ADVERTENCIA: En este capítulo 4 hay fragmentos no aptos para menores, aquí en lo llamamos lemon ^^ Si no os gusta, lo mejor que podéis hacer es saltaros esa parte)
Ahora sí os dejo con el capítulo cuatro. Espero que sea de vuestro agrado.
Además, quiero agradecer a los se han molestado en dejar reviews en esta historia porque, la verdad, es más fácil escribir si se sabe que tiene lectores ^^
Me gustaría decir que, ya que en tenemos la oportunidad de dejar un comentario expresando nuestro parecer sobre los capítulos, que lo usemos, porque la libre expresión es un factor importantísimo en la escritura.
…
Las horas iban pasando y parecía ser que los jodidos laberintos de la guarida donde se encontraban los dos ninja no querían ayudarlos a encontrar la puerta de la habitación en la cual la pelimorada había sanado al peliplata, que intentaba por todos los medios usar el Sharingan para probar de localizar la dichosa sala. Aún así resultó ser inútil.
A cada paso que daban, las antorchas que se encargaban de iluminar los estrechos pero largos pasadizos apagaban su débil llama de ese modo quitando más oportunidades de encontrar la dichosa habitación.
Un suspiro de desesperación escapó de los labios de cierta kunoichi de cabello morado, que estaba ya hastiada de tanto caminar en vano. Kakashi simplemente clavó su mirada sobre la chica entendiendo perfectamente cómo se estaba sintiendo, y es que él también estaba cansado de buscar para nada.
—Hatake, ¿no hemos pasado ya por aquí? —inquirió la Mitarashi frunciendo el ceño al no saber si estaban repitiendo el mismo camino que habían recorrido minutos antes.
—En teoría estamos yendo por el mismo camino que antes, pero ya sabes cómo era Orochimaru…—dejó caer el shinobi metiendo sus manos enguantadas en los cálidos bolsillos de su desgastado y roto pantalón.
—No hace falta que me lo recuerdes. Ten por seguro que si pudiera, me lo hubiera cargado yo misma, pero como siempre tu querido subordinado se entromete en todo. —escupió con descaro y sin vergüenza la mujer dejando que una mueca de disgusto decorara su rostro.
—Tendría sus motivos. —defendió el sensei del susodicho a pesar de todo lo que el joven Uchiha le había causado a él, a su equipo y a Konoha.
— ¿Aún te atreves a ponerte de su lado? —inquirió la pelimorada a la vez que lo miró de reojo, pues era obvio que Kakashi aún tenía esperanzas en que su tan conseguido Equipo 7 volviera a ser lo que había sido hace tres años.
—No me pongo de su lado. Simplemente pienso que, al igual que tú, Sasuke tuvo sus motivos para querer arrebatarle la vida a Orochimaru. —se explicó el ninja copia con su tan pasiva voz. —Las cosas a veces no son lo que parecen, Anko. —finalizó el peliplata cerrando su único ojo visible e intentando convencer a la no muy segura examinadora.
—Eres un agonioso, Hatake. —atacó la mujer clavando su mirada al frente, pues si seguía observando al shinobi, no podría evitar sonrojarse como un tomate por culpa de la gabardina que llevaba puesta el hombre, y es que no tapaba todo su cuerpo de ese modo dejando que se pudiera ver parte del uniformado y bien trabajado torso del shinobi.
Dejar la mente en blanco debía ser uno de los puntos más fuertes que un ninja tenía que poseer, pues había miles de jutsus que eran capaces de leer todo lo que pasaba por la cabeza de una persona. No obstante, Anko en esos momentos podía afirmar que si alguien leía su mente, pensaría que ella era una pervertida, pues sólo era imaginar al Hatake como su madre lo traería al mundo, sin nada que cubriera sus…"¡Suficiente, Anko!" se exigió mentalmente la Mitarashi zarandeando bruscamente su cabeza intentando alejar esos pensamientos pecaminosos de su psique.
— ¿Te ocurre algo? —quiso saber el peliplata al observar lo que estaba haciendo su compañera.
— Tsk, qué te hace pensar que me pasa algo. —se apresuró a decir la kunoichi si mirar directamente al ninja, pues sus mejillas estaban encendidas como dos candiles.
—Anko.
—Qué.
—Nada.
Esta vez fue la chica la que tuvo que voltear para observar más atentamente al shinobi, y no fue su cuerpo lo que esa vez llamó su atención. La masculina voz del ojiazabache sonó con un gran deje de debilidad y, para que negarlo, tristeza.
—Hatake, me parece que eres tú el que está raro. —insinuó la pelimorada cruzándose de brazos, esperando una respuesta por parte del hombre, pero al recibir nada más que silencio, no tuvo otra opción que tomar de nuevo el turno de palabra—¿hay algo que deba saber? —inquirió la mujer observando con atención cada gesto que el ninja podría hacer, pero era imposible, Anko ya estaba por pensar que ese hombre era un inexpresivo y un pasivo de la vida.
¿Qué si había algo qué debía saber? No bastaría el cielo entero para grabar todos los sentimientos que asolaban al ninja copia por la Mitarashi. Era tanto el amor que azotaba su corazón, que ya casi le costaba lidiar con el gran secretismo que debía guardar bajo llave, sin dejar que saliera a la luz. A pesar de todo, Kakashi no sabría cuánto tiempo más podría aguantar tan callado respecto a sus preciadas y valiosas emociones.
Perfectamente podría decírselo en esos momentos, la situación era perfecta: estaba ella quieta y con los brazos cruzados a la espera que él dijera algo convincente. Aún así el hombre no tenía el valor suficiente como para confesarse a la dama de las serpientes. Sí. Confesarse a aquella exterminadora de asesinos era la misión más difícil que Kakashi nunca podría haber imaginado.
—Anko, yo…—era tan difícil decirlo… ¿y si ella no lo quería? En definitiva, era un desastre para este tipo de cosas. —mejor te devuelvo tu gabardina, no quiero que te resfríes. —terminó de hablar el shinobi, para después quitarse el abrigo color ocre y tendérselo a la chica.
Anko no podía creer que ese hombre fuera tan caballeroso. Ni ella misma se había dado cuenta que su piel estaba erizada debido al frío que corría por esos largos pasillos, aún así él se había fijado en ese pequeño detalle de ese modo dejándola más que sorprendida. La Mitarashi pensaba que iba a desfallecer en esos instantes ¡Por Kami-sama! ¿Tan fácil había sido comenzar a enamorarla? Y más ese hombre. Sí, aquel que siempre se sobraba en cada acto que realizaba, ese desgraciado que siempre iba de listo por la vida…ese insensato que arriesgó su vida por ella.
La chica se quedó mirando su gabardina, que estaba colgando del brazo del hombre de cabello color plata. No dio crédito al por qué, pero en ese mismo instante recordó la manera en que Kakashi la abrazó cuando los dos estaban enfrente de la tumba de su mejor amigo, él junto a ella mientras que las dichosas lágrimas recorrían libremente por su rostro.
El recuerdo de Hatori cruzó por su liada mente obligando a la kunoichi que desviara levemente su, ahora, nostálgica mirada, más no podía evitar ponerse de esa manera cuando el chico de castaños mechones se materializaba en su cabeza provocando que todos los momentos felices que vivió con él recordaran a la chica lo mucho que había apreciado al joven ninja.
¿En verdad ella era la culpable de su muerte? Anko sabía que había hecho todo lo posible por batallar y llegar hasta donde él y Kakashi se encontraban, pero desgraciadamente el tiempo transcurrió demasiado deprisa como para que ella agradeciera todo lo que Hatori había hecho por ella. Recordó lo doloroso que resultó para su persona superar la muerte de su mejor amigo, aún así también no dejó pasar por alto la escasa pero necesaria compañía que le brindó el Hatake, de ese modo ayudándola a cargar con toda la pesadumbre y angustia que en teoría sólo ella debía haber llevado a sus espaldas.
Era silencio lo único que flotaba en el aire, pues los corazones de los dos ninja estaban demasiado acorazados como para que se pudiera sentir algo más en el ambiente. Las débiles llamas que quemaban las antorchas seguían dando guerra de ese modo iluminando tímidamente el punto donde se encontraban ellos dos.
La kunoichi lentamente volvió a mirar al hombre que aún se encontraba con su golpeado brazo tendiendo la desgarrada y sucia gabardina, aquella que siempre había llevado la kunoichi, pues, según ella misma, le brindaba protección y seguridad. Analizó levemente al shinobi de ese modo percatándose de la angustia que abrazaba su cuerpo mientras que la soledad amenazaba con perforar su golpeado pecho.
¿Acaso iba a dejar que todos esos sentimientos afloraran del corazón del hombre que había padecido la muerte de muchos seres queridos? ¿Tenía la fuerza suficiente como para ayudar al hombre que le tendió la mano para salir del oscuro y negro abismo en el que ella quedó atrapada más de una vez? No iba a esforzarse en ahuyentar todos los males que asolaban a Kakashi, claro que no.
Anko iba a darlo todo por proteger al peliplateado de esos macabros y mortíferos sentimientos. Qué más daba si ellos seguían acechándole, lo más importante era que él se encontrara bien y a gusto, protegido y sin que pasara ningún miedo por los fantasmas de su pasado que, aunque ella no los conociera demasiado bien, al menos podría hacerse una idea si intentaba devolverle el favor, porque ella, muy en el fondo, lo consideraba un gran y valioso amigo.
Un tímido y corto paso dio el pie izquierdo de la kunoichi. Tenía que ayudar al shinobi como él lo hizo con ella.
El pie derecho siguió al izquierdo. Anko quería cooperar con él y ser de gran ayuda.
El izquierdo repitió el movimiento seguido del otro. La pelimorada no iba a dudar en brindarle todo el bienestar que él en su momento le brindó.
Los pasos de la ojicaramelo iban volviéndose más firmes y seguros, pues no había que dudar en caminar de ese modo cuando alguien necesitaba ayuda urgentemente. Kakashi clavó su mirada sobre la de la chica, que suavemente apartó el golpeado brazo del ninja dejando que la gabardina cayera directamente al suelo y provocando que una pequeña pero densa ola de polvo se levantara debido al efecto de la caída del abrigo.
Al principio se quedó atónito y a la vez sorprendido por la reacción de la pelimorada, no obstante lentamente fue volviéndose en la sensación más agradable y amable que nunca podría haber sentido el hombre. En efecto, los finos pero cálidos brazos de la Mitarashi estaban abrazando suavemente el cuerpo del ninja copia mientras que su cabeza reposaba sobre el hombro de él, pues se vio obligado a agacharse debido a la gran diferencia de altura que los diferenciaba. Aún así, Kakashi pensó que estaban a la par, y es que la gratitud que Anko podía llegar a ofrecer era mil veces mejor a la que él era capaz de brindar, por lo que estaban igualados.
—No me preguntes porqué hago esto…—susurró la pelimorada lo más bajo que pudo con la intención de que sólo el ninja copia fuera el que hubiera escuchado tal cosa.
No quería soltarla. El Hatake deseaba tenerla entre sus brazos durante toda la eternidad, la sensación que le transmitía ese abrazo seguro era mejor que el mismísimo cielo, pues la calidez de sus brazos era más que reconfortante, además del sonido de la respiración de la chica, que estaba dejando al ninja copia sin opción alguna.
—Entonces…
Sentir a la Mitarashi tan cerca provocaba en él un estado de latencia permanente, pues pensaba que se encontraba en el limbo con la sola preocupación de mantenerse junto a la ojicaramelo, abrazándola hasta que todo terminase, hasta que Kami-sama se encargara de eliminar todo por culpa del egoísmo y sed de destrucción que caracterizaba al ser humano.
La amaba con todas sus fuerzas, por encima de todas las cosas existentes en el mundo donde vivían. Kakashi daría lo que fuera por esa mujer, más entregaría su propia vida si la situación lo requiriera. Sentía como un brutal terremoto vibraba en su estómago al no poder guardar por mucho tiempo más sus sentimientos, aquellos que atravesaban su cansado y débil corazón como si de agujas de hielo se trataran. Tan difícil era lidiar con ese hándicap que el shinobi pensaba que iba a desfallecer en esos instantes si no se declaraba a la kunoichi, que seguía abrazándolo con cariño mientras que su cabeza reposaba sobre su hombro.
—…tampoco me preguntes…porque voy a hacer esto.
Sentía como el tiempo se paraba y, a la vez, como si su cuerpo hubiera actuado acorde con sus sentimientos, no pensamientos. Sus manos apartaron lentamente a la chica, que frunció el ceño al percatarse del detalle, aún así sus ojos fueron dilatándose notablemente al notar cómo las grandes pero suaves manos del peliplata se posaban con suavidad en ambas de sus mejillas, que comenzaron a tintarse de ese vergonzoso tono rosado, aquel que ella tanto odiaba. La respiración de la Mitarashi se agitó de la noche a la mañana dando la impresión de que su veloz corazón iba a salirse traviesamente de su pecho.
Tan solo duró unos segundos, pero para él ese beso se le eternizó. El suave roce que sus labios compartieron con los de la atónita kunoichi fue más que suficiente como para contentar al ninja copia. En ese momento sintió como el mar se separaba de la tierra, como si la luz estableciera una línea imaginaria de ese modo separando a la terrible y horrorosa oscuridad de su lado. Sintió como si un rayo partiera en dos el cielo y el infierno mientras que ellos dos se mantenían intactos ante tal acontecimiento.
Los acaramelados orbes de la pelipúrpura seguían abiertos como dos platos, pues no se estaba creyendo lo que ese hombre estaba haciendo. Sus labios no se movieron ni un solo centímetro y su respiración se cortó en el momento en que ella sintió aquel tímido pero amable beso. En definitiva, Anko estaba más que sorprendida ante la repentina reacción de su, en teoría, amigo; aún así ya no sabía bien qué era para ella.
Lentamente y sin alarmar a nadie, Kakashi se separó de la ninja también un tanto sorprendido pero confuso por su nula participación en el tan costoso contacto, pues había sido muy difícil para él dar ese complicado paso como para que ahora Anko se enfadara con él y lo llamara de todo menos "guapo".
—Lo siento…no debí haberlo hecho. Perdóname. —se disculpó el Hatake separándose más de la chica hasta quedar a una distancia respetable, y es que ahora no era capaz de mirarla a los ojos. No obstante el ninja copia sabía que debía ser fuerte y afrontar todo lo que se le viniera encima y, aunque tuviera que discutir con ella, quería decirle todo lo que sentía.
—Anko, perdóname. Pero debes saber que yo ya no puedo más. He sido un inútil todo este tiempo, pero ya no puedo dejar que esto me corroa por dentro. —comenzó a hablar el shinobi de plateada cabellera volviendo su sincera y, a la vez, apenada mirada a su compañera, que aún lo miraba con la expresión casi desencajada.
La sinceridad que estaba aflorando de su cuerpo era de gran ayuda, pues aún se veía con problemas a la hora de expresar todo lo que sentía por la examinadora, que se mantenía callada. Sólo seguía observando con un silencio realmente juzgante e intimidante.
—Anko, necesito decirte que…decirte que te quiero. Te quiero más que nada en este mundo y…
En verdad se le daban fatal este tipo de cosas. Era un estúpido. ¡Cómo era posible que fuera capaz de acabar con un batallón entero de guerreros y no se viera con fuerzas para declararse a la chica que siempre le había gustado!...En definitiva, era un inútil. Nunca podría enamorar a una mujer de esa manera tan penosa.
—Deberás perdonarme. No soy capaz de…
Una sonrisa se dibujó en él, ahora, más relajado rostro de la kunoichi. La Mitarashi se cruzó de brazos y ladeó su cabeza en señal de negación por su parte. Después, unas risillas escaparon de sus labios de ese modo provocando que el Hatake se sintiera más pequeño e inútil que antes.
—Tienes razón. Así nunca te ganarás el corazón de ninguna chica. —atravesó con descaro la kunoichi esta vez borrando la sonrisa de sus labios para esbozar una expresión totalmente seria.
La mujer comenzó a caminar lentamente pero con decisión hacia donde se encontraba el ojiazabache, que retrocedió un paso hacia atrás al intentar imaginar las intenciones de aquella kunoichi ¡Quería mantener su integridad física! Porque claro, su integridad mental parecía ser que se había borrado del mapa. Ahora sí que estaba muerto. No obstante, las apariencias engañan y Kakashi, una vez más, se vio inmerso en una corta pero intensa mentira de un par de segundos.
Los finos y delicados dedos de la Mitarashi se enredaron con gran facilidad en la plateada cabellera del shinobi, que su sangre comenzó a hervir en cuestión de segundos al sentir a la chica tan cerca.
—Desde cuando hace que sientes esto por mí—susurró con suavidad pero sin tapujos la dama de las serpientes, ocasionando que su intensa y fija mirada sobre el único ojo abierto del shinobi obligara a Kakashi a desviar su intimidado orbe color azabache.
Sentía la respiración del ninja copia más que tranquila, aún así su corazón parecía ser que martilleaba a gran velocidad y con gran esmero, pues la Mitarashi creyó por un momento que lo oyó bombear la, seguro, sangre caliente del hombre.
—Mírame…—pidió la chica sin cambiar el tono de su voz, pues sabía que el poseedor del Sharingan estaba inmerso en sus propios pero laberínticos pensamientos. —Kakashi, mírame. —insistió la pelimorada girando un poco la cabeza del ninja de ese modo consiguiendo por fin que el susodicho la observara directamente.
—Anko, me estás volviendo loco…por favor…—se veía incapacitado para hablar y, para colmo, se sentía un desgraciado y un incompetente por no poder afrontar lo que había estado azotando su alma desde hacía mucho tiempo. Sabía que ya la había perdido, pero no quería que ella se burlara de él con duros y desagradables comentarios. Era mejor que fueran a descansar y…
—Si dices que te vuelvo loco…imagínate cómo me vuelves tú a mí.
Aquello ya hizo explotar todos los sensores nerviosos del ninja copia. Sorprendido, Kakashi apartó levemente a la mujer y zarandeó levemente su cabeza ¿Acaso había escuchado mal?
— ¿Qué…?—ahora sí que era un idiota integral por preguntar, aún así no iba a engañarse. Si sus oídos habían escuchado bien, al Hatake no le importaría volver a oír las palabras de la kunoichi.
¡Por Kami-sama! Para ella también era más que difícil decir a ese hombre todo lo que sentía. En esos minutos, Anko Mitarashi se estaba sintiendo como un miserable y pequeño punto entre las miles de palabras que había en un libro de texto. Sus mejillas seguían encendidas como dos candiles y lo peor de todo era que se estaba olvidando de cómo se respiraba debido a toda la agitación que su corazón y, para que negar, mente estaban siendo ejercidos.
¡Quería tirarse de los pelos! Por Kami, si la declaración de Kakashi había sido penosa, la kunoichi podía imaginar cómo iba a ser la suya; tal vez, su confesión podría entrar en el récord de "Personas que peor expresan lo que sienten/Gana el premio a: mejor estúpido del mundo ninja"
—Repíteme lo que has dicho al principio…—pidió casi de una súplica la chica de cabellos color púrpura mientras no podía evitar clavar su avergonzada mirada en la blanquecina piel que cubría el pecho del hombre.
—Ya te he dicho que lo siento, yo no-
— ¡No!...Eso no…, lo de antes. —rectificó la Mitarashi ladeando levemente su cabeza ocasionando que algunos mechones morados se precipitaran por su rostro mientras que su desaliñado moño se destrozaba aún más.
¿Acaso podría volver a decirlo? ¿Ella quería volver a escuchar las palabras que tanto peso tenían para el poseedor del Sharingan y que tanto le había costado expresar? En fin, si era lo que ella quería, Kakashi haría de tripas corazón por contentar a la mujer que aparecía en todos y cada uno de sus sueños.
—Te quiero. —musitó débilmente el ninja copia sin, ahora, dejar de observar a la mujer que aún seguía con los dedos enredados en su despeinado cabello.
—Repítelo. —demandó la dama de las serpientes clavando su, para que negarlo, enamorada mirada sobre la del shinobi mientras que sus manos pasaban lentamente del cabello plateado a los hombros de ese hombre, que por inercia pasó sus fuertes y protectores brazos por la espalda de la mujer de ese modo quedando aún más juntos, situación que les permitió sentir todo el calor que emanaba de sus cuerpos a pesar de la ropa que llevaban.
—Anko, te quiero. —dijo sin replicar el Hatake mostrando un brillo especial y mágico en su único ojo color azabache haciendo que las mejillas de la kunoichi se asemejaran a dos cerezas de notable madurez.
—Vuelve a decirlo…—y es que deseaba escucharlo incontables veces. Anko nunca hubiera imaginado que esas palabras se clavaran hondamente en su desgastado y torturado corazón.
—Te quiero…—obedeció el Hatake, aún así esta vez se acercó un poco más a la chica de ese modo estableciendo una corta distancia entre ambos rostros ocasionando que la chica comenzara a acostumbrarse al boscoso aroma del peliplateado mientras que sus pesados párpados la obligaban a cerrar sus ya entrecerrados ojos color caramelo.
Grabó en su ya aclarada mente esas dos palabras intentando que quedaran tatuadas con fuego en lo más profundo de su corazón. Tanto era el bienestar que la envolvía cuando estaba con Kakashi que eso la hizo llegar a pensar que desde el primer momento en que él la abrazó, el tan escondido amor que se negaba a salir surgió de la nada provocando en ella la más agradable sensación que nunca había llegado a sentir. Y en esos momentos se estaba repitiendo de nuevo.
Anko estaba comenzando a detestar la corta distancia que la separaba de su, por fin y tan esperado, amor platónico por lo que, rompiendo cada centímetro que evitaba la unión con él, se acercó lo mejor que pudo al rostro del ninja copia y, tímidamente pero con seguridad, posó suavemente sus labios sobre los del hombre.
Al principio fue lento, demasiado que estaba dejando a los dos senseis con ganas de más, aunque la verdad, dio gusto sentir el cosquilleo que los labios de ambos se estaban brindando, más pudieron sentir cómo el amor surgía de sus ya no tan acorazados corazones de ese modo demostrándose a cada uno que habían hecho la elección correcta en expresarse sus sentimientos.
Se fundieron en ese primer beso sintiendo como miles de fogosas llamas se enredaban con rapidez por sus cuerpos, apresando con posesión cada una de sus golpeadas extremidades. No obstante, querían más. De modo que Kakashi intentó atreverse a sentir algo nuevo de la tentadora boca de la Mitarashi, por lo que con lentitud buscó la lengua de la kunoichi y, la verdad, no tardó mucho en encontrarla.
En un principio, la pelimorada se sobresaltó ligeramente ante ese contacto ocasionando que, en contra de su voluntad, sus labios se separaran levemente de los del hombre, que por un momento pensó que no había hecho bien en lanzarse a buscar mucho más. Aún así, el susto duró poco, pues la dama de las serpientes volvió a unir sus labios con los del poseedor del Sharingan de esa manera notando una vez más ese agradable y pegadizo cosquilleo que erizaba la piel de los dos ninjas.
Lentamente y con respeto, el Hatake mordió suavemente el labio inferior de la mujer pidiendo permiso para explorar esa anhelada boca. Pensó que hubiera sido divertido burlarse de él, pero Anko recapacitó y, sabiendo que ya bastante sufrimiento le había ocasionado, entreabrió sus labios dejando que el shinobi fuera a su libre albedrío. En ese momento, un satisfactorio escalofrío recorrió de los pies a la cabeza y viceversa a la chica cuando la suave lengua del shinobi se enredó con la suya de ese modo pudiendo degustar cada nuevo sabor que le estaba aportando esa muestra de cariño.
¿Por qué era tan necesario el oxígeno? Los dos senseis maldijeron a ese jodido pero necesario gas, así que no tuvieron otro remedio que separarse para lograr, al menos, que una pequeña cantidad de aire entrara en sus pulmones.
Se miraron sin decirse nada ¿Para qué? Ellos dos no necesitaban hablar para entenderse, y agradecían que ninguno de los dos se hubiera quejado ¡Ese beso había estado increíble! El aire pesaba y, para qué negarlo, los dos ninjas tenían mucho calor, por lo que, tal vez, ese cariño mutuo aún no había cesado.
Los largos laberintos de esa complicada guarida de Orochimaru no es que fueran muy anchos, por lo que no resultó demasiado difícil desplazarse a una de las frías paredes y así estar más cómodos para, según ellos, seguir besándose.
Y nadie lo negó. Sus labios volvieron a unirse fogosamente mientras que el abrazo que los unía estaba consiguiendo fundir a la mismísima Anko Mitarashi como el puro chocolate ¿Nani? Anko sabía mucho mejor que el chocolate, pensó el Hatake a la vez que desplazaba sus ya enrojecidos labios por el apetecible cuello de la kunoichi hasta que, finalmente, logró arrancarle un suave suspiro por culpa de esas caricias tan delatadoras y temerarias.
—Kakashi…—susurró como pudo la pelimorada al sentir cómo las manos del ninja copia se deslizaban lentamente por su espalda hasta que, inevitablemente, se colaban por su falda de ese modo sintiendo cómo sinuosamente se posaban en su trasero, obligándola a quedar de puntillas ante esa excitante sensación.
—Te quiero…—repitió el shinobi mordiendo suavemente el lóbulo de la kunoichi mientras que sentía cómo la mujer pasaba sus manos por el desnudo pecho del ninja copia para después dejarlas reposar en la ancha espalda del susodicho, haciendo que el cuerpo de éste se acercara más al suyo, permitiendo de ese modo que el calor del shinobi atravesara con gran facilidad la fina y blanquecina piel de la examinadora.
Se separaron levemente, pues juraban que casi podían asfixiarse si no se daban un poco de tregua. Al hacerlo, inevitablemente sus miradas se encontraron y pudieron transmitir todo el amor que sentían el uno por el otro, más un brillo especial se veía reflejado en los orbes de ambos provocando que una grata y sincera sonrisa se dibujara en sus rostros. Los dos estaban orgullosos de haber dado ese paso tan difícil, pues no había sido un camino de rosas demostrar sus sentimientos el uno por el otro, sino que la aceptación había resultado ser el gran terror que los había asolado.
No obstante lo que estaban haciendo podía llegar mucho más lejos, y eso Anko lo sabía. Bastaba ver la manera en que los dos habían estado besándose, y es que estaba claro que los dos querían mucho más. De hecho llegarían más lejos de no ser porque estaban en mitad de una guerra y, por respeto, llevar a cabo sus intenciones iba en contra de las normas.
—Kakashi, para…—musitó la kunoichi con un tono de voz suave pero severa obligando al Hatake a clavar su decepcionada mirada sobre la de la chica, que le supo muy mal intervenir en los agradables planes del ninja copia.
—Qué sucede. —quiso saber el peliplata para después posar un corto pero amable beso en la encendida mejilla de la dama de las serpientes, que se sonrojó aún más ante tal reacción.
—No podemos hacerlo…sería totalmente inmoral por nuestra parte. —habló la pelimorada muy a su pesar separando el cuerpo del hombre del suyo propio que, aunque quisiera negarlo, estaba temblando de excitación por culpa de las caricias tan tentadoras que le había estado brindando el sensei.
—A qué te refieres. —seguía sin entender el Hatake llevando su mano junto con la de la chica, que, sin resistirse, la cogió con ternura de ese modo entrelazando sus dedos con los de él.
—Estamos en medio de una guerra y nuestros compañeros están dando sus vidas por ganarle la partida al enemigo. —dijo la kunoichi con un deje de decepción mezclado con pura frustración, pues en el fondo se moría por acostarse con Kakashi.
—Pero Anko…yo…yo te deseo desde hace mucho tiempo, no me rechaces, por favor. —se esperanzó el ojiazabache besando la mano de la mujer, que suspiró con pesadez. Ella sabía que no estaba bien y sabía que había demasiadas posibilidades de que los remordimientos le dieran dolor de cabeza.
—No voy a rechazarte. No quiero que pienses que voy a dejarte, pero…creo que no es valiente por nuestra parte hacer lo que tenemos pensado. —intentaba hacerle entender la pelipúrpura apartando los mechones plateados que caían libremente por la frente del shinobi.
— ¿Lo que tenemos pensado? —inquirió el ninja intentando aparentar que no iba la cosa con él, aún así se le escapó una risilla delatadora de ese modo contagiando a su amada.
—Por Kami, dime que ahora mismo quieres lo mismo que yo. —susurró la Mitarashi llevándose una mano a la frente y apoyando por completo su cuerpo en la fría pared del largo y oscuro laberinto, pues sólo el sitio donde se encontraban ellos estaba iluminado tímidamente por tres míseras antorchas de débil llama rojiza.
— ¿Qué quiere usted, señorita Mitarashi? —bromeó el poseedor del Sharingan viéndose tentado a acercarse a la chica una vez que pudo observar cómo una socarrona y, para qué negarlo, sensual sonrisa atravesó sus labios.
—No hagas que piense en ello…si no te juro que no podré aguantar mucho más. —provocó la kunoichi riéndose de sí misma al percatarse de lo tan excitada que estaba.
—Anko, escúchame…—llamó la atención de la chica posando su dedo índice bajo la barbilla de la mujer de ese modo obligándola a que lo mirara directamente —Te deseo desde hace demasiado tiempo, he aguantado con paciencia las hambrientas miradas de todos los incompetentes que te han estado observando con regocijo…—prosiguió esta vez cambiando su tono de voz a uno más duro y serio haciendo que Anko se sobresaltara levemente al percatarse de lo celoso que podía ser el hombre más solitario y sereno de la villa—…por no hablar de Hatori…
—No lo metas en esto. Él nunca me hizo nada. —susurró lo último por lo bajo intentando disipar el recuerdo del fallecido.
—Anko…yo no voy a obligarte a hacer algo que tú no quieras, pero-
—Para el carro, maestro. Sé de sobra que tú no lo vas a tomar así, de la misma manera que yo…quiero decir, he sido una estúpida al no darme cuenta de lo mucho que me quieres y, a la vez, sé que he sido una hipócrita al no querer ver la realidad, porque yo…—tuvo que parar porque la ojicaramelo no sabía muy bien si lo que estaba pronunciando era correcto, aún así se sincero de la mejor manera que pudo—te quiero…y mucho, por cierto. Me gustaría hacerte feliz y, porque no, me gustaría, si no es mucho pedir, que me ayudaras también a quererte.
—Quiero que sepas que voy a hacerlo aunque no me lo pidas.
La Mitarashi cerró sus ojos durante unos instantes. Necesitaba pensar antes de decir si lo correcto debía ser lo que quería para ella o lo que debía hacer por su villa. Suspiró con pesadez, estaba frustrada y lo peor de todo era que el hombre de su vida quería una repuesta porque, sin engañar a nadie, se la merecía.
Anko abrió de nuevo sus ojos y se encontró con ese orbe color azabache, aquel con el que podía perderse durante toda la eternidad, pues parecía el mismísimo abismo si se quedaba durante un tiempo mirándolo fijamente, aunque en el fondo a Anko le encantaría perderse en esa esfera oscura estando segura que el mismísimo Kakashi la salvaría de su propia trampa.
Kakashi estaba deseoso de escuchar una respuesta, la que fuera, por parte de la kunoichi, que seguía manteniéndose en silencio absoluto. La Mitarashi se veía entre la espada y la pared, pues sabía que estaba mal traicionar a la villa, pero también sabía que sería muy deshonesto por su parte el hecho de negar su deseo carnal hacia el ninja copia, que acariciaba suavemente y con cariño su mano.
¿Qué debía hacer? Era una kunoichi excepcional y daría su vida por Konoha sin dudarlo, aún así también se arriesgaría por Kakashi. Él ya lo había hecho una vez y ella debía ser consciente del peligro que en ese entonces habría corrido por ella, por lo que asoció ese acto de valentía con el gran amor que decía él que sentía por ella. Para colmo, Anko lo creía y el sentimiento era recíproco, por lo que esta vez iba a ser un tanto egoísta por su parte, y es que siempre había mirado por el bien de los demás y no del propio.
—Quiero que me prometas una cosa, Kakashi. —habló por fin la kunoichi de ese modo rompiendo en mil pedazos el silencio sepulcral que había estando flotando en el ambiente.
—Lo que me pidas—aseguró el ninja copia sin dejar de observar fijamente a la mujer.
—Prométeme que no te arrepentirás de lo que hagamos a partir de ahora. —dijo la dama de las serpientes esperando ansiosa una respuesta afirmativa por parte de su amor platónico, que sonrió al escucharla.
—Nunca podría arrepentirme de ser todo tuyo—respondió con sensualidad pero honestamente el peliplata para después abrazar tiernamente a la chica de sus sueños queriendo de ese modo notar algún gesto de aprobación por parte de ella, que no llegó muy tarde, pues los brazos de la examinadora correspondieron el abrazo con gusto.
Después de esa muestra de cariño, los dos senseis volvieron a besarse permitiéndose sentir una vez más esa ola de sentimientos que les habían asolado anteriormente. Las manos de la Mitarashi se pasearon lentamente y sin restricciones por el trabajado y uniformado pecho del shinobi ocasionando que un travieso escalofrío lo recorriera de arriba abajo. La chica dibujó con regocijo figuras indefinidas con su dedo índice por el abdomen del hombre hasta que, finalmente, esa traviesa y juguetona mano terminó por atrapar a la del ninja copia, que había disfrutado esas caricias tan tentadoras pero relajantes por parte de la kunoichi.
—Ven. —susurró la dama de las serpientes lo más sensual que pudo sobre el oído del poseedor del Sharingan.
Entonces, como si de una domadora se tratara, a Anko no le resultó muy difícil encaminarse a la habitación, que por fin pudieron encontrar de casualidad, seguida del peliplateado, que con parsimonia pero con ansia siguió a la chica cogido de la mano mientras que se deleitaba gustosamente mediante sus descontrolados orbes con cada provocativo movimiento que realizaban sus atrevidas caderas a cada paso que ella daba a la vez que con su peligrosa mirada lograba hipnotizar en cuestión de segundos a ese peculiar shinobi de ese modo dejándolo en un total estado de latencia temporal.
En un abrir y cerrar de ojos la puerta de la habitación donde anteriormente Anko había curado al peliplateado se abrió lentamente de ese modo dejando que los dos senseis entraran con parsimonia en la estancia, que se encontraba iluminada por la pequeña y débil llama que emanaba de la vela que se encontraba sobre la vieja y apolillada mesita de al lado de la cama individual, la cual se convirtió en el destino de ellos dos.
Sin romper el beso que se estaban dedicando, el Hatake sostuvo durante unos segundos a la mujer con la intención de dejarla suavemente y con cuidado sobre el gastado pero cómodo colchón. A continuación y sin ningún problema, el peliplata se arrimó a la dama de las serpientes dejándola apresada bajo el calor que emanaba de su golpeado cuerpo. Una media sonrisa surcó los labios de la Mitarashi al sentir las manos del hombre colarse de nuevo por su falda de ese modo provocando que su espalda se arqueara levemente por culpa de esa pícara caricia.
Las yemas de los dedos del ninja copia se deleitaron al sentir la textura de la rejilla que cubría las tentadoras piernas de la pelimorada, pues el calor atravesaba sin problema la fina prenda como si de ligeras pero mortíferas llamas se tratara. Kakashi pensaba que de un momento comenzaría a arder, pues le daba la impresión de que esa mujer estaba hecha totalmente de fuego. No obstante, él era capaz de enfriarla de ese modo equilibrando esa flameante ola de temperatura.
—Definitivamente quieres acabar conmigo. —le susurró al oído el ojiazabache al notar cómo las manos de la Mitarashi navegaban libremente por su pecho mientras Kakashi iba posando suaves besos por el cuello de la examinadora, que se deleitaba con cada dulce roce que los labios de él dejaban sobre su piel.
—Has sido tú el primer tentado—respondió la kunoichi sensualmente sin dejar sus tareas en el cuerpo del hombre mientras daba una corta pero traicionera lamida en el lóbulo del ninja copia, que se estremeció peligrosamente ante tal osadía.
—No me has dejado elección, Mitarashi. —se defendió él atreviéndose a introducir tímidamente su curiosa mano bajo la camiseta de rejilla que le impedía a toda costa ver mucho más de lo que ojo color azabache podía observar, pues el orbe donde tenía el Sharingan lo tenía completamente cerrado.
La respiración de la pelipúrpura se agitó de un momento a otro al percatarse a dónde quería llegar la dichosa mano de su amante. Parecía como si un yunque de miles de kilos estuviera aplastando sus pulmones, y es que le costaba respirar por culpa de la falta de oxígeno que estaba intentando entrar en su aparato respiratorio y por las deliciosas insensateces que Kakashi le estaba dedicando.
El rostro del peliplata fue descendiendo hacia la clavícula de la kunoichi, que suspiró suavemente al sentir cómo la condenada mano seguía subiendo con lentitud…un momento, su boca también estaba bajando de manera más que amenazante ¡Por Kami-sama! a Anko ya le daba igual qué llegaba antes, si los ardientes labios o la traviesa mano de su amado, pues seguro disfrutaría de todas formas. Por lo tanto, la Mitarashi cerró sus acaramelados orbes y arqueó aún más su espalda de ese modo dándole un mejor acceso al hombre, que sonrió ante la deseosa cooperación que le brindó la dama de las serpientes.
—Por Kami…—gimoteó la kunoichi al sentir cómo lentamente pero con posesión el Hatake mordió suavemente y por sobre la malla de rejilla uno de sus senos mientras que ella apretaba fuertemente y durante un par de segundos las arrugadas sabanas con sus puños intentando evitar que ningún sonido rompiera la resistente barrera que sus dientes habían conseguido hacer. El pícaro pero devastador toque que le brindó el apuesto sensei del Equipo 7 provocó en la examinadora un mar de placenteras sensaciones con las que pudo fantasear en un pequeño intervalo de tiempo, pues Anko pensó que era más estimulante el hecho de que lo hubiera hecho con ropa que si lo hubiera hecho sin su típica malla de rejilla.
Acto seguido, la impertinente mano del shinobi sustituyó a sus hambrientos labios mientras que estos volvían a posarse posesivamente sobre los de la mujer, que aceptó muy gustosamente la invitación de él. La Mitarashi deseaba que ese momento no terminara nunca, y es que era lo más placentero que había sentido en su vida…a parte de sus amados dangos, claro estaba.
—Sigue…—demandó la ojicaramelo al notar que el peliplateado había parado sus excitantes caricias sobre su magnetizada piel. No hubo respuesta por parte del ninja copia, sólo pudo ver cómo dejaba reposar su cabeza sobre el hueco que había entre el hombro y el cuello de la chica mientras que ésta podía ver cómo los fuertes brazos del shinobi temblaban levemente, pues parecía como si no fuera capaz de aguantar el peso de su cuerpo. —Kakashi…—llamó la examinadora con un deje de preocupación en su voz mientras se incorporaba levemente.
—Lo siento, pero…—no quería decírselo, y es que era muy poco varonil quejarse en un momento como ese. No obstante ya no podía más, su pecho y brazos dolían demasiado por culpa de los visibles y torturadores golpes que los adornaban.
—Te duele ¿verdad? —se adelantó la ninja sonriendo débilmente a sabiendas que Kakashi no se iba a quejar por el malestar que lo estaba azotando cuando desde hacía rato que casi no se aguantaba de pie por culpa de esos desagradables moratones.
—Si quieres que mienta, puedo hacerlo. —contestó el ninja copia intentando no preocupar a la mujer ante su estado, que rió ante la respuesta de él.
Acto seguido, la ojicaramelo posó tiernamente un beso sobre los labios del Hatake mientras que, teniendo mucho cuidado, fue incorporándose con calma a la vez que empujaba lentamente al shinobi hasta que, finalmente, los dos quedaron sentados sobre el colchón de la pequeña pero acogedora cama.
La pequeña pero intensa llama que flameaba de la vela era capaz de, a duras penas, iluminar el lugar donde se encontraban los dos shinobis, que disfrutaban de las caricias que estaban brindándose mutuamente con la mayor ternura que nunca pudieran haber imaginado. El oscuro orbe del ninja brillaba intensamente mostrando una viva chispa de amor, de ese modo provocando que un bello sonrojo decorara las mejillas de la kunoichi que, inevitablemente, se mordió el labio inferior con sensualidad haciendo que la libido del sensei aumentara notablemente.
—Sígueme el rollo—dijo la kunoichi apenas de un susurro para después ponerse de rodillas sobre la cama y así lograr que el ninja copia fuera cayendo lentamente en éste hasta que, por fin, quedó completamente tumbado. Entonces, Anko pudo despojarse de la camiseta que unía el resto de su malla de rejilla y de la parte superior que cubría sus dos grandes armas de mujer.
Quedando semidesnuda ante el peliplateado, que intentó por todos los medios posibles no perder el poco autocontrol que raramente aún quedaba en su pervertida mente, la Mitarashi dejó reposar parte del peso de su cuerpo sobre el del Hatake ocasionando que su piel casi quedara pegada a la de él, pero al hacerlo, una socarrona y peligrosa sonrisa cruzó sus labios al sentir cómo cierta inquietud atentaba temerariamente contra su indefensa falda.
— ¿Así es suficiente? —inquirió el peliplata intentando excusarse ante tal muestra de irresponsabilidad por parte de su travieso amiguito.
— ¿A tan poco aspiras? —se burló la chica de cabello morado a la vez que mordía con travesura el lóbulo del shinobi, que durante unos segundos se quedó con los ojos en blanco por culpa del roce entre su cuerpo y el de la mujer, que masajeaba suavemente la nuca de él mientras sentía cómo la respiración de su amado peliplateado iba acelerándose por momentos.
— ¿Cómo debo tomarme estas palabras? —quiso saber el ninja copia pasando sus manos por la espalda de la examinadora de ese modo apreciando la suavidad de su piel mientras que la chica seguía entretenida con el apetecible cuello del sensei, que suspiró de placer ante las maravillas que le estaba brindando.
—Como mejor te apetezca—respondió con desparpajo la Mitarashi para después sonreír ampliamente ante la expresión de su amado peliplateado, la cual parecía todo un poema.
Con cariño, la kunoichi apartó las hebras plateadas que se precipitaban con rebeldía por la frente del shinobi observando con regocijo el hermoso rostro de él, que se sonrojó levemente ante la atención que le estaba poniendo ella a su cara. Por primera vez la pelimorada pudo apreciar claramente la tonalidad rosada que se apoderó de las mejillas del hombre de ese modo provocando en ella una agradable sensación, pues nunca había visto a Kakashi tan coqueto.
De un momento a otro, Anko acarició con afecto la cicatriz que cruzaba el ojo donde se encontraba ese poder ocular del cual cierta familia no pasaba desapercibida. Kakashi se dio cuenta de la caricia e, inevitablemente, giró su cara intentando que la kunoichi no se centrara en esa desagradable imperfección que él poseía desde hacía mucho tiempo. En efecto, la dama de las serpientes entendía más o menos lo tan doloroso que podía llegar a ser el hecho de recordar a alguien fallecido y, para colmo, querido.
—Conmigo no es necesario que seas tan reservado con este tipo de cosas. —musitó por lo bajo la ojicaramelo sin dejar de observar con preocupación el brusco altibajo que había asolado al poseedor del Sharingan.
—No es ser reservado, Anko. Pero me duele pensar que el que un día fue compañero de equipo y, a la vez, amigo ahora sea el mayor responsable de esta maldita guerra. —se desahogó el ojiazabache con el semblante serio mientras intentaba no recordar a Obito Uchiha, el cual se hizo llamar en un tiempo Tobi.
— ¿Qué? Oye Kakashi, entiendo que estés cansado y… si quieres, lo dejamos. Pero, por favor, no confundas términos con todo lo que está pasando allí fuera. —contestó la Mitarashi alejándose levemente del rostro del shinobi, que clavó su molesta mirada sobre la confundida de ella, que no estaba entendiendo ninguna palabra de lo que él le estaba diciendo.
—Es la verdad, Anko. Obito pertenece a Akatsuki y, junto a Madara que ha revivido con el Edo Tensei, están peleando contra nuestras tropas. En realidad no sé qué trama porque, la verdad, ha perdido la cordura por completo. —explicó muy brevemente el ninja copia acariciando con ternura una de las mejillas de la chica, que se había quedado con la boca abierta ante tal declaración, pues nunca hubiera imaginado que tal cosa podría pasar ¡Era totalmente surrealista!
En fin, quedarse dormida durante mucho tiempo no había sido bueno ¡Maldito Kabuto!
— ¿Así que Obito Uchiha no estaba muerto?
—Parece ser que no. No me preguntes como sobrevivió, porque yo creí que…—no quiso terminar la frase, y es que al final Kakashi llegó a apreciar al joven Uchiha hasta hacía poco, pues no le quedó elección que ir en contra de los erróneos principios de su antiguo compañero de equipo en el instante en que decidió provocar a diestro y siniestro una guerra shinobi.
—Flipante…—fue lo único que escapo de los labios de la chica, que aún le costaba dar crédito a las amargas pero verdaderas palabras de su Kakashi. — ¿Y a partir de ahora qué vas a hacer? —se interesó la Mitarashi con un deje de indiferencia en su voz, pero en el fondo le comía la curiosidad por saber las misteriosas y ocultas intenciones del shinobi.
Kakashi la miró durante unos instantes, que fueron suficientes como para borrar a Obito de su mente y así poder centrarse de lleno en la mujer que se encargaría el resto de su vida a poseer y guardar su corazón.
—No deseo otra cosa que estar contigo. —respondió con la voz impregnada de romance para después hacer que sus deseosas manos serpentearan hábilmente por la espalda de la chica hasta que, inevitablemente, se dirigieron sin preámbulo hacia las largas y tentadoras piernas de la dama de las serpientes, la cual sintió cómo un agradable cosquilleo atentaba peligrosamente contra sus entrañas.
Se besaron calurosamente de nuevo para después dar otro paso más en esa gran esperada noche por parte de ambos, pues Anko no se lo pensó dos veces en llevar sus manos hasta el cinturón que sujetaba los oscuros pantalones de lo que quedaba de uniforme por parte del sensei del Equipo 7 mientras que el peliplateado, al percatarse de lo tan lanzada que iba su acompañante, se atrevió a desbotonar la dichosa falda de ella.
Acto seguido la Mitarashi, continuó desabrochando el botón que obligaba a mantener la cintura del pantalón pegada al perfecto cuerpo del peliplateado para después bajar la cremallera a una velocidad que a él le parecía desesperante. Sabía lo que estaba haciendo, sabía que estaba jugando con él, pero lo que ella al parecer no predecía era que todas se las iba a devolver, una a una, comportándose igual de malo que lo había sido ella. No obstante, pudo cerciorarse de sus intenciones en el momento en que en su rostro se dibujó una sonrisa socarrona.
Anko continuó jugando con su amado shinobi, torturándolo mientras tomaba entre sus dedos el elástico de su ropa interior para después dejar que su curiosa mano se colara con agilidad por la prenda, de ese modo acariciando con picardía al revoltoso pero deseado ser que la estaba tentando con peligro, provocando irremediablemente que un suave pero notable gemido escapara de los ya no tan sellados labios del poseedor del Sharingan, pues notar cómo esa mujer estaba estimulando notablemente a su atrevido amiguito lo estaba dejando sobre las cuerdas.
—Aishiteru—susurró la kunoichi con cariño sobre la cálida y suave piel de Kakashi para después posar un corto pero significativo beso sobre la agradable superficie. En ese momento, la ojicaramelo dejo de juguetear y, por qué no, torturar al shinobi volviendo a ascender su mano hacia el hombro de él para poder abrazar al poseedor del Sharingan con la mayor ternura que nunca ella podría haber brindando a nadie más que a ese hombre.
Lo quería…No. Lo amaba con todas sus fuerzas y lo deseaba por encima de todas las cosas existentes de ese injusto mundo, pues la realidad que estaba viviendo era puramente desastrosa. La ojicaramelo sabía muy bien qué significaba perder a alguien querido, por eso esta vez iba a luchar por proteger a la persona elegida para compartir su vida, incluso si tenía que arriesgar todo por él. No obstante tampoco era un kamikaze, sino que siempre había una alternativa para salvar la vida de ambos.
La dama de las serpientes sonrió con dulzura al pensar en todo lo que podría hacer cuando la guerra terminase, pues ella no era una kunoichi que pensara en que no iba a sobrevivir a esa desgracia. Tan sólo imaginar en la felicidad que podría recuperar al estar al lado de Kakashi Hatake, sus ojos no podían evitar hacer chiribitas de ese modo mostrando el brillo más intenso que nunca podría haber cruzado por esos acaramelados orbes, que no dejaban de inundar su enamorada mirada en el gran abismo que poseía el peliplata en su ojo derecho; era una bella traición de la cual no quería escapar porque, al fin y al cabo, era inútil pelear contra ese hipnótico imán.
Al estar ella sobre él, las hebras moradas de la examinadora se precipitaban hasta chocar contra la frente del ninja copia de ese modo mezclándose irremediablemente con el hermoso cabello plateado que él poseía. Sus frentes casi chocaban sintiendo cómo el calor abrasador los unía aún más a la vez que el limbo estaba acortando distancias entre los corazones de los dos senseis, que no se lo pensaron dos veces en volver a unir sus hambrientos labios para poder, muy gustosamente, coordinar el ritmo que los dos estaban intentando dedicarse.
Sumida en sus pensamientos y concentrada en ese fogoso pero romántico beso, Anko no se dio cuenta del momento en que su compañero sentimental giró lentamente con ella de ese modo apresándola de nuevo y con posesión sobre el colchón. Entonces, en ese preciso instante, Kakashi recordó las torturadoras pero excitantes caricias que Anko amablemente le dedicó, por lo que el peliplata traviesamente sabía que debía devolverle consideradamente esa muestra de deseo.
Las poderosas y grandes manos comenzaron a raptar por el escultural cuerpo de la Tokubetsu Jonnin apreciando con mucha atención todo lo que su tersa y blanquecina piel podía ofrecer a las yemas de sus dedos, pues estaban deleitándose con cada parte que tocaban del cuerpo de la mujer, que sonrió conforme con las intenciones de su amante. Se sonrojó intensamente al notar cómo la traviesa lengua de él se paseaba como si nada por su clavícula hasta que, inevitablemente, encontró su destino final.
La Mitarashi se retorció levemente bajo el cuerpo del shinobi al sentir todas las maravillas que las curiosas manos de él le estaban brindando, aunque parecía ser que no había previsto el siguiente paso. Enseguida, la pelimorada abrió desmesuradamente sus acaramelados orbes al percatarse hacia donde se estaba dirigiendo el rostro de ese pervertido. De un momento a otro pudo apreciar cómo los ardientes labios del poseedor del Sharingan iban descendiendo lentamente por su abdomen mientras posaba con dulzura cortos besos sobre su cálida y magnética piel.
—No sabes dónde te estás metiendo…—susurró como pudo la pelipúrpura a la vez que cerraba sus sorprendidos ojos y enredaba sus dedos en el despeinado cabello del hombre, que rió ante tal comentario, pudiendo ser perfectamente malinterpretado. Aunque realmente pensó que Anko ya había lanzado la primera pedrada en cuanto a esa pecaminosa afirmación.
— ¿Acaso me estás subestimando, Mitarashi? —retó el ojiazabache dando una corta pero totalmente erótica lamida justo por sobre del elástico que sujetaba la parte inferior de la característica malla de rejilla que solía llevar la examinadora. No siendo capaz de reprimir las ganas y de expresar el placer que estaba sintiendo por culpa de ese condenado shinobi y de sus deseables majaderías, un intenso gemido se arranco solito de los apetecibles labios de la dama de las serpientes, de manera que Kakashi interpretó ese agradable sonido como una rotunda aceptación para seguir a su libre albedrío con lo que tenía pensado.
Nadie podía negar que esa mujer era extremadamente hermosa, demasiado bella como para dejar a cualquier hombre bajo su control y siendo capad de hipnotizar con gran facilidad los cinco sentidos del susodicho. No obstante, lo mejor de todo era que sólo Kakashi podría disfrutar durante el resto de su vida de la pelimorada que, aparte de ser todo un volcán de mujer con la capacidad de provocar grandes y vertiginosas sensaciones, también podía llegar a ser la mejor acompañante para vivir en lo que quedaba de futuro. El Hatake estaba seguro que Anko era el pilar más poderoso e importante si algún día él llegaba a necesitar ayuda, porque sólo ella podía aportarle esa seguridad y bienestar en el caso de necesitarlo.
Kakashi estaba honestamente orgulloso del gran tesoro que lo tendría, sin lugar a dudas, atrapado hasta la saciedad, pues era imposible evitar ser el esclavo de la dama de las serpientes cuando desde siempre había estado enamorado hasta los huesos. Ahora era suya y él de ella, y es que prometía protegerla por encima de todas las cosas hasta que la llamada de Kami-sama lo reclamara.
Los dedos del shinobi delinearon lentamente las nalgas de la ojicaramelo disfrutando del contacto que tenía la rejilla de sus mallas con su cálida piel, aunque éstos se llevaron consigo a la dichosa prenda de ese modo dejando casi desnuda a la kunoichi y permitiendo al peliplata deleitar su mirada con el atractivo cuerpo que poseía ella, convirtiéndola en la única y peculiar diosa del poseedor del Sharingan.
El peliplata cerró sus ojos y, yendo esa vez totalmente a ciegas, paseo sus encendidos labios por una de las caderas de la examinadora, que suspiró hondamente en el momento en que notó cómo varios de los dedos de aquel querido individuo comenzaron a dibujar formas indefinidas por la parte interior de sus muslos obligándola, por mucho que hubiera querido resistirse (aunque era imposible), a entreabrir sus casi pegadas piernas de ese modo dejando al Hatake más que satisfecho.
Anko pensaba que iba a desfallecer en esos instantes por culpa de las peligrosas y torturantes caricias que el sensei del Equipo 7 estaba llevando a cabo por la zona sur de su cuerpo, y es que anteriormente él se encargó de despojarla de la última prenda que evitaba un plano completo de su persona. Cómo iba a resistirse si era prácticamente imposible no dejarse llevar por la condenada lujuria que estaba constantemente brotando de su piel, más no pudo evitar dejar escapar un alarido cuando ese pecaminoso hombre acarició con extrema delicadeza su apreciada condición de mujer.
Contento por la reacción que tuvo la Mitarashi al sentir todas y cada una de las mágicas caricias que le había brindado, el peliplata volvió a ascender lentamente hasta clavar su pletórica mirada sobre el rostro de la pelimorada, que aún mantenía sus acaramelados orbes completamente cerrados mientras que su respiración se estaba calmando progresivamente después de haber vivido esa erótica y, a la vez, estimulante experiencia.
—Te creía menos atrevido. —musitó como pudo la dama de las serpientes entreabriendo sus brillantes orbes a la vez que una traviesa sonrisa decoraba su hermoso rostro. En ese momento notó cómo el Hatake casi dejó reposar todo el peso de su cuerpo sobre el de ella, aún así la kunoichi pudo percatarse del sumo cuidado que tomó el ojiazabache cuando se acomodó lentamente entre sus piernas mientras que llevaba una de sus celestiales manos a su rostro con la intención de rozarla con ternura sobre una de sus encendidas mejillas.
—No quiero decepcionarte como amante, eso es todo. —se justificó el shinobi impregnando sus fosas nasales del adicto y dulce aroma que emanaba ligeramente de la tersa piel de la mujer, pues parecía como si estuviera a punto de asfixiarlo sin aún tener todas las ganas de acabar con él.
Era totalmente desesperante y, a la vez, traicionero.
La examinadora de los exámenes chunnin no respondió al sincero y atrevido comentario que soltó el ninja, pues simplemente se limitó a sonreír de la manera más sensual que nunca Kakashi podría haber visto para después morder suavemente pero con travesura su apetecible cuello provocando en él que un agradable escalofrío recorriera su médula a una velocidad más que temeraria, aunque pensó que las benditas caricias de la mujer no habían terminado, y es que se percató del cosquilleo que las yemas de sus dedos iban provocando sobre su cálida y, ya para qué negar, perlada piel debido al sudor que atentaba contra su persona.
Como si de un huracán se tratara, ciertas palabras escaparon de los labios de la Mitarashi ocasionando en el hombre un brutal mar de sensaciones, culpables por su progresiva revolución de hormonas, y es que la mujer se carcajeó ligeramente al sentir cómo el aliado de Kakashi mostraba un interés sobrenatural por conocerla mucho mejor. Besándolo hasta dejarlo sin aire, Anko le demostró al casi desbordado peliplata que ella también era rápida cuando se trataba de quitar la ropa, pues lo despojó de sus pantalones y ropa interior.
Los dos senseis eran conscientes de su completa desnudez, más no podían negar que se sentían algo avergonzados al sentir la fricción que amenazaba con hacer rozar sus cálidos cuerpos. No obstante, tampoco fue demasiado difícil acostumbrarse a ello debido al gran y poderoso deseo que atentaba contra ellos. Entonces, sin querer evitarlo, la Mitarashi enredó lentamente sus largas y tentadoras piernas en la cintura del shinobi, que gruñó débilmente al sentir la extrema cercanía de su acompañante sentimental.
Era amor lo que brotaba sin parar tanto de los orbes acaramelados de ella como del ojo color azabache de él de ese modo demostrando lo mucho que se querían y lo tan anhelados que habían resultado ser tanto para uno como para el otro. Era un sentimiento tan profundo lo que ambos sentían que casi podían jurar que era desgarrador para sus corazones, más no querían otra cosa que ese amor infinito perdurara durante el resto de sus vidas.
—Siento como si fuera la primera vez que hago esto. —susurró la ojicaramelo entre dientes intentando no delatar todo el placer que estaba sintiendo al percatarse del gran empeño que estaba ejerciendo de nuevo el peliplata al masajear suavemente pero con dominio sus senos, de ese modo haciéndola temblar de excitación. En efecto, esa era la primera vez que notaba cómo si un terremoto arrasara con toda ella, pues lo que Kakashi le estaba haciendo sentir esa noche estaba resultando ser totalmente increíble.
—Me gustaría que pensaras que esta es tu primera vez. —respondió el ojiazabache con seriedad para después hacer rozar la punta de su nariz sobre la clavícula de la mujer.
Le dolía demasiado pensar que ella ya se había acostado con otro hombre que no era él, pero no podía hacer nada al respecto, y lo sabía. Anko rodó sus ojos al percatarse del cambio de voz de su amante, y es que sabía por dónde podía ir la conversación si ella no le paraba los pies de inmediato.
—Kakashi, lo que tuve con Hatori fue un desliz. Sólo fueron dos las veces que nos entregamos, y sé que fue un error porque…—paró durante unos segundos para poder pensar detenidamente en lo que iba a decir y, a la vez, para intentar borrar de su mente la escena de la explosión que acabó con la vida de su mejor amigo. —…yo no lo quería como pareja, sólo como amigo. — Sostuvo el rostro del poseedor del Sharingan entre sus manos con la intención de que intentara ver la sinceridad de su mirada— Kakashi, te quiero a ti y… has de saber que no hay otra cosa de la que más me arrepienta que sea no haberte dicho esto antes...perdóname. —tuvo que comerse su orgullo y arrepentirse de lo que hizo en el pasado mediante esas honestas palabras, pues deseaba que él la creyera y no le guardara ningún tipo de rencor.
—Cariño, no hay un final sin un comienzo y, aunque me hubiera gustado ser el primero y el único, no puedo luchar contra tu propio pasado. Aún así…si tú me dejas, creo que juntos podemos mejorar nuestro futuro para poder vivir mejor. —fue lo que dijo desde lo más profundo de su corazón el Hatake de un susurro intentando hacer ver a la Mitarashi que no le guardaba ninguna animadversión. Al fin y al cabo, todos cometen errores en la vida.
Si no fuera porque estaban haciendo el amor, Anko habría dejado escapar alguna que otra lagrimilla de felicidad debido a esas hondas palabras por parte de su amor platónico, aún así sonrió de la mejor manera que pudo de ese modo expresando todo lo contenta que estaba al poder pasar el resto de su vida con ese maravilloso y fantástico hombre. Lo besó con todo el amor y calor que pudo permitiendo que ambos se degustaran de nuevo gracias a la bella y coordinada danza que se estaban marcando sus respectivas lenguas de ese modo pudiendo grabar en su despejada mente cada sabor que se aportaban.
Acto seguido, la kunoichi clavó como si de una estocada se tratara su enamorada mirada sobre la del peliplateado para después asentir levemente. No cabía duda, eso había sido una señal y Kakashi lo sabía, pues sus centrales nerviosas se pusieron en alerta al observar con regocijo la sensual e hipnótica mirada que se dibujó en los adorables labios de la pelipúrpura mientras que sintió cómo sus manos serpentearon hábilmente hasta su espalda obligándolo a que se acercara más a la dama de las serpientes, de ese modo dando el visto bueno a lo que, en teoría, debía pasar a continuación.
Juraría que en ese preciso instante las estrellas iban a caer como acto de rendición ante tal maravillosa sensación, y es que jamás había experimentado algo parecido. Se agarró con fuerza a la espalda del Hatake como si su vida dependiera de ello para después dejarse llevar por la marea de impresiones que azotaban constantemente su libre mente, invadiéndola y evitando así que cualquier deje de razón pudiera encontrarse en su cabeza. Solo era capaz de percibir el calor de él, el trabajado y uniformado cuerpo de su amado shinobi sobre el suyo, moviéndose cuidadosamente al compás más lento y preciso que nunca podría haberse permitido.
La respiración de ambos continuó agitándose inconscientemente y aumentaba a medida que el placer lo hacía, pues los suaves pero acertados empujones que ejercía el peliplata sobre la kunoichi estaban ocasionando que para ambos se les ofreciera un amplio abanico de sensibles y agradables sensaciones dejándolos a los dos totalmente aislados de la realidad.
Las manos de la pelimorada seguían sobre la ancha y trabajada espalda del ninja de ese modo dejando que ella pudiera sujetarse a él mucho mejor, aunque de un momento a otro un sonido gutural se arrancó de sus labios buscando la libertad para poder expresar toda la complacencia que estaba golpeando sin parar sus encendidas entrañas. Entonces, permitiéndose el gran lujo de hacerlo, Anko clavó de la manera menos dolorosa que pudo sus uñas en la blanquecina piel del ojiazabache a la vez que hundió su cabeza en la almohada con la intención de intentar sentir todo lo que esos excitantes movimientos de cadera le estaban otorgando.
Era fuego lo que atormentaba dulcemente a Kakashi en su interior, más no pudo evitar acomodar su cabeza en el cómodo hombro de la Mitarashi de ese modo dejando que sus sensuales gemidos se grabaran profundamente en cada rincón de su cabeza, pues quería que esa dulce y, a la vez, excitante melodía se guardara para siempre en lo más profundo de su psique. Debido a esos placenteros sonidos, las embestidas del peliplata incrementaron el ritmo provocando un repentino descontrol por parte de su persona. No obstante, no esperó demasiado para notar cómo la pelipúrpura demandó más debido al cambio de sus manos, que pasaron hábilmente de la espalda del shinobi a sus deseadas nalgas de acero.
Los minutos pasaban y parecía ser que ese festín estaba llegando a la fase final, prueba de ello eran los notables alaridos por parte de ambos los que delataban la llegada del clímax y el resto de sus esperados efectos, pues a cada embestida que el ojiazabache propiciaba, un notable y sonoro gemido se liberaba de la tan agitada kunoichi, que pensaba que iba a desfallecer en breve. Además, Anko juraba y perjuraba que, si Kakashi seguía excitándola de esa manera, no podría aguantar mucho más con ese constante ritmo; después de todo, hacía mucho tiempo que no se acostaba con nadie, y menos con la persona a la que tendría que haberse confesado desde hacía mucho.
Sólo duró unos segundos pero… ¡Por Kami-sama! Había sido increíble. Definitivamente, haber esperado para recibir con los brazos abiertos a esa agradable y, por poco que quisiera admitirlo, placentera sensación, culpable de haber golpeado con fuerza y, cómo no, un calor abrasador a su interior, merecía ser acto de espera, de llameante deseo y de una muy viva pasión. Y por si fuera poco, lo mejor de todo era que tanto el peliplata como la pelimorada habían llegado juntos a ese encantador y cautivante orgasmo, quedando de ese modo demostrado que habían sabido compenetrarse perfectamente cual dos piezas de puzle a todos los complejos movimientos de la inagotable fricción entre sus cálidos cuerpos para, finalmente, ser recompensados con un merecido premio.
El shinobi quedó totalmente rendido debido a esa satisfactoria ola de sensaciones, por lo que se permitió recostar todo su fatigado pero relajado cuerpo sobre el cálido de la kunoichi, que sintió cómo la cabeza del hombre reposaba contra su pecho. La mujer suspiró hondamente y, sin prisas, abrazó al ninja da cabello plateado lo mejor que pudo mientras que intentaba recordar cómo se respiraba. Aún así, no tuvo que pensar mucho, pues su respiración había dado un giro de ciento ochenta grados quedando de ese modo relajada y más que acompasada con la del poseedor del Sharingan, que notaba levemente el latido del ya más calmado corazón de Anko.
— ¿Aún te duele? —quiso saber la ojicaramelo referente a los heridos brazos del sensei, pues los había forzado evitando que todo el peso de su cuerpo cayera sobre el de la dama de las serpientes.
—Aguantaría lo que hiciera falta con tal de poder estar contigo de esta manera un vez más— le respondió el shinobi con un deje de romance en su voz incorporándose lentamente hasta poder clavar su enamorada mirada sobre la de ella, que simplemente sonrió con cariño para después apartar unos cuantos mechones color plata del rostro de él.
—Muy bonito de tu parte, pero…mejor deberías dejar de ser tan masoquista y preocuparte un poco por tus heridas. No querrás quedar como un inútil mañana, ¿no? —acusó la ojicaramelo dibujando una socarrona sonrisa en su rostro a la vez que pasaba una de sus manos por la mejilla del shinobi. En verdad era hermoso y, por si fuera poco, sólo ella era la afortunada de poder apreciar ese perfecto canon del ser humano.
—Muy atenta, cariño. Aún así permíteme que te diga que no debes preocuparte por esto porque estoy seguro que mañana estarán mucho mejor, así que lo que podemos hacer es descansar un poco si no queremos ir al campo de batalla con unas ojeras que nos lleguen hasta los pies. La verdad, no quiero que nadie me interrogue por eso. —habló el peliplata posando un suave beso sobre los adictivos labios de la dama de las serpientes, mejillas de la cual adoptaron un coqueto color rosado ante tal acción de su amor platónico.
—Dame uno más. —casi imperó la Mitarashi de un espeluznante susurro para después dejar que la ardiente y elegante sensualidad se apoderara de su sonrisa, provocando que cierto peliplateado tuviera que hacer de tripas corazón para poder contenerse y así no dejar al propio control a su libre albedrío ante el poderoso libido de la mujer de cabello color púrpura.
Para qué esperar si él se moría de ganas por volver a degustar tranquilamente el dulce y, a la vez, exótico sabor de la kunoichi y así embarcarse en el amplio, casi infinito océano de su imaginación. Entonces, la besó…la besó como nunca antes lo había hecho intentando transmitirle lo mucho que la amaba y, por qué no, deseaba mientras que sus manos serpenteaban libremente de las tentadoras piernas de la mujer, pasando por sus mortíferas nalgas hasta llegar a posarse en su pequeña pero suave espalda de ese modo provocando irremediablemente que la ojicaramelo temblara de satisfacción ante la continua seducción que estaba ejerciendo el poseedor del Sharingan sobre su, según ella, indefensa persona.
—Gracias por aceptarme, Anko. —musitó por lo bajo el Hatake realmente sincerándose con la mágica y permanente ladrona de su alegre corazón.
Se sentía protegido contra cualquier amenaza, ella era su ángel de la guarda y el simple hecho de saber que lo quería provocaba en él un sentimiento de tranquilidad y bienestar que nunca antes había experimentado.
La Mitarashi se limitó a suspirar hondamente ante tales palabras para después acoger de nuevo a su amado shinobi entre sus pequeños pero cálidos brazos de ese modo intentando brindarle todo el amor que estaba dispuesta a entregarle "Gracias a ti…"se dijo para su interior mientras los dichosos recuerdos volaban velozmente por su despejada mente: la guerra, su ausencia durante ésta, Hatori y su muerte, Kakashi y la maravillosa noche que habían pasado, el futuro que le deparaba...
En efecto, se quedaba con lo último y ella lucharía por ello, por conseguir la felicidad que le correspondía. Anko cobraría al pasado todas y cada una de las dolorosas experiencias que se había visto obligada a vivir, siendo de ese modo capaz de substituirlas por las que le esperaban de ahí en adelante al lado de la persona a la que más quería.
Así como pudo, Kakashi alcanzó con una de sus manos la manta que se encontraba en los pies de la desgastada pero cómoda cama individual de ese modo cubriendo ambos cuerpos, el suyo y el de Anko. Después de eso, la kunoichi clavó su cansada mirada sobre la débil llama que emanaba de la vela que se encontraba iluminando apenas el lugar donde ellos dos se encontraban, para después dar un certero y contundente soplido sobre ésta. Por Kami-sama, esa llamita pervertida había sido testigo de todo lo que había ocurrido esa noche entre Kakashi y ella, no obstante Anko tenía bien claro que esta vez no iba a presenciar cómo Don Morfeo se apoderaba con posesión de su evidente sueño.
La opacidad de la habitación se había cernido rápidamente sobre ellos dejándolos totalmente a oscuras, aunque ese hecho poco les importó, pues ambos notaban cómo el suave y agradable calor emanaba de sus cuerpos de ese modo asegurando la total seguridad de poder estar el uno junto al otro. Kakashi era capaz de sentir cómo el pecho de la pelimorada subía y bajaba constantemente, de ese modo siendo capaz de percibir la tranquilidad y la calma que asolaban a la casi dormida mujer.
Finalmente, el Hatake suspiró hondamente para poder dejar al cansancio hacer su trabajo y así poder brindarle el mejor de los sueños. Entonces, cerró sus ojos pensando en todo lo que haría después de que la guerra hubiera finalizado, porque en verdad creía que iban a ganar al equivocado Obito, y no era porque quisiera acabar con él por razones personales, sino que no se merecía otra cosa que morir por todo el daño que había causado a la población y a todas las generaciones ninja.
En fin, ya seguro que sería de noche y lo mejor que podían hacer en esos momentos los dos senseis era descansar y reponer fuerzas para asegurarse de poder, al menos, aguantar todo lo que el enemigo les echara porque, de no ser así, estaban perdidos. De todos modos, Kakashi confiaba en su poder y fuerza de voluntad, de igual manera que con la de sus subordinados y de todas las otras villas.
El Hatake estaba orgulloso de poder contar con Naruto y Sakura, porque ellos le habían ayudado a hacer pedazos las vendas que cubrían sus ojos, dejándolo completamente libre de la ceguera que lo asolaba, evitando que se encontrara en una calle sin salida y ayudando a que el mismísimo Kakashi Hatake valorara lo que realmente debía importarle: su propia vida y sus amigos. Ahora sólo faltaba Sasuke, el chico con el que más llegó a confiar en su día y al que le enseñó, dentro de sus posibilidades, cualquier ventaja para salir victorioso del apuro que fuera.
Era difícil de creer, pero…ahora Kakashi podía decir que era el hombre más feliz de la tierra, a pesar de todo lo que la realidad le había causado y le estaba causando.
Poseía a lo que más quería y lo mejor de todo era que iba a durar hasta el fin de sus días.
Continuará…
¡Por fin termino este capítulo! La verdad, se me ha hecho eterno pero al final lo he conseguido.
Espero de corazón que os haya gustado porque me ha costado mucho escribirlo, y no es que sea el lemon lo que me ha dificultado la escritura, sino la manera de expresar lo mucho que Anko y Kakashi se querían. Aún así… ¡Misión conseguida!
¿Merece reviews? Yo, personalmente, creo que sí.
Bueno, me despido desde donde estoy.
Ja né!
PD: Escritoras del KakaAnko, a ver si espabilamos y nos ponemos a escribir, eh! ;) Tenemos que agrandar el fandom.
