Hai minna san!
Un nuevo capítulo. Espero lo disfuten.
Quiero agradecer muchísimo a todos los que leen y pusieron ya en favoritos y follow esta serie que está saliendo violentamente de mi cabeza (me está quitando el sueño). Especialmente a algunas personas: leknyn, Laugerid, Katte Turner y Rebeca18, domo arigatou!
Ahora sí, los dejo.
Miró el reloj con desesperación al notar que el sol ya iluminaba todo. El corazón se le salía del pecho. Eran las 8. Corrió al baño, se lavó la cara y mojó apenas su cabello. Salió y se vistió con un short azul marino y una remera de tiritas celeste. Se sentó frente al espejo y colocó torpemente el broche de mariposa atrapando un mechón de cabello. Estaba lista para el desayuno y para lograr que su madre la dejara en paz unas cuantas horas.
− Mamá − dijo mientras zamarreaba un poco a Nami para que despierte.
− ¿Qué sucede? ¿Qué hora es? − preguntó con los ojos aún cerrados y acomodando su cobija.
− Son las 8 − dijo con alegría en la voz. Nami abrió un ojo y vio que estaba vestida y muy bien arreglada. Se sentó en la cama.
− ¿Qué quieres? − dijo extrañada.
− ¡Comer! − se tocó el estómago con la mano derecha. − ¿Podríamos ir a tomar el desayuno? ¡Me muero de hambre! − vociferó. Nami arqueó una ceja, habían comido muchísimo en la cena y estaba algo descompuesta.
− Ve tu − la autorizó. − No tengo hambre − aclaró. − Además, a las 10 tengo que estar en la oficina y no saldré hasta el anochecer − Umi, creyendo que iba a volverse loca, se sentó en la cama con brusquedad. − ¿Qué sucede?
− Nada, nada − la emoción comenzaba a juntarse en su pecho y su corazón golpeaba con fuerza. Nami la observaba algo confundida.
− ¿En serio? Desde ayer que estás actuando extraño
− Si, no pasa nada − sonrió ampliamente.
− ¿Quieres dinero? − preguntó, a sabiendas de que la niña diría que si. Nunca podría dejarla sin dinero para su comida.
− Por favor − colocó sus manos delante de su cara, juntando sus palmas. Si su madre no le daba dinero no podía comer, y eso sería el infierno.
− Bien − Nami sonrió. Se levantó de la cama y tomó su bolso. Le entregó unos cuantos billetes a Umi. − Esto te alcanzará para el almuerzo y algo de merienda. Cuando regrese iremos a cenar − dijo. − ¡Ah! − gritó recordando algo. − Y esto es para que te compres ropa − le entregó más dinero. Umi arqueó una ceja bajando sus manos.
− Sabes que detesto eso − bajó la vista. − No sabría qué comprar − explicó.
− Compra un bonito vestido para la cena de esta noche − dijo Nami cantarinamente mientras desaparecía en el cuarto de baño. Umi bufó, tendría una tarea extra. Pero olvidó todo al recordar a Ryu. Podría estar con él sin preocuparse por su madre.
Tomó su atuendo de siempre y lo guardó en su bolso, sin poder evitar reír. Encontraría cualquier callejón y se cambiaría para poder transformarse en Tora.
A las 10 estaba frente al puesto de ramen, con su chaqueta roja, su bermuda y sus ojotas. Y una gran sonrisa. Se sentía emocionada ya que estaba segura de que permanecer junto a Ryu la llevaría a más peleas divertidas. Notó que unos hombres extraños pasaban corriendo por la esquina, vociferando improperios. Arrugó el entrecejo y apretó sus puños. Se moría de ganas de ir tras los tipos, pero si Ryu iba a su encuentro no la encontraría. De cualquier forma corrió detrás de los hombres.
Eran tres moles, de piel tostada y se les notaba muchos años de mar. El más grandote tenía varias cicatrices en el rostro y una sonrisa maliciosa. Vestía una camisa con palmeras y unos shorts blancos. Tenía una espada grande en su mano derecha. El segundo hombre era bajito y gordo. Llevaba una camisa abierta que dejaba ver su enorme barriga con una cicatriz en forma de cruz a la altura del ombligo, y unos jeans gastados. Su arma era una lanza que llevaba con la mano izquierda mientras que con la derecha se hurgaba la nariz que apenas si se veía entre la barba negra y enmarañada.
El tercero, que tenía un aspecto más imponente, era de estatura media. Llevaba una musculosa negra que dejaba que su trabajado cuerpo se viera. Tenía un pañuelo verde atado en la cabeza y bermudas celestes. Sus armas eran dos katanas enfundadas que aún llevaba en la cintura. Tenía un parche en el ojo y una barba candado. Sus facciones eran duras y por el contrario de los otros dos, no sonreía. Los tres habían acorralado a Ryu en un callejón sin salida. El joven los miraba fieramente, con su katana bien empuñada con la derecha mientras que con la izquierda sostenía la blanca funda. Su expresión no mostraba miedos ni inseguridad. Miraba con intensiones asesinas a los ojos del hombre que parecía ser su jefe.
Umi −Tora− llegó corriendo al lugar, parando en la entrada del callejón. Vio la situación y pensó que sería mejor quedarse allí un momento más. Los hombres aún no estaban atacando a Ryu y él parecía estar enfrascado en su discusión silenciosa.
− Habla − ordenó el hombre musculoso con una voz gruesa. Ryu no movió ni un músculo. − Sólo queremos su ubicación y te dejaremos en paz − informó, tranquilamente. Al no escuchar respuesta, gruñó y se acercó a Ryu hasta quedar a escasos centímetros de él. − Escucha, pendejo de mierda − su tono era más amenazante. − Lo vas a pasar muy mal si no me dices dónde se esconde − soltó. − Ya me cansé de jugar al gato y al ratón
Ryu sólo se mantuvo estoico en su posición, mirando fijamente al hombre, sin decir ni hacer nada. Umi, que viendo la situación comenzaba a percatarse del peligro, apretó los puños con fuerza, haciendo que sus bíceps se hincharan. Ciertamente no tenía un cuerpo atlético, pero desde que podía recordar amaba las aventuras y las peleas, y por eso su fuerza había crecido a medida que crecía su cuerpo. Estaba enojada con esos tipos y no entendía qué era lo que necesitaban del padre de Ryu.
− ¡Cabrones! − gritó desde atrás, colocando sus manos en su cintura, en una posición desafiante. − Esto es injusto − dijo. − ¿Van tres contra uno? ¿No les da vergüenza? − preguntó. A veces podía ser muy inocente. Ryu dejó de mirar al hombre que tenía enfrente para propinar una mirada asesina a Tora. No entendía el empecinamiento que tenía aquel criajo, que parecía no cansarse de molestarlo.
− ¿Y tú quién mierda eres? − preguntó el hombre más bajo.
− Eso no importa − aclaró el jefe sin siquiera voltear. − Mátenlo − ordenó sin dejar de mirar fijamente a Ryu, que volvió su vista a él. − Yo me encargaré de este pendejo
El gordo tomó con firmeza su lanza y arremetió contra Umi, que simplemente tomó el arma con la mano por el mango, sin hacer movimientos extra. El gordo se sorprendió un poco y arrancó la lanza de la mano de ella. Se alejó un par de pasos.
− ¿Qué sucede contigo, cerdo? − preguntó ella, sonriendo un poco. − ¿No piensas hacer nada más? − lo provocó, poniéndose en guardia. El hombre apretó los dientes e insistió con su arma. Umi lo esquivó y atinó un fuerte golpe en la gran barriga del tipo, haciendo que este escupiera saliva y ahogara un gemido de dolor en su garganta. − ¿Eso es todo? − insistió, mirando esta vez al que vestía la camisa con palmeras. El gordo no lograba recuperarse y le faltaba el aire.
− ¿Qué miras, pedazo de mierda? − fue lo que escuchó cuando el de las palmeras arremetió contra ella queriendo golpearle en el rostro. Umi lo esquivó y atinó a darle un puñetazo en el vientre que el tipo detuvo con la otra mano. Sonrió con sorna. Ella dio un salto hacia atrás y luego insistió con otro nuevo puñetazo, pero esta vez hacia el rostro del hombre, que simplemente lo esquivó. Umi sintió el puño del tipo sobre su mandíbula y luego cayó de espaldas al suelo.
Ryu, que hasta ese momento no había dicho nada, y ni siquiera se había movido, esquivó de un movimiento al jefe y se interpuso entre el tipo de la camisa con palmeras y Umi, amenazándolo con la katana.
− Él no tiene nada que ver con esto − espetó Ryu.
− Pues yo creo que si − el jefe giró. Su ojo daba a entender que no los dejaría ir tan fácilmente. − Desde el puto momento en el que golpeó a mi compañero − escupió a un lado.
Ryu sintió que no tenía alternativas. Tomó fuertemente la katana y de dos movimientos, que el jefe no pudo ver bien, dejó inconsciente al de las palmeras. En un segundo estaba apuntando a la garganta del jefe.
− ¿Quién mierda son ustedes? − preguntó con voz baja, apretando un poco los dientes. El jefe sonrió sin dejar de mirarlo directamente.
− Sólo existimos para entregar criminales a la justicia − respondió. − Los niños no deberían desobedecer a los adultos − con un dedo corrió el filo de la katana. − Deberías decirme dónde se encuentra tu padre y todo terminará
− Como si fuera a hacerlo, ¡hijo de puta! − gritó y agitó la katana, haciendo un corte en la mejilla del jefe. Arremetió nuevamente, desgarrando su musculosa.
− Quiero entender que has entrenado desde que naciste − dejó de sonreír y tomó una de las dos katanas que tenía amarradas en el cinturón. − Creo que esto será divertido
Umi logró sentarse en el suelo, aún aturdida por el golpe. Había recibido muchos puñetazos durante su vida, pero nunca uno como ese. Realmente esos tipos parecían fuertes. Escuchó cómo chocaban una y otra vez los filos de las katanas y luego se detuvo en Ryu. Él no tenía ni un corte y su semblante continuaba estoico. El otro hombre parecía cansado y tenía varios cortes poco profundos en su cuerpo. La siguiente estocada fue la definitiva y el más viejo cayó desmayado al suelo. Ryu se acercó a ella y la miró.
− Vámonos de aquí − ordenó. Umi se incorporó y ambos corrieron.
A la media hora estaban en algún lugar en las afueras de Alubarna. Era una construcción abandonada, llena de telas de araña y moho. El olor era fuerte, pero comenzaban a acostumbrarse. Umi miraba hacia todos lados, con sorpresa y alegría. Le encantaba toda la situación, era como un sueño hecho realidad. Ryu se había sentado en el suelo, recargándose sobre una pared resquebrajada.
− ¡Increíble! − dijo ella, con un grito de emoción. Ryu la miró desconcertado.
− ¿Qué es lo increíble de este lugar? − preguntó, como una reflexión en voz alta.
− ¡Todo! − iba corriendo de un lado a otro, maravillándose. Realmente el lugar era muy lúgubre y asqueroso. Ryu chasqueó la lengua.
− Esos tipos no dejarán de molestar − comentó. − Será mejor que te largues − dijo. Umi se detuvo y se agachó frente a él, con sus ojos brillantes. − Vete a tu hotel y no me sigas más − los ojos de Ryu le mostraban su determinación.
− No quiero − dijo con una sonrisa.
− ¡¿Acaso eres idiota?! − el chico no podía controlarse. Ese pendejo lo exasperaba. ¿Estaba loco o qué? Tora rió. Luego se puso de pie, con su rostro serio y algo sombrío.
− ¿Por qué buscan a tu papá? Esos hombres parecen peligrosos
− Son caza recompensas − aclaró, cerrando sus ojos. − Y quieren cobrar la recompensa por la cabeza de mi padre − dijo, con algo de orgullo en la voz.
− ¡¿Tu padre tiene una recompensa?! − se acercó, sorprendiendo a Ryu, poniéndose tan cerca que podía sentir su respiración sobre él.
− S… si − no entraba en su sorpresa. ¿Qué le sucedía a ese niño?
− ¡Increíble! − gritó. − ¿Y por qué?
− Es un pirata − Umi arqueó una ceja.
− ¿Pirata? − preguntó. Volvió a su mente lo que le había dicho aquel hombre en el mercado de su pueblo.
− ¿No sabes lo que es un pirata? − Umi se retiró un poco, sentándose con las piernas cruzadas frente a Ryu, que la observaba incrédulo. La chica negó con la cabeza, expectante por la explicación.
− Ser pirata significa ser libre − su tono de voz implicaba profundidad y a la vez parecía que ese significado era lo obvio.
− Pero… yo soy libre − dijo tocándose el pecho. − ¿Soy pirata? − Ryu negó con la cabeza, resignado.
− Ni tú ni yo somos libres − aclaró. − Un verdadero pirata navega los mares y recorre el mundo a su antojo. Ser libre no es lo que tú crees, criajo − espetó, dando a entender que no quería hablar más del tema. Umi ladeó su cabeza sin entender mucho. Iba a preguntar más, pero no lo hizo porque Ryu se puso de pie, acomodando su katana en la cintura.
− ¿Dónde vas?
− A llevarte a tu hotel − contestó secamente mientras caminaba.
− ¡Dije que no quiero! − protestó ella, pero Ryu la hizo callar cuando sintió ruidos.
De pronto aparecieron varios hombres por todos lados, apuntándolos con armas. Ambos se hicieron hacia atrás, chocándose las espaldas. Umi miraba hacia ambos lados, intentando contar cuántos hombres había, pero seguían apareciendo. Tragó saliva, esta vez se había metido en graves problemas.
− Roronoa − el jefe de los caza recompensas salió de la penumbra, con una sonrisa triunfal. − Te atrapé − se acercó hasta quedar frente a frente con Ryu. − No tienes escapatoria − informó. − Te llevaré al mar y allí me dirás dónde está tu padre
Para los que dudaban, sip, Ryu es hijo de Zoro. Espero que este capi amerite review! Sayonara!
