Hai minna san! Espero estén bien!
Tengo una curiosidad, y espero que después de leer este capítulo puedan comenzar a poder responder. ¿Qué les parece Umi? Como aclaración, podría decir que "Umi" -como muchos de ustedes sabrán ya- significa "mar". Y justamente tiene muchísimo sentido en esta historia, más adelante sabrán por qué. Y otra aclaración más -por si acaso se me olvida-, Umi tiene 16 años.
Muchas gracias y no se olviden de los comentarios, onegai-shimasu!
Sayonara!
Sanji cocinó en silencio. El aroma que soltaba su comida era tan delicioso como el que recordaba. Ella permaneció en silencio también, sentada leyendo el periódico. Umi hablaba y hablaba sobre sus aventuras en los distintos sitios en donde vivió. Demasiados lugares, para el parecer de Sanji.
Almorzaron aún escuchando los relatos de la niña, que comió descomunalmente. Sanji sonreía con melancolía mientras la observaba y Nami se daba cuenta de ello. Algo en su interior la estrujaba tanto que no podía respirar bien. Comió poco, como habitualmente hacía y Sanji había acertado exactamente en la cantidad que le sirvió, arrancándole a ella también una sonrisa.
Vio el reloj y ya eran las 3 de la tarde. Umi bostezó enérgicamente y luego se rascó la cabeza, desarmando la trenza que su madre le había hecho por la mañana. Nami lavaba los trastos y Sanji había salido a la puerta a fumar un cigarrillo.
− Creo que dormiré una siesta − afirmó con modorra. − ¿Crees que Sanji debe irse? − preguntó. Nami continuó con su tarea.
− Parece un hombre agradable − dijo.
− ¡Además cocina como los dioses! − Umi estaba entusiasmada. − ¿Puede quedarse mamá? Creo que su barco zarpa en tres o cuatro días
− Está bien − asintió Nami con duda en su corazón. No sabía si estaba bien compartir su casa con su viejo nakama, pero algo en su interior no dejaba que ella actuara de otra forma.
− ¡Gracias! − dijo la niña mientras se levantaba y se dirigía a su habitación. Cerró la puerta.
A los cinco minutos los ronquidos de Umi inundaban la casa. Sanji entró sigilosamente. Nami estaba recargada sobre la mesada, acomodando sus ideas. Parecía perturbada. El hombre se quedó de pie en el umbral.
− Si quieres que me vaya, sólo dilo − dijo. Nami volteó. Lo miró a los ojos, con nostalgia.
− No − negó también con la cabeza. − Quédate − pidió. − Por favor − Sanji se sentó.
− ¿Debo hacer preguntas? − preguntó. No quería herir a su compañera.
− ¿Qué quieres saber? − dijo ella con determinación. Sanji intensificó su mirada, intentando encontrar la pregunta correcta. − ¿Quieres saber qué sucedió conmigo? ¿O quieres saber quién es el padre de Umi? − fue dura y parecía acusarlo.
− En verdad quiero saber las dos cosas − fue sincero. Nami sonrió.
− Dame un cigarrillo − pidió. Sanji se sorprendió, pero le convidó un cigarro a Nami, que lo encendió. Dio un par de pitadas ante de comenzar. − Cuando pasó aquello − dijo con un dejo de angustia en la voz − él me pidió que desapareciera − dio otra pitada. − Sólo hice lo que nuestro capitán ordenó
− ¿Qué? − se le escapó a Sanji. No entendía nada.
− ¿Qué es lo extraño? Mi capitán me ordenó desaparecer − se recargó contra el respaldo de la silla. − Él quería que no me atraparan, quería que estuviera a salvo
− Los demás − tragó saliva. − ¿Sabes qué sucedió con los demás, no es cierto? − preguntó con timidez. Nami afirmó con la cabeza.
− Fue doloroso leer cómo casi cazaban a todos nuestros nakamas − las lágrimas aparecieron en los ojos de Nami. − Yo pude escapar, me escondí muy bien − limpió sus ojos. − Además, tenía motivos suficientes para hacerlo − miró de soslayo hacia la puerta. Sanji escuchaba expectante. − Él me había ordenado escapar, huir, ocultarme. Pero sabía muy bien lo que hacía, lo sabía muy bien − bajó la cabeza.
− ¿Qué quieres decir, Nami? − preguntó.
− Él sabía que yo estaba − apretó los párpados, esforzándose para no llorar. − Que yo estaba… embarazada − Sanji se sorprendió mucho. Nami soltó el aire y sonrió abiertamente, mirándolo. − No vas a decir que no se le parece, ¿no es así? − el hombre también sonrió.
− La vi sentada en el acantilado, sola, mirando el mar. Pensé que era un muchacho. Me llamó mucho la atención, había algo diferente en ella. Por eso me acerqué para verla de cerca. Y me sorprendió. Su sonrisa, su mirada, todo me traía recuerdos − explicó. − Realmente se le parece mucho − se sinceró. − Pero cuando le pregunté por su padre me dijo que no tenía, y me pareció que se enojó
− No sabe que él es el padre − el tono que empleó Nami le heló la sangre. − Y tú no se lo dirás tampoco − ordenó.
− Pero − quiso decir algo, pero Nami no lo dejó.
− Es mejor así − apretó los puños. − Si alguien se entera de que ella es su hija, todo estará perdido
− Ya nadie busca piratas − afirmó con tristeza.
− Pero él no es cualquier pirata − lo miró intensamente.
− Tu − Sanji no pudo sostenerle la mirada. − Tú lo tienes, ¿no es así?
− Si
Nami se levantó de la silla sin decir nada más. Sanji sólo la miró. No podía hacer más preguntas y su nakama se lo había dejado muy en claro. Ella se retiró de la cocina y a lo lejos escuchó la puerta hacia la calle. Estaba confundido. Luffy había querido que ella no cayera y la había protegido, incluso después de toda aquella terrible situación. Suspiró profundamente. Debía borrar esos recuerdos de su mente o se volvería loco. Se levantó y abrió el refrigerador. Era mejor buscar elementos para hacer una gran cena para Umi, después de todo ahora más que nunca quería saber más cosas de ella. Sonrió.
La tarde había pasado volando. Cuando se despertó de su pequeña siesta, ya eran las 6:30. Se estiró y bostezó. Luego se refregó los ojos. Salió de la habitación como estaba, descalza y con una simple camisa suelta desabrochada, que dejaba su abdomen marcado y su ropa interior a la vista. Pasó por la puerta de la cocina sin percatarse de la presencia de Sanji, al que había olvidado por completo y se encerró en el baño. Se miró al espejo. Estaba despeinada y sus ojos mostraban su somnolencia. Debía tomarse una ducha.
Abrió el grifo y escuchó cómo caía la lluvia. Se quitó la ropa y se introdujo en la ducha cálida, intentando despejar su mente. Algo no andaba bien. Le dolía un poco la cabeza y no podía pensar con claridad. De pronto una imagen pasó por su cabeza. Cerró el grifo, abrió la cortina y se envolvió en una toalla blanca.
Salió corriendo del baño. Sanji la escuchó, pero no se movió de su sitio en la cocina. Estaba sentado leyendo unos libros que había tomado de la pequeña biblioteca de Nami. Umi entró en la habitación de su madre, que estaba impecable como siempre y cerró la puerta bruscamente. Abrió el placard y allí pudo ver un cofre. Estaba cerrado con un gran candado. Sacó el cofre y lo colocó sobre la cama, sentándose en ella. Tomó sus cabellos aún mojados entre sus manos y tiró levemente de ellos.
− Nunca hablas de él − se le escaparon las palabras. Sanji, al escuchar el portazo que dio Umi al entrar en la habitación de Nami, se había acercado sigilosamente. Logró escuchar el susurro a través de la puerta, y apretó los dientes. − ¿Acaso aquí hay algo suyo? − preguntó. − Nunca me mostraste qué contiene este cofre − Sanji no aguantaba más la pena que sentía en su corazón, pero recordó lo que Nami le dijo antes. No debía meter su nariz en ese asunto, por más injusto que le pareciera. Había cosas que él no sabía, estaba seguro de aquello. Tragó saliva y se alejó.
Umi acarició el cofre, como si realmente supiera que allí dentro había algo que la conectara con el que fuera su padre. No sabía absolutamente nada de él. Cómo se llamaba, qué era, ni siquiera si estaba vivo. Las lágrimas corrían por sus mejillas, y caían al suelo, silenciosas.
Después de unos minutos, guardó el cofre en el armario y salió. En el pasillo estaba Sanji, de espaldas. Iba a salir de la casa cuando escuchó la puerta de la habitación de Nami, pero no había volteado.
− ¡Sanji! − dijo Umi como volviendo a la vida. Se limpió las lágrimas con las manos. − ¿Dónde vas? − preguntó inocentemente.
− Iba a fumar − dijo él con la voz apagada, sin voltear.
− Puedes hacerlo dentro, mi mamá fuma también − sonrió.
− Está bien así − salió de la casa dejando a Umi sola en medio del pasillo.
Ese hombre le producía una sensación cálida y familiar. Apenas lo había conocido hacía unas horas pero podía afirmar que lo conocía de mucho antes. Entró en su habitación sonriente. Abrió su armario e iba a tomar sus bermudas de jean, pero vio un vestido que su madre le había regalado hacía un tiempo. Jamás lo había querido usar. Tragó saliva, tocó la tela, y escuchó la voz de Nami. Rápidamente tomó la bermuda y la camisa y cerró el armario.
− ¡Umi! − gritó su madre al no encontrarla asaltando la alacena. − ¡¿Ya te levantaste?! − preguntó. Umi apareció en la cocina, algo agitada y con el cabello mojado. Nami frunció el ceño. − No secaste tu cabello − la regañó. Umi sonrió y luego rió.
− ¡Siempre lo olvido! − dijo.
− No importa, siéntate, yo lo haré − hizo un gesto para que Umi se sentara. − ¿Ya tomaste tu merienda? − preguntó con una toalla en la mano.
− No, me quedé dormida − rió. − Tengo hambre
− Lo sabía. Ahora te prepararé algo − terminó de secar el cabello de Umi y tomó un peine que tenía en la alacena. − ¿Todo está bien? − preguntó. Algo raro había en su hija. Era extraño que antes de comer hubiera preferido bañarse.
− Si − afirmó con poca seguridad.
− ¿Dónde está Sanji san? − preguntó Nami, no habiéndose encontrado con él al llegar.
− Dijo que iría a fumar afuera. Le dije que tú lo haces aquí, pero igual salió. ¿No te lo encontraste? − preguntó con rareza.
− No − Nami se quedó pensando un momento. − Muy bien, he terminado − le había trenzado el cabello como siempre. Umi giró y le sonrió. Esa sonrisa era idéntica a la de él. Tragó saliva queriendo ahogar el nudo que se estaba formando en su garganta. − Prepararé algo − abrió el refrigerador y grande fue su sorpresa cuando encontró unos cuantos refrigerios y postres preparados dentro. Sonrió tiernamente. − Parece que Sanji san se adelantó − tomó un par de platos y se los acercó a Umi, que los veía con estrellitas en los ojos.
Comió todo lo que había en los platos con absoluto silencio y dedicación, disfrutando de cada bocado. Nami la observaba comer, como si nunca antes la hubiese visto. Cuando terminó, se limpió la boca con una servilleta y bajó sus manos para posarlas sobre sus rodillas. Las apretó ligeramente y miró hacia la mesa.
− Mamá − llamó la atención de Nami, aunque ella ya la estuviese viendo. − Cuando nos conocimos, Sanji me preguntó algo − tragó saliva, estaba algo nerviosa. − Me preguntó por mi padre − Nami abrió los ojos pero no dijo nada. − Yo no pude responder nada − la miró, con ojos suplicantes. − Por favor − rogó − quiero saber algo acerca de él
− ¿Algo? − preguntó Nami. Nunca antes Umi le había preguntado absolutamente nada acerca de su padre. Jamás lo había hecho. ¿Acaso Sanji le había dicho algo?
− Cualquier cosa − las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos. − No quiero saber su nombre, ni si está vivo o si está muerto − a Nami también se le llenaron los ojos de lágrimas. − Quiero saber qué clase de persona era − soltó el llanto. Un llanto que dejaba en claro todos sus sentimientos. Nami no pudo contener más las lágrimas y las dejó salir. Umi jamás había visto llorar a su madre. Estaba sorprendida.
− ¿Qué clase de persona era tu padre? − repitió la pregunta entre sollozos. − Él era increíble − dijo. Por primera vez dijo algo acerca de Luffy, después de tantos años. Nunca había podido siquiera decir palabra. − Era el hombre más sorprendente del mundo − las lágrimas salían de sus ojos y caían sobre sus muslos. No pudo decir más porque un gran nudo cerró su garganta e imágenes del pasado aparecieron en su mente. Umi se levantó de su silla y abrazó a su madre con ternura.
− Gracias − dijo suavemente. − No llores más
