Una sola palabra: gracias!

Muchas gracias, especialmente a leknyn, que desinteresadamente me ha sido de mucha ayuda! Espero te guste el capítulo.

También gracias a Laugerid y msjorten. Y agradecimientos súper especiales para Katte y Rebeca!

Ahora si, los dejo con el cap!


Umi se había retirado a dormir. Habían comido en absoluto silencio después de que la joven acatara las órdenes de su madre con una enorme y sincera sonrisa. Sanji había preparado un té de hierbas y estaba junto a Nami. Se habían sentado en el patio trasero de la casa, en el suelo, a la luz de la luna. No se escuchaba absolutamente nada. Era muy entrada la noche, pero ambos sabían que no podrían dormir. No se miraban, sólo compartían el silencio de la noche.

− Mañana temprano sale mi barco − Sanji rompió el hielo. Realmente no quería irse de allí. Después de tantos años se había encontrado con su amada Nami, pero las cosas habían cambiado demasiado. Tomó un trago de su té, que quemó su paladar.

− Lo sabía − dijo ella escuetamente. Varios minutos pasaron hasta que Nami volvió a hablar. − Sé lo que piensas − Sanji no volteó. − Piensas que fui muy dura con ella. Pero siento que si no soy así de clara, ella jamás entenderá − el hombre sonrió y miró el cielo estrellado.

− Ella no entenderá − afirmó. − Nunca entenderá si no le explicas

− Es que no puedo

− Si puedes. Lo que sucede es que no quieres. Tienes miedo, lo sé. Y lo entiendo

− ¿Y qué debo decirle? ¿Qué su padre es el Rey Pirata? ¿Que yo soy aún buscada por la Marina? ¿Qué tu eres mi nakama? ¿Qué estamos escapando de la justicia todo el tiempo? − enumeró tristemente. − ¿Realmente piensas que ella podrá ser libre y feliz si sabe todo eso?

− Creo que es peor que no lo sepa − por primera vez hicieron contacto visual. − Nami, creo que debes decirle todo lo que ella quiera saber − las palabras de Sanji le recordaron la pregunta que Umi le había hecho días antes. − De seguro se muere por saber cosas sobre su padre − insistió. − ¿No crees que negarle eso le quita sentido a su vida? − Nami bajó la vista. Sanji no dijo nada más. Permanecieron en silencio hasta que el sueño se apoderó de la mujer.

Sanji tomó a Nami en sus brazos y la llevó a la cama. La depositó allí, le quitó las sandalias y cubrió su cuerpo con una manta. Ella se acomodó y sonrió levemente.

− Luffy − susurró y su viejo nakama sonrió. Le acarició el cabello y depositó un fugaz beso en la frente.

− Hasta luego, Nami swan

Salió de su habitación, tomó su saco del perchero de la puerta y salió. No sabía si estaba haciendo bien o mal, pero quedarse allí sólo empeoraría las cosas. Miró al cielo, estaba amaneciendo y pronto partiría al siguiente puerto. Estaba seguro de que no sería la última vez que vería a Umi. Encendió un cigarrillo.


Un mes después…

− Mamá − Umi, que había decidido dejarse el cabello corto, protestó. − Te dije que no me gustan esos accesorios en mi cabello − Nami colocaba un broche con una mariposa sosteniendo un mechón de cabello negro.

− Estás preciosa − dijo con una sonrisa. Umi bufó.

− ¿No estás contenta con que esté usando esto? − dijo, tomándose la falda. Llevaba una falda rosada y una remera de tiritas blanca. También sandalias con unos cinco centímetros de tacón.

− Mira, ya estamos llegando − comentó Nami, cambiando de tema. Ella llevaba un vestido de gasa en colores verdosos y una saquito de mangas cortas color uva.

− ¡Increíble! − gritó Umi asomándose descuidadamente por la ventanilla de la carroza que las llevaba. − ¡Es enorme esta ciudad!

− Por supuesto − dijo Nami, tomándola de la mano para que volviera a su asiento. − Es Alubarna, ¿qué esperabas?

− ¡Que bueno que tu jefe te envió a hacer un recado aquí! − los ojos de Umi brillaban con estrellitas. Nami puso sus ojos en blanco.

− Mientras estoy en la oficina podrás pasear por la ciudad − informó. Umi continuaba mirando por la ventana. − Pero por favor, no te metas en problemas. Sólo da un paseo y ya

− Está bien, mamá. Con esto − dijo refiriéndose a la ropa − nadie me molestará

Al llegar al hotel, bajaron. Todo era hermoso. El edificio tenía varios pisos y una entrada con una escalinata. Un hombre alto y refinado les abrió la gran puerta de vidrio que conducía al lobby. Umi sonreía y repetía "increíble", "impresionante", "maravilloso", constantemente. Nami, con una mueca de resignación, arrastraba a su hija de la mano.

− Bienvenidas − dijo el conserje cuando Nami se apoyó sobre la barra.

− Tengo reservación

− ¿Sus nombres?

− Nami Cocó − dijo. Ella había adoptado ese apellido para no levantar sospechas. Después de todo, desde que dejó Cocoyashi, siempre había sido "La gata ladrona" Nami. Umi continuaba balbuceando con estrellitas en sus ojos. El conserje buscó en una lista.

− ¿Y la niña es…? − preguntó, con una pluma en la mano.

− Mi hija, Umi Cocó − el hombre arqueó una ceja. Pero luego, escribió algo en un libro.

− Bien, firme aquí − le entregó ese libro a Nami, que firmó. − Su habitación es la 65 − le extendió la llave.

− Gracias − dijo con un dejo de desprecio y se dirigió a las escaleras.

La habitación era enorme. Tenía una sala con unos sillones y una mesa pequeña. Más allá dos camas enormes y un ventanal desde el que se podía ver el palacio. Había también un armario y una cómoda con un gran espejo. Sonrió nostálgicamente recordando a su amiga Vivi, a la quién no podría visitar. Umi corrió hacia una de las camas y se arrojó sobre ella gritando de euforia. Quedó de espaldas sobre el colchón, aún con un rostro que reflejaba alegría.

− Basta con eso, Umi − la regañó, abriendo el armario para dejar el bolso que traía. − Recuerda que eres una dama − la niña no pudo evitar carcajearse. Nami gruñó. − Debo irme, recuerda que si quieres salir, debes dejar las llaves al conserje y luego pedirlas nuevamente. También recuerda que es la habitación 65 − dio sus consejos. Se acercó a su hija, que se sentó en la cama, y la besó en la mejilla. Luego, tomó su cartera y se retiró.

− ¡Al fin libre! − gritó Umi, riendo. − Bien, primero me quitaré esto − dijo, sacándose la ropa. La dobló y la colocó debajo de la almohada. Luego, tomó su pequeño bolso y sacó su bermuda y su chaqueta roja. Y sus infaltables ojotas.

Se vistió y se sentó frente al espejo. Se quitó cuidadosamente el broche, dejándolo sobre la cómoda y se removió el cabello. Sonrió enfáticamente. Se levantó y se miró por última vez al espejo.

− Perfecto − dijo, pensando en que realmente parecía un chico. Si salía así, nadie la intimidaría por ser una niñita boba, nadie le miraría las piernas ni el trasero, ni se sentiría tan incómoda. Estaba rogando desde hacía días que pudiera separarse de su madre.

Al salir a la calle, previo haber dejado la llave al conserje, que la miró desorientado, aspiró con fuerza el aroma de la ciudad. Todo era seco y arenoso, pero le gustaba. Caminó desinteresadamente por las calles, observando todo. Tenía algo de dinero que Nami le había dado, así que podría comer cuanto quisiera. De pronto, chocó con alguien. Cayó al suelo, golpeándose el trasero.

− Auch − dijo, sobándose el lugar donde se golpeó mientas se levantaba. Miró hacia arriba, con un ojo cerrado, y vio un joven alto, apenas un poco mayor que ella, con el semblante duro como una roca. Tenía el cabello negro y corto, y la piel morena. Llevaba una camiseta blanca ajustada con escote en V y mangas cortas, que dejaba ver parte de sus pectorales trabajados, una bermuda negra que cubría holgadamente sus piernas hasta debajo de las rodillas y sandalias. Tenía los ojos azul oscuro intenso, grandes, profundos y eran los más bonitos que jamás haya visto en su vida. Y eso que conocía muchos lugares. − Lo siento − dijo, naturalmente. Bajó un poco la vista y vio que el chico traía una katana enfundada en su mano. Era blanca con la empuñadura en detalles dorados.

− Tienes que ver por donde vas − soltó el muchacho, duramente. Iba a continuar caminando cuando dos hombres los rodearon. El de delante de Umi y el joven era bajo y gordo, con una barba de tres días y aspecto desalineado. El de atrás era alto y delgado, con el cabello largo y rubio, atado en una coleta. Tenía anteojos y una sonrisa macabra en sus labios. Ambos traían armas en sus cinturones. − Corre − dijo el muchacho mientras tomaba a Umi del brazo y la arrastraba en dirección a un callejón entre dos edificios. Los hombres los siguieron. Al llegar al final del callejón, el chico giró y enfrentó a los hombres.

− Parece que tienes compañía − espetó el gordo. − ¿Quién es él? − preguntó con una gran sonrisa en los labios. Umi se puso a la altura del muchacho, en posición de lucha, con sus puños apretados y su mirada fría.

− ¿Qué mierda quieren? − preguntó el moreno.

− Es algo muy simple − dijo el rubio. − Queremos la cabeza de tu padre − siguió y una sonrisa lujuriosa apareció en sus rostros.

− ¿Qué está sucediendo aquí? − preguntó por lo bajo Umi, sin quitar la vista de encima del chico.

− Esto no tiene nada que ver contigo, vete − ordenó despectivamente.

− Ni lo sueñes − dijo Umi, viendo venir una gran pelea. Le brillaban los ojos, hacía un mes que debía fingir que era una niñita, cuando en realidad amaba las peleas callejeras.

Los dos se abalanzaron sobre los hombres. El chico desenfundó su katana y con dos movimientos dejó al gordo inmóvil en el suelo. Umi dio un puñetazo en el abdomen al rubio, que sacó su arma de la cintura de su pantalón. Pero no llegó a cargarla, ya que Umi le atinó un fuerte puñetazo en la sien que lo desmayó.

− Al final no eran más que basura − comentó Umi sonándose los nudillos.

− Vete − gruñó el chico.

− ¿Cómo te llamas? − preguntó con una pizca de fascinación. Miró cómo enfundó la katana y comenzó a caminar. Inmediatamente ella se colocó a la par de él. − Yo estoy de paso por la capital − comentó. − Mi nombre es U − y se atragantó. No podía decir ese nombre, porque era de mujer. Tosió.

− Ryu − dijo él. Ella sonrió abiertamente.

− ¡Hola Ryu! − él gruñó. − Yo soy Tora − improvisó. Viendo que él se llamaba "dragón", bien ella –en este caso él− podría llamarse "Tigre". Y una serie de imágenes muy imaginativas aparecieron en su alocada mente, de ellos dos defendiendo la ciudad de los malhechores y esas cosas.

− Tora − repitió. − Vete

− ¡No digas eso! Si apenas nos conocimos − Ryu giró violentamente y tomó a Umi −Tora− por la chaqueta con su mano derecha, levantándola unos centímetros del suelo.

− No estoy jugando, estúpido niño − gruñó muy cerca de su cara. El aliento de Ryu provocó un escalofrío en la espalda de Umi, que tragó saliva. No podía dejar de mirar los ojos azules de él.

− Me doy cuenta − refutó. − No soy estúpido − arrugó el ceño. − Y no me llames niño − agregó, devolviéndole la mirada. Ryu la bajó.

− Tú no tienes nada que ver en mis asuntos − aclaró. − Y esos tipos seguirán apareciendo

− ¿Por qué buscan a tu padre? − preguntó. Ambos comenzaron a caminar. − ¡Mira! − gritó, señalando un puesto de ramen. − ¡Tengo hambre! ¿Quieres venir? − lo invitó con una gran sonrisa. Ryu no tuvo otra elección que acceder.


El empleo de Nami no era la gran cosa. Llevaba las finanzas de una empresa pesquera que habitualmente la enviaba a distintas cedes a lo largo del East Blue. Debido a eso ella había tenido que mudarse muchas veces de lugar, siempre en pueblos de pescadores, sobre la rivera del mar. Su jefe era un hombre amable y bueno, que la había empleado sin miramientos, y sin preguntar absolutamente nada de su pasado. Eso la aliviaba, y como era muy buena en lo que hacía, jamás había recibido ninguna queja departe de su jefe.

El hombre la había tenido durante un rato esperando. Cuando la atendió eran las 3 de la tarde y al salir las 5. Suspiró cansada, había estado cuatro horas fuera y estaba segura de que Umi se había gastado todo el dinero en comida y ya volvía a tener hambre. Sonrió y se encaminó hacia el hotel. Necesitaba un baño urgente y un paseo por el centro.

Al llegar notó que Umi estaba en la ducha. Todo estaba ordenado y sobre la cama estaba la ropa que tenía puesta en el viaje. Se sentó en la cama y se quitó las sandalias. Estaba realmente cansada. El viaje había sido algo largo y sin descanso había ido a ver a su jefe, que sólo le había dado malas noticias. Debería mudarse pronto y estaba segura que eso no le caería bien a Umi. Pero, decidió olvidar todo por un momento y relajarse. Después de todo estarían tres días en Alubarna y era como estar de vacaciones. Sonrió.

Hacía media hora que Umi estaba debajo de la regadera. Tenía los brazos cruzados debajo de sus pechos, haciendo que estos resalten un poco. Los ojos cerrados y los pensamientos confundidos. Ryu era grandioso. Era fuerte y manejaba la katana como nunca jamás había visto a nadie en su vida. Sus ojos eran grandes y no podía dejar de pensar en ellos. Estaba seria. Sabía que había algo que no estaba bien. Era la primera vez en toda su vida que miraba a un chico así. Dio un grito que hizo que Nami entrara en el baño.

− ¿Esta todo bien? − dijo, preocupada.

− Si, mamá − contestó ella con desgana.

− ¿Segura? − Umi cerró las canillas.

− Si − dijo abriendo la cortina con una sonrisa.

− Sal, ya que quiero darme un baño − casi rogó Nami saliendo y cerrando la puerta. Umi lanzó el aire por la nariz con fuerza. Si que le sucedía algo, pero no quería decirle nada a su madre. No podía contarle nada de lo que había sucedido. Sonrió levemente al pensar en lo último que sucedió con Ryu.

Aquí me quedo − dijo Umi con una sonrisa, llegando a la esquina del hotel. Ryu arqueó una ceja. − Estoy en un hotel, me quedaré tres días − colocó su mano delante levantando tres dedos. − Si quieres mañana en la mañana te esperaré en el puesto de ramen − sonrió más enfáticamente y giró para dirigirse al hotel. Ryu se quedó estático en su lugar, cruzado de brazos.

Eres fuerte − comentó Ryu. Umi se detuvo pero no lo miró. − Será mejor que no te metas en mi camino − dijo con oscuridad en su voz. − Sería una lástima que pierdas la vida − cuando ella volteó, él ya no estaba.


¿Y? ¿Merezco un comentario? Recibo de cualquier tipo: buenos, malos, los que te traen tomates, los que traen rosas, los de un renglón y los que tienen muchas preguntas! Los revs son el alimento de la imaginación! Gracias!

¿Qué les parece Ryu? ¿Les gustó?

Nos vemos!