Capítulo III
Realmente no creía una palabra de lo que decía Anna, mucho menos cuando calló prácticamente toda la historia detrás de ese misterioso hombre. Obviamente estaba que se lo llevaba el diablo, lejos del hijo, estaba consternado por la salud de la rubia. El asunto era grave y Hao no dejaba de gritar por teléfono con su mujer, aquello lejos de resultarle gracioso lo sacaba de quicio y pensó en las mil y un posibilidades que pudo haber tenido su hermano de haberse casado con Kyouyama.
- Definitivamente no es su tipo-desechó de inmediato la idea - Además, el Karma es sabio.
Entonces el teléfono de su oficina sonó y su secretaria le comunicó con el doctor que atendía su caso. Fausto, su médico de cabecera, deseaba confirmar el día en que revisaría y conocería a Anna, lo malo es que no tenía una fecha fija, ni siquiera había podido comentarle que ya que recién estaba informándose sobre el nuevo asunto.
-Tú y tu pareja pueden venir cuando deseen, esta semana sería preferible, tengo espacio en la tarde.
-¿Podríamos aplazarlo dos semanas? Tengo un caso delicado que atender y no me da tiempo para estar al pendiente de mi pareja, sabes que quiero estar inmerso en todo el procedimiento.
-Naturalmente-contestó Fausto- Puedo programarlos en dos semanas, llama a mi secretaria para confirmar la cita y qué pases un buen día.
-Igualmente-respondió amablemente.
Suspiró una vez más y descartó la idea de abandonar su sueño. Tendría ese bebé, era su más grande ilusión y sería hijo de Anna, era su objetivo y lo cumpliría.
-Ella no puede estar enferma y si así fuere… no importa.
Pero lejos de pensar en el futuro, le angustiaba saber si era o no cierto. Después de todo tenía altas posibilidades, no con certeza, pero si eso llegase a ocurrir sería una gran estupidez de su parte. En primera por meterse con un hombre casado, segunda porque esa persona era tío directo de Yoh, y tercera, porque no era la primera vez que sostenía relaciones con Silver, quien tenía al menos quince años más que ella.
-Pero qué imbécil soy, de eso no hay duda-se recriminaba mentalmente, mientras se sentaba al lado de la enfermera para tomar la primera muestra de sangre.
-Para qué se atormenta, estas cosas suceden sin planearlo.
Casi rio con ironía.
-No conozco a alguien tan tonto como para planificar su muerte.
-Créeme, querida, los hay-afirmó retirando la aguja y tomando la muestra de sangre.
-Pues éste no es el caso-dijo con amargura-¿cuándo estarán los resultados?
-En un mes-contestó sin mucho tacto- Pero no te preocupes, yo te veo muy saludable, no veo cómo…
Observó su rostro pálido y su semblante gris, una prueba clara que los resultados eran para confirmar lo que ya de antemano sabía.
-¿Qué tan segura te sientes de haber contraído la enfermedad?
-Un 90%, nunca usé protección y tampoco fue hace tanto mi última relación con él.
Se paró y pasó una mano por su rostro con total frustración.
-Él me aseguró que tiene la enfermedad, y que ya ha contagiado a su esposa también- relató enfadada- Es el tío de mi mejor amigo, y él adora a ese hombre. Ahora, Yoh quiere que le dé un hijo, cómo voy a tener la cara de verlo de frente y decirle que estoy enferma por haberme acostado con su tío. ¡Puede usted decirme cómo, porque yo no tengo ni idea!
La enfermera calló y miró aquel dejo de tristeza e impotencia en el rostro de la rubia.
-Querida, aún con todo sólo estás pensando en los demás. Qué va a pensar tu amigo, qué creerán los que te rodean… la única persona que importa eres tú. Cómo te sientes y qué harás al respecto.
-Nada, supongo que así tenía que pasar. Mi vida perfecta hace mucho que se fue por la borda-declaró en medio de un suspiro- Ya no me importa nada más.
Por supuesto que lo entendía, el viaje a Brasil estaba programado desde semanas atrás, pero que después de esa arrebatadora confesión no se atreviera a contestar el teléfono le preocupaba mucho. Entró a la oficina y miró a todo el mundo correr de áreas de impresión al de diseño digital, típico movimiento de cualquier cierre de número, pero y Anna dónde estaba.
-Presentó una licencia-le informó su secretaria.
-¿Una qué? ¿Una licencia? Debe estar bromeando, ella vive para su trabajo y la junta de…
-Lo siento, señor Asakura, pero la señorita pidió dos meses de licencia abogando el cuidado de un familiar bastante delicado.
Aquello le sonaba ridículo y más cuando vio por escrito la petición. Sólo así se horrorizo al comprobar qué tan ciertas eran sus palabras. No perdió tiempo y fue inmediatamente a su departamento, abrió y nada. Ella simplemente no estaba. Llamó a Marion y Anna seguía en un cauteloso exilio, no había rastro alguno.
Comenzó a desesperarse transcurridas las dos primeras semanas. Incluso se extrañó que nadie en su familia intentara contactarla, ya que su teléfono le enviaba directamente al buzón. Tarde, noche, se quedó a dormir en su cama y ella simplemente no apareció. Así pasó el primer mes de su licencia y estaba seguro que si no la encontraba hoy, se volvería totalmente loco. Si su secretaria no sabía nada de ella, mucho menos Marion, y aun así quería convencerse de que Anna no cometería una locura, no lo haría.
La lluvia alentaba un poco su espíritu, escuchar las pequeñas gotas golpear el cristal del coche le hacía pensar en las innumerables veces que la había visto llorar por Hao. Sólo en aquellos años expresaba sus sentimientos y se dejaba guiar por su compañía y afecto. Notables muestras que con el tiempo se hicieron escasas y sólo para demostrar esa fortaleza de hierro.
Su vidrio se empañó lentamente ante el calentador y su respiración. Veinte llamadas pérdidas en el buzón. Nada la tiraba, nada le hacía retroceder, pero entonces… llegó esta enfermedad, algo que seguramente había comprobado ya, y que ahora la torturaba. Intentó no llorar, de verdad que no había pensado en todo el proceso de aquel virus hasta ahora y no quería perderla, ella en realidad muy importante, pese a todo.
No podía con ese nerviosismo y sacó un cigarrillo, mismo que pensaba encender cuando la vio pasar. Cruzó la calle y caminó lento hacia el parque central. Ni siquiera lo pensó dos veces y paró el coche en la siguiente esquina sin siquiera pagar el parquímetro, corrió y prácticamente brincó las pequeñas cercas hasta poder alcanzarla.
-¡Anna!-le gritó antes de tomar su brazo y asirla con emoción.
Ella no respondió, sólo lo miró. Mojado, Yoh prácticamente estaba llorando mientras la abrazaba y decía muchas cosas que simplemente no comprendía por todo el ruido.
-Te estás mojando, Yoh-pronunció con tranquilidad.
-¿Y es lo único que se te ocurre decirme? Te he buscado desde hace varias semanas-se quejó de inmediato el castaño.
-Estoy bien, no te preocupes. Sólo quería un respiro.
-Pues toma tus respiros conmigo, por favor, pero no me alejes de ti-le pidió preocupado y ante la indiferencia que mostraría agregó con decisión- Eres la única mujer que me importa seriamente.
Y entonces, no sabía si eran las gotas de lluvia o el efecto que ella le mostraba, pero Anna sollozó y comenzó a llorar. Percibió la fuerza de sus brazos alrededor, sumergiéndolo en un mar de pensamientos en donde le paralizaba la idea de dejarla ir a la deriva.
La tenía a su lado y por ningún motivo la dejaría sola de nuevo. Conmovido, la protegió de la lluvia y se dirigieron a su apartamento. No dijo nada, pero el dolor de su mirada le erizaba la piel, transformándolo en el más tierno de los hombres. Cada lágrima, cada rastro de ellas, las limpiaba con tal suavidad mientras la cobijaba a su lado hasta que cerró los ojos.
-¿Quieres que te diga un secreto?
-Dime…
-Te quiero como no tienes una idea-pronunció enternecido el castaño.
-Lo sé… lo sé…-dijo antes de caer rendida.
Tardó unos minutos más hasta acompañarla en su letargo, aunque éste duró tan sólo un par de horas. Instintivamente, movió su cabeza y sintió la suavidad de sus cabellos frotar con su barbilla. Dejó salir el aire de sus pulmones lentamente y abrió los ojos. La luz de la mañana no le molestaba, las cortinas eran lo suficientemente gruesas como para nulificar cualquier insolente rayo de sol, aunque fuese prácticamente invierno. Entonces la mano de Anna en su pecho le regresó a la imagen que quería conservar en su mente. La tranquilidad de su rostro era algo pocas veces visto y no podía evitar sentir curiosidad al verla dormir cada vez que dormían juntos, no podía evitar verla suspirar pausadamente.
El problema fue cuando el teléfono comenzó a sonar. Odiaba estar disponible las veinticuatro horas del día para el despacho, y más que el ruido la despertara de forma tan abrupta.
-¿No piensas contestar?-preguntó incorporándose con pesadez.
-Que dejen el mensaje-respondió dejándose caer en la almohada-¿Y qué tal dormiste?
-Me duele la cabeza-admitió la rubia- Hace días que no podía dormir.
-Si dijera que es porque mi compañía es lo que te hacía falta sonaría como Hao, así que mejor me callaré.
Anna tomó la cobija y cubrió por completo su cuerpo. Tenía mucho frío, tanto como para sentirse vulnerable.
-Perdona, sólo te he causado molestias. Es una gran tontería-admitió con vergüenza.
-Vamos, estaba bromeando-le contestó el castaño- Además, qué no haría por la madre de mi hijo.
Y aquello la tomó por sorpresa, especialmente cuando Yoh tomó unas hojas de su buró y comenzó a leerle todo lo que había investigado respecto a su enfermedad. Continuó leyendo dos hojas más hasta que se incorporó y lo detuvo.
-Por favor, dime que no hablas enserio-le dijo con bastante seriedad.
-Hablo bastante enserio-confesó sin dudar.
-Pero cómo pretendes siquiera tener un hijo conmigo, eso es absurdo, ya te he dicho que estoy enferma.
-Lo sé-afirmó-Sé que puedes tener un bebé y también sé que puede debilitarte mucho, pero créeme yo te cuidaré en todo momento, durante y hasta el final.
-No quiero ser un estorbo, ni una carga…
-No lo eres-aseguró de inmediato- Cuidarte es algo que haría con todo el placer del mundo. Créelo.
Claro que lo hacía y más cuando sus labios tocaron su frente. Ciertamente no se sentía del todo bien, pero aún podía carburar todas sus ideas y dentro de ellas no figuraba un pequeño niño, era totalmente imposible.
Anna tomó las hojas de sus manos, especialmente aquellas en las que nuevas investigaciones afirmaban que podía tener un hijo libre del virus, siempre y cuando estuviera bajo un estricto tratamiento. Aquello sonaba bastante complejo, pero puesto en esos términos no pudo evitar sentir tan ajeno el problema e incluso la petición de Yoh.
-Hoy tendrás que quedarte en cama, así que espero que no te moleste que quiera compartir el desayuno contigo-le dijo más tranquilo el castaño- Te traeré algo ligero.
Suspiró y continuó leyendo mientras Yoh se levantaba a preparar el desayuno.
-Puedes tener a cualquier mujer sana, ¿por qué te has encaprichado con un hijo mío?- le detuvo antes de que se perdiera en el pasillo.
-No lo sé-confesó acercándose de nuevo para acomodar un mechón de su rubio cabello- Sólo sé que al verte siento mucha ilusión. Me haces sentir una inmensa ternura y más cuando imagino a nuestro bebé.
Apartó con lentitud su mano y le vio con detenimiento. Había meditado tantos días su futuro que la sola idea de crear un vínculo con alguien le parecía monstruoso dadas sus circunstancias.
-Sabes, si no fueras mi amigo, diría que me amas demasiado, pero te conozco y sé que hay pocas cosas que te mueven tanto como para lograr una meta, ésta es una-señaló con la poca entereza que le quedaba- Te prometí un bebé y creo que sí puedo dártelo, lo haré, pero no me quedaré contigo. No planees una vida conmigo, yo te quiero como lo que somos, amigos… ¿entiendes?
-Entiendo.
Continuará…
N/A: Después de un largo tiempo, me he dado un breve lapso para actualizarles algo, sé que he tardado una infinidad de años, pero tengan por seguro que acabaré cada una de las historias que comencé y bueno ésta peculiarmente me inspira mucha ternura, espero les guste y escribiré en lo consecuente un poco más para irles actualizando toooodos los fics que tanto me han pedido en estos meses. Muchas gracias por sus comentarios, me han hecho mejorar e inspirarme un poquito más. Y bueno sigamos adelante :D
Agradecimientos especiales: clau17, anneyk, Mary Swift A, SakuAsakura, Meiko Uesugi Shindou, Itako Anna Asakura, Sari Asakura.
