Capítulo de regalo de domingo en la noche. Ya escribí hasta el 9, entonces este va de yapa jejejeje. Espero lo disfruten!
Bajaron de la carreta y se dispusieron a caminar para pasar desapercibidos. Usaron callejones y calles con mucha gente para mezclarse y que los caza recompensas que pudieron haberse quedado por allí no los vieran. Ryu notó cuando Tora ingresó en un callejón muy pequeño, en actitud muy sospechosa. Entró detrás de él y vio cuando tomó un ¿bolso de mujer? de un rincón.
− Oi − llamó su atención. Umi giró con las mejillas coloradas sintiéndose descubierta y apretó los dientes y el bolso entre sus brazos. De cualquier forma Ryu se tenía que entrar de lo que le había estado ocultando. Si pensaba que él podría vivir un tiempo con ella y Nami, por supuesto que debería decirle que era mujer, además de que tenía que ponerse esas ridículas pendas de niñita. Un clic que hasta el mismo Ryu escuchó se hizo en la mente de Umi cuando recordó que su madre le había dado dinero para comprarse un vestido. Y que la llevaría a cenar. Tragó saliva aunque sentía que su boca estaba más seca que el desierto.
− Hay algo − comenzó a hablar con timidez. Le temblaba la voz. Ryu se cruzó de brazos.
− ¿Qué? Suéltalo − espetó, algo impaciente. Sabía que tenía que confesarle algo porque desde que se despertó en la entrada no dejaba de moverse extraño y de mirarlo de soslayo.
− Yo − nuevamente se le trababan las palabras. ¿Cómo sería correcto decirle? Temía que él huyera diciendo que la odiaba por ser una mentirosa. Y nada estaba más lejos de eso. Simplemente quería divertirse y ya. − Yo siempre he sido así − comenzó. Sería mejor si le explicaba su situación y cómo se sentía antes de darle la gran noticia. − Siempre me han gustado las aventuras y las peleas − sonrió, dejándose llevar por el entusiasmo. − Partirles la cara a todos los tipos que se hacen los malos con la gente − apretó un puño delante de su cara. − Eso me hace muy feliz − sonrió con una sonrisa enorme, que dejaba bien claro que lo que decía era verdad. − Pero eso me cuesta algo caro − bajó la vista.
− ¿Puedes decirme qué carajo pasa? − Ryu había perdido totalmente la paciencia.
− Yo soy − y no pudo seguir porque un hombre, que con sólo verlo se notaba su estado de embriaguez, apareció en el callejón, saliendo por una puerta lateral. Llevaba solamente una bermuda y traía una botella de sake en la mano. Umi giró. Lo tenía bastante cerca. Ryu quedó inmóvil. ¿Qué le iba a decir ese mocoso? Gruñó y salió del callejón, ignorando al borracho y dejando a Tora atrás.
El borracho miró a Umi con ojos desorbitados y estiró su temblorosa mano, tomándola por la muñeca. El tipo era endemoniadamente fuerte. Ella comenzó a resentir uno de los golpes que le habían atinado antes y se mareó un poco. Recordó de pronto que no había probado bocado desde la mañana y seguramente eso era lo que le estaba sucediendo a su cuerpo. ¡Se moría de hambre!
− Ven aquí − dijo el hombre, con un tono que tenía una pizca de lujuria. Dejó la botella de sake sobre un barril. Umi arqueó una ceja. ¿Estaba ciego o qué? ¡En ese momento él era un chico! − preciosa − aclaró el tipo, que parecía ver más allá del atuendo que llevaba Umi.
El hombre, que parecía de unos cuarenta años, era musculoso y fornido. Podía ver varias cicatrices hechas con distintas armas en su cuerpo y un tatuaje extraño en su brazo derecho. Umi, que seguía mareada por el hambre y el recuerdo del golpe, no pudo evitar ser arrastrada para luego ser levantada por la camisa y apoyada violentamente contra la pared.
− Quítate, viejo − ordenó con la voz apagada. ¿Qué demonios le estaba sucediendo? Tenía que darle una buena paliza a ese depravado y salir tras Ryu para aclarar todo.
− Oh, ¿eres de las difíciles? Mejor aún − el borracho arrancó la chaqueta de Umi, dejándola sólo con su sostén rosado. − Rosado, mi preferido − llevó una de sus manos a un seno de Umi, apretándolo con fuerza sobre el sostén. Ella forcejeaba con el agarre del viejo, que la tenía presionada contra la pared con su cuerpo y con la mano derecha sostenía los brazos de Umi sobre su cabeza. Había llevado su boca al cuello de ella, mordisqueándola. Una mueca de asco se generó en su rostro mientras continuaba haciendo fuerza sobre el cuerpo del hombre con sus piernas, inútilmente.
No pudo saber cuando fue que entró nuevamente al callejón, pero en una décima de segundo el borracho estaba de cabeza contra la pared del fondo, chorreando sangre desde una profunda cortada en su pecho que llegaba desde el ombligo hasta la clavícula izquierda y los ojos en blanco. Umi cayó de rodillas en el suelo, queriendo taparse el sostén con los brazos cruzados. Lágrimas amargas surcaron su rostro y llegaron al suelo. Se inclinó sobre si misma, haciendo que su cabello rozara la arena que estaba bajo sus pies.
Ryu, notando que Tora tardaba en perseguirle como siempre, volvió sobre sus pasos para encontrarse tremenda escena. Así había notado inmediatamente el detalle que el supuesto Tora había omitido. ¡Era una maldita mujer! La ira de ver lo que el borracho aquel estaba a punto de hacerle a una niña lo cegó, dejando que sus más bajos instintos asesinos lo poseyeran y sin dudarlo, atacó a aquel asqueroso hombre.
Se colocó frente a Umi, enfundó su katana y se arrodilló. Aún incrédulo de que una mocosa pudiera hacer todo lo que ella hizo en su pequeña excursión, colocó su mano izquierda en el hombro derecho de Umi que se sacudió ante el contacto obligándolo a que retirara su mano.
− Déjame − le dijo, entre sollozos. ¿Cómo pensaba que la iba a dejar en esas condiciones? − ¡Déjame sola! ¡No me mires! − gritó. Ryu comenzaba a notar que el tono de voz de Umi si tenía vestigios femeninos.
− No quiero − dijo, parafraseando a la misma Umi horas atrás.
− ¿Por qué? − soltó. Pero no se lo preguntaba a él, sino a si misma. − Yo soy un varón ahora mismo. ¡¿Qué demonios pasa?! − gritó, dejando que las lágrimas continuaran corriendo por su rostro.
− ¿Te hizo daño? − preguntó Ryu, con preocupación. Umi negó con la cabeza. − Ponte algo de ropa. Te llevaré al hotel − la voz del chico era oscura. La chica levantó la vista sólo para ver la espalda de Ryu, que se había puesto de pie y había volteado.
− Te dije que me dejes sola − insistió, mirando su espalda. Ryu no dijo absolutamente nada.
Umi tomó el bolso que había quedado en el suelo. Dentro estaba su ropa de niña. Se colocó su remera de tiritas celestes y cambió la bermuda por su short azul en silencio. Ya había controlado sus lágrimas y actuaba como autómata. Dobló y guardó la ropa de varón, y cambió las ojotas por sus sandalias. Se puso de pie, y volvió a mirar la espalda de Ryu, que permanecía quieto, con sus pies separados y sus brazos cruzados.
Ryu pensaba en qué demonios pasaba por la mente de esa niñata. Vestirse como un varón, vaya y pase. ¡Pero fingir que realmente era un chico era diferente! ¡¿En qué mierda estaba pensando?! Además de haberse metido a la fuerza en sus problemas, ahora le causaba uno mayor. Tenía que cargar con la responsabilidad por esa niña. Apretó los dientes y fue en ese instante que escuchó la voz de ella.
− Ya terminé − informó, con nerviosismo. Por primera vez en su vida estaba alterada y nerviosa. Ya había desaparecido la sensación de asco que tenía por lo que el borracho le había hecho y estaba más que satisfecha con cómo Ryu le había pateado el culo. Pero lo que la atormentaba no era eso sino la reacción que podría llegar a tener su compañero.
Umi nunca se había puesto a pensar en lo que los demás pensaban de ella. Siempre había actuado como se le daba la gana y ni siquiera le importaba mucho si iba vestida de mujer o de varón, ni si la tomaban por un niño. Jamás le importó eso. La aventura y correr el riesgo de involucrarse en una pelea era lo único que la hacía feliz y era por eso mismo que había llevado su ropa cómoda a Alubarna. Y sí que había encontrado una aventura sorprendente allí. Pero ahora, con Ryu allí delante de ella, mostrándole su espalda −muy ancha y musculosa, por cierto− y en silencio, la alteraban de una forma que no sabía manejar. Tragó saliva al notar que el chico comenzaba a moverse.
Ryu quedó sin palabras un momento. Se veía muy bella. ¿Cómo no se había dado cuenta antes que ella era mujer? Quería darse la cabeza contra la pared. No entendía cómo había sido tan ciego. Sus ojos negros lo observaban con nerviosismo. Esa idiota seguramente estaba pensando que él le diría algo porque lo había engañado. ¡Pero él mismo se sentía un estúpido al no haberlo notado! La miró de arriba abajo. Tragó saliva. Su cuerpo era realmente femenino y las ropas que usaba antes lograban taparlo completamente.
− ¿Sucede algo? − preguntó Umi, desconcertada.
− No − contestó él, comenzando a caminar. Lo mejor sería llevarla al hotel y desaparecer de Alubarna. No deseaba involucrar a más gente en sus asuntos y él tenía que huir de esos caza recompensas, o hacerlos pedazos, para volver a casa con su padre.
− Entonces, ¿te quedarás con mi madre y conmigo? − preguntó, volviendo al tono que utilizaba antes de los recientes acontecimientos vergonzosos. Ryu negó con la cabeza.
− No
− Pero, yo creo que es lo mejor. Nadie sabe de nosotras − afirmó. − Ellos te han visto con Tora − Ryu la miró de reojo. − No con Umi − sonrió, mirándolo.
− ¿Qué mierdas dices? − se cruzó de brazos. − Quiero que dejes de meterte en mi camino − repitió una vez más. − Tu no sabes nada de mi − la miró a los ojos. − ¿Aún así pretendes meterme en tu familia? − ya se habían detenido en medio de la multitud de personas. − ¿Qué dirá tu madre? Y peor aún, ¡¿qué dirá tu padre?! − gritó. Umi bajó la cabeza.
− No sé qué dirá mi madre. Y yo no tengo padre − dijo con algo de angustia. − De cualquier forma no tienes adónde ir, así que por ahora puedes quedarte conmigo − volvió a sonreír. − Vamos a algún lugar a comer algo, ¡me estoy muriendo de hambre!
Al anochecer Umi ya estaba en el hotel, bañada y vestida con un sencillo vestido amarillo de tirantes que había comprado sin pensarlo mucho en una tienda que quedaba junto al café donde habían parado con Ryu. Nami no había llegado todavía y ella rogaba por que lo hiciera pronto porque moría de ganas de contarle sobre su nuevo compañero y además quería pedirle que lo escondieran hasta que fuera seguro que regresara a su casa. No tenía ni la más mínima idea de cómo hacerlo, pero estaba segura de que su madre sabría qué hacer. Siempre sabía qué hacer, así que no tenía por qué preocuparse.
Cuando la puerta de la habitación se abrió, sonrió ampliamente, recibiendo a su madre con un fuerte abrazo, que la levantó levemente del suelo por unos segundos. Nami estaba sorprendida por el recibimiento que le estaba dando su hija y tenía el presentimiento de que se traía algo entre manos.
− Dímelo ya, Umi − ordenó Nami, a sabiendas de que algo estaba atragantando en la boca de su hija, que la apoyó en el suelo, pero no dejó su abrazo.
− ¡Tengo hambre! − dijo. No se atrevía a decírselo, menos considerando el tono de voz empleado por su madre.
− En seguida me cambio y vamos a comer. Yo también tengo hambre
Quince minutos después estaban en la calle, caminando tranquilamente. Umi llevaba el prendedor de mariposa en el cabello y una pequeña cartera colgando de su hombro. El vestido era algo amplio y llegaba hasta sus rodillas. Nami le había dicho que comprase lo que ella quisiese, así que no pudo objetar lo que pensaba. Era un vestido muy holgado y largo para una jovencita como ella que debía mostrar su hermoso cuerpo. Nami traía un trajecito anaranjado, de minifalda y chaqueta de mangas cortas, con una camiseta blanca ajustada y con un gran escote, debajo. También unos zapatos cerrados de tacón y un bolso, negros.
− ¿Qué quieres comer? − preguntó Nami, con una sonrisa.
− ¡Carne! − gritó Umi, con agua en la boca. Nami rodó los ojos, luego sonrió con una clara imagen de Luffy en su mente.
− Muy bien − miró a su alrededor. − Ese parece un lugar agradable − señaló un bonito restaurante. − Vamos
El lugar era muy bonito. Las mesas estaban dispuestas de forma que quedaran en absoluta intimidad, cosa que hizo que Umi se tranquilizara un poco porque no pretendía que todo el mundo escuchara lo que iba a decirle a su madre, y a juzgar por otras veces en las que ella le hubiera dicho cosas de semejante envergadura, Nami se pondría a gritar como loca. Los manteles eran rojos y la vajilla blanca. Los mozos eran todos hombres jóvenes muy bien parecidos. Había tres mesas ocupadas. Al entrar, uno de los chicos se había acercado a ellas para acompañarlas a la que sería su mesa. Una muy cerca de la ventana, donde podían apreciar la calle colorida por las luces de la noche. Ordenaron y se dispusieron a esperar su comida.
− Mamá − Umi la miraba a los ojos, con total seriedad. − Hay algo que necesito decirte
− ¿Qué es? − en ese momento los ojos de Umi se iluminaron al ver que Ryu entró al restaurante. Habían quedado en que cuando ellas ingresaran a algún lugar para comer, él hiciera acto de presencia.
Ryu llevaba una camisa blanca, arremangada hasta los codos, con tres botones desabrochados que dejaban ver su pecho, un pantalón negro y zapatos. La katana la había guardado Umi en el hotel, muy a regañadientes de Ryu, que creyó que sería lo mejor ya que no era buena idea que él anduviera paseando por la ciudad con una arma de ese tipo.
− Es que conocí a alguien mientras − dudó un momento − paseaba ayer por la ciudad − rió algo nerviosa, viendo cómo Ryu se acercaba a ellas lentamente. Nami notó que Umi miraba hacia algo detrás, pero siguió observando a su hija atentamente. − Y él − Nami abrió un poco los ojos al escuchar "él" − necesita algo de ayuda − tragó saliva.
− ¿Y bien? − ya no le estaba gustando el camino que había tomado su conversación.
− Es que yo − en ese momento Ryu quedó de pie junto a ellas, mirando fijamente a Umi, que llevó sus ojos a los de él y sonrió. Nami llevó su vista al muchacho que se había parado ahí.
− ¿Y tú quién eres? − preguntó de mala manera, adivinando que ese joven era el "él" que había mencionado su hija un segundo antes.
− Ryu Roronoa
¿Y? ¿Qué les pareció? Je, no se enteró de la mejor forma que Umi era mujer jajajaja Pero bueno, pobre Ryu, no entendía nada. ¿Y qué hará Nami? Jejejejeje ¿Se dará cuenta que es el hijo de Zoro? Hasta la próxima!
Y no olviden el comentario! Es que me da mucho ánimo para continuar! Gracias!
