Los habían llevado a una carreta vieja y los custodiaba un hombre enorme, que los observaba fijamente a través de sus gruesos anteojos. Tenía un chaleco negro, pantalones azules y un pañuelo sosteniéndoselos, color rojo. En la mano llevaba una gran espada de doble filo. Estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas. Umi y Ryu estaban atados uno con el otro, espalda con espalda. Ryu estaba de frente al hombre que los vigilaba mientras que Umi podía ver por la sucia ventana hacia el exterior. Hacía por lo menos dos horas que andaban por el desierto. Y Ryu estaba convencido que los llevarían a algún puerto para luego ir a su cuartel general.
− Oi − Ryu quiso llamar la atención del tipo, pero éste no movió ni un músculo. − ¿Dónde mierda nos llevan? − preguntó con rabia, sin obtener respuesta alguna. Umi balbuceaba algo inentendible para el chico, mientras miraba fijamente por la ventana.
El moreno se movió levemente queriendo llamar la atención de su absurdo acompañante, pero él simplemente parecía absorto en sus pensamientos. Chistó, y nada. Insistió con su sonido y al fin el chico pareció despertar.
− ¿Qué? − dijo, comprendiendo que no debía levantar la voz. Ryu suspiró, creyendo que jamás podría hacer que ese demente se diera cuenta de lo que quería.
− Estos tipos nos llevarán a su barco − informó. − Debemos encontrar la forma de desatarnos antes de llegar al puerto − susurró, mirando de reojo al hombre que parecía no haber escuchado nada. Umi tragó saliva.
− ¿Dices que nos secuestraron? − la pregunta fue tan inocente y tonta que Ryu tuvo que aguantarse las ganas de reír.
− Por supuesto, imbécil
− ¿Deberíamos intentar escapar? − Ryu rodó los ojos. − ¿Y tu katana?
− La tiene uno de los hombres a los que golpeamos en el callejón − apretó los dientes. − Y es la katana de mi padre
− ¿De tu padre? − Umi arqueó una ceja.
− Estos tipos me persiguen porque yo recuperé a Wado Ichimonji. Ellos la tenían y es de mi padre − aclaró, notando que Tora no entendía nada de lo que estaba diciendo. − Nos enteramos que la katana la tenían estos caza recompensas y − dudó un momento, pero continuó − salí al mar a buscarla, para mi padre − culminó su frase con orgullo, haciendo que el corazón de Umi latiera más fuerte. Podía sentir la determinación de Ryu y la profunda admiración que tenía por su padre.
− Entonces por eso te persiguen − dijo, aclarando su propia mente.
− Si − confirmó Ryu. − Hay un trozo de vidrio cerca de tu pie izquierdo − susurró aún más bajito. Umi observó con perplejidad que el moreno tenía razón. Se preguntaba cómo demonios había hecho para verlo cuando él continuó. − ¿Crees que podrás alcanzarlo? − ella simplemente asintió con la cabeza y comenzó a moverse lentamente. Se quitó la ojota, llevó su pie junto al vidrio estirando completamente su pierna izquierda, y tomó el vidrio entre dos dedos del pie. Sonrió. Atrajo el vidrio hacia ella.
− Listo − dijo. − ¿Ahora qué?
− Intenta mover una de tus manos para alcanzar el vidrio y cortar la soga − Ryu parecía resignarse a decir con total claridad lo que quería decir. Ese pendejo era endemoniadamente infantil. Cerró los ojos un momento. Cuando sintió que el chico se movía, abrió los ojos y los fijó en el guardia, que continuaba observándoles, pero no parecía inmutarse por lo que ellos susurraban o porque se movían. Umi, con movimientos finos y precisos, logró traer su mano derecha hacia delante de ella, tomar el vidrio y acercarlo a la soga. Así lo frotó y lentamente comenzó a ver cómo la soga se desgastaba.
− Ya está − dijo, cuando vio que la soga se separaba. Dejó el vidrio en el suelo y volvió a colocarse su ojota.
− Ahora escucha − dijo Ryu. Iba a informarle el plan, cuando sintió que las cuerdas se aflojaban y Umi se puso de pié violentamente, estirando sus manos hacia arriba.
− ¡Muy bien! − gritó. El hombre grande se puso de pie, tomando con más fuerza su espada, sin decir palabra. Umi giró, encontrándose con la espalda de Ryu, que ya se había puesto de pie.
No comprendía qué demonios pasaba por la mente de ese loco. ¡Tenían que tener un maldito plan para escapar! ¿Por qué mierda se había levantado así? Miraba fijamente al hombre, que parecía tranquilo. Después de todo estaba frente a dos chicos desarmados. Pero, con lo que no contaba el tipo era con que ellos dos no eran cualquier chico desarmado. Umi sonrió un poco al notar que el guardia parecía subestimarlos. Ambos jóvenes se colocaron en posición de lucha, mostrando los puños apretados y las rodillas dobladas.
− ¡¿Es que estás loco o qué?! − vociferó Ryu sin quitar los ojos del hombre que tenía enfrente. − ¡No escuchaste nada de lo que iba a decirte! ¡Tenía un plan en mente! − gritó. Estaba entre sorprendido y enojado, y las palabras brotaban de su boca con violencia. − Pueden haber miles de tipos afuera, ¡nos matarán!
− El plan es moler a palos a este tipo, recuperar la katana de tu padre y salir corriendo de aquí − Umi lo miró sonriente, pero su expresión mostraba tal seguridad que atrapó el interés de Ryu, que llevó sus ojos hacia ella, incrédulo, y vio su gran sonrisa que mostraba todos sus malditos dientes. Ya se había convencido de que ese tal Tora estaba completamente loco y que si seguía con él todo podía volverse muy dramático. Tragó saliva sin decir palabra y volvió su vista en el hombre que aún no había hecho su movimiento.
Mientras se abalanzaban sobre el sujeto, atinándole varios puñetazos por todo su torso y rostro, y esquivaban sus estocadas, Ryu volvió a repasar el loco plan que tenía en mente su −ahora− compañero. ¿Había dicho que antes de salir corriendo por el desierto, que ya de por si era un plan de lo más incoherente, iban a recuperar la katana de su padre? Si, definitivamente había dicho tal cosa. Encestó un gran golpe en la mandíbula del grandote, que fue el último, porque cayó rendido en el suelo. La espada hizo un gran estruendo y ambos oyeron cuando el cochero le habló al camello para que se detenga. Se miraron, entendiendo que debían continuar peleando y fue entonces cuando Ryu notó que los ojos de Tora brillaban intensamente. Realmente estaba disfrutando eso. Y él realmente comenzaba a temblar. ¿Quién demonios era ese maldito mocoso? Gruñó un poco y Umi lo miró, con esa misma sonrisa que hacía cuando tenía en frente una gran aventura o un enorme plato de comida.
− ¿Te pasa algo? − preguntó, después de unos segundos de observar a Ryu. Él se veía algo nervioso, ¡y no era para menos! La carreta se estaba deteniendo y ellos dos estaban allí, en medio del desierto, solos y sin armas. Se miró los puños y levantó la vista para encontrarse con los curiosos ojos de Tora, inspeccionándolo muy de cerca. Había algo en el interior de esos ojos negros que le causaba curiosidad, pero al siquiera pensarlo, movió la cabeza levemente y ahuyentó esos pensamientos.
Umi lo observaba detenidamente como si jamás en su vida hubiera visto a un hombre. Los ojos de Ryu eran muy bonitos a su criterio. Seguía sosteniendo que nunca había visto unos ojos así, tan azules y tan grandes. Bajó su vista a la boca de Ryu, que hacía una mueca extraña y enarcó una ceja. Luego volvió a sus ojos, que la observaban casi amenazadoramente.
− Hazte a un lado y ponte en guardia que estamos deteniéndonos. En cualquier momento estos tipos nos linchan − dijo con un tono que denotaba malestar. Umi se corrió para dejar paso a Ryu, que se acercó a la ventana que estaba sobre una de las puertas laterales de la carreta. El lugar era pequeño y estaba totalmente cerrado. Tenía dos puertas en los costados con unas pequeñas y sucias ventanas, desde las que se podía ver apenas el exterior. Continuaban en el desierto y desde ese ángulo no se podía ver absolutamente a nadie, sólo se veía arena.
− No hay nadie más aquí que el cochero y nosotros − el tono empleado por Umi hizo que la piel de Ryu se erizara. Era frío y seguro. La miró y vio que tenía el rostro sombrío. En ese momento la carreta se detuvo por completo y sintieron cómo el peso del cochero impactaba contra la arena.
La puerta se abrió y dejó ver a uno de los dos hombres que acompañaban al jefe en el callejón de la mañana. Era el que tenía la camisa con las palmeras, al que Ryu había dejado inconsciente con sendos cortes en su pecho, que ahora mostraba al rojo vivo y sin miramientos. Los observó y sonrió.
− Parece que son un dúo bastante peculiar − dijo, con sorna e intentando provocarlos. Pero los dos se quedaron en sus lugares. Inmediatamente Umi notó −al igual que Ryu− que este hombre tenía en su cinturón la katana blanca. Ella, de un salto impresionanate, tomó la katana con su mano izquierda, aterrizando detrás del hombre con gracia y suavidad sobre la arena. Desenfundó la katana y se la arrojó a Ryu, que muy hábilmente la empuñó sin dificultad.
Ryu sonrió de lado, ante un estupefacto caza recompensas, que ni siquiera pudo defenderse cuando el espadachín volvió a cortar su pecho. Cayó de bruces y allí quedó tumbado, con medio cuerpo dentro de la carreta.
− Realmente estás desquiciado − comentó. − Igualmente, gracias − le agradeció Ryu, inclinándose levemente. Umi arrojó la funda de Wado Ichimonji y él reaccionó rápidamente a tomarla con su mano libre.
− No me des las gracias − sonrió. − Debemos regresar − cambió abruptamente de tema, poniendo un rostro serio. − Si no regreso para el anochecer al hotel mi madre va a matarme − comentó, ruborizándose un poco. Ryu arqueó una ceja. De pronto vio algo extraño en Tora, a lo que respondió con un movimiento de cabeza. Enfundó la katana y se propuso retirar los cuerpos de los dos hombres, atándolos previamente.
Dos horas después…
− Ya estamos aquí − informó lo obvio Ryu al entrar en Alubarna. Habían utilizado la misma carreta en la que los estaban llevando. De otra forma no hubieran podido llegar a tiempo para que la madre de Tora no lo hiciera sufrir. El chico no contestó. Lo miró de reojo, ya que hacía varios minutos en los que había mantenido el silencio y la compostura −ya que durante todo el viaje había estado hablando improperios acerca de sus múltiples aventuras en cada lugar en el que había vivido−, y no se sorprendió al notar que estaba profundamente dormido, recostado sobre uno de los parantes que tenía la carreta en el asiento para el cochero. Suspiró resignado. − Llegamos − insistió, con un tono un poco más fuerte. Umi se desperezó con un sonoro bostezo.
− ¿Y ahora? − preguntó, refregándose un ojo.
− ¿Y ahora, qué? − Ryu arqueó una ceja mientras dirigía la carreta hacia algún lugar donde pudiera dejarla y así continuar caminando.
− ¿Qué harás? − preguntó. Lo miró a los ojos. − No puedes seguir estando por ahí porque ahora de verdad van a matarte − la reflexión parecía no venir de ese molesto chico. Tenía razón, ¿qué debería hacer? Él quería volver a su pueblo, con su padre. Pero si lo hacía pondría en riesgo la seguridad de Zoro.
− Supongo que me largaré al mar en el primer barco mercante que cruce en mi camino − dijo lo primero que se le vino a la mente y lo único que había estado haciendo durante los últimos dos meses.
− ¿Estás loco o qué? − la pregunta hizo que Ryu tuviera muchas ganas de reír. Él era el que estaba totalmente loco. − Deberías pensar un poco más fríamente las cosas. No puedes estar huyendo todo el tiempo − puso un dedo en su mentón. − ¡Ya sé! − gritó, emocionada. − ¿Por qué no vienes a mi casa con mi mamá y yo? − luego, de pronto y sin avisar, su cara cambió a una expresión de terror.
− Oi, ¿qué sucede? − preguntó Ryu notando el cambio. − Estás pálido
− Es que − no sabía cómo hacer para explicarle a Ryu. ¡Ella era una mujer! Y le había estado mintiendo todo ese tiempo.
− ¿Qué que? − los ojos expectantes de Ryu la ponían nerviosa. Seguramente él se enfadaría porque ella lo había engañado. Pero no quería que se enojara, simplemente porque quería ayudar a su nuevo compañero. El chico se recostó sobre el respaldo del asiento de madera cuando paró el camello. Dejó salir el aire. − No importa − aclaró. Umi apretó los dientes. − No me agrada la idea, pero creo que si me escondo un tiempo estos tipos pensarán que me perdí en el desierto − reflexionó.
− ¿Verdad que si? − la emoción volvió a invadirla por un momento y las estrellitas marcaban sus ojos negros. Ryu sonrió levemente. Realmente ese chiquillo estaba totalmente loco.
Yosh! Hai Minna san! Aquí el capítulo 6. Espero que haya sido de su agrado y con muchas ganas espero los comentarios!
Hasta pronto! Nos leemos, Mary
