La brisa marina revolvía los cabellos negros de Umi mientras se asomaba por la baranda en la costanera de su pueblo. Tenía un vestido corto rosa de tiritas atado en la espalda con un moño. Estaba feliz de poder volver a ver el mar. Sonreía y sus ojos irradiaban un brillo especial que sólo podía tener allí. Ryu la observaba desde un par de metros, no podía entender cómo se la había confundido con un chico. Ella realmente era bonita y, aunque tenía modales asquerosos, si se notaba que era una mujer. Volvió su vista al mar y Zoro vino a su mente. ¿Qué estaría haciendo su padre en ese momento? ¿Estaría deseando salir al mar?

− ¡Ryu! − gritó ella, llamando su atención. Él tenía una camisa rayada naranja y blanco, de mangas cortas y llevaba tres botones abiertos. También una bermuda negra y sandalias. − ¿Te gustaría viajar por el mar?

− Ya lo he hecho muchas veces − dijo secamente.

− Ya se eso − ella se cruzó de brazos, algo fastidiada por la respuesta del chico. − Me refiero a viajar libremente por el mar − Ryu la miró algo sorprendido. − Antes me dijiste que ser pirata era ser libre − el rostro de Umi se volvió serio y su mirada profunda se clavó en los ojos de él. Bajó los brazos junto a su cuerpo y apretó los puños. − Entonces seré pirata

La afirmación de ella, lejos de darle gracia, hizo que se le erizara el cabello de todo su cuerpo. Parecía determinada realmente a hacerlo. Sus miradas se mantenían intensamente, como queriendo leer lo que estaban pensando en ese instante.

− ¿Qué están haciendo? − la voz de Nami los interrumpió. Umi se sonrojó levemente y Ryu apartó la vista hacia el mar.

− Nada − rió ella. − ¿Ya hiciste las compras? − preguntó, tomando una de las dos bolsas que tenía su madre en las manos.

− Me falta comprar más − contestó. − Si quieren pueden volver a casa y esperarme, no me tardo − dijo, dándole la otra bolsa a Ryu que la tomó sin mirarla. Se retiró, volviéndolos a dejar solos.

Caminaron en silencio unos cuantos metros. Ryu se detuvo y Umi lo notó y volteó.

− ¿Sucede algo?

− Cuando era pequeño − estaba viendo el mar. Era el atardecer y todo se tornaba rojizo. − Mi padre me contaba historias − su voz era suave y agradable. Umi se acercó a él y también miró el mar. − Historias de piratas − afirmó. − Y mi sueño siempre era el mismo, llegar a ser tan grande como lo fue mi padre

− ¿Por qué dices "era"?

− Porque no se puede ser pirata en estos tiempos − apretó los puños y la bolsa que traía crujió.

− Seremos piratas − afirmó Umi con una seguridad que llenó el pecho de Ryu. Volteó su vista para verla y ella sonreía. Su sonrisa era grande y cálida, llena de alegría. No pudo evitar sonreír él también. − Seremos los piratas más grandes de la historia

− ¿Tu crees? − Ryu rió.


Después de la cena, cada uno fue a su habitación. Habían dado a Ryu la habitación de Umi y ella dormiría con Nami hasta que él pudiera volver a su casa. No sabían cuánto tiempo demandaría que los caza recompensas lo dieran por desaparecido o por muerto, pero fuera el tiempo que fuese Nami quería protegerlo.

Esa noche era particularmente calurosa. Umi roncaba y no la dejaba dormir. Bufó y se levantó. Llevaba unos shorts sueltos y una camiseta de breteles, todo color naranja. Caminó descalza por la casa y salió al patio, intentado no hacer ruido. Grande fue su sorpresa al encontrarse a Ryu sentado, con su espalda recargada sobre la pared de la casa. Parecía estar dormido. Nami se sentó a su lado, a unos dos metros, intentando no molestarlo. Encendió un cigarrillo.

− Es una noche muy cálida − comentó Ryu, en voz baja, dando a entender a la mujer que no estaba durmiendo.

− Si − respondió Nami, cerrando sus ojos.

− Hay algo que necesito preguntarle − de pronto Nami comenzó a sentirse nerviosa. ¿Qué era lo que quería preguntarle?

− Pues, dilo − contestó escuetamente. Dio una calada profunda a su cigarrillo y sacó el humo.

− Desde que la vi en ese restaurante algo me ha estado dando vueltas en la cabeza − comenzó. − Le dije que mi padre era buscado por la justicia y que me estaban persiguiendo unos caza recompensas. También que había estado escapando durante dos meses y que todo fue por recuperar la katana de mi padre − enumeró. − Y usted jamás preguntó quién es mi padre − la miró por primera vez. − Ni tampoco por qué está escapando − Nami no podía cortar el contacto visual. Ryu era realmente inteligente pero parecía no saber quién era ella. − ¿Usted conoce a mi padre? − preguntó directamente. Cayó ceniza al suelo.

¿Qué debía contestarle? Después de todo él era como una especie de sobrino para ella y era el hijo de Zoro, ¡maldición! No debía decir nada sobre ella misma, pero no podía mentirle al chico. Menos sabiendo que él estaba confiándole su vida, y creyendo que era una desconocida.

− Y le hago esta pregunta − continuó él sin dejarla responder. − Porque tengo muy en claro que estoy confiando en usted sin saber quién es, si es o no buena persona, si me delatará. Estoy confiándole mi vida y la de mi padre − sus ojos eran intensos y podía ver la determinación y la confianza de la que el chico le hablaba.

− Si − respondió al fin Nami, cortando el silencio de la noche. − Conozco a tu padre y a tu madre − la última palabra hizo que Ryu dejara de respirar un momento. ¿Conocía también a su madre? ¿Quién era esa mujer? − Pero no puedo decirte nada más − bajó la vista. − Es por la seguridad de Umi, y la tuya también − volvió a verlo con intensidad. − Si tú llegas a saber quién soy o quién es ella, correrás más peligro que el que estás corriendo ahora siendo el hijo de Zoro

Ryu quedó pensativo. No dijo nada más. Nami se levantó, hizo un gesto con la mano en forma de despedida y entró en la casa. Los grillos cantaban fuertemente. ¿Quién podría ser esa mujer? Además de decirle que conocía a su padre le dijo que conocía a su madre. Y él ni siquiera podía recordar su rostro. Era mucho tiempo el que había pasado desde que sucedió aquello que su padre le contó y él tenía apenas dos años. Había muchas cosas que no recordaba de los relatos, y definitivamente no podía recordar ni un solo rostro de los nakama de su padre. ¿Acaso ella sería uno de los piratas? Movió su cabeza para espantar esos pensamientos. No tenía caso pensar en eso.

Lo que más le había llamado la atención era otra cosa. Si tú llegas a saber quién soy o quién es ella, correrás más peligro que el que estás corriendo ahora siendo el hijo de Zoro. ¿Hablaba de Umi? ¿Qué había detrás de todo? ¿Quién era Umi? Además, recordaba que la misma chica le había dicho que no tenía padre. ¿Quién podría ser el padre? ¿Tal vez también era alguien de la tripulación? ¡Si tan sólo pudiera preguntárselo a su padre! ¡Si tan solo pudiera ir con él y que conociera a Umi! Y había algo más, ese tal Sanji. Recordaba muy bien que en muchos de los relatos de su padre había un cocinero −al que llamaba de muchas formas distintas, siempre despectivamente− que estaba seguro que tenía ese nombre. ¿Podría ser una coincidencia? Se acomodó y se dedicó a dormir, no tenía caso seguir dando vueltas al respecto. De cualquier forma él no tenía las respuestas.


Los días pasaban con normalidad. Umi y Ryu paseaban por el pueblo y ya todos los habitantes rumoreaban cosas acerca de ellos dos. Nami les había dicho que nunca, pero nunca jamás, dijeran absolutamente nada a nadie. Habían decidido que Ryu sería solamente Ryu y era el hijo de un amigo de la infancia de Nami que tenía asuntos en Arabasta. Se quedaría unos meses allí y luego volvería a casa con su padre. Pensó que eso era lo mejor, de cualquier forma jamás nadie había cuestionado el pasado de Nami.

Nami trabajaba incansablemente, esa época era la mejor para la pesca y el negocio de su patrón iba de mil maravillas. Pero todo estaba acosado por la sombra de la mudanza. Aún no se lo había dicho a los chicos, pero en un mes más deberían mudarse a una isla dentro del East Blue que no era la gran cosa. Nami pensaba que aunque nuevamente estarían mudándose, aquello sería beneficioso porque volverían a comenzar. Quizá podrían inventar un nuevo parentesco y estarían moviéndose para evitar permanecer mucho en el mismo sitio. De cualquier forma Ryu era un prófugo y en cierto sentido, ellas dos también.

− ¡Qué bonita tarde! − gritó Umi con fervor. Ryu arqueó una ceja y vio cómo ella se quitaba las ojotas y se metía en el mar hasta que el agua le daba a la rodilla. − ¡¿Qué estás esperando?! − gritó mirando a Ryu. − ¡Ven aquí! − le hacía señas con ambas manos.

Esa tarde estaban dando un paseo cuando Umi decidió que quería darse un baño en el mar. Hacía mucho tiempo que no lo hacía y el calor era notable. Estaban sudados y llevaban bañador, así que era lo justo. La chica llevaba un bikini a lunares rojos y un vestido blanco que había volado por los aires ni bien tocó la arena de la playa. Ryu llevaba un short de baño azul oscuro y una camisa blanca que estaba desabrochada dejando ver su torso desnudo debajo.

Resignado, se quitó la camisa y tomó el vestido que ella había arrojado sobre la arena. Lo acomodó junto a las ojota de ambos y se dirigió al mar. El agua era agradable y estaba calmo. En la playa no había nadie, al menos no a varios metros a la redonda y ella parecía muy contenta. Había entrado más en el mar y el agua ya le llegaba a la cintura. Las olas pasaban y apenas si la movían.

− Aquí estoy, ¿ahora qué? − no pudo decir nada más cuando recibió una gran cantidad de agua en su cara. Llevó sus manos a sus ojos y escuchó una gran carcajada de Umi. − ¡Ya verás! − le devolvió mucha más cantidad de agua con ambas manos, haciendo que ella perdiera la estabilidad y cayera de espaldas, sumergiéndose en el agua. Ryu, rápidamente y sin pensarlo, corrió y la tomó por la cintura, atrayéndola a su cuerpo para sacarla a la superficie. Notó que había sido un acto inútil y que se había puesto en ridículo cuando vio la cara de sorpresa de Umi que no había dudado un segundo en ponerse de pie ni bien tocó el fondo arenoso.

Los dos se miraban. El la estaba sosteniendo por la cintura con ambas manos con la suficiente fuerza como para que ella no se apartara. Umi tenía las dos manos sobre el pecho de Ryu y lo miraba a los ojos, esos ojos tan intensos que reflejaban la profundidad del océano. Las mejillas de Umi se sonrojaron levemente y sintió calor. Él la observaba, perdido en sus pensamientos. ¿Cuándo había comenzado a verla así de bella? A pesar de ser tan odiosa, gritona, impredecible y en ocasiones, vulgar, era hermosa. Tragó saliva y la soltó suavemente, dejando caer sus brazos a los costados del cuerpo.

− Lo siento − dijo él.

− No tienes por qué decir eso − ella no podía dejar de mirarlo y no se había movido ni un milímetro. El mar continuaba con su vaivén.

− Es que fui un idiota, no estabas en peligro − aclaró.

− Esta bien − dijo ella, bajando la cabeza. Él, sin saber muy bien por qué, tomó su barbilla con la mano derecha para que ella volviera a verlo. Y sus ojos se encontraron de nuevo.

− Lo siento − repitió. Umi se sonrojó más y retrocedió un paso. Luego, con un grito, se dejó caer de espaldas. Ryu sonrió levemente.


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