Hola a todos! Quiero agradecerles a todos los lectores, a los que no dejan comentarios y a los que si lo hacen, a todos! Muchas gracias!
Acá les dejo el capítulo 8, con la reacción de Nami! Nos leemos pronto, Mary
Ryu Roronoa.
Ryu Roronoa.
Ryu Roronoa.
Ryu Roronoa.
Un eco repetía el nombre y el apellido de ese joven dentro de la cabeza de Nami, que se había quedado estupefacta, tiesa, con los ojos muy abiertos, clavados en el rostro de Ryu. Umi la miraba con desconcierto y Ryu la observaba con una mezcla de curiosidad e incredulidad.
− ¿Roronoa? − balbuceó Nami. Cayó como un baldazo de agua fría, el recuerdo de un niño pequeño, gordito, de cabello negro y ojos azul marino, que caminaba torpemente sobre la cubierta del Thousand Sunny cuando ella todavía tenía sueños de pirata. Tragó saliva, intentando calmarse. No podía hacer revuelo, menos considerando la posibilidad de que él notara quién era ella. Bajó la vista hacia Umi, que la miraba con desconcierto. Volvió a tragar saliva. − Siéntate − ordenó, disimulando muy mal su sorpresa y casi terror.
Ryu tomó asiento junto a Umi. Umi hacia la izquierda de Nami y Ryu hacia la derecha, mesa de por medio. Los dos la observaban. La niña preocupada, y el joven mostraba en sus ojos incredulidad e impaciencia. No parecía estar muy a gusto en esa situación. Nami los miraba a uno y a otra alternativamente. Su mente la llevaba a altamar, a su barco, a su tripulación, a las noches de fiesta, al aire salado del mar. Pronto la imagen de los dos se desdibujó y por un instante vio allí sentados frente a ella, a Zoro y a Luffy, mirándola fijamente. Tragó saliva.
− Mamá, ¿estás bien? − se atrevió a preguntar Umi. Nami salió del transe y volvió a la realidad. Su hija −otra vez− había encontrado a alguien totalmente desconocido −para ella− y pretendía ayudarlo.
− ¿Qué es lo que sucede contigo, Ryu Roronoa? − preguntó duramente. Esa no era su forma de ser, pero estaba tan impactada que no podía articular correctamente las palabras. Además, su mente se estaba llenando de preguntas acerca de todo y viajaba a la velocidad de la luz dirigiéndose a años atrás y a todo lo sucedido con la banda.
− Disculpe por esto. Su − hizo una leve pausa acompañada de una ceja levantada − hija me invitó − en realidad debía decir "obligó" − a que la acompañara para contarle a usted acerca de mi situación actual
− Bien, continúa − relajó apenas sus hombros. El chico era la viva imagen de Zoro y eso la alteraba más, si podría ser posible. Y verlo allí sentado frente a ella, y junto a la hija de Luffy estaba costándole mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.
− Me persigue una banda de caza recompensas − prosiguió como le había pedido la madre de ex-Tora. − Y hace dos meses que estoy escapando
− ¿Y por qué? ¿Acaso eres un hombre buscado? − no podía creer que siendo tan joven y en un mundo donde los piratas ya casi no existían él fuera buscado. Ryu negó con la cabeza.
− Buscan a mi padre − dijo él con una pizca de orgullo en la voz. − Mi padre es un − miró de reojo alrededor − pirata − casi susurró − que escapó de la justicia hace varios años y aún lo buscan − aclaró.
− No entiendo. Si buscan a tu padre, ¿qué tienes que ver tú en todo este asunto? − miró a Umi de reojo que observaba atentamente al muchacho.
− ¡Es que Ryu recuperó la katana de su padre y les pateó el culo! − Umi habló entusiasmada, levantando un puño y apretándolo. Sonreía.
− Baja la voz − ordenó Nami. − Este es un asunto muy delicado. Por lo que vi, esos hombres están en la ciudad − por un instante olvidó que ella ya no era la que solía ser. Umi afinó sus ojos, pero no dijo nada. − Será mejor que cenemos y volvamos al hotel
La cena había sido en paz y casi sin palabras. Como siempre, Umi comió muchísimo y llegó rendida al hotel. No hizo tiempo a cambiarse y se durmió sobre la cama sin deshacer y con las sandalias puestas. Nami había pagado una habitación junto a la de ellas para Ryu, muy a regañadientes y con la promesa por parte del chico que al regresar sano y salvo a su casa, pagaría la deuda que acababa de comenzar.
Mientras se cambiaba de ropa, no podía dejar de pensar en ese niño. Él había nacido en el barco y había estado junto a todos hasta el incidente. Había crecido mucho y se notaba que era fuerte e inteligente. Incluso había podido arreglárselas él solo para robar la katana de su padre a los caza recompensas, y escapado ileso.
Abrió la puerta del armario y se quedó inmóvil. Allí estaba, era la blanca katana. Era Wado Ichimonji. Nuevamente los recuerdos de aquel pasado que parecía tan lejano la invadieron. Tomó el arma y la aferró a su cuerpo. Olía a acero y a mar. Sintió su aroma profundamente y volvió a dejarla sobre la valija, donde la había colocado Umi.
Dejó su ropa y cerró la puerta. Caminó hacia su hija, le quitó las sandalias y se sentó en la cama junto a ella. Corrió uno de los mechones de cabello que cubría su frente y otra vez se dedicó a contemplar su rostro. Era como estar viendo el rostro de Luffy otra vez. No podía dejar de sonreír. Pensó que no podía negarle ayuda al hijo de Zoro, el más fiel nakama y el mejor amigo de Luffy. Definitivamente no podía darle la espalda a pesar que eso significara poner en riesgo su propia seguridad y la de su hija. De cualquier forma el muchacho parecía no recordarla y mientras todo siguiera oculto ellas estarían bien.
Al día siguiente, debían regresar a su pueblo. Umi estaba ansiosa. Quería llegar a su casa y respirar algo de tranquilidad. Y sobre todo quería volver a admirar el mar. Se puso de pie violentamente y Nami, que estaba dentro de sus pensamientos −otra vez−, con cara de pocos amigos y unas marcadas ojeras, la miró intensamente. Vio su espalda alejándose del banco de piedra en donde estaban sentadas. Llevaba un short blanco y una camiseta de mangas cortas color rojo, bastante ceñida a su cuerpo. Caminaba hacia Ryu, que venía hacia ellas, vestido con una bermuda verde oscuro, una camisa blanca de mangas cortas y ojotas. Esperarían la carreta que los llevaría hasta su pueblo y tendrían varias horas de viaje.
Nami había avisado al cochero que serían tres personas las que viajarían, en vez de dos. El hombre, que desde que ellas vivían en Arabasta era el que las acompañaba a distintos lugares del país, se sorprendió sobremanera porque jamás viajaban acompañadas de nadie. Nami lo notó, e inmediatamente hizo como si nada ocurriera, pero su cerebro quedó procesando aquello. Debía hablar con los chicos respecto del parentezco que fingirían tener frente a las demás personas, para no levantar sospechas. Cuando Sanji se había quedado en su casa hacía un tiempo, las vecinas cuchicheaban por lo bajo y lo seguían haciendo incluso hasta varias semanas después.
Umi había llegado a Ryu y ambos caminaban juntos hacia Nami. Él se había vuelto un joven muy apuesto y con una mirada intensa y amenazante. Aunque fuera distinto su cabello y el color de sus ojos, no podía evitar pensar en Zoro al mirarlo. Tendrían la misma estatura y la misma complexión física. Sonrió de lado viéndolos. Charlaban, o al menos Umi hablaba haciendo gestos extraños y él caminaba firme mirandola de reojo. Parecía que algo no estaba bien con ellos o que él estaba molesto por algo.
− Mamá − dijo Umi al llegar junto a la mujer. − ¿Todavía no llega? − Nami negó con la cabeza, pero no podía quitar los ojos de Ryu. − ¡Tengo hambre!
− Siempre dices eso − se quejó Nami. Tomó su bolso de mano, que era bastante grande y sacó un sándwich. Se lo extendió a su hija que sonrió babeando.
− ¡Gracias! − comenzó a comerlo con desesperación. Ryu la miraba de soslayo, haciendo como que miraba hacia el frente. Nami no podía evitar sonreír levemente mientras intentaba adivinar cómo se habrían conocido. Pero lo que pasaba por la mente de ella estaba muy lejos de la realidad.
− Ahí viene − dijo Ryu, con voz reseca.
− Muy bien − Nami se puso de pie, abrochó la chaqueta del trajecito azul que llevaba, cubriendo parte de la camiseta gris que llevaba debajo y se acomodó la minifalda. Tomó una de las dos valijas que habían traído. Por suerte, una era lo suficientemente ancha como para que entrara la katana. Pero Ryu la vigilaba tan de cerca que era sospechoso. − No seas tan obvio − susurró la pelirroja cuando el cochero hizo detener al camello frente a ellos. Ryu carraspeó, tomando la valija más grande con su mano derecha.
− Señora Nami, ¿cómo está? Parece que han disfrutado su estadía en la capital − el cochero era un hombre bajo y delgado, con una larga barba blanca que denotaba los años que tenía. Llevaba unos pantalones negros y una camisa amarilla arremangada hasta los codos. También un sombrero para cubrirse del sol.
− Muy bien − dijo Nami sonriendo. − Hemos disfrutado mucho y por suerte he terminado todo lo que tenía que hacer a tiempo − el hombre miró al muchacho que terminaba de subir las maletas a la carreta.
− Veo que están muy bien escoltadas − el cochero seguía sonriendo mientras hacía una seña con la cabeza a Nami, que observó la escena. Ryu estaba ayudando a Umi a subir, tomándola de la mano. Cosa que confundió un poco a Nami porque su hija jamás dejaba que nadie la ayudara a hacer nada. Arqueó una ceja y luego apareció una sonrisa. − ¿Quién es este joven tan apuesto? − la pregunta del hombre aplastó a Nami. ¿Qué debería responder? Tragó saliva y dijo lo primero que se le vino a la mente.
− Es − dudó un segundo mientras observaba detenidamente los expectantes ojos del viejo − el hijo de un amigo − soltó y luego se arrepintió. ¡En verdad era el hijo de un amigo! ¡Pero no podía estar diciendo eso! Maldijo para si misma. El anciano rió.
− Ya veo − continuó con su risa. − ¿Están listos para partir? − Nami subió a la carreta, pálida y sudada.
− ¡Si! − el grito de Umi retumbó en el ambiente cerrado y el viejo se puso en marcha.
Nami se sentó en uno de los asientos, en el fondo. La carreta era cerrada y tenía dos ventanas a los lados y una más grande atrás donde se podía ver el camino que habían recorrido ya. Umi y Ryu se habían sentado juntos, en el asiento que estaba de espaldas al cochero y miraban hacia atrás. Nami estaba frente a ellos de espaldas a la gran ventana posterior. No tenía demasiadas intensiones de ir viendo el paisaje monótono del desierto, sino más bien, debía pensar en cómo demonios ocultarían a Ryu en su pueblo y evadirían las preguntas, los fisgones, los rumores y a los caza recompensas. Quiso gritar, pero no podía hacerlo. Sentía los cuatro ojos de los jóvenes sobre su ser y el sudor se hacía más intenso.
− Mamá, si estabas en desacuerdo con esto deberías haberlo dicho antes − Nami abrió los ojos y la boca con semejante acusación.
− De ninguna forma − reaccionó rápidamente la pelirroja. La podrían tratar de cualquier cosa, pero nunca abandonaría a un nakama. − No es que esté encantada con la idea de proteger a un prófugo, pero este caso es diferente
− ¿Y por qué es diferente? − al fin habló Ryu, que se mantenía callado y al margen de todas las conversaciones que se habían sucedido desde la noche anterior. No conocía a esa mujer, y no tenía intensiones de dar demasiada información. La seguridad de Zoro corría muchos riesgos y él no estaba convencido de que esa mujer realmente quisiera ayudarlo. Algo en sus ojos y en la forma en que lo miraba no le gustaba para nada.
Tras la pregunta del chico Nami se quedó sin habla. ¿Qué debería decir? ¿Por qué era diferente con él que con cualquier otro? Tragó saliva y como si Umi le leyera la mente, sonrió y luego rió un poco. Los dos la miraron desconcertados.
− ¡Eso es mentira! − dijo entre risas. − Hiciste esto mismo con Sanji − afirmó. − No sabíamos quién era y le diste alojamiento en casa − explicó. − Esto no es diferente, un par de tipos que lo persigan no hacen la diferencia − un hilo de baba cayó de los labios de Umi. − ¡Quiero que vuelva Sanji! − lloriqueó. − ¡Cocina tan rico!
− ¿Sanji? − preguntó Ryu desconcertado. Él conocía el nombre de alguna parte.
− Sanji es un cocinero que encontré en mi pueblo. Estaba de paso y como fue muy amable conmigo se quedó en mi casa y ¡me hizo mucha comida rica! − Nami observó a Ryu y notó cómo su rostro se transformaba un poco. ¿Podía ser que conociera a Sanji? Sus manos temblaban levemente, si él podía recocer a Sanji tranquilamente podría reconocerla a ella. ¿Qué tanto le había contado Zoro?
− Ya veo − fue el único comentario que hizo el chico y no habló en varias horas.
Y? Qué les pareció? Espero sus comentarios! Gracias!
