Me atormentaba pensar con qué me encontraría, es decir, ¿qué querían? Después de tantos años, por qué decidieron aparecer justo en ese momento, justo cuando mi vida era un completo caos, justo cuando había recuperado a Bella. ¿Por qué no aparecieron cuando más los necesitaba?

A medida que nos íbamos acercando a la comisaría mi corazón latía con más frecuencia. Bella sostuvo mi mano a lo largo del recorrido, y Alice me decía palabras de aliento para calmarme.

Al llegar me impresionó ver a dos personas paradas, esperándome. El hombre, Edward, era muy alto, bastante parecido a mí, con ojos verdes como las mías y un poste imponente. La mujer, Elizabeth, era increíblemente hermosa, con una sonrisa blanca como la nieve y una delicada figura. Ambos sonrieron algo nerviosos al verme, me sorprendió que me reconocieran al acto. Carlisle nos presentó, Edward extendió su mano para saludarme pero yo la ignoré. Por su parte, Elizabeth se notaba con una incómoda sonrisa y movía sus manos de una forma tosca y graciosa.

Bella se disculpó y salió con su padre, dejándonos a los Cullen y a los Masen. Fue Carlisle quién comenzó a hablar.

"Qué bueno que pudieron encontrar a Edward, debido a su pérdida de memoria no se acordaba quienes eran sus padres" explicó con una casual simpatía.

Mi verdadero padre y Carlisle hablaron por un largo tiempo, Edward comentaba lo feliz que estaba de haberme encontrado, mientras que Carlisle le hacía varias preguntas.

Me sorprendió cuando Elizabeth, con una voz baja, me invitó a tomar un café. Hizo evidente que sólo se trataba de mí, y no de todos los Cullen. Carlisle me dio una mirada de apoyo, como para que aceptase aquella invitación. Decidí aceptarla, si bien no parecían malas personas, no podía olvidar lo que me habían hecho. Sin embargo, como decía Alice, quizá tenían su justificación, por más vaga que sea.

"Sabemos que tienes un montón de preguntas" dijo Edward al sentarnos en el Café.

Asentí.

"Te contaremos todo" afirmó. "Pero necesitamos que tengas la mente abierta."

Volví a asentir.

"Tu madre y yo te tuvimos y fuiste el mejor regalo que la vida nos pudo haber hecho" dijo con una sonrisa triste. "Éramos felices" le sujetó la mano a su esposa. "Pero siempre que la vida te trae algo bueno, tiene que buscar la manera de arrebatártelo. Empezamos a sufrir de varios problemas económicos, y nos costaba mucho cuidarte con nuestros múltiples trabajos. Queríamos que tuvieses lo mejor, y nosotros no podíamos dártelo. Al año de tu nacimiento descubrí que tenía cáncer, y el médico que me atendió me dijo que conocía una familia que buscaba la adopción de un niño. Al principio ni lo consideramos, seguimos haciendo nuestro mejor esfuerzo por mantenerte. Pero pasando el tiempo mi enfermedad me prohibió trabajar y tu madre tenía que cuidar de mí y de ti. Decidimos que no podíamos mantenerte, por lo que aceptamos la oferta y ciegamente te dimos en adopción. Nunca conocimos a tu familia, pero sentíamos que estábamos haciendo lo correcto, que serías feliz. Al rato de darte una mejor vida, un milagro sucedió, mi cáncer había desaparecido. Intentamos rastrearte para tenerte de nuevo en nuestras vidas, pero eso fue imposible, ya te habíamos perdido."

"Eres especial Edward" susurró Elizabeth. "Fuiste un milagro y nos diste otro milagro, creemos que no eres un adolecente normal. Tienes algo."

Los contemplé en silencio, nada de lo que me decían parecía tener sentido alguno. Parecía una mezcla de palabras que formulaban oraciones toscas. Los miré atento, contemplando cada gesto que hacían al hablar. Ambos bebieron sus cafés al instante, mientras el mío permaneció intacto.

"Sabemos lo que has vivido" dijo Edward tras un largo silencio.

"¿A qué te refieres?" pregunté.

Se miraron entre ellos, y luego ambas miradas se clavaron en la mía.

"Esta no es tu vida, Edward" dijo Elizabeth. "Te mandaron para que hagas lo correcto, para que cambies un gran error"

¿De qué hablaban? ¿Cómo sabían aquello? ¿Qué información tenían que yo no sabía? Tenía tantas preguntas y sin embargo no pude pronunciar ni una sola palabra.

"No podemos ayudarte" susurró Edward. "Pero necesitábamos verte por última vez. Necesitábamos saber que se había cumplido, que te habían dado esa segunda oportunidad."

"¿Quiénes son ustedes?" fue lo único que alcancé a preguntar.

"Nosotros somos meramente humanos. Pero tú, tú eres especial Edward. Tienes un don. Tienes una segunda oportunidad y sabemos qué harás lo correcto."

El cálido aire me asfixiaba, cortaba mi respiración. Las gotas de sudor se desvanecían por mi rostro, calientes como la sangre que fluía por mis venas. Mis pies descalzos apenas tocaban el húmedo pasto, corría con mi mayor velocidad.

"Edward" suspiraba la voz que tanto amaba. "Ayúdame, no me dejes morir. No otra vez"

Corrí más rápido, mi cuerpo se sentía fatigado, el calor me quemaba por dentro.

"Edward" repetía la suave voz.

Debía encontrarla.

"Edward" gritó la voz.

Esta vez se la escuchaba desesperada, gritando pidiendo auxilio. La seguí por el bosque. La voz iba aumentando con cada paso que daba hacia mi destino.

"Me estás dejando morir" dijo llena de dolor. "Otra vez."

La voz dejó de pedir ayuda, repentinamente todo se silenció. Dejé de correr. Sentí algo cálido en mis manos, las miré. Sangre. Éstas estaban cubiertas de una roja sangre espesa.

Me desperté repentinamente casi dando un golpe. Había tenido una pesadilla. Sacudí mi cabeza para tratar de borrar esas imágenes, ese grito desesperado de Bella.

En el comedor me esperaban los Cullen para desayunar. Me hablaron de cualquier tema menos sobre mis padres, nadie se animaba a preguntar. Sólo sabían que me habían vuelto a abandonar.

Mi mirada se fijó en el calendario que colgaba sobre un cuadro pintado por Alice. 26 de noviembre. Faltaba un día. Esme notó mi repentina tristeza y me dio una sonrisa de aliento.

Al terminar Carlisle me llevó hasta el hospital para hacerme unos estudios. Me pidió que esperase a Esme que me vendría a buscar, pero yo le dije que prefería ir a caminar.

Fue así que me dirigí hacía la casa de Isabella Swan.

Toqué la puerta dos veces pero nadie atendió. Sabía que Charlie estaba en el trabajo, pero me parecía extraño que Bella no estuviese en casa.

Volví a tocar y esta vez Bella abrió a toda prisa. Me saludó sin mostrar sorpresa, como si supiese que la iría a visitar.

"Charlie va a matarme" dijo, "pero te invito a pasar."

Acepté la invitación y nos sentamos juntos en el sillón del estar. Bella me ofreció una bebida fría y la acepté. Mientras ella fue a la cocina a buscar la bebida yo inspeccioné el lugar. Todo estaba como lo recordaba. El viejo televisor, los sillones, la falta de iluminación, las fotos, la alfombra.

Bella me dio un vaso con una sonrisa y se sentó a mi lado.

"Ayer tuve otro sueño" me dijo.

"¿De qué se trataba?" pregunté con sumo interés.

"Estabas vos. Era un día de clase, yo me había quedado a dormir en tu casa – la de los Cullen. Dormíamos juntos" agregó con timidez. "Yo quería faltar a clases pero tú insistías con que debía ir. ¿Cómo es posible que tenga estos sueños tan… reales? Pareciera como si los hubiese vivido, y alguien me los hubiese arrebatado y ahora de a poco me los vuelven a dar."

"Quizá son reales" le dije tomando su mano. "¿No has pensado en eso?"

"Es imposible. Pero, por otro lado, sabes todo sobre mí."

"Debes tener la mente abierta. En la vida suceden cosas inexplicables. Cosas que volverían a cualquier persona loca. Yo siento que estoy atrapado en el medio de un sueño" le clavé los ojos, "del que no quiero despertar jamás."

"Edward" dijo con timidez. "Debo decirte algo… creo que te amo. Quizá no yo, pero la chica de mis sueños, la que se parece a mí, la que te conoce, ella te ama."

Puse mi mano sobre su rostro, haciendo una caricia.

"Dile que yo también la amo."

Acerqué lentamente mi rostro al suyo, hasta poder sentir su aliento. Ella también se acercó. Nuestros labios se juntaron en un largo y profundo beso. Los recuerdos saltaron en mi interior. Cada beso, cada caricia, cada te amo, todo. Todo se presentó como una película en mi mente. La tenía a ella, y no la perdería por nada en el mundo. Ya lo había hecho una vez, no lo haría dos veces.