Hola! No me aguanto las ganas de subir el capítulo! Quiero compartir la historia! Así que aquí el capítulo 3, que espero amerite algún comentario =D
Muchas gracias por leer! Nos leemos! Mary
Umi se encontraba en la calle, dando un paseo. Llevaba su ropa habitual, una chaqueta roja, una bermuda de jean arremangado sobre la rodilla y unas ojotas. Nami había trenzado su cabello esa mañana, por lo que ya siendo el atardecer algunos mechones se salieron del peinado dándole un aspecto desprolijo. Habían pasado tres días desde que se encontró con Sanji y él se comportaba como si conociera a su madre y a ella de toda la vida. Pensó que quizá siendo tan buen cocinero y habiendo cocinado para tanta gente famosa, de seguro tenía una personalidad abierta y amigable, tanto como para tratarlas de aquel modo. Sonreía mientras imaginaba qué sería lo que prepararía él esa noche para cenar.
El pueblo era pequeño. Tenía una única calle comercial que abarcaba unos trescientos metros de puestos, donde se vendían las cosas que traían los navíos desde otras tierras muy lejanas. Observó con atención y sorpresa todas las nuevas cosas que un gran barco había traído en la mañana, sonriendo ampliamente a todos los tenderos. La conocían muy bien desde que había llegado, sobre todo por los alborotos que se armaban con las bandas de ladronzuelos que había en el pueblo. Un hombre barbudo y grandote, con una sonrisa en el rostro, se acercó cómplicemente a Umi.
− Escuché que llegó un barco con muchas riquezas en sus arcas − comentó por lo bajo a Umi mientras ella continuaba apreciando, con estrellitas en los ojos, lo que parecía una lámpara brillante, de apariencia ordinaria. − También se comenta que en ese barco viaja alguien importante − continuó. Umi lo miró de soslayo. − Dicen que estuvo en la tripulación del Rey Pirata
− ¿Qué estás diciendo, viejo? − preguntó de mala manera Umi, cruzándose de brazos.
− Nada, sólo estaba jugando − dijo carcajeándose.
− Piratas − repitió. − ¿Qué es un pirata, viejo? − preguntó con inocencia, arqueando una ceja. No es que no supiera, muy por encima, lo que era un pirata, sino que la curiosidad por saber lo que realmente significaba ser pirata la invadió por un segundo. El hombre rió estrepitosamente.
− Déjalo ahí, Umi chan − hizo un esfuerzo por no volver a reír. Siempre que quería reír le decía rumores a Umi sólo para que ella le hiciera alguna pregunta divertida. − Ve a casa, ya casi es hora de la cena
− ¡Es cierto! − gritó eufórica, corriendo hacia el final del mercado, olvidando todas las preguntas que tenía sobre los piratas.
Cuando tomó el camino hacia su casa, notó algunas presencias extrañas en una esquina. Intentó no hacer caso, pero no pudo continuar cuando un joven mucho más alto y fornido que ella se paró delante en una actitud altanera.
− Pero, ¿qué tenemos aquí? − dijo el chico, agachándose para mirarla a los ojos. − Un niño miedoso − dijo. Otros tres muchachos la rodearon inmediatamente. Ya le había sucedido en varias oportunidades que los muchachos la confundieran con un varón. Sonrió de lado.
− ¿Qué dijiste, cerdo? − fue dura, mirándolo con ojos tan fríos que hicieron que el chico tragara saliva.
− Que eres un maricón − lanzó un escupitajo a un lado.
− ¿Y qué con eso? − ella quiso seguir el juego, sin quitar su mirada y la media sonrisa. También escupió hacia el mismo lado que el chico. − ¿Le tienes miedo a un marica? − lo provocó, poniéndose en posición de lucha.
El joven tiró un puñetazo, que Umi, muy hábilmente, esquivó con facilidad. Pero, uno de los compañeros la tomó por debajo de los brazos, inmovilizándola. No gritó, queriendo seguir con aquel ridículo jueguito. Ella era mujer, pero tenía los cojones mucho más grandes que cualquiera que habitaba en ese pueblo.
− ¿Qué quieres de mi? − preguntó sin una pizca de miedo en la voz. − No tengo dinero − aclaró, antes de que el patotero se lo preguntara. Pero, en vez de eso, atinó un certero golpe en la boca del estómago de Umi, que la hizo escupir saliva. − Con que si eres un cobarde − espetó. − Haces que este mal parido me sostenga para poder atinarme − sonrió, continuando con su provocación, sin mostrar una pizca de dolor.
− ¿Qué es lo que tenemos aquí? − dijo el joven, restando importancia a lo que Umi le dijo. Tomó su trenza con su mano izquierda, notando que su cabello era suave y cuidado. Sonrió. − Serás − dijo y con su mano derecha hizo un brusco movimiento que rompió todos los botones de la chaqueta roja, dejando su sostén a la vista. El desgraciado rió estrepitosamente. − Al fin y al cabo eres una mocosa − dijo, relamiéndose.
Umi levantó el rostro, con ira saliéndole por los ojos. Tenía los dientes apretados con una fuerza tal que la encía comenzaba a sangrar. Escupió en la cara del tipo mientras este continuaba riendo. Con una fuerza que al que la sostenía le pareció endemoniada, soltó su brazo derecho del agarre para tomar con la misma fuerza al que tenía enfrente por su entrepierna. La cara del muchacho empalideció.
− Que tengas esto no te hace un hombre, cabrón − espetó con asco, apretando aún más. El dolor comenzaba a aparecer en el rostro del chico, que no podía quitar su mirada de los ojos de ella. − Y que yo sea mujer no me hace indefensa − con violencia quitó su brazo derecho del agarre y encestó un fuerte puñetazo en medio de la cara del joven, haciendo que su nariz sangrara. Luego lo soltó y les dio la espalda, comenzando a caminar.
Uno de los otros dos hombres, que sólo habían observado la escena, tomó en un rápido movimiento la trenza de Umi y la cortó con su daga, haciendo que el cabello se desparramara por los adoquines de la calle. Ella paró en seco.
− Nos lo pagarás − dijo, arrojando la trenza al suelo. Umi continuó caminando, apretando con fuerza sus puños. No valía la pena ponerse violenta por un poco de cabello y les había dejado bien en claro que aunque no tenía, las tenía bien puestas.
Corrió lo que le quedaba por llegar a casa. Ya había caído la noche y seguramente su madre la regañaría por llegar tan tarde. Pero a tres metros se detuvo. Miró incrédula a Nami que lloraba a mares. No entendía absolutamente nada. Estaba oscuro. Miró hacia arriba viendo que la lámpara de la calle se había roto y sonrió nerviosa. Por lo que podía leer de la situación, su madre había estado bastante preocupada y seguramente le esperaría el infierno al entrar en su casa. Vio que Sanji salía y se quedaba viéndola como si estuviera viendo un fantasma. Su cigarrillo cayó al suelo y tomó los hombros de Nami con fuerza. Umi no entendía absolutamente nada.
Unos minutos antes…
− Saldré a la puerta − informó Nami mientras apagaba un cigarrillo en el cenicero. Sanji asintió con un sonido mientras continuaba removiendo algo en una olla.
− ¿Te preocupa que no haya llegado? − preguntó antes de que Nami saliera de la cocina.
− Nunca llega tan tarde, menos si sabe que va a comer algo rico − rió levemente, pero no pudo ocultar su preocupación de los ojos de su nakama.
Salió de la casa, dejando la puerta abierta. Dio un gruñido al notar que la lámpara que alumbraba su casa por la noche se hubiera roto. Más tarde tendría que pedirle a alguno de sus vecinos que la arreglara. Tanteó el bolsillo trasero de su short blanco y arrugó el entrecejo cuando notó que no traía sus cigarrillos. Cuando iba a entrar en su búsqueda quedó boquiabierta con lo que vio.
La luz era tenue. Alguien se acercaba corriendo. Tenía un andar que recordaba muy bien. Llevaba bermudas y una chaqueta desabrochada. Corría en dirección a ella, como tantas veces soñó. Su cabello corto y negro estaba enmarañado. Las lágrimas se colaron y salieron a borbotones por sus ojos. Él se detuvo a escasos metros de ella. La miró, vio hacia arriba y sonrió.
Sanji, habiendo terminado la cena, decidió acompañar a Nami. Por alguna razón también estaba preocupado. Había escuchado rumores acerca de alguien que había llegado en un gran barco esa mañana y no eran buenos rumores. Llegó a la puerta y lo vio. Estaba parado y sonriendo. Se le cayó el cigarro de la boca y atinó a tomar a Nami fuertemente por los hombros.
− ¡Mamá! − escuchó y su alma volvió al cuerpo. La niña corrió lo que le quedaba, posicionándose frente a Nami. − Llegué − dijo Umi sonriéndoles a ambos con inocencia.
− ¿Umi? − preguntó Nami sin comprender mucho. Sanji la soltó. − ¿Qué está sucediendo aquí? − su tono había comenzado a cambiar. Umi tragó saliva.
− Es que − antes de que pudiera decir algo, sintió cómo la palma de la mano de su madre impactaba sobre su cara con fuerza. Nunca antes la había golpeado de esa forma. Quedó atónita frente al acto de la mujer. Sanji decidió que estaba demás allí, pero antes de que pudiera retirarse, Nami habló.
− Ve a bañarte − dijo con una voz temblorosa, pero Umi supo que era una orden irrefutable. Sanji se hizo a un lado y la niña, como una tromba, corrió por el pasillo hasta el baño y cerró la puerta con fuerza.
Nami quedó estática, cabizbaja, apretando sus puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaban en sus palmas. Las lágrimas caían copiosamente desde sus ojos, surcando sus mejillas y llegando al suelo. Sanji sacó la caja de cigarros, tomó uno y lo encendió. Dio una profunda calada y exhaló el humo.
− Creí − dijo Nami con angustia, − por un momento creí − repitió − que era él − un sollozo partió en dos el corazón de Sanji que no se atrevía a moverse. − Abrázame − más que una orden era una súplica. Sanji arrojó el cigarro a la calle y tomó a Nami por la espalda. La envolvió con seguridad entre sus brazos y apretó la espalda de ella contra su pecho. Apoyó su barbilla en su cabeza y se quedó allí, sin decir nada. − Es jodidamente igual a él − seguía sollozando. − Ya no sé qué más hacer. No quiere vestidos, ni ropas ajustadas, ni zapatos, ni nada de niña. Ella sólo quiere su chaqueta, su bermuda, sus ojotas y − apretó los brazos de Sanji con fuerza − su libertad
− Entonces − dijo el hombre después de unos segundos de silencio − deberías dejarla ser libre − retiró sus brazos, y giró a Nami, obligándola a que lo mire a los ojos. − Él era libre − dijo con seguridad, las lágrimas seguían rodando por su rostro, − era el hombre más libre del mundo − continuó, haciendo de cuenta que no sentía las ganas de llorar que realmente tenía. − ¿Realmente crees que te perdonaría que no dejes que su hija sea libre?
− No es así, Sanji − Nami bajó la vista. − Quiero que sea libre, quiero que sea como él − confesó. − Quiero que salga al mar, que conozca el mundo. Quiero que cumpla todos sus sueños. Pero no puedo dejarla, todavía no… − volvió a mirarlo con determinación. − Si se dan cuenta que es su hija la matarán − estaba segura de lo que decía. − Y ya no sé cómo hacer para ocultarla − más lágrimas salieron. − Es como él − insistió. − Y todo esto duele, duele mucho − Sanji volvió a abrazarla.
Umi quedó frente al espejo. Se miró con curiosidad. Su cabello estaba corto y desarreglado, su cara sucia, su chaqueta desabrochada –en realidad sin botones− y se veía claramente su sostén rosado. Había una marca roja en la boca de su estómago. Apretó los puños con fuerza.
− Fue lo mejor − se dijo a si misma pensando en los que la atacaron. No valía la pena llevar las cosas más allá por un poco de cabello. No tenía nada de malo su nuevo aspecto, hasta le daba un toque más varonil, que le convenía en ocasiones. Amplia fue su sonrisa, entendiendo el motivo del llanto de su madre y la cachetada. Seguramente fue un gran trauma ver a su hija tan desarreglada, maltrecha y con el cabello en ese deplorable estado. Sabía de sobra que su madre era insistente y hasta molesta en cuanto al cuidado de su cuerpo y su cabello –también de su ropa−, pero esta vez sí se había pasado de la raya.
Se duchó con rapidez y se envolvió en una toalla para salir del baño y meterse en su habitación. Allí encontró un short negro y una playera sin mangas roja, junto a su ropa interior, colocadas en su cama. Sonrió pensando en que seguramente su madre la habría escogido por ella. Se secó el cuerpo y también el cabello. Al colocarse la ropa, notó que era demasiado ajustada para su gusto y dejaba que su figura femenina se notara demasiado.
Se miró al espejo algo confundida. Podía notarse apretada. El short era corto y dejaba que sus largas y esbeltas piernas se vieran casi por completo, además de que resaltaba sus caderas. La playera, que estaba segura se la había visto puesta a su madre, le quedaba ajustada. Se veía su ombligo y se notaban por demás sus pechos. No tenía demasiado y menos comparado con su madre, pero esa vestimenta los resaltaba bastante. Y su nuevo corte de cabello, con ese vestuario, le daba un toque muy sensual que le provocó una mueca de asco. No le gustaba para nada parecer una niñita boba.
Pero ese atuendo lo había elegido su madre para ella, y considerando que no se había portado para nada bien, debía quedárselo por muy feo que le pareciera. Chasqueó la lengua y salió de la habitación, pensando únicamente en comer.
Grande fue su sorpresa al entrar en la cocina. Sanji preparaba los platos sobre la mesada y su madre la miraba con ojos grandes, enrojecidos y ordenándole explicaciones.
− Mamá − dijo Umi nerviosa. Tragó saliva. − Verás… − rodó sus ojos.
− Está vez te pasaste de la raya − dijo Nami con una voz que heló la espina dorsal de Umi.
− Eran cuatro − señaló con los dedos de la mano izquierda. Se acercó y se sentó en una de las sillas en pose misteriosa, como si fuera a contar algún cuento de aventuras. Sanji volteó, colocando los platos de la entrada frente a las chicas. Al ver a Umi con ese atuendo sonrió, pero el comentario que se le vino a la boca se lo tuvo que tragar. − Me encerraron − siguió. − Me confundieron con un muchacho − no podía evitar sonreír con entusiasmo mientras Nami le clavaba los ojos con una mezcla de bronca y asco − me atraparon y me golpearon − se tocó la boca del estómago. − Me solté, le agarré de las bolas al cabrón y le canté en sus narices que-
− ¡Basta! − gritó Nami, parándose y dando un golpe seco sobre la mesa. Los dos platos rebotaron y parte del contenido salió afuera, quedando sobre el mantel. Umi calló y quedó mirándola. − ¡Esto no puede seguir así! − la pelirroja estaba fuera de si. − ¡¿Es que no entiendes nada?! − continuó, estaba muy enojada. − ¡Es peligroso que hagas estas cosas! ¡Eres una mujer, no un pirata! − vociferó y luego se mordió el labio inferior con fuerza. Se le había escapado aquella palabra prohibida. Se sentó, dejando caer su cuerpo en la silla. Sanji se acercó.
− No fue − quiso disculparse Umi, pero Nami no la dejó.
− ¿No fue tu intensión? − preguntó, aún con enojo en la voz. − Nunca es tu intensión, ¡pero siempre te metes en líos! − volvió a pararse, se inclinó sobre la mesa apoyando sus manos y miró directamente a los ojos de Umi. La imagen de Luffy se cruzó por su mente, eran endemoniadamente iguales. − No quiero que te vistas así nunca más. No quiero que pretendas ser un varón nunca más. ¡Y no quiero que − paró en seco. Umi mostraba una gran sonrisa. Sanji también quedó perplejo.
− Está bien, mamá. Haré todo lo que tú me digas
Wow! Ahora sí que vamos conociendo mejor a Umi. No es una niñita desarreglada y despreocupada solamente, es de armas tomar jajajaja. Mi parte favorita es cuando agarra al tipo de la entrepierna y le dice que por ser mujer no es indefensa jajajajaja
Nami está muy asustada por lo que pueda pasarle, y no es para menos. ¿Qué habrá sucedido en el pasado?
