húmeda tela que cubría sus entristecidos orbes debido a las muchas ganas de llorar que tenía, pero el Hatake también sabía que a ella le costaba demasiado expresar sus sentimientos, por lo que no esperaba que se desahogara tan pronto.
—Sólo hice lo que debía. —dijo el shinobi con seriedad a la vez que desviaba su mirada, pues le dolía demasiado seguir observando a la chica.
—Lo que debías o lo que querías—dejó caer la pelimorada mientras se mordía su labio inferior y así poder evitar que sus sentimientos la traicionaran. No hubo respuesta por parte del ninja, que ni se atrevió a mirarla a los ojos.
Él nunca fue idiota.
Sabía que ese chico había amado con todas sus fuerzas a la kunoichi y entonces supuso que ella también lo había querido como a ningún hombre. El problema era que Kakashi conocía mejor que nadie a la persona que también había amado a Anko, y lo seguía haciendo. Como no iba a conocerlo si siempre actuaba desde el silencio para que nadie más se percatara de sus sentimientos.
No obstante él lo había descubierto y desde siempre lo supo, porque al fin y al cabo esa persona lo conocía a él y vicevers... esa persona formaba parte de él, él formaba parte de esa persona...porque él era esa persona y esa persona era él...porque eran lo mismo.
El amaba a Anko Mitarashi en mayúsculas, y lo peor de todo era que no tenía lo que hacía falta para decírselo, ¿Por qué? No lo sabía.
—Dímelo... —pidió la chica de un susurro con un deje de desesperación suficientemente entendible para él.
Del mismo modo que antes, no hubo respuesta por parte del ninja.
Flash-back del flash-back anterior….
—No soy imbécil, Kakashi-sempai. —dijo el chico en apenas un susurro forzado debido a la gran dificultad que tenía por culpa de las muchas heridas que su cuerpo tenía.
El Hatake frunció el ceño al no saber exactamente sobre qué le estaba hablando su subordinado, que se encontraba tumbado y a la vez destrozado por culpa de la dura pelea que aún estaban teniendo con los enemigos de otras villas, aunque él no podía permitirse abandonar a su súbdito, pues era de suma importancia que viviera por la felicidad de la chica que ocupaba la mayoría de sus pensamientos.
—No hables, tus heridas van a agravarse. —imperó el peliplateado con voz severa para después coger con cuidado el brazo de su compañero con la intención de levantarlo y poder llevárselo de ese lugar, pero cuando quiso darse cuenta, el brazo del joven estaba agarrando con fuerza el del ninja copia.
—No…, déjeme aquí y sálvese usted. —musitó el castaño deshaciéndose del agarre de su maestro, que sólo se llevaba tres años de diferencia con él.
—No puedo, sería pura basura si lo hiciera. —se sinceró el Hatake sonriendo con nostalgia al percatarse de lo muy presente que se encontraba el recuerdo de su padre en su mente.
—Usted nunca podría ser basura, ni para mí ni para la chica a la que usted ama. —disparó a bocajarro el joven sonriendo honestamente mientras se secaba a duras penas la sangre que se deslizaba de sus labios hasta su barbilla.
La sorpresa golpeó con fuerza el corazón del Hatake mientras él mismo intentaba asimilar lo que su aprendiz le había soltado, aunque resultó demasiado difícil no expresar frustración al haber escuchado que su gran secreto estaba siendo desvelado nada más ni nada menos que por aquel chico, que estaba locamente enamorado de cierta kunoichi de cabello color púrpura.
—No es asunto tuyo a quien quiera yo o a quien deje de querer. Lo mínimo que puedes hacer es callarte y cooperar conmigo para que te ayude a escapar de aquí. —habló con bordería el chico de la cicatriz en el ojo izquierdo a la vez que desviaba su molesta mirada hacia ambos lados de ese modo dándose cuenta del desastre que se estaba liando a su alrededor.
—Tiene usted razón, Kakashi-san. Pero debe saber que yo también quiero a Anko y no quiero que le pase nada malo. —dijo ya más serio el chico de cabello castaño mirando fijamente el ojo color azabache de su profesor, aquel que le había enseñado a ser un ANBU excepcional y a saber diferenciar lo que era justo y lo que no en el mundo shinobi.
—Ahora eso no importa. Tenemos que salir de aquí si no queremos ser aplastados por los árboles.
—Claro que importa. Ella es demasiado import-
— ¡Cállate! —vociferó el poseedor del Sharingan perdiendo los papeles a causa de las sinceras palabras del castaño, pero de seguida logró recuperar el poco control que le quedaba, y es que no sólo era lidiar con ese tema tan personal, sino que también él era responsable de la vida de ese chico y de la felicidad de esa kunoichi, por mucho que no quisiera admitirlo. —Tengo que salvarte…por ella. —dijo el ninja de cabellera plateada cerrando durante unos instantes sus ojos intentando no dejarse llevar por sus sentimientos, pues sólo el raciocinio era el que servía en ese momento si quería que todos salieran vivos de esa dura batalla entre villas.
— ¡Se equivoca, Kakashi-sempai! —habló con dureza el aprendiz del Hatake mientras cogía casi sin fuerza el chaleco del jonnin de ese modo obligándolo a prestar atención a las sinceras palabras que estaba a punto de pronunciar. —Déjeme decirle una cosa, ella es demasiado importante para mí, pero quien se merece compartir su vida con ella es usted, Kakashi-san. —terminó de hablar el joven a la vez que tosía levemente debido a la falta de aire que entraba en sus destrozados pulmones.
Kakashi ya no sabía qué hacer. Conversar sobre eso se le hacía realmente difícil, pues no era su fuerte desvelar todo lo que sentía por la chica que ocupaba el corazón de su aprendiz y de él mismo. Se llevó una mano a la cabeza para después comenzar a masajear sus sienes con el dedo corazón y el pulgar intentando de ese modo calmar el dolor de cabeza que amenazaba contra él.
—Ya es suficien-
Se vio obligado a callar debido a una brusca sacudida que en esos momentos azotó a los dos ANBU por culpa de una inesperada explosión que lanzó Kami sabe quién.
—Escúcheme, llévese a Anko de aquí y manténgala con vida. No me perdonaría nunca que algo malo le pasara a ella y a usted. —dijo el chico apoyando su cabeza en el suelo y cerrando sus ojos, pues el denso polvo que en esos instantes levitaba por su alrededor dificultaba la visión para el herido y algo para el Hatake.
—Creo que a Anko no le haría mucha gracia que-
—Ella le quiere.
Eso ya era demasiado fuerte como para poder sortearlo. Los ojos del Hatake se dilataron levemente debido a la sorpresa que habían causado esas palabras en él. Aunque intentó mantenerse pasivo ante esa declaración, el peliplateado no pudo evitar verse arrollado mentalmente por lo que le acababa de decir su aprendiz.
—Sus críticas hacia usted siempre son duras y severas por parte de Anko, pero yo sé mejor que nadie que lo que realmente siente por usted es admiración y orgullo, además de lo más personal. —Comenzó a explicar el chico respirando con dificultad —Ella aún no se ha dado cuenta de lo mucho que le quiere, pero basta ver la manera tan especial en que actúa cuando usted está cerca de ella. —Prosiguió el castaño llevándose una mano a su ensangrentada cabeza—Me esforcé en hacerle sonrojar, pero nunca conseguí el mismo sonrojo que cuando usted le decía algo embarazoso para ella.
—Te equivocas, ella te quiere a ti. Me es suficiente ver de lejos cómo te trata. —por fin dijo el Hatake viéndose influenciado por la conversación que intentaba llevar a cabo el joven ANBU.
—De lejos no se puede apreciar absolutamente nada. Las apariencias engañan, y usted se ha visto totalmente inmerso en una mentira todos estos años. —reveló el joven desviando su fatigada mirada hacia la copa del árbol donde ellos se encontraban, y es que el cielo no podía apreciarse con nitidez. —Siéndole sincero Kakashi-sempai, intenté enamorarla como pude, pero cada vez que casi lo conseguía, usted volvía a entrometerse en mi camino. Al final, lo único que conseguí con ella fue una unión totalmente física y carnal.
— ¿La obligaste?
—Kakashi-sempai, no voy a darle detalles. Estoy en mi derech-
— ¡Contesta! —demandó con furia el ninja copia agarrando al ANBU por el cuello del chaleco, y es que aunque estuviera completamente herido, Kakashi no iba a pasar por alto lo que posiblemente podría haber pasado entre ese hombre y su compañera.
El orbe color azabache del poseedor del Sharingan parecía como si quisiera salirse de su respectiva cuenca mientras que la respiración del ninja podía oírse incluso llevando esa oscura máscara que tanto lo caracterizaba. No quería ni pensar en cómo había concluido la relación entre ese chico y Anko antes de que toda esa guerra entre villas hubiera dado comienzo, más no podía creer que su aprendiz hubiera forzado a la Mitarashi a hacer algo que por su propia voluntad no deseaba.
El castaño miró fijamente al peliplateado con un deje de miedo al saber en qué estaría pensando su maestro, pues era normal que se preocupara ante el estado de su amiga, pero de seguida una media sonrisa se dibujó en el sucio rostro del aprendiz de ese modo pillando por sorpresa al ojiazabache, que estaba deseoso de escuchar una respuesta negativa por parte del otro.
—Yo nunca le haría daño a Anko, Kakashi-sempai. Usted me ha enseñado muchas cosas y de entre todas, el malherir a un compañero es una de las faltas más graves, ¿no? —musitó el joven apenas de un susurro a la vez que entrecerraba sus ojos, pues las heridas que tenía por su cuerpo le estaban pasando factura.
El charco de sangre que podía verse sobre los dos shinobis de cada vez estaba engrandándose más provocando que la preocupación surgiera de nuevo en el Hatake y que el rencor desapareciera de su corazón. Él mejor que nadie sabía que si ese chico moría, Anko lo pasaría realmente mal así que justamente por eso no deseaba que su aprendiz muriera. Aunque la situación de cada vez iba empeorándose, pues las explosiones por parte de los guerreros no estaban disminuyendo entendiéndose de esa manera que la batalla estaba a punto de llegar a su fin.
—Escúcheme, Kakashi-sempai. Sé que a Anko le va a costar superar el hecho de que yo haya desparecido, pero usted debe cuidar de ella y, sobretodo, me gustaría que la hiciera feliz el resto de su vida. —Comenzó a hablar como pudo después de haber tosido bruscamente por culpa del polvo que estaba respirando— ¿Sabe? Ella no ha tenido una infancia muy buena y justo eso le ha acarreado grandes problemas con la villa y con su misma vida personal. Yo he intentado alejarla del camino de la venganza porque, al igual que yo, creo que usted pensará que ese no es el camino para solucionar los problemas—seguía explicando el compañero del Hatake, pero hubo un momento en que se vio obligado a parar debido al entumecimiento que sintió en su pecho. Las cosas iban empeorando.
— ¡Ey, abre los ojos! —llamó la atención el peliplateado zarandeando suavemente el brazo izquierdo del chico, que anteriormente había cerrado sus ojos por culpa de la fatiga.
—Sálvela del gran abismo en el que está metida…Por favor, ámela con todas sus fuerzas y haga que ella se dé cuenta de lo que siente por usted, si es que ya no lo ha descubierto. —finalizó el aprendiz abriendo con pesadez sus cansados ojos para enfocar borrosamente al preocupado y, a la vez, desalentado Hatake.
El shinobi de plateada cabellera necesitó creer en el sustento de sus propias piernas así como en la resistencia de las mismas para poder sostener momentáneamente a su joven aprendiz antes de dejarlo reposar con cuidado sobre el grueso relieve de la rama sin cesar de darle suaves toques en las mejillas con ambas manos intentando evitar que perdiera completamente la consciencia. Estaba hecho un auténtico lío y su corazón bombeaba bajo el frenético ritmo de la confusión, pues las débiles pero poderosas palabras del moreno aún resonaban con poderío en sus oídos atormentándolo severamente y haciéndolo caer presa de sus propios sentimientos.
Si lo que aquel joven había dicho tenía algo de certero, él aún podría tener alguna posibilidad, sin embargo, era demasiado duro el mero hecho de aceptar que mientras el muchacho siguiera con vida, Anko estaría en sus brazos a su merced sin que él tuviera oportunidad de alcanzarla…
El rostro de ella se materializó entonces en su mente: sus acaramelados y atrayentes orbes, su respingona nariz, su graciosa pero temeraria sonrisa socarrona, sus moradas hebras recogidas coquetamente el aquel desaliñado moño que la caracterizaba, su perfecto cuerpo de diosa, su fuerte temperamento, su poderoso carácter y su pasión por la vida y por los amigos
Era perfecta, la admiraba y la amaba como a nada en el mundo, era lo más importante para él, lo que guiaba sus pasos y lo que le daba fuerzas para levantarse cada mañana a pesar de mantener su corazón bajo llave. Necesitaba contárselo, gritárselo a los cuatro vientos y estrujarla entre sus brazos mientras le susurraba con ternura el huracán de sensaciones que lo dominaban. A pesar de ello, jamás se había visto con el valor suficiente como para despegar sus sellados labios y desvelarle a ella lo mucho que le importaba, era un fracaso en estos asuntos y ello lo corroía por dentro removiéndole sus inquietas entrañas.
De repente, cuando alzó su cansada mirada por inercia para apreciar la magnífica luna en un intento de despejar su aturdida mente, pudo darse cuenta del gran descenso que iba a sufrir la kunoichi que en esos momentos se encontraba saltando hacia donde ellos dos estaba situados. Fueron pocos los segundos que transcurrieron y la chica ya se encontraba de rodillas al lado del Hatake, aunque parecía como si la atención que puso la chica en la escena iba dirigida completamente al joven que estaba tumbado en uno de los gruesos troncos de la espesa arboleda del bosque.
— ¡Hatori, aguanta! —dijo alterada la kunoichi posando suavemente una de sus manos sobre el brazo del castaño con la intención de sujetarlo y así poder levantar su cuerpo del suelo, pero parecía ser que el chico no quería colaborar, pues se deshizo como pudo del agarre de la pelipúrpura.
—No vale la pena, Anko. Ya es demasiado tarde…—le susurró como pudo el chico mientras una mueca de tristeza surcaba su golpeado rostro.
—No, vas a salvarte así que cógete a mí. No tenemos mucho tiempo. —replicó la chica copiando el mismo movimiento que había realizado segundos atrás, pero la escena volvió a repetirse.
— ¡No! Sálvate tú, no me perdonaría que algo malo te ocurriera ahora que ya casi termina esta batalla contra la villa de la niebla. —habló con la voz entrecortada el aprendiz para después toser con brusquedad ocasionando que la preocupación de la Mitarashi se agravara aún más.
— ¡Estúpido! ¡Una guerra no se gana muriendo! —vociferó la ojicaramelo con furia al saber que su amigo no estaba cooperando con ella por salvar su vida.
Un suspiro escapó de los labios cubiertos por la oscura máscara de cierto shinobi, la paciencia del cual estaba llegando al límite. El peliplateado estaba totalmente dispuesto a salvar a ese chico, pero si él no ponía de su parte era un tanto complicado llevar a cabo ese rescate. El Hatake también sabía que otros compañeros estaban en peligro y, a diferencia de ese chico, querían vivir al máximo la vida, por lo que si el castaño no cambiaba su comportamiento, el ninja copia podría plantearse abandonar el lugar donde se encontraban.
Los minutos iban pasando y las explosiones se acentuaban aún más ocasionando que la respiración de cierta pelimorada se acelerara por culpa de la adrenalina que estaba surgiendo de lo más profundo de sus entrañas. Las perladas gotitas de sudor resbalaban sin cesar por la blanquecina piel de la chica debido a los nervios que inútilmente intentaba apaciguar.
Rápidamente, la kunoichi paseó su triste mirada por el magullado y destrozado cuerpo de Hatori percatándose de la inexistente solución que había para salvarlo, pues las dos piernas del shinobi estaban completamente quemadas mientras que la herida que tenía en el abdomen no dejaba de sangrar de ese modo tiñendo el suelo de una gran mancha de líquido carmesí.
—Anko…escúchame. Orochimaru ha perdido, nosotros ya hem-
— ¡Ni se te ocurra decir que hemos ganado! ¡No lo hemos hecho si tú no vives! —bramó la ojicaramelo con la voz casi desgarrada a la vez que golpeaba con su puño el suelo lo más fuerte que pudo intentando imponerse ante las verdades que su compañero le estaba mostrando, por mucho que ella no quisiera aceptarlas.
—Sabes que yo siempre voy a-
—Ni se te ocurra decirlo…
—Tienes que ser fuerte y afrontar esto. —Susurró suavemente pero con seriedad mientras que con lentitud alzaba su brazo hasta dejar que la mano sostuviera cariñosamente una de las mejillas de la kunoichi, que no se inmutó ante ese afectuoso movimiento—Te agradezco todo lo que has hecho por mí, Anko. —siguió hablando entrecortadamente el ninja dedicándole una grata sonrisa mientras apartaba los purpúreos mechones más rebeldes que se precipitaban aleatoriamente por el triste rostro de ella, que no evitó el hecho de posar su mano sobre la de él.
—No me agradezcas nada, al contrario. Yo soy la que tiene que agradecerte…—tuvo que parar. Un agonioso nudo en la garganta la obligó a callarse, pues sabía de sobra que si no lo hacía, el llanto golpearía demasiado fuerte en lo más profundo de sus ser.
Kakashi agachó su cabeza, esa situación era absolutamente desagradable para todos, incluso para él. Todas las despedidas lo eran, de hecho el peliplateado las odiaba a más no poder. En ese momento se acordó de su mejor amigo "Obito…"pronunció para sí mismo reviviendo la esencia del joven y fallecido Uchiha en su corazón, sintiendo como cada detalle del niño se materializaba en su mente.
El Hatake miró al frente, pues pensó que debía prestar una pizca de atención a lo que estaba pasando por sus alrededores, pero al observar el plano de su derecha pudo percatarse de la gran pesadumbre que azotaba sin parar a la chica de cabello morado. Entonces, sin saber cómo pudo pasar, el peliplateado siguió con su dolida mirada la lágrima que tímidamente brotó de uno de los acaramelados orbes de la kunoichi provocando que, como si de un estallido se tratara, toda la amargura y desolación que podía sentir la chica emanara de su propia piel.
Cómo era posible que los ninjas no tuvieran sentimientos si lo que en esos momentos el poseedor del Sharingan estaba viendo era una excelente kunoichi demostrando ser una humana de gran y profundo corazón, que tanto la alegría como la pena podían perforar hondamente su destrozado cuerpo.
—Vive por Konoha y por tu gran voluntad de fuego…—musitó con debilidad el castaño separando su mano de la de la Mitarashi para dejarla descansar en el suelo—…vive por tus amigos y por la persona a la más quieras…—siguió hablando como podía el joven ocasionando que lo último pronunciado golpeara con fuerza en ella de ese modo haciendo que sus llorosos ojos se dilataran levemente debido a la impresión y sorpresa que la asaltaron—…Anko Mitarashi, vive por ti…te lo mereces. —casi no pudo oírse las últimas palabras que salieron casi sin fuerza de los labios del chico que marcaría un antes y un después en la vida de la chica de hermoso cabello morado.
—Hatori…—llamó suavemente la ojicaramelo zarandeando a su amigo, pues de un momento a otro había dejado de hablar pero mantenía sus ojos abiertos.
No hubo respuesta por parte del joven aprendiz para ANBU.
La gruesa rama del árbol donde ellos se encontraban volvió a vibrar de ese modo llamando la atención del ojiazabache, no obstante por otra parte la Mitarashi seguía llamando varias veces a su amigo y, a cada vez que lo hacía de nuevo, iba zarandeándolo con más ímpetu e intensidad puesto que seguía sin contestarle.
—Anko, debem-
— ¡Ayúdale! —demandó con total desesperación la kunoichi clavando por fin sus ojos sobre los del shinobi, que desvió su mirada hacia el cuerpo estático que yacía en la húmeda superficie.
—Anko…
— ¡Por Kami-sama! ¡Eres Kakashi Hatake, uno de los mejores en Konoha! —bramó una vez más la pelipúrpura impregnando cada una de sus palabras con la poca esperanza que aún guardaba.
—Anko, yo…
— ¡Por favor! —pidió por fin la chica dejando caer su cabeza y clavando su mirada en el suelo de ese modo encerrando a su orgullo para que, finalmente, toda la fe que tenía en el hombre de plateada cabellera echara a volar hasta el infinito. —Sé que puede salvarlo…confío en usted, Kakashi-san. —prosiguió ella sin abandonar la casi inexistente certeza que aún pensaba tener.
—Yo no sé revivir, Anko.
— ¡Falso! —gritó casi en la cara del peliplateado mientras levantaba rápidamente su cabeza de ese modo obligando que ambas miradas chocasen inevitablemente. —Tienes un Sharingan que puede servir… ¡vamos, inténtelo! —la ilusión que en esos momentos brotó de la kunoichi sorprendieron al shinobi, que se sobresaltó al sentir cómo las dos manos de ella se posaron con energía sobre sus propios hombros.
—No sirve…no es posible, lo siento. —sentenció finalmente el ANBU dejando a una Anko totalmente bloqueada y, sobretodo, desmoralizada.
La brusca sacudida que azotó con fuerza el suelo sorprendió a ambos ninja, que se alarmaron ante tal sensación. Acto seguido, un papel con letras extrañas comenzó a descender por el aire mediante una hipnotizante danza provocando que el terror se hiciera visible tanto para el Hatake como para la Mitarashi, que se pusieron en pie con rapidez por si algo malo ocurría.
No obstante, sólo una persona con la velocidad del rayo podría salvarlos, y Kakashi eso lo sabía a la perfección, pues le bastó presenciar cómo su sensei le rescató de una muerte segura. A pesar de todo, el Hatake no quería dejar morir a su amiga, o mejor dicho, a su amada Anko, ni en esos momentos ni nunca. Por tanto y a pesar de que sólo un rayo podría salvarlos, Kakashi llegó a la conclusión de que un subordinado del "Rayo Amarillo" podría llegar a ser útil, o al menos debía intentar acercarse a esa habilidad para poder proteger a lo que más quería.
"No voy a dejarte morir" meditó para lo más profundo de su ser sintiendo como un tímido pero poderoso chakra emanaba de su interior. Miles de rayos azulados envolvieron el cuerpo del joven ANBU como si de serpientes se tratasen mientras que una luz cegadora hacía acto de presencia imitando de ese modo a la energía que podía llegar a desprenderse de un poderoso relámpago.
Entonces, fue dar dos pasos y ser capaz de situarse al lado de la chica a la que quería, más pasó uno de sus brazos por la cintura de la kunoichi para que, finalmente, los dos se desplazaran de un ágil salto a gran velocidad haciendo que el lugar donde estaban se viera simplemente protagonizado por el destrozado y herido cuerpo del que una vez fue aprendiz de Kakashi Hatake.
Segundos después, una gran explosión estalló con furia y violencia ocasionando que la gran bola de fuego que iba creciendo se grabara en los ojos de la triste kunoichi, que seguía abrazada al cuerpo del shinobi de plateado cabello a la vez que éste iba alejándose del lugar, de la rama donde el cuerpo del castaño seguramente habría desaparecido ante esa ardiente y devastadora bomba.
Nadie, nada más que él fue testigo del desgarrado y doloroso llanto que la muerte de aquel chico logró arrancar del alma de la chica de ese modo dejando que todas las lágrimas que esta vez sí escapaban sin cesar de los húmedos y rojizos ojos de ella humedecieran el grisáceo chaleco que formaba parte del uniforme ANBU.
Nunca podría olvidar cómo la mujer de corazón completamente acorazado podía haber dejado que las cadenas que lo ataban se soltaran debido a la dura despedida que tuvo que cargar a sus espaldas. Kakashi la abrazó con fuerza intentando que parte del dolor que asolaba a la Mitarashi reposara también en él, pues no dejaría que la pena que en esos momentos sentía la kunoichi la devorara por completo.
Fin del flash-back del flash-back anterior…
En tan solo un segundo se pudo apreciar el bello y certero corte que un hermoso pero peligroso relámpago propició a la indefensa y triste cúpula grisácea que cubría toda la pesadumbre que reinaba sobre las dos personas que se encontraban totalmente rígidas enfrente de la lápida del que en su día dio su propia vida por lograr la victoria que se merecían los guerreros de la Villa de la Hoja.
Aún así estaba resultando ser demasiado difícil superar la pérdida del chicho de ojos color escarlata, más la kunoichi no podía lidiar con lo que su propio corazón le estaba haciendo pasar, y es que no quería verse una débil enfrente del shinobi que la salvó de una muerte segura por culpa de la gran llamarada que se desprendió de una mortífera bomba.
No obstante, Anko se conocía a sí misma lo suficientemente bien como para darse cuenta que ella también tenía un límite, y si Kakashi no se largaba de allí en ese momento volvería a verla llorar como una madalena. En cambio, la curiosidad por saber el porqué Kakashi arriesgó su vida hasta tal punto por ella no dejaba de carcomer sus entrañas, así que no iba dejar que el ojiazabache se fuera antes de que le confesara la verdad.
—Hatake… por qué a mí y no a él. —insistió lo más seria que pudo mirando fijamente el único ojo visible que no se encontraba cubierto por la banda ninja.
—Anko, de la misma manera que yo, sabes que iba a morir aunque hubiera sobrevivido a la explosión, en cambio tú-
—Igualdad... —susurró por lo bajo la Mitarashi con un deje de enfado dejando que las gotas que caían del cielo mojaran su ya empapada ropa. Acto seguido clavó con dureza su tan expresiva mirada hacia la del Hatake. — ¿¡Acaso sabes el significado de la palabra!? —vociferó lo más fuerte que pudo dejando que sus palabras resonaran en todo el lugar, aunque nadie pudo oírlas, pues con la lluvia que estaba cayendo la gente prefería estar en sus casas. — ¡Joder! ¿¡Y tú te haces llamar shinobi!? —estalló la pelimorada acercándose al chico y, sin miramientos, lo agarró por el cuello de la camiseta de ese modo encarándolo para demostrarle lo, supuestamente, tan enfadada que estaba con él. No obstante, ni ella sabía ya si debía echarle las culpas a Kakashi porque, al fin y al cabo, se arriesgó por ella.
—Anko, una cosa es igualdad y otra muy distinta es el suicidio.
Las palabras que pronunció el shinobi se clavaron hondamente en el pecho de la pelimorada de ese modo ocasionando que la realidad comenzara a distorsionarse de la manera más macabra que pudo surgir. El agarre que segundos atrás la kunoichi había ejercido en él se aflojó lentamente hasta llegar a convertirse más bien en un leve roce, pues su mano comenzó a temblar debido a todas las incógnitas que estaban machacando su mente ¿Acaso ya se había olvidado de quien era? ¿Realmente era Anko Mitarashi? ¿De verdad ella era la que siempre había luchado por seguir viviendo?
La angustia que emanaba de su destrozado cuerpo no la dejaba ya ni respirar, pues en lugar de coger varias bocanadas de aire, la garganta de la kunoichi se vio atrapada por un molesto nudo que amenazaba con dejar escapar todo el dolor que su corazón había estado reteniendo durante días.
—Hatake, yo... —era la primera vez que su voz había sonado tan titubeante y, para que negarlo, desesperada.
Sin ser consciente de ello, los acaramelados orbes de la pelipúrpura se vieron cubiertos por una fina y húmeda capa de cálidas lágrimas que, de manera muy desconsiderada pero inevitable, fueron deslizándose tímidamente por el rostro de la kunoichi, impregnando de tristeza cada centímetro de su blanquecina y mojada piel.
Se vio presionada y a la vez apresada por la angustia hasta el punto en que ya no pudo reprimir las ganas de sollozar continuamente por culpa de todos esos fríos y oscuros sentimientos que no la dejaban libre. Atormentada, la Mitarashi agachó su cabeza con lentitud mientras que con una de sus manos cubría su rostro intentando que ningún sonido escapara de sus labios, aunque bien sabía que el shinobi podía escucharla.
Tenía frío. Demasiado como para ignorarlo, pues el gélido pero suave viento que se movía en ese lugar estaba calando hondamente y de manera muy descarada en los huesos de la kunoichi ocasionando que cada una de sus extremidades tiritara de vez en cuando, no obstante la mano que anteriormente se había atrevido a agarrar al peliplateado seguía en el mismo sitio. La palma no estaba fría, al contrario.
La calidez que emanaba del cuerpo del Hatake estaba contrarrestando la fresca sensación que envolvía el brazo de la chica, o al menos así lo entendía ella. No obstante, eso no era suficiente como para ahuyentar las amenazas que constantemente ejercía el gélido viento sobre la piel de la dama de las serpientes.
La Mitarashi se sentía una miserable y, cada vez que recordaba la situación en que se vieron envueltos tanto el Hatake como su compañero y ella, no podía evitar verse como la más mala de todos. El remordimiento que sentía pesaba demasiado para su pequeña espalda y lo peor de todo era que nadie se merecía sentirse culpable por ella, sino que, según la kunoichi, sólo la culpa debía caer sobre ella.
Otro rayo rompió en el cielo de ese modo dejando que diversas ramas eléctricas se dibujaran en éste. No obstante, la rapidez con la que el relámpago se esbozó en la gran cúpula grisácea no fue tan ágil como el grato y cálido abrazo que, sin preámbulos, el peliplateado brindó a la ojicaramelo, que se sorprendió ante esa muestra de afecto por parte del shinobi.
—No tienes el porqué cargar tú sola con todo. —susurró con suavidad el chico sobre la oreja de la pelimorada haciendo que un escalofrío recorriera la médula de ella.
Anko no entendió porqué Kakashi la abrazó de aquella manera, pues nunca hubiera imaginado al Hatake tan cariñoso. No obstante prefirió no pensar en ello y simplemente se dejó llevar, y es que, sinceramente, necesitaba abrazar a alguien y desahogarse, por mucho orgullo que tuviera. Entonces, la Mitarashi escondió su triste rostro en el pecho del hombre mientras que sus manos apretaban inconscientemente la camiseta de él, arrugando levemente la prenda.
Por mucho que le costara admitirlo, Anko se sintió, por primera vez en todo lo que llevaba de vida, protegida por alguien que no fuera ella misma. Era extraño pero estando cerca del peliplateado se sentía libre de poder llorar, que era lo que más odiaba hacer, y más delante de alguien. En esos instantes lo estaba haciendo y no se arrepentía, porque Anko se sentía bien cuando estaba con él.
Fin del flash-back…
Lentamente, la Mitarashi abrió sus ojos percatándose de la cercanía de su rostro con el del peliplata, que poco más y hacía chocar su barbilla contra la suya. Tanto era el bienestar que sentía la kunoichi cuando Kakashi estaba con ella que resultaría ser mentira si se atrevía a negar que la atracción que la ataba con él fuera poca.
—Hatake, el antídoto…—puso como excusa la pelimorada apartando al hombre de un suave empujoncito mientras desviaba su mirada intentando aparentar como si nada hubiera pasado, aunque esa intención fue en vano, pues sus mejillas la estaban delatando con gran descaro.
—Tienes razón. Lo siento. —se disculpó el Hatake retrocediendo unos pasos, esta vez siendo consciente de lo irresponsable que estaba actuando con su amiga. Entonces el poseedor del Sharingan dejó el paso libre a la kunoichi para que pudiera sentarse en uno de los taburetes y continuar con el experimento que anteriormente había maquinado con su enrevesada y retorcida mente.
El ninja copia se sintió mal por su comportamiento, pues estaba perdiendo los papeles con esa mujer y para colmo sabía que no llevaba su característica máscara, por lo que no debía excederse más si no quería delatarse. Además, deseaba que Anko se curara lo más pronto posible, de manera que se apoyó en el respaldo de la mesa y observó con curiosidad como su temeraria compañera comenzaba a mezclar substancias de origen extraño y, al fin y al cabo, pertenecientes a Orochimaru.
Después de haber juntado los diversos líquidos, la Mitarashi cogió con precaución una jeringuilla, exactamente la que más en buen estado estaba; aunque la mujer sabía que no podía pedirle peras al olmo, y es que hacía meses que nadie había entrado en ese antro, por lo que era más que normal que el material de laboratorio estuviera un tanto desgastado. No obstante eran lo que tenía, así que tendría que conformarse con lo que había encontrado.
Con delicadeza y siempre bajo la atenta pero asustadiza mirada de Kakashi, la ojicaramelo absorbió con la aguja la sustancia improvisada que había mezclado para después prepararse para inyectarla en su brazo, justamente en la unión del brazo y el antebrazo. Aún así, y aunque estaba totalmente dispuesta a hacerlo, la dama de las serpientes notó cómo una conocida mano enguantada frenó el movimiento de su mano antes de que la aguja rozara su blanquecina piel.
—Anko…—llamó el peliplata con un deje de preocupación de ese modo obligándola a que lo mirara.
—Hatake, no va a pasar nada. He hecho esto miles de veces y no me he convertido en un monstruo ni en ningún mutante. —bromeó la Mitarashi, aunque ella sabía que estaba mintiendo en cuanto a que lo había hecho más veces cuando en verdad era la primera vez que improvisaba algo tan imprudente. Tampoco era tan masoquista.
—Por favor, dime que sabes lo que estás haciendo. —pidió el shinobi apenado por lo que podría pasarle a su querida Anko si el experimento salía mal.
—Sé lo que estoy haciendo. —respondió al fin después de que varios segundos de un incómodo silencio hubieran transcurrido. Al ver que el hombre la miraba sin creerse ni una palabra de lo que había dicho, la chica no tuvo más remedio que reforzar su afirmación. — ¡Confía en mí, pervertido! —exclamó la pelipúrpura intentando infundirle confianza mientras una sonrisa socarrona se dibujaba en su rostro.
Kakashi no se perdonaría nunca si algo malo le ocurría a la dueña de su corazón, aún así tuvo que valerse de la fortaleza de su esperanza en Anko para soltar la muñeca de la pelimorada y así dejarla que se inyectara la sustancia. Ella le guiñó uno de sus acaramelados ojos, pues no quería que se preocupara por ella. Al fin y al cabo no había necesidad de ponerse tan nerviosos.
Entonces, con la mente en blanco y sin que le temblara la mano, la Mitarashi marcó una línea imaginaria desde la punta de la aguja hasta el lugar dónde tenía que clavarla para después, de una picada seca y directa, inyectarse el medicamento improvisado que anteriormente había preparado ella misma. Kakashi quedó atónito ante la frialdad con la que actuó la examinadora de los exámenes Chunnin, de ese modo demostrando el gran respeto que le tenía a la kunoichi.
— ¿Anko? —llamó el peliplata a la kunoichi al percatarse de lo quieta que se había quedado después de la inyección.
La respiración de la chica comenzó a agitarse y eso asustó al shinobi ¿Y si el experimento no había dado resultado? ¿Y si empeoraba la situación? ¿Y si Anko…? ¡Ni pensarlo, por Kami-sama!
—Anko…—dijo con más seriedad el hombre avanzando unos pasos hacia delante intentando que ella reaccionara, pero lo único que podía ver él era cómo la kunoichi mantenía su mirada fija al frente como si pareciese que hubiera visto un fantasma.
Ahora sí que estaba asustado de verdad. Kakashi de un momento a otro se acercó más a la mujer y la agarró de por los hombros por si tenía que intervenir, pero pareció ser que el destino le deparó otra sorpresa.
— ¡Buu! —exclamó la pelimorada de repente haciendo que el ninja copia se sobresaltara levemente. Después la chica comenzó a reír a carcajada limpia al ver cómo se había quedado el rostro del ninja después del susto. El Hatake simplemente suspiró ante la escenita.
—Parece ser que el efecto actúa rápido. —ironizó el ojiazabache observando como la del moño se sobaba el vientre al no poder parar de reír ante la tontura de su acompañante.
— ¡Dímelo a mí! —vociferó la kunoichi entre risas.
Las constantes risotadas de la Mitarashi estaban resultando ser demasiado contagiosas y, aunque el serio shinobi de cabello color plata no quería seguirle el juego a la chica, Kakashi no pudo evitar dejar escapar alguna que otra risilla nerviosa ante las de la pelimorada, que sonrió ampliamente al percatarse todo había ido bien que había ido el experimento y que no estaba sufriendo ningún efecto secundario. Los libros de venenos no habían sido nada malos, después de todo.
Anko se levantó con energía del taburete y se puso en pie enfrente del Hatake, que la miró contento, en el fondo.
—Bueno, podemos irnos ya. —dijo ella esquivando fácilmente al hombre y dirigiéndose hacia la salida del laboratorio con paso firme y decidido.
Kakashi la siguió con su pasiva pero atenta mirada asegurándose que su querida Anko se encontraba en perfecto estado y, quitando que tuviera algunos moratones en sus brazos y piernas, se alegraba que la compañía que le estaba brindando no fuera tan mala, al fin y al cabo.
—Hatake, ¿vas a quedarte ahí parado, o qué? —llamó la atención de un bocinazo la Mitarashi parándose en el marco de la puerta mientras miraba al ninja copia de reojo con un deje de desesperación mezclado con gracia, pues la socarrona sonrisa que se dibujo en sus labios pareció ser que fue suficiente como para que todos los receptores del peliplata se activaran, de ese modo manejándolo como si de un títere se tratara y obligándolo a que diera los pasos suficientes como para que llegara hasta donde estaba la kunoichi.
Los dos ninjas se hicieron paso entre los laberínticos pasillos de esa guarida con la intención de llegar por donde habían venido y, finalmente, acabar en la habitación, pues ambos querían descansar y reponer fuerzas para el próximo día que se les avecinaba, aguardando una dura batalla en la cual todos querían salir victoriosos y, sobretodo, en la que todos deseaban por sobre todas las cosas que sus seres más queridos sobrevivieran a esa encarnizada guerra.
Kakashi estaba entre ellos y, al igual que todos, haría lo que hiciera falta por ella, para que viviera…que viviera de la misma manera que aquella vez en la que pensaba que la mortífera bomba los borraría del mapa, dejando que Kami-sama les acogiera entre sus benditos brazos.
Pero por suerte no ocurrió.
Continuará…
Bueno, siento la espera por el capítulo pero puedo asegurar que tengo motivos suficientes para justificar mi demora.
Creo que el capítulo se merece reviews y, por si aún no se sabe, me gustaría avisar:
La gente que no tenga cuenta en también puede dejar comentarios.
Espero no tardar mucho en subir el próximo capítulo, que creo que ya sí se podrá justificar la calificación M de la historia ;)
Ja né!A disfrutar de lo que queda de veranito ^^
