Ustedes lo conocen como el abisinio, pero su nombre (aunque estoy seguro de que ya lo mencionaron) es Solomon Ogbaid. No sé si era necesario que pusiese esto, pero creo que ayudará a algunos a ubicarse.


Cabalgaba por el desierto. Hacía tiempo que Da Vinci se había ido...

Fue entonces cuando vio a unos soldados acercarse. Llevaban armadura militar rumana. Tenía problemas, aunque lo sabía de antemano.

No opuso ninguna resistencia, ya sabía "más o menos"* que iba a acabar en las garras del Empalador, además, si ofrecía resistencia de seguro aquellos soldados no dudarían en utilizar la fuerza bruta. Estaba absolutamente seguro de que su señor les había permitido tal medida y de seguro le complacería el verlo en tales condiciones.

Cuando llegó, fue recibido por la mortífera y malévola sonrisa del Empalador.

–Veo que al fin mis soldados han dado con el hombre más buscado de Rumania. Tu… "habitación" ya está preparada. –no le gustó el tono que puso en la palabra "habitación". Ya sabía que dormiría en una celda, pero sabía que si su captor resaltaba un aspecto de su estadía debía ser por un motivo… Uno obviamente peligroso para su persona.

Pasó varios días en su celda hasta que el Empalador lo visitó. No sintió miedo. Su fin estaba cerca, lo sabía, pero no a manos del príncipe de Valaquia. De seguro solo venía a disfrutar con sus propios ojos el sufrimiento que, de seguro se había imaginado, estaba experimentando.

Solomon estaba sentado en el suelo, así que el Empalador imitó su postura para tratar de encararlo directamente.

– ¿Extrañas las vistas de estas tierras? –le preguntó el Empalador.

–No esperabas que fueses tu el que me lo preguntase. –le confesó el abisinio. –Pero sí. He de admitir que los paisajes de tu tierra son hermosos.

–Mis allegados me han hablado a veces de los paisajes que adornan este país. Esas son las únicas veces que llegó a añorar el poder gozar del sentido de la vista. –le dijo el Empalador. –Así que creo poder comprender el pesar que sientes por la incapacidad de ver ese paisaje, aunque sea en condiciones diferentes. –se calló, pero al rato le preguntó: – ¿Acaso quisieras volver a contemplar esas vistas?

–Sí. –le contestó el Hijo de Mitra, mirando fijamente un punto en donde, creía, debería estar una ventana.

–Puedo recrear ese paisaje para ti, pero tendrías que darme el material adecuado. –dijo el Empalador. Ogbaid oyó el sonido de un filo al rozar una superficie: había sacado un cuchillo…

En menos de un segundo, donde había estado su mano ahora solo estaba un muñón sangrante.

Gritó y se retorció. Al rato consiguió detener la hemorragia vendando el muñón con su manga.

El Empalador lo había estado mirando todo con una sonrisa.

–Creo que esto bastará para representar la parte superior del castillo. –le dijo mientras se levantaba para irse.


A los pocos días los guardias lo cambiaron de celda, esta era más espaciosa, o l meno eso pensó a primera vista, hasta que vio el "mueble" metálico que se ubicaba en el centro de la misma.

–Saluda a tu nueva cama. –le dijo entre risas un guardia.

Otra vez, Solomon sabía que si intentaba resistirse solo conseguiría que le hiciesen más daño. Así que cuando hubieran sellado aquella "celda" hecha de hojas y filos, solo relajó los músculos y esperó.

Fue un par de horas después que consiguió escuchar algo que decía un guardia:

– ¿Oíste sobre aquellos italianos que llegaron hoy?

– ¿Cuáles? –preguntó otro guardia.

–Son tres. Al parecer uno le agrada a lord Dracúl. Hasta trajeron algo del vino local y nos dieron.

– ¿Fue de allí de donde sacaste aquel vino que me diste?

–Sí.

–Sabes…–se oyó un bostezo. –Me siento cansado ¿Puedes relevarme?

–A mí también me está matando el sueño. Creo que me voy a dormir.

–Pero ¿Y el abisinio? preguntó el guardia que había hablado primero con algo de miedo en la voz. – ¿Y si escapa y lord Dracúl se entera?

– ¿Adonde va a ir? Si se mueve un solo centímetro de donde está se cortará a sí mismo en pedazos.

Se oyó una risa en conjunto.

–Tienes razón. –cedió el primer guardia. –Vamos a dormir.

"Ingenuos" pensó Solomon mirando a su "compañero de habitación". Vlad Dracúl lo miraba, o al menos suponía que lo miraba. A veces daba la impresión de que mentía sobre su incapacidad para ver, dando la sensación de que incluso podría ver a través de tu alma si así lo quisiese.

Al rato llegó da Vinci, acompañado de dos más. Aunque sabía que el genio del florentino le permitiría resolver aquel siniestro y sádico puzle, sentía temor, como cualquier otro hombre, al sentir una hoja rozando su carne tan cerca, lista para cortar en un segundo todos los tejidos que tuviese en frente.

Y fue justo en ese momento cuando ocurrió. Una hoja se había abierto una parte del costado.

Habían conseguido escapar del castillo, pero la herida lo estaba debilitando, así que finalmente le mostró a Da Vinci lo que llevaba grabado en el brazo: el mapa para encontrar el Libro de las Hojas.

No le importaba que le recortasen la piel para llevárselo, ya había perdido la mano y pronto la vida, así que ¿Qué tenía que perder?


Antes pensaba en hacer solo el capitulo anterior, pero luego me inspiré para hacer una serie de drabbles sobre el (misterioso, obviamente) culto de los Hijos de Mitra